Artículos Revista Nº 2
EDITORIAL
Preparación para la próxima crisis económica, y el motivo de los contenidos de este número
Todavía no hemos salido de la actual crisis, y estoy proponiendo una preparación para la próxima, que creemos que será la última.
En el anterior editorial tratábamos sobre la crisis económica, y dábamos algunos apuntes que hemos visto que se propusieron posteriormente. Ahora hemos estado a punto de entrar en una nueva recesión ¿Estamos tocando fondo definitivamente? He tenido la oportunidad de palpar el pulso, tanto del trabajador “de a pié” como del comerciante, del empresario, y de los banqueros. Nadie está contento, a excepción de aquellos que se jubilan y les queda una cantidad fuera de lo común. Y lo digo así porque decir una cantidad desorbitante parecería que justificara una cantidad un poco menos desorbitante. Y no es el caso. Últimamente, cuando ciertos bancos cerca o enteramente en desahucio, han tenido que ser intervenidos, y se les ha tenido que inyectar una gran cantidad de euros, y se ha informado a la opinión pública, que ciertos dirigentes se habían retirado con enormes cantidades de dinero, la parte política se ha visto obligada a pedir cuentas del por qué ¿Hasta qué punto la clase política puede tener la fuerza moral de exigir un comportamiento ético, o correcto, teniendo en cuenta la disposición vigente de que por un mínimo de años cotizando y por trabajar como diputados o senadores tienen el privilegio de no continuar cotizando a la seguridad social, y de cobrar una cantidad también fuera de lo común? No, no pueden tener fuerza moral, a no ser que un partido en el gobierno fuera éticamente correcto, y quitará esa prebenda tan horrible a los ojos tanto de los ciudadanos más débiles económicamente como de los que también rendimos un servicio impagable y no tenemos ni queremos semejante lucro. Podríamos continuar enumerando los privilegios, a todas luces, injustos que cierta clase política posee frente al resto de los ciudadanos.
Cuando leí la noticia de que Grecia estaba al borde de la bancarrota, y que le quedaba más o menos un mes para pagar la seguridad social y a sus funcionarios, apareció en mi mente el recuerdo del fin. Los cristianos nos hemos acostumbrado a que todo haya de seguir un curso normal, a pesar de que va contra toda la evidencia de lo que la Revelación presenta. Dentro de ese transcurso cotidiano, se suele utilizar un vocabulario religioso en cuanto a que la Segunda Venida de Jesucristo está cerca. Pero nos hemos planteado alguna vez “¿Cómo será ese fin?” ¿Nos damos cuenta que el escenario del fin será el de una situación en que la crisis económica y de trabajo será una realidad mayor que la actual? ¿Y que la experiencia y aprendizaje en cuanto a ser autosuficiente, a no tener que depender del sistema ni en la comida, ni en el agua, ni en la electricidad será primordial? Aceptar el sistema establecido por el mundo estatal y político sin condiciones, o dejarse llevar por el sistema configura potencialmente por sí mismo la marca de la bestia, y si se persiste en ese dejarse arrastrar, cuando ésta se imponga en todo su contenido, no habría forma de rechazarla. Para que no se configure, para que no haya entreguismo, es necesario no entrar en el sistema incondicionalmente, y de este modo poder romper con la dependencia al sistema cuando el sistema entre en una crisis insolucionable que llevará consigo restricciones de todo tipo, o cuando en obediencia a Dios no haya otra alternativa que el rechazo.
Únicamente los que hayan aprendido a protegerse con el Evangelio eterno que Dios nos ofrece sabrán vivir esos momentos. Los cristianos habrán experimentado el gozo y la paz que trae el Evangelio pero también lo que supone vivir en un mundo enfermo y envejecido. Estarán viviendo la predicación del evangelio en todo el mundo de acuerdo a lo que nos explica la Revelación de Jesucristo 18 y 17, pero la satisfacción que eso reporta por lo que conlleva vivir y proyectar el plan de la salvación en Jesucristo ha de ser una fuerza espiritual, para que las escenas descritas en Revelación de Jesucristo 13 protagonizadas por la Bestia de dos cuernos y la cabeza herida restaurada en una versión octava por un lado (Revelación de Jesucristo 17:11 cf. 13:12, 13, 14-17), y por otra parte los 144000 que siguen al Cordero (Revelación de Jesucristo 14:1-5 cf. 7:1ss), puedan ser neutralizadas en lo que significan, a fin de que se garantice su seguridad en el Armagedón y lo previo y posterior a éste.
Durante estos días algunas personas, proponiendo una fecha cerrada, estuvieron a la expectativa de que la profecía anunciada en cuanto a que Jesucristo retornaría por Segunda vez, acontecería el 15 de octubre. Sin duda que algunas de estas personas, sencillas, y llenas de un cierto fervor, esperaron que se cumpliera tal necesidad. Vivimos en un mundo en el que la angustia es la nota sobresaliente. Se nos hace un tanto extraño el ver que los días se sucedan uno tras otro como hace miles años. Las crisis se van sucediendo, y cada vez dejando más lastre. Y comprobamos el sufrimiento y la enfermedad campeando por sus fueros. Y esa promesa tan extraordinaria, tan llena de valores vitales como es el retorno de Jesucristo y la resurrección de los muertos en Cristo, sigue siendo a los cristianos, muy entrañable y amada. A los que han sufrido esta decepción quiero enviarles un mensaje de esperanza: “Aunque la visión sobre la Segunda Venida de Jesucristo tardará aún por un tiempo, más se apresura hacia el fin, y no mentirá; aunque tardare espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará” (cf. Hb. 2:3).
La “paciencia de los santos” (cf. Revelación de Jesucristo o Ap. 14:12) con que se nos describe a aquellos que están esperando el retorno de Jesucristo debería de impedir el caer en la tentación de buscar una fecha cerrada para el retorno de Jesucristo. Eso sería la impaciencia y por lo tanto un contrasentido. La angustia y la impaciencia no nos dejan oír la promesa de la redención. Debemos aprender a “vivir el tiempo como maduración de la liberación y llegada de un comienzo en el que la libertad afrontará el destino”.[1] Cuando la prisa pretende hacer desaparecer la ansiedad y pesadumbre que nos están aniquilando, nos priva de ver la realidad de la solución dentro de un proceso de curación que hay que asumirlo y vivirlo, estableciéndose a menudo, esa prisa, en el inconveniente mayor a que la prueba del sufrimiento se acabe definitivamente. De ahí la importancia, de ocuparse siempre en la fidelidad a la verdad. Cuando se es fiel a la verdad, y se vive y se pide de acuerdo a ello, uno no se impacienta por el tiempo sino que se ocupa pacientemente de la tarea de cumplir fielmente la verdad que le separa del objetivo del desempeño de la esperanza: La segunda Venida del Mesías.
El profeta Zacarías (9:12), supera su época cuando buscamos respuestas a nuestra esperanza todavía en proceso de cumplimiento, aprisionada dentro de un mundo en el que los días y los años se suceden para martirio de los que habitan en él, a excepción de que se encuentren con el gozo de la salvación: “Volved a la fortaleza prisioneros de la esperanza”. Inquirir a fin de abandonar antes de tiempo esta prisión de un mundo que cada vez se nos presenta más inseguro y a la vez más perpetuante podría ser un signo de debilidad, puesto que predicaríamos de ilusión y no de esperanza. Hay a quienes, tal vez el orgullo o la inmadurez, les lleva a ilusionarse con el paraíso, y elucubran y conjeturan respecto al momento exacto de su comienzo. Pero eso es librarse de la esperanza por ellos mismos. Y entregarse de nuevo a la perpetuación engordada por acontecimientos históricos y cálculos que se ha demostrado siempre que son vanos. La historia se presenta para algunos, como una realidad cuya verdad está falseada. La realidad de las catástrofes económicas o de cualquier otra índole, y de las leyes dominicales, y de protagonistas fantasmas muestran su verdadera falsedad cuando se fuerzan esos acontecimientos con la pretensión de su coincidencia con un día declarado como siendo el del retorno de Jesucristo. Depender de lo cronológico en un punto cerrado, paraliza el objetivo de que tenemos una tarea que realizar. Tarea que descubre la paciencia. Cuando la persona se desliga de esa tarea, renuncia a la paciencia, y por lo tanto a la santidad (Ap. 14:12 cf. Hb. 12:14). Sería un olvido de que se precisa una preparación y una acción. Cuando estas existen lo cronológico se hace innecesario. Puesto que ocupan todo el espacio temporal que les lleva al retorno de Jesucristo a través de la muerte y la resurrección o sin pasar por la muerte para la generación final a la que se adicionan los muertos resucitados. Hacer sobresalir lo cronológico cuando no debiera existir es integrar una ideología que no corresponde a la realidad, y por lo tanto centrarse en algo que incapacita para el verdadero objetivo: predicar el evangelio y la preparación.
Pero la paciencia se puede pervertir, cuando se incita a ésta a permitir que te aplaste, haciendo sistemáticamente más llevadera la calamidad, preparando a los espíritus a fin de tolerar lo intolerable. Cuando lo que resulta del trabajo de la predicación del evangelio es la perpetuación se estaría cometiendo el pecado de esperar demasiado, y de seguir tolerando lo intolerable de una vida mundanal y de sufrimiento. Los actores dirigentes y gestores, en ciertos ámbitos, pueden estar compaginando su trabajo en la obra de Dios sin olvidarse de administrarse para sí mismos con un perpetuarse. Las personas y las organizaciones orientadas por aquellas han podido entregarse al sistema de tal modo que han podido ser absorbidas por éste viviendo una vida cristiana desprotegida, de acuerdo al régimen que se les ha impuesto, y entonces en su dependencia adaptan y ajustan su estancia y pervivencia, y el propio contenido del evangelio, a un entente con el medio que les ha proyectado, imperceptiblemente y en una durabilidad “del poco a poco”, la domesticación. Cuando la estructura organizativa ha asumido esa domesticación contamina a las personas que contribuyen a la gestión y proyectan sobre los miembros que se relacionan con esa gestión un mensaje domado, y que amansa en el objetivo no cumplido de la preparación eficiente unida a una extensión del Evangelio Eterno.
Cuando esa paciencia se ha pervertido entonces se difiere algo convirtiéndose en un signo de rechazo de algo que sería importante para la urgencia. Y aquí aparece la figura del impaciente. No se trata ahora de la impaciencia de la que antes indicábamos, y por la que la santidad está desprovista, y por lo tanto hace que la persona diga y haga tonterías sino de la impaciencia que tiene enfrente una paciencia pervertida por el transcurrir de este siglo que llega a narcotizar de tal modo que amodorra a los protagonistas de esa gesta de vivir la primera Venida de Jesucristo anunciando la Segunda Venida de Jesucristo. Se trata de neutralizar con el despertar la tardanza que se experimenta y a la que se contribuye engordándola con el pasotismo y el “siempre lo mismo” del continuismo de la espera. La impaciencia únicamente es aceptable cuando es razonable, y cuando se basa en la paciencia de soportar la perpetuación de aquellos que dilatan pacientemente la espera. Y entonces la impaciencia se convierte en una sacudida de las conciencias. En un despertar de un sueño en el que el “impaciente paciente” se ha visto involucrado, y entonces protesta solemnemente de su vivencia dormida y relajada, y proyecta la experiencia del clamor de medianoche (cf. Mt. 25:5, 6). La fe de los impacientes está precedida por el ejemplo de Jesús: “De un bautismo tengo que ser bautizado, y cuánto me impaciento hasta que se cumpla” (Lc. 12:50). En ocasiones alaba esa fe impaciente tanto de la mujer del flujo de sangre como en el ciego que gritaba por curación. Ese impacientarse reclama un cambio urgente a pesar de que se estuviera pasando por una crisis de fe. Jesús, como veremos más ampliamente en el siguiente número, nos muestra un cuadro nada halagador ¿Cuándo el Hijo del Hombre venga hallará fe en la tierra? (cf. Lc. 18:1-8) Los contenidos de ese capítulo nos ayudan a recuperar esa fe perdida cuando lo comparamos con Revelación de Jesucristo 6:12-17; 7:1-17. Somos conscientes que el tiempo transcurrido nos ha golpeado a todos. Pero el tiempo fatal no lo podemos cambiar, pero sí que podemos cambiar nuestro paradigma de existencia. No podemos continuar del mismo modo que hasta ahora, y que tantos problemas nos ha traído. Zacarías, no se nos olvide, nos propone volver a la fortaleza ¿Qué es eso?
Cuando no se vuelve o no están en la fortaleza la esperanza se disipa o nos desespera en esa función de estar prisionero. Debemos volver a la fortaleza, pero ¿Qué es esa fortaleza?
La fortaleza comienza a tener sentido cuando uno experimenta ser prisionero de la esperanza. La situación de aquellos que habían vuelto del exilio les reportaba grandes problemas. Sabían que tenían que construir el Templo para que el culto comunitario alcanzara las bendiciones. Pero los enemigos frustraban la esperanza. Y se habían convertido en auténticos prisioneros de su esperanza ¿Cómo ser uno prisionero de una esperanza? No claudicar a ésta con algo distinto a lo que les ha constituido en prisioneros de esperanza. Ser prisionero de la esperanza es mantener a ésta cueste lo que cueste sin abandonar la paciencia de los santos. Esto precisamente nos mostraría que la paciencia no es sumisión ni pasividad. Jacques Ellul[2] nos recuerda que el idioma griego incluye en la paciencia “un factor enérgico y voluntario”. Se trata de una “fuerza de resistencia” “el poder de resistir sin doblegarse”. Cuando uno activa “el atreverse a emprender algo “en resistencia a” está ejerciendo la paciencia a fin de seguir “prisionero de la esperanza” cuyo estado le mantiene despierto en esa esperanza. La dimensión de la paciencia se comprueba en el texto bíblico en relación con la tentación. La tentación pretende seducirnos para que claudiquemos a estar en la “prisión de la esperanza”. Zacarías ve el asunto claro. Ante aquellos que pervierten la verdad y que obstaculizan con poder la construcción del Templo, les advierte a sus compatriotas que “no será con ejército ni con fuerza sino con mi Espíritu dice el Señor” (Zac. 4:6). No os desesperéis, no caigáis en la tentación de libraros de la prisión: “permaneced”, “prisioneros de la esperanza”. Por ello volved a la “fortaleza”. La fortaleza es el Dios que se revela. Es el auxilio del poder de la Palabra. Hay que volver a Él, y obtener la seguridad de la paciencia que resiste el escándalo de una historia vertiginosa que parece que no tiene fin y que nos interroga golpeándonos ese ¿Dónde está tu Dios? (cf. Sal. 42:3-10). NO, no os dejéis arrastrar por la tentación del vacío y del sin sentido. En la fortaleza encontraréis la solución a lo que se está poniendo en cuestión, y lo que se está disputando es nuestra fe y nuestro amor. La prueba “el tormento” analiza el material a fin de comprobar su cualidad y resistencia: Mostrad que no cesáis de creer en Dios ni de aguantar al prójimo que os provoca a fin de que dejéis de ser pacientes. En esta resistencia el proceso de catarsis o de purificación es necesario para despojarlo de la escoria. Y de este modo al volver a la fortaleza, se os hará fácil recuperar la ideología que necesitáis para hacer frente a la tentación de abandonar la paciencia, y notaréis la esperanza, mediante la acción de oponerse a la tentación de claudicar de ser prisioneros de esperanza.
Este llamamiento de Zacarías para su pueblo sirve para aquellos que estamos viviendo la espera con esperanza sobre el retorno de Jesucristo.
Nosotros somos prisioneros de esperanza, de una esperanza única para la historia, la de la venida del Mesías. Se trata de una venida que se hace esperar. Que la historia parecería como si quisiera decirnos que es vana nuestra espera. Pero ante cualquier tentación de querernos salir de esa prisión de esperanza, se nos hace un llamamiento a volver a la fortaleza, al Dios que se revela, al poder de la palabra (Zac. 9:12pp. cf. 4:6). Se nos define en el Apocalipsis (o Revelación de Jesucristo) a aquellos que estamos prisioneros de esta esperanza como pacientes y santos (14:12). Sin duda que se nos está señalando el haber afrontado la prueba (cf. Stg. 1:3) puesto que ésta es la que engendra la paciencia. Pero… Cuando se tiene que sostener una dura batalla cada día con pensamientos automáticos que te asolan, cuando observas una historia en la que el mal domina, cuando experimentas el ser pisoteado por el poder, cuando decidiste marcharte a otro lugar distinto al vínculo existencial que te unía con el Padre gastando todo tu bíos (Lc. 15:11-14) y aun así volviste a Él, cuando has comprobado una y otra vez que tu matrimonio parece no funcionar, cuando la bestia salga del abismo definitivamente y quiera imponer una marca de fidelidad a ella que lleva contrapartidas que te someten, te domestican…Y quieres permanecer en un prisionero de esperanza, pero estás a punto, por los recuerdos de ese pasado turbulento o por las presiones de ese mundo social en el que existes, de tirar la toalla, y dejarte arrastrar por la tentación de romper con la paciencia, vuelve a la fortaleza, al Dios que se revela, tu refugio seguro ¿Pero qué puede pasar entonces? ¿Y si el Dios de la fortaleza se ausenta, no libera, no notas su presencia, cuando solo escuchas su silencio, precisamente ahora en este tiempo de crisis y angustia?
La promesa es segura vuelve a la fortaleza prisionero de esperanza, y encontrarás el camino de mantener la esperanza. Ese momento podría ser la respuesta de Dios, lo más audible posible de que superando ese instante, te prepara para los momentos más cruciales que están en un futuro inmediato cuando la angustia de Jacob pudiera ser una realidad. La superación personal de ese instante crítico da fuerza para ese otro intervalo corto por el que Dios ha previsto que ocurrirá en los momentos más finales previos a su retorno, en los que únicamente una fe desnuda sin nada visible exterior ni sentimiento experimentaremos los que estemos vivos a punto de acontecer su aparición en la segunda Venida. Entonces será muy valioso recordar la lucha de Jesucristo en el Getsemani y después en la cruz, en la que el sometimiento por fe a la voluntad divina, aun cuando el sentimiento dejó de sentir, fue la clave de la victoria. Puesto que el silencio divino era la respuesta convenida entre el Padre y el Hijo de que había llegado la hora.
Al volver a la fortaleza, al Dios que se revela, la acción de afrontar la tentación, cual sea, te evidencia la prueba por la que obtienes paciencia (cf. Stg. 1:3). Pero al mismo tiempo te descubre que puedes resistir ante la brutalidad del mal, sea quien sea el que lo ejecute instigado por su originador. Compruebas que al permanecer fiel a tu vocación celeste (cf. Col. 3:1-4), se te ha fijado junto a la Palabra eterna, constituyéndote con el resto fiel (cf. Ap. 12:17, que persiste en la esperanza de estar en la fortaleza.
Pero la paciencia se nutre de la promesa, y ésta se nos da a entender como si fuera a cumplirse ahora, con nosotros, cuando es la desgracia la que vemos que ocupa su lugar. Y entonces parece como si la promesa se burlara mostrando una aparente caducidad, en una lejanía de generaciones en la que la credulidad a la promesa se combinó con la espera, y en un remplazarse de la muerte con la eternidad. Pero ese Dios que se revela te lo explica una vez más, y te dice “que Él es paciente con todos, y ha querido predicar el Evangelio a todas esas generaciones en las que la muerte era el mismo límite de la segunda Venida en ocasión de su resurrección”.
Aun cuando se intente imitar el amor y la paz, esenciales de la época mesiánica, el verdadero amor y la auténtica paz, el mundo no podrá dar nunca. Nixon fue capaz de titular uno de su libros “La verdadera paz”. Pero se trataba de combatir al mal, de destruirlo, de pactar con él ratificando el triunfo del poder brutal. Pero la fuerza prodigiosa de la paciencia radica en la voluntad de no dar tregua al mal condescendiendo con él ni de pretender vencerlo, pero tampoco creer en su triunfo definitivo, y claudicar al conocimiento de la historia que la propia apocalíptica nos revela.
La paciencia se adquiere por la prueba sostenida ya lo dijimos. Y ésta es necesaria para obtener la promesa mediante la puesta en acción de la voluntad de Dios (cf. Hb. 10:36). Porque la medida del tiempo de aquel que tiene que venir es una tardanza pequeña (Hb. 10:37) que se puede tornar en una espera del justo por la fe (10:38). Pero esta espera tiene que ver con la paciencia que el propio Dios manifiesta en su esperanza en que el hombre se convencerá y convertirá con el método aplicado. Y el problema reside en que el hombre, especialmente su Pueblo, no responde a los requerimientos divinos. Dios constantemente está queriendo convencer y reconducirnos a que pongamos en práctica su plan ¿Cómo venir si todavía no estamos preparados? Dios ha preconocido a la generación que estará viva cuando Él venga. Que se habrá tomado en serio el ajustarse a las características que supone el que el fin se lleve a cabo. La predicación del Evangelio de acuerdo al contenido de Revelación de Jesucristo o Apocalipsis 18 está esperándonos. Los acontecimientos anticipados en Ap. 17:16, 17, está frenados por la actitud de perpetuación que está haciendo su Pueblo ¿Todavía queremos que el sufrimiento se torne más agresivo? ¿O que la enfermedad nos haga clamar? ¿Dónde están los escogidos que deben clamar a Dios día y noche? ¿Dónde está la fe en el Hijo del Hombre? (Lc. 18:7, 8). Ante la actitud de Dios de condescendencia: “Te llamo y no respondes” “He tendido todo el día las manos hacia un pueblo que me lleva la contraria” (Rm. 10:21 cf. Prov. 1:23, 24). Y ahora por si fuera poco eso, nos hace un llamamiento (Ap. 3:20) particular, personal, sin empujar la puerta, esperando a que yo le quiera abrir.
La urgencia de la acción predicadora no acorta el tiempo respecto a la segunda venida sino que hace descubrir a los que la acometen de que son los protagonistas que Dios preconoció que cumplirían lo que está indicado explícita e implícitamente en la Revelación de Jesucristo o Apocalipsis 18:1-9. Este constituirse en protagonistas es obligatorio para cada creyente de cualquier época y por lo tanto de la actual en la que se puede contemplar con suficiente perspectiva el cumplimiento de las señales que Dios ha querido advertirnos a fin de que no abusemos de la paciencia de Dios (cf. 2ª Ped. 3:3-10). Desde la primera Venida cada cristiano en su generación debe prepararse para esa segunda Venida de la que también proclama, y añadir, junto con otros, el trazo a la historia, que hará posible una generación final. Evidentemente la insistencia sobre la proximidad de la segunda Venida de Jesucristo nos obliga a una predicación del Evangelio en coherencia con esa llegada, y con el llamamiento a abrir la puerta, nuestra puerta, rompiendo con la aquiescencia de un mundo que nos envuelve haciéndonos malgastar el tiempo en la preparación, y en la predicación.
El cristiano de cada generación ha vivido la necesidad de que el retorno de Jesucristo se cumpliera en esos momentos. Desde que Juan introdujera en el Apocalipsis o Revelación de Jesucristo respecto de Jesús, tanto al principio como al final “sí vengo en breve”, los cristianos han comprendido su generación como pudiendo ser la última. Pero las señales que anuncian y determinan el fin, tienen en cuenta todas las posibles generaciones que Dios haya podido disponer que existan. Y aquí la historia y el equilibrio espiritual en la mente han de controlar nuestra predicación en cuanto al significado de la cercanía del retorno de Jesucristo. No sabemos cuántas generaciones faltan a las que hay que predicar el Evangelio. Sí que sabemos que existen muchos niños y jóvenes y adultos a los que hay que predicar el Evangelio todavía. También sabemos que la muerte interrumpe momentáneamente la espera existencial por el retorno, y que introduce en “un espacio de inconsciencia intemporal”, y que desde ese estado, sin recorrido perceptible, trae la consciencia en una resurrección que adjunta a todos aquellos que han pasado por la experiencia de tener un Dios que “no es de muertos sino de vivos” (Mt. 22:31, 32), y a los que estuvieran vivos en esa última generación en la que Dios ha decidido en un momento determinado por su soberanía llegar para rescatarles del mal de la muerte. Por lo tanto cada generación debe prepararse para la Segunda Venida de Jesucristo, porque la posible muerte o cerrar de ojos es lo inmediatamente anterior a la apertura de sus ojos en ocasión de la contemplación de la Segunda Venida de Jesucristo, y que coincide con todos aquellos que sin haber pasado por la muerte estén esperando ese acontecimiento en santidad. La resurrección de los creyentes de todas las épocas será un “instante antes” de la Segunda Venida, por cuanto servirá para poder ver ese retorno desde que comienza su aparición en la lejanía de un espacio que los ojos pueden vislumbrar hasta su plena revelación. La resurrección al límite de la segunda Venida, será una señal para los creyentes vivos de que los sucesos que se están viviendo son los últimos (1ª Tes. 4:13-17 cf. Ap. 1:7). Por eso y por otras cosas que explicaremos en un próximo número no pueden encontrarse en la Biblia cálculos numéricos por los que llegar a una fecha cerrada sobre la Segunda Venida de Jesucristo. Cualquier intento está abocado al fracaso. No hay nada tan preciado para mí como esa Segunda Venida de Jesucristo. Mi alma anhela experimentar esa Venida gloriosa. Ese encuentro que supone el fin de todo lo que nos hace sufrir y enfermar y en última instancia morir. Esa llegada de Aquel que le veremos cómo siendo el mismo Dios (Ap. {o Revelación de Jesucristo} 21), y que demostrará que nuestra posible muerte es reversible, no ha sido definitiva. La Biblia sí que habla para el creyente de un tiempo especial de reavivamiento y reforma colectiva, que lleva a una experiencia única con el Espíritu Santo a fin de iluminar toda la tierra de los valores inéditos del Evangelio para una humanidad sedienta de Dios (cf. Ap. 18:1-10). Ocupémonos de estar preparándonos en todo aquello a lo que hemos aludido en este editorial, y no sometidos al continuismo y perpetuación de la mayoría de los habitantes de este planeta.
Es preciso que hagamos una alusión a los contenidos de este número monográfico sobre disidencias. Hemos tratado el tema con sumo cuidado, hemos escogido los términos más adecuados para describir la excelsa Deidad. E independientemente de la terminología que empleemos debemos de ser cuidadosos de no ir más allá de lo que podemos entender que está escrito. Pero tenemos que decir algo respecto a este primer número. Tratamos el tema sobre Jesucristo y el Espíritu Santo. En la Revista de Teología III, trataremos las disidencias sobre escatología y el fin del mundo.
[1] Catherine Chalier, La paciencia, Edic. Cátedra (Serie Morales), Madrid 1993, p. 77.
[2] Op. c., p. 93.
INDICE
Editorial………………………………………………………………………. 9-21
La realidad de la conciencia mesiánica de Jesús………………….. 23-183
La conciencia mesiánica en Mateo, Lucas y Marcos……………… 185-290
¿Qué piensa Pablo de la persona de Jesucristo?…………………. 291-338
Sobre el Espíritu Santo…………………………………………………. 339-384
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