El matrimonio querido por Dios

El matrimonio querido por Dios en una vocación celeste, y los valores curativos del pacto de Dios sobre el matrimonio querido por Dios, y el divorcio

«Entonces vinieron a él los fariseos, tentándole y diciéndole ¿Es lícito al hombre repudiar a su mujer por cualquier causa?

Él respondiendo, les dijo ¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo, por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los  dos serán una sola carne? Así que ya no son más dos, sino una sola carne; por tanto lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.

Y le dijeron ¿Por qué entonces mandó Moisés dar carta de divorcio y repudiarla?

Él les dijo: Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres; más al principio no fue así.

Y yo os digo que cualquiera que repudia (avpolu,sh|) a su mujer, salvo por causa de fornicación (pornei,a), y se casa con otra, adultera (moica/tai); y el que se casa con la repudiada (avpolelume,nhn) , adultera (moica/tai)» (Mt. 19:3-9)

Estas palabras son dichos de Jesús. El propio método histórico crítico las reconoce como tales, y Sanders que prácticamente rechaza casi todo como dichos de Jesús, estas  las acepta como siendo casi probables.

No hay más remedio que reconocerlas como todas las demás, la originalidad ha sido de tal naturaleza que aun ahora podemos obtener orientación en la comprensión, y en la aplicación de los problemas actuales, que también en su época existieron.

  • Planteamiento y exégesis

Jesucristo se remite al principio (Mt. 19:7, 8 cf. 19:4-6; Gn. 2:21-24), oponiéndose al divorcio que por cualquier causa o por lo que la ley de Moisés permite en base a la dureza de corazón (cf. Mt. 19:3, 8 pp.), los judíos de su época pretendían hacer valer.

Sin embargo hay que precisar la implicación en cuanto a la posibilidad de la parte fiel, de la que ha sido víctima frente a la infidelidad del que adultera, de un nuevo casamiento (Mt. 19:9); y lo que podría suponer la frase en sentido contrario “lo que Dios unió no lo separe el hombre” (19:6). Todo lo que está unido ¿lo ha unido Dios?

Queremos constatar que de estos pasajes se han obtenido conclusiones que de ningún modo están contempladas. Jesucristo no está tratando ni valorando jurídicamente el adulterio. Este pecado entra en la misma consideración que cualquier otra transgresión a la ley de Dios. La caída en el adulterio, aun cuando sus consecuencias son muy graves para la familia, no es el pecado contra el Espíritu Santo. Jesucristo no cierra la posibilidad de que el adúltero o adúltera pueda restablecerse mediante el perdón divino, a pesar de lo que implica el que no pueda revertirse dicha unión en adulterio, cuando se estabiliza como nueva pareja. Las personas adúlteras que han formalizado su pareja, pueden llegar a conocer más particularmente el evangelio y solicitar la pertenencia en la comunidad cristiana, y superar el dolor y el sufrimiento que hubiera supuesto su pasado.

Jesús aquí, está valorando lo que supone una acción de repudio de la mujer “por cualquier causa”. Y entonces define que por cualquier causa si se repudia a la mujer casándose con otra, a excepción de que ese repudio venga motivado por la porneía, sería un adulterio tanto si se casara él con otra, e incluso el que se casase con la propia repudiada.

Son muy curiosas las palabras de Jesús. Nótese el texto.

Las dos preguntas que le hacen a Jesús respecto al matrimonio (Mt. 19:3, 7) están dentro del marco del Pueblo de Dios. Es decir que la comprensión de las respuestas a las preguntas ha de considerarse el matrimonio reconocido como instituido por Dios en el principio (Mt. 19:8 úp.), mediante el pacto matrimonial que está implícito en todo matrimonio querido por Dios (cf. Malq. 2:10-16). Una formalización de pareja con base única y exclusiva en la ley civil, no entra en la consideración de Jesús, por cuanto no se estaría estableciendo dicha relación de pareja de acuerdo al pacto matrimonial que hace del matrimonio, un matrimonio unido por Dios (Mt. 19:6 cf. Malq. 2:10-16; 1ª Cor. 7:10 cf. 1ª Cor. 7:12 pp.).

La primera pregunta tiene que ver con si se podía repudiar a la mujer por cualquier causa: «Entonces se le acercaron los fariseos, tentándolo y diciéndole: — ¿Está permitido al hombre repudiar a su mujer por cualquier causa? » (Mt. 19:3).

La respuesta de Jesús es clara: NO, de acuerdo a Mateo 19:4-6:

«Él, respondiendo, les dijo: — ¿No habéis leído que el que los hizo al principio, “hombre y mujer los hizo”, y dijo: “Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”? Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó no lo separe el hombre»

Recuérdese que la pregunta tiene como referencia a poderse repudiar “por cualquier causa”. Evidentemente la respuesta tendría que ser NO. Pero Jesús quiere basarse en la autoridad que supuestamente, todo pueblo de Dios acepta: la Palabra, y lo que ésta dice en cuanto a la institución matrimonial, y entonces recurre al principio cuando fue instituido el matrimonio por Dios, y dado que ellos se acogen al pacto matrimonial con Dios, el matrimonio, dentro de ese pacto (cf. Malq. 2:10-16) han de considerarlo como que “lo que Dios unió no lo puede separar ningún ser humano” (Mt. 19:6) con ningún acto desleal de repudio (Malq. 2:14-16).

La segunda pregunta de ciertos judíos se ajusta más a la realidad permisiva de Moisés: «Le dijeron: — ¿Por qué, pues, mandó Moisés darle carta de divorcio y repudiarla?» (Mt. 19:7).

La respuesta de Jesús pone en evidencia el que la legislación de Moisés sobre este aspecto estuviera basada en la voluntad de Dios, y que si bien Moisés lo permitió no fue ni era la voluntad de Dios el que se hiciera, y pone en entredicho esa legislación sobre este aspecto (Mt. 19:8). La legislación de Moisés, entra respecto a estos asuntos sociales, en algo consultado a Dios, pero no querido por EL, sino permitido, dentro de unos elementos legales añadidos, a causa de las transgresiones acumuladas, a la dureza del corazón de algunos del Pueblo (Mt. 19: 8 pp. cf. Gál. 3:17-19), pero al principio no fue así (Mt. 19:8 úp. cf. Malq. 2:10-16).

Y aquí aparece el texto limitativo en un cierto aspecto, y amplio aunque restrictivo en otro. Veámoslo: “Y yo os digo que cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación (pornei,a| – porneía), y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada, adultera” (Mt. 19:9).

El repudio en el pueblo de Dios, es intolerable e inaceptable por parte de Dios, y no ya solamente por cualquier causa, sino por ninguna.

Y especialmente por cuanto quiere proteger a nuestra persona.

El matrimonio “querido por Dios”, realizado en la asamblea de su pueblo, de acuerdo al pacto matrimonial, instituido en el principio (cf. Gn. 2:21-24), ratificado en los profetas (cf. Malq. 2:10-16), y renovado por el Mesías (Mt. 19:8 úp.), imposibilita el que se tenga que dar el repudio. Por cuanto el pacto matrimonial con Dios como hacedor y testigo permanente de esa unión, implica la aceptación en libertad, y el cumplimiento de las condiciones que programan y configuran a un matrimonio indisoluble. El asunto problemático está en si la persona o pareja que se dice cristiana, unida en matrimonio bajo los auspicios de la Iglesia, está considerando “el pacto matrimonial con Dios como hacedor y testigo permanente de esa unión”, o si por el contrario ha ido a ese matrimonio sin conocer las condiciones que configuran a un matrimonio querido por Dios y por lo tanto indisoluble.

De cualquier forma, la posible aplicación de un divorcio, dentro del contexto legítimo que estamos estudiando, únicamente se puede dar, cumpliéndose los dos motivos: que no sea un matrimonio querido por Dios, y que se manifestará, entre otras cosas por la práctica de la porneía, y del rechazo de convertirlo, mediante el arrepentimiento, en un matrimonio querido por Dios.

Ahora bien la lectura del texto nos advierte, por si queremos mantener o crear una conciencia cristiana, que si el ser humano masculino decide divorciarse, para casarse con otra, sin haber habido porneía, comete adulterio. Y si hubiera habido porneía, entonces el que se casara con la repudiada por esa causa de porneía (porque en ese caso la que ha cometido porneía sería ella), cometería adulterio.[1]

Y aquí Jesucristo estaría valorando la porneía, dentro de todo el abanico: la porneía, y la porneía idolátrica.

Jesucristo quiere advertirnos y aconsejarnos a fin de evitar sufrimiento y enfermedad. Viene a decirnos, si se repudia a una mujer que no lo fuese de la única manera justificable (por causa de porneía), y la persona que repudia se casara con otra adultera. Y eso no es cualquier cosa. Se trata de la transgresión de un mandamiento de la Ley moral de Dios. Y como tal la naturaleza humana que ha sido diseñada de acuerdo a esa Ley moral lo experimentará como negativo. El Estrés hará mella en él o en ella. Jesucristo quiere evitarnos sufrimiento evitable.

  • Qué es la porneía

La porneía es un término que analizaremos a continuación, y que se vierte normalmente por fornicación en castellano y en otras lenguas modernas, y que es preciso para conocer su significado bíblico, comprobar todos los contextos donde se presenta dicha palabra, y descubrir de ese modo todo el abanico posible, y que abarca no sólo el adulterio sino otras corrupciones entre las que se encuentra la práctica homosexual, y otras.

La palabra porneía que aparece en Mateo 19:9 (y en su paralelo de Mt. 5:32), ha sido traducido normalmente por fornicación o concubinato, mientras que lo que se traduce por adulterio en el mismo texto viene por moijatai. El texto dice así: “Y yo os digo que cualquiera que repudiare a su mujer y se casase con otra comete moijatai, a excepción de si lo hace por porneía”. La idea sería que si la parte de la que uno se separa ha cometido porneía, no comete adulterio por su separación y unión con otro u otra. Este término porneía se asocia al de Hechos 15:20, donde se les enfatiza a los cristianos que se aparten de toda porneía (y que se ha traducido incorrectamente por fornicación), y a 1ª Corintios 5:1, 2, donde evidentemente se identifica a la porneía con el incesto. La conclusión de algunos sería que puesto que se distingue al adulterio (moijatai) y a la porneía con términos distintos (todavía se apoyan más en Gál. 5:19 y 1ª Cor. 6:9 {aparecen por separado: pórnoi/moijoì/malakoi}), únicamente estaría permitido el divorcio, no por adulterio sino por incesto. Vamos a estudiar este término porneía a la luz de todo el mensaje de los diferentes textos, y de este modo clarificar nuestra posición respecto a la porneía.

La traducción con que los moralistas vierten el término porneía es desgraciado y confuso: “el trato sexual voluntario de un soltero con una soltera”. Es decir toda unión sexual fuera del matrimonio sería clasificada como porneía, y se le denominaría fornicación. Como veremos semejante opinión restringe la concepción e identifica con una porneía, entre otras cosas, a una posible relación sexual prematrimonial.

Un primer concepto del término porneía es lo que resulta de su asociación con la idolatría (Ex. 34:15, 16; Lv. 17:7; 19:29; 20:5; 21:9; Dt. 31:16; 2ª Crón. 21:13). (Wnæz”w{wüzänû} evkporneu,swsin).

Al analizar Jeremías 3:6-14, uno comprueba como el término tanto griego como hebreo para porneía se aplica a la idolatría que personas de Israel están cometiendo.

Un segundo aspecto de la palabra porneía se refiere a un casamiento con una ramera (pornen) (hn”ëzO {zönâ} po,rnhn) por parte de un sacerdote (Lv. 21:14). Pablo identifica a la relación con una ramera una porneía (po,rnhj) (cf. 1ª Cor. 6:13-18). Lucas 15:30 utiliza el término porneía como explicando la práctica sexual con prostitutas (pornw/n).

Una tercera noción del vocablo porneía está asociada con la unión sexual con alguien que no es del pueblo de Israel. Una unión denominada infiel (Nm. 25:1)  (tAnàz>li) {liznôt} evkporneu/sai).

Una cuarta clasificación es lo que resulta de interpretar como porneía la unión con un no creyente como una idolatría. El Antiguo Testamento asocia la porneía con la idolatría (Ex. 34:15, 16; Lv. 17:7; 19:29; 20:5; 21:9; Dt. 31:16; 2ª Crón. 21:13) y la unión con alguien que no es del pueblo de Dios (Nm. 25:1); Pablo considera, una idolatría la porneía (pornei,an… evsti.n eivdwlolatri,a) (Cols. 3:5), la unión con alguien que no es creyente y que ejerce su incredulidad en oposición al creyente como idolatría (2ª Cor. 6:14-17 cf. 1ª Cor. 7:12-15), de ahí que debamos de huir de cualquier tipo de porneía o fornicación (cf. 1ª Cor. 6:13-18). Con lo que, teniendo en cuenta en línea los textos del Antiguo Testamento y lo que refiere Pablo, una porneía sería el casamiento con un no creyente, cuando ya se es creyente en Jesucristo (2ª Cor. 6:14-17 cf. Col. 3:5); y cuando se viene como pareja casada anteriormente al conocimiento de la verdad (1ª Cor. 7:12-15), se le reconoce ese estatus de pareja casada anteriormente, con diferencia, no obstante, del estatus de matrimonio de dos creyentes (1ª Cor. 7:10-12), y en este caso mientras el incrédulo no ejerza como tal, se aceptaría esa unión. Pero si el incrédulo actuara como tal, resultaría en repercusión al creyente, como lo que supone la idolatría o porneía, clasificándose entonces dicha relación como una servidumbre al ídolo del ejercicio de la incredulidad, en el caso que se quisiera mantener (cf. 1ª Cor. 7:12-15). Las consecuencias que se derivan de esta interpretación de Pablo nos hace entender mejor el privilegio paulino (1ª Cor. 7:10-12 cf.1ª Cor. 7: 13-15). Volvemos sobre este asunto un poco más adelante.

Un quinto sentido se refleja en Deuteronomio 22:13-21: se nos habla de alguien que habiendo simulado ser virgen, no haber tenido contacto sexual con varón, se descubre no serlo en realidad en el momento de su unión legal con el que ha llegado a ser su marido. A este hecho, el de alguien que ha mantenido una relación sexual fuera del matrimonio, pero que dicha relación sexual no ha contribuido a formalizar el matrimonio con aquel que ha mantenido dicha relación, sino que al contrario se casa con otro diferente, de esa mujer se dice que “ha fornicado”, es decir que ha cometido porneía.

Un sexto significado es la identificación con el adulterio.

Al comparar 2ª de Reyes 9:22 con Apocalipsis 2:20-22, podemos comprender que la idolatría y el adulterio están relacionados con la porneía. En efecto: Jezabel ha realizado muchas porneías. Entre las porneías a destacar se encuentran la idolatría y el adulterio (moijeúo {Ap. 2:22}). Independientemente de que el Apocalipsis nos esté hablando en un plano espiritual parte de una concepción literal: teniendo en cuenta a la Jezabel histórica. Es el mismo ejemplo de Jeremías 3:1, 2: el comportamiento de Israel con Dios se representa con la unión de un hombre con una mujer abandonando a su legítimo esposo. A la unión con varios amigos en detrimento de la unión con Dios se le llama fornicación (porneíais). El abandono del legítimo esposo por otro que no lo es, es un adulterio.

Jesús es identificado como nacido de alguien distinto al que se le reconocía como su legítimo padre. Eso que sería catalogado como un adulterio se le llama porneía (Jn. 8:41).

En 1ª de Corintios 7:2, se dice que “… a causa de las porneías, cada uno tenga su mujer, y cada uno su marido” Este plural está en consonancia, de acuerdo al contenido del propio texto, con el hecho de que la porneía no la podemos limitar ni al incesto ni a la prostitución ni a la idolatría ni a la unión con incrédulos únicamente sino también con el adulterio.

La razón de la mención de moijoi (adulterio) juntamente con porneía en Gálatas 5:19 es para dar énfasis sobre un aspecto de la porneía: el adulterio. Pablo las puede mencionar por separado, ya que todo adulterio (moijoi) es porneía, pero no toda porneía es adulterio.

En Judas 7 hay algo muy revelador en la ampliación del sentido de porneía. Se nos refiere de aquellos habitantes que fueron destruidos por el fuego de Dios, los de Sodoma y Gomorra. Se nos dice la causa: por ekporneúo (de pórne, os). Si esto lo comparamos con los pasajes de Génesis 19:4-8, nos daremos cuenta que aquí la porneía, es sinónima de homosexualismo o sodomismo.

A tres conclusiones podemos llegar a la luz de estos textos:

Que el término porneía abarca tanto al incesto, como la prostitución, la unión con incrédulos, y lo que resulta de clasificarla como idolatría, la idolatría como abandono de Dios a fin de aceptar ideologías o prácticas contrarias a la verdad de Dios que repercuten negativamente en su pareja creyente, y además dentro de todo este abanico, también al homosexualismo, abuso a niños y al adulterio.

Que la porneía a la que se refiere Jesús en Mateo 19:9 tiene como referencia esa concepción abarcante que la tradición del Antiguo Testamento expone y de la que hemos dado cuenta, y que luego el Nuevo Testamento interpreta en la misma línea reforzando dicha posición.

Es decir que, de acuerdo al estudio expuesto, el motivo por el cual un nuevo casamiento no estaría condenado sería cuando por parte de uno de los cónyuges se ha cometido porneía, teniendo un valor que consideraría diferentes desviaciones sexuales e idolátricas.

Que el privilegio paulino en 1ª Corintios 7:10-15 parece tener en cuenta como causa de separación la manera idolátrica con que se configura el incrédulo frente al creyente. Pero nótese la matización que Pablo recoge en dichos textos:

“A los unidos en matrimonio (Toi/j de. gegamhko,sin), mando (aragge,llw), no yo (ouvk evgw.), sino el Señor (avlla. o` ku,rioj), que la mujer (gunai/ka) no se separe (mh. cwrisqh/nai) del marido (avpo. avndro.j); y si se separa quédese sin casar, o reconcíliese con el marido, y que el marido no abandone a la mujer” (7:10, 11).

Es evidente, que con relación a un matrimonio, que se hubiera constituido partiendo de una pareja de creyentes, no hay ninguna excepcionalidad, porque el Señor en el caso de un matrimonio que cumple con el pacto matrimonial establecido por Dios ya se ha estipulado de que es indisoluble, y por lo tanto lo dice el Señor, no Pablo, de que en el matrimonio entre creyentes la posible separación no anularía dicho matrimonio, y por lo tanto se añade la coletilla “o reconcíliese o quédese sin casar” (7:11).

Pero ahora nótese el cambio en 7:12:

“A los demás” (Toi/j de. loipoi/j) ¿Quiénes son esos “a los demás” (7:12) que están en una línea de tratamiento distinto y catalogados como diferentes en algo “a los que están unidos en matrimonio de 7:10”? Y en este caso lo que va a decir Pablo ya no lo dice el Señor sino Pablo: evgw. le,gw “yo digo”, no el Señor (ouvc o` ku,rioj).

Evidentemente hay una clara diferencia entre “los que está unidos en matrimonio” (7:10), y los que forman el grupo de las parejas clasificadas como “los demás” (7:12). Esa distinción se ve profundizada, cuando Pablo nos da a entender de parejas establecidas como tales fuera de la iglesia, y que uno de los cónyuges ha llegado a ser creyente, y el otro ha permanecido incrédulo. Y que en el caso de que el incrédulo, en su ejercicio de incredulidad se separara, entonces la hermana o hermano creyente no estaría sujeta o sujeto a “semejante servidumbre” (7:15).

Se ha de precisar está condición que nos presenta Pablo. Hay cinco aspectos diferentes a lo tratado en 7:10, 11 con lo expuesto en 7:12-15:

Diferenciación en la catalogación de la pareja (7:10): En el primer caso se clasifica como “estando unidos en matrimonio”, en este segundo caso, se clasifica como siendo “los demás” (7:12).

Difieren entre el origen y base de la argumentación: En el primer caso, Pablo argumenta que lo que orienta respecto a lo que deben hacer “los que están unidos en matrimonio”, lo dice el Señor no él (7:10); en el segundo caso se afirma que lo que Pablo dice, lo dice él, no el Señor (7:12).

En el primer caso se insta a la mujer y al marido a no separarse (7:10 úp., 11úp.). En el segundo caso, la pareja formada por un o una creyente y/o por un incrédulo o incrédula, pueden permanecer como pareja siempre y cuando el incrédulo o la incrédula consienta en seguir viviendo con el creyente o la creyente (7:12, 13).

Distinción en las consecuencias respecto a si se separaran. “A los que están unidos en matrimonio”, y que conlleva “lo que el Señor dice” si alguno de los dos cónyuges se separara: habría que mantenerse sin poderse volver a casar (7:11); mientras que en el segundo caso, el de los demás, que no se justifica con un así dice el Señor, sino con un así dice Pablo, si hubiera separación por parte del no creyente, “no se añade quédese sin casar” sino que el hermano o la hermana en semejante caso, no está sujeto a esa servidumbre (7:15).

Esa unión de un creyente con un no creyente, cuando el no creyente se separa, convierte a la pareja que ya había ha sido catalogada como siendo “los demás” a diferencia de “los que estaban unidos en matrimonio”, en una servidumbre, y no se añade “quédese sin casar”.

¿Qué implica la separación del no creyente en el segundo caso? ¿Qué significaría en dicho caso una servidumbre? ¿Qué tratamiento está dando a “los demás” cuando lo está comparando enfatizando la distinción con los que están unidos en matrimonio?

Mientras que en el caso de dos creyentes si se da la necesidad de la separación (por incompatibilidad, por imposibilidad de mantenerse juntos cf. 1ª Cor. 7:10, 11) han de quedarse separados pero sin casarse, en el caso de un incrédulo que decide separarse de un creyente (se supone, de acuerdo al propio contenido, que por la creencia), no se destaca el que el creyente se haya de quedar sin casarse. Se omite en esta variante. ¿Por qué? ¿Será porque el incrédulo o incrédula al separarse y unirse con el mundo rechazando a su cónyuge creyente, comete un adulterio espiritual catalogado como idolatría, una porneía, y entonces como parte víctima, al creyente le estaría permitido un nuevo casamiento?

Téngase en cuenta también que si el incrédulo consiente en vivir con el creyente no se puede forzar está situación. La separación no parte del que se considera creyente sino del incrédulo. Es verdad que la parte incrédula puede estar rechazando al creyente y actuando idolátricamente pero sin querer dejar el escenario del hogar y hacer la vida imposible con su porneía idolátrica al creyente. Y entonces nuestra reflexión vuelve a cobrar toda su dimensión de nuevo, de acuerdo a lo que el texto nos presente.

También podría darse el caso, de que un matrimonio, en un principio de creyentes, dentro del aparente cumplimiento del pacto matrimonial en el pueblo de Dios como testigo, uno de los dos cónyuges manifestara, a partir de un momento, un comportamiento de no creyente, y que se constituyera en un incrédulo activo con lo que conlleva de idolatría ¿Cómo habría de catalogarse dicha relación? ¿Estaría dentro del primera caso (7:10, 11) o en el segundo caso (7:12-15)?

¿Y cómo se identifica a un matrimonio querido por Dios, que en ese caso sería indisoluble? (cf. Mt. 19:6)

Un ejemplo: Una pareja que no conoce el contexto del plan de la salvación, y lo que se exige de pacto matrimonial (cf. Malq. 2:10-16) en todo matrimonio querido por Dios. Se trata de dos drogadictos y con sida, y se casan en el mundo y de acuerdo a las reglas civiles ¿Eso sería un matrimonio querido por Dios? ¿Eso lo habría juntado Dios?

Dos personas se casan, y conocen la verdad de Dios. Él era un maltratador, y sigue siéndolo cuando conocen la verdad ¿Ese matrimonio habría podido catalogarse como querido por Dios?

¿Podría el maltrato clasificarse dentro de una porneía idolátrica? (Col. 3:5 cf. Ef. 5:5) El maltrato ¿podría ser catalogado como una pasión desordenada que junto a la porneía se clasifican como idolatría?

¿Estaría Pablo queriéndonos decir algo respecto a esos otros denominados “los demás” (1ª Cor. 7:12-15), a diferencia de los matrimonios queridos por Dios (1ª Cor. 7:10, 11 cf. Mt. 19:6) como considerando la posibilidad de que el no creyente, o el que se constituyera como no creyente, si se ejercitara como tal, provocando negativamente su no creencia se le pudiera identificar dicho resultado como una servidumbre, y descubrirse así una subespecie de matrimonio como siendo “los demás”, y por lo tanto como no querido por Dios?

  • El matrimonio querido por Dios: “Lo que Dios unió no lo separe el hombre”

¿Qué es un matrimonio querido por Dios? Todo lo que se une en pareja sea por lo civil o por la iglesia ¿Lo ha unido Dios?

“Lo que Dios unió no lo separe el hombre” ¿Y lo que Dios no une?

No podemos hacer a Dios responsable de toda unión como pareja aunque se llame en la actualidad “matrimonial”. Pablo fue muy cauto a la hora de identificar a esos “otros” como matrimonio ¿Cómo vamos a tener la osadía de calificar como matrimonio querido por Dios cualquier unión en pareja, se haga ésta en la iglesia o fuera de ella?

¿Cómo podemos hacer a Dios responsable de una unión de un maltratador y una víctima del maltrato? El maltrato se convierte en un ídolo, cuando la persona se hubiera catalogado como creyente o no, considera al ídolo lo importante marginando a Dios, rechazando desde la primera y única vez que lo ejerce, un tratamiento profesional y espiritual (cf. Mt. 18:7, 8, 6 cf. Mt. 5:23-26).

Luego si esa unión no la podemos identificar como querida por Dios (¡Qué barbaridad, ya está bien de imputarle a Dios lo que los seres humanos deciden equivocadamente hacer!), el matrimonio no sería válido, y se calificaría como ejercicio de idolatría, como una porneía (Mt. 19:9 cf. 1ª Cor. 7:12-15 cf. Col. 3:5 cf.  Gál. 5:19-21).[2]

Todo el contexto de un matrimonio querido por Dios es que ambos conyugues se sometan voluntariamente al pacto matrimonial. Que analizan seria y profundamente las características de ese matrimonio querido por Dios antes de contraer un matrimonio bendecido por Dios. Tenemos la responsabilidad los que ejercemos el oficio sagrado de poder colaborar en el casamiento de orientar a la pareja respecto al matrimonio querido por Dios, a que si quieren casarse en conciencia, y que yo no pueda ejercer el derecho a la objeción de conciencia de casarles, que estén dispuestos a someterse libre y voluntariamente al pacto matrimonial, al matrimonio querido por Dios, a que Dios les case en definitiva, y que mi actuación, la de dar curso a su responsabilidad, la que la pareja ha tomado como opción, coincida con la voluntad de Dios, y nos encontremos todos en el mismo “lugar”.

Por lo tanto para que el matrimonio sea querido por Dios, ha de cumplirse unas condiciones, tanto por Dios que revela las características y el pacto matrimonial, como por los contrayentes que han de conocer muy bien lo que Dios puede bendecir, y lo que implica el que Dios los una; y el que ha de prepararlos, que ha de ser claro, profundo, respetuoso sobre todo lo que significa e implica ese matrimonio querido por Dios.

  • Lo que Jesús tenía en cuenta cuando se refirió en un deráš péšer “al principio”[3]

La Institución Matrimonial posee implicaciones sexuales, antropológicas, sociales, morales y espirituales.[4] Si queremos ser útiles, tener una buena salud y aprender a controlar el Estrés, a fin de prevenir la enfermedad hemos de saber conducirnos en nuestra relación matrimonial de acuerdo a la naturaleza y objetivo del matrimonio otorgado por Dios. Si no hacemos caso sufriremos lo que se está evidenciando desde siempre y que alcanza cotas insuperables en la actualidad. Este sufrimiento que se observa hoy experimentar con profunda intensidad, por lo que implica la relación y comunicación de la pareja, puede ser prevenido e incluso curado si se tiene en cuenta el propósito del matrimonio y la convivencia asertiva en pareja. No hay nada más estresante que lo que se produce con el otro. Ese otro con el que decidiste unirte puede ser el motivo que te lleve a una autorrealización personal satisfactoria (procurando también la del otro), o al hundimiento, en el que fallan las defensas, se inhibe el sistema inmunológico, y te encuentras a merced de un Estrés negativo que puede introducirte en la enfermedad. Cuando se haga una investigación exhaustiva sobre el origen o el desencadenamiento de la mayoría de las enfermedades se comprobará, tal como apuntan ya diversos estudios, que las discusiones familiares, en las que está ausente el comportamiento asertivo, llevan consigo dolor y enfermedad. Téngase en cuenta, además de lo expresado ya, lo que a continuación indicamos. Somos conscientes, no obstante, que ciertas situaciones no las podemos simplificar ni considerar como fácilmente solucionables, y que requerirían tratamientos más personalizados. Hay situaciones que no pueden resolverse si el otro y el otro, no se unen en intentar juntos practicar la asertividad en el hogar. De cualquier forma es preciso probar la utilidad de lo que exponemos a continuación.

  • ¿De qué nos puede servir el origen, situación y forma del matrimonio en cuanto al pacto matrimonial y al matrimonio querido por Dios?

Obsérvese en primer lugar que la creación del ser humano se realiza en dos tiempos: la de la persona masculina primero y la femenina después (Gn. 1:26, 27 cf. Gn. 2:21-23; 1ª Tim. 2:13). El ser humano abarca y engloba tanto a la persona masculina como a la femenina (cf. Gn. 1:27), lo que se denomina “macho” y “hembra”.[5]

El segundo punto nos muestra el sentimiento de soledad [6] en la persona humana masculina en ausencia de la persona humana femenina (cf. Gn. 2:18 pp.).

El tercer aspecto nos enseña la necesidad de ayuda idónea para suplir el vacío de la ausencia que el ser humano masculino experimenta (cf. Gn. 2:18: úp.).

Cuarto, la propia creación “macho y hembra” (1:27) contiene una intención divina de unión de la persona masculina con la femenina (cf. 2:18 pp.).

Quinto, hay una bendición de Dios (Gn. 1:28a) de lo que supone la cópula “macho y hembra” (1:27b, 28b cf. 2:21, 22).

Sexto, hay una especificación de dos sexos, que aunque remiten a un único ser humano, son diferentes y complementarios (1:26, 27 cf. 2:18-23).

Séptimo, está presentación enseña la iniciativa divina, no la humana, en institucionalizar el matrimonio mediante una relación íntima que abarca a toda la persona incluyendo la cópula exclusiva de dos sexos diferentes: de lo masculino con lo femenino.

Tanto la intervención de Dios en su forma de hacer a la mujer trayéndola al hombre (cf. Gn. 2:21-23) como en la exclamación humana (“¡esto sí que es carne de mi carne!”) se fundamenta documentalmente la institución matrimonial. Pero la respuesta del hombre (=ser humano) contiene un compromiso positivo al plan divino relativo al matrimonio. El hombre sale al encuentro de Dios aceptando las premisas y contenidos de lo que supone el matrimonio.

  • Las lecciones a aprender y a tener en cuenta

1)    Dios es el punto de referencia de todo matrimonio que quiera cumplir el propósito de su institucionalidad

La primera lección que se desprende del análisis del matrimonio de acuerdo a como se nos describe en lo que consideramos como revelación de Dios, es, que para cualquier conocimiento o necesidad respecto al comportamiento o vivencia matrimonial es preciso consultar a Dios. La consulta se realiza por medio de la oración y asumiendo las respuestas que nos da El en su revelación.[7]

Cuando al matrimonio se va, considerando los puntos de vista que tiene Dios, El será siempre una fuente de referencia válida para cualquiera de las experiencias críticas o no por las que ese matrimonio pase.

Cuando se posee la convicción de que Dios ha intervenido tanto en la elección del otro como en la realización del matrimonio, es, porque Dios ha sido activamente consultado antes de tomar una determinación sobre el particular, y ha debido configurar la seguridad en la conciencia del otro y del otro, que El vela respecto a los diferentes momentos y situaciones por las que ha de pasar dicho matrimonio.

Este planteamiento lleva a la pareja a emplear una metodología, a fin de resolver los problemas que surjan, teniendo en cuenta siempre esta referencia a Dios que considera al matrimonio unido por Dios indisoluble (cf. Mt. 19:3-8).[8]

Esta posición ayuda considerablemente a afrontar cualquier situación implicada en toda convivencia, y a solicitar al originador de su matrimonio a fin de que haga realidad el propósito por el que su matrimonio fue realizado. La pareja se somete a su Creador en los veredictos que Él ha previsto a fin de prevenir o resolver cualquier contratiempo, incluso los aparentemente insolubles.

Si como consecuencia de la falta de esa perspectiva que considera a Dios como la referencia válida, su matrimonio estuviera en sus manifestaciones continuas, a punto de disolverse, podrían, si los dos lo decidieran al unísono, interesarse en conocer lo que implica tener a Dios como siendo la referencia al desarrollo adecuado de su matrimonio. Si lo hiciesen, a pesar de lo costoso, no cabe duda que lograrían alcanzar el tono que muestra la superación de la prueba que les generaba constantes molestias, en muchos casos intolerables. Esta condición es muy posible en un matrimonio en el que dándose las problemáticas que engendran el carácter no supeditado a la influencia divina, se da la característica de la increencia de uno de los cónyuges o de ambos. Si ambos no creyentes llegaran a creer y a tomarse en serio a Dios, las cosas podrían solucionarse. En el caso de que uno de los cónyuges no fuese creyente, o que uno de los dos creyentes no supiera actuar coherentemente con su creencia, y la situación de permanencia en ese casi matrimonio, tanto en un caso como en otro, fuese más perjudicial para su salud mental y espiritual, habría que aplicarse el privilegio paulino por parte del creyente coherente (cf. 1ª Cor. 7:7-16), cuya existencia se está haciendo insostenible y peligrosa tanto para su fe como para su salud.

Para cada situación enojosa y triste, Dios tiene siempre la capacidad de curarnos, siempre y cuando estamos dispuestos a recibir su perdón y reconciliación,[9] incluso cuando, por las circunstancias que fuesen, la ruptura dañina se llevase a cabo como consecuencia de la ausencia de la fidelidad al compromiso de la unión conyugal.[10]

La conclusión de esta primera lección es simple y clara: 1) Los creyentes poseemos el conocimiento de que Dios como originador de la institución matrimonial, ha programado en nuestra naturaleza las respuestas adecuadas a las demandas que exige la vida matrimonial. Cuando la persona mantiene la comunión con Dios resultado de ese conocimiento, y tiene a ese Dios como referencia, tanto en la elección del cónyuge como en la conducta a seguir, el matrimonio se mantendrá dentro de las orientaciones de la indisolubilidad y de una correcta asertividad tanto en la relación como comunicación, aun cuando aparezca la discrepancia y la disconformidad en ocasiones, pero siempre el respeto de los derechos del otro y la aceptación de uno mismo y del otro hace visible el amor, la comprensión, y una relación de compañerismo con Dios. 2) Cuando por las circunstancias que sean ese punto de referencia en Dios no se considera ni en la elección ni luego por lógica en las crisis ni en el fortalecimiento del matrimonio, y se produce la ruptura, únicamente recuperando lo que nunca había tenido en cuenta, esa referencia en Dios, se podría conseguir, a pesar de los sufrimientos que habrá podido suponer lo ya realizado perjudicialmente, el conocimiento de Dios necesario a fin de resolver, a partir de la experiencia negativa, la direccionalidad que se ha de seguir ahora teniendo cuenta esa referencia en Dios. 3) En este segundo caso, o en el hipotético de que no hubiera deseo de ese conocimiento que previene los problemas que se desencadenan como fruto de la ignorancia de lo que supone nuestra raíz, designio y diseño como ser social, la persona que tenga que vivir una experiencia de convivencia, le será muy difícil controlar el Estrés, provocando fácilmente la enfermedad.

2)    Es la persona humana completa (masculina y femenina) que está creada a imagen de Dios

Por lo tanto el otro o el otro, jamás puede imponerse como superior. Hacerlo, sería romper lo que permite esa unidad ideal a imagen y semejanza de Dios con que la componen lo masculino y femenino, juntos y en plena concordia y complemento. Cuando se da esa repetición de lo masculino y femenino en pareja [11] la tendencia del ser humano masculino y la del ser humano femenino ha de ser la de confluir a fin de que la imagen y semejanza de Dios sea permanente.

Cuando no se practica una conducta asertiva esa unidad ideal entre lo masculino y femenino que predica sobre la imagen y semejanza divina se quiebra. Y ya no se da “imagen y semejanza divina” sino otra cosa. Y en esa situación distinta a la imagen y semejanza divina, es, cuando se da una gran cantidad de Estrés para la que el ser humano no está ni preparado ni para la que tampoco fue concebido. De ahí la gran importancia de que volvamos a nuestro origen, a nuestras raíces, a nuestro diseño y designio si queremos salvarnos de un Estrés evitable y que hace mucho daño.

3)    Llenar la soledad ¿cómo?

Es muy psicológico todo lo que se muestra en estos primeros versículos del Génesis. Y que las características marcan las pautas futuras en cuanto a la comprensión de la pareja.

Esta idea de soledad por parte del ser masculino evidencia la ausencia de algo muy importante, tanto como que el estatus de hombre como ser humano real y total, se alcanza según Génesis 1:26, 27, cuando el varón y la hembra se dan complementariamente. Ahora en Génesis 2:18, 19 se nos descubre la imperfección [12] de lo masculino mediante el estado de soledad y de necesidad de ayuda idónea, y que llega a su perfección con la feliz presencia de la varona o mujer.[13] Esto nos muestra no únicamente la imperfección del masculino solo sino la total dependencia de lo masculino respecto de lo femenino. Y esa dependencia se evidencia en la continua búsqueda histórica del masculino a la femenina. Y que cuando se consigue la plena conjunción es cuando se da la real y total humanidad.

Pero Dios no nos predica solamente la dependencia del masculino solo respecto de la femenina sino también de la dependencia de la mujer respecto del varón. En efecto: la mujer ha sido sacada tomando como base material al varón (Gn. 2:21-23). Sugiriéndosenos que la mujer posee como correspondencia programada el objetivo de estar con el varón para un decisivo autorrealizarse. La mujer sin su complemento el varón no estaría cumpliendo su designio. Y tanto el uno como el otro por separado están solos y experimentan la soledad, a no ser que ciertos dones hagan su aparición a fin de paliar semejante situación.

El compromiso divino para con la mujer consiste en evidenciarse en ella el ser ayuda idónea. El ser masculino está desvalido sin la ayuda idónea que supone la mujer. Pero la mujer necesita también llenar este requisito de ser ayuda idónea a fin de experimentar su valor. De este modo la mujer genera de modo natural su autoestima, y el varón comprueba también la autoestima cuando como fruto de recibir la ayuda idónea que le proporciona la mujer, y alcanzar así el ser completo unido a ella, experimentar también la autoestima. Si el ser masculino no reconoce ser incompleto sin la mujer (o en casos concretos y excepcionalmente sin dones sustitutivos) sufrirá un gran Estrés al que no le será fácil ajustarse. Y si actúa sin este reconocimiento no se dejará ayudar e incumple su gran trabajo para con ella: el manifestarle amor; especialmente por cuanto reconoce en ella su necesidad, su idoneidad y ayuda, e impedirá el que la mujer cumpla con su tarea, por la que resultaría en felicidad, obteniendo por el contrario tristeza, soledad, desestabilización. Si la mujer no acepta su papel, lo que resultaría de llenar la soledad del ser masculino que repercute positivamente en ella, se privaría del amor y cariño que está presente, de cumplirse la otra parte, y por lo tanto ni habría autorrealización ni autoestima. Y con ello el Estrés negativo sería difícilmente controlable, estando abocada a la depresión irreversible.

Estos textos institucionales (Gn. 1:26, 27; 2:18, 19, 21-23) que los ratifica Jesucristo (cf. Mt. 19:4-6, 8) son los que deben marcar la correcta interpretación de los pasajes novotestamentarios. Es decir, la polémica suscitada respecto al sometimiento de la mujer al hombre no tiene consistencia bíblica. Por lo que venimos estudiando el cumplimiento de la esfera que cada uno tiene consignada, no determina superioridad ni inferioridad a nadie respecto del otro. De ahí que cuando Pablo atribuye el que el ser masculino sea cabeza de la mujer (cf. 1ª Cor. 11:3) y que la mujer se sujete al marido (cf. Col. 3.18), tenemos que entenderlos en su debido contexto y con la perspectiva legada por los textos institucionales que sirven para siempre (cf. Mt. 19:8 úp.).

Al estudiar estos pasajes de acuerdo a lo anterior nos enriquecemos para una puesta en escena adecuada de la vivencia matrimonial.

¿Qué significa el llamamiento a la mujer de sujetarse al marido como conviene en el Señor? (Col. 3:18). Es evidente que la palabra sujeción es cumplir con el objetivo de la complementariedad al que se le ha asignado desde el principio de la historia. Se ha de sobrentender que se parte de una tendencia sicológica resultante del deterioro producido por el pecado. El llamamiento viene a decir: sujétate a lo establecido por Dios (“como conviene en el Señor”). Mantén una continua vigilancia en cuanto a estar cumpliendo tu esfera de ser ayuda idónea y de llenar el vacío al solitario. Sujetarse a su cometido es para San Pablo sujetarse al marido ¿Y por qué este tipo de llamamiento? Por cuanto la inspiración comprueba la tendencia sicológica de la mujer natural deteriorada por el pecado ¿Y cuál es esa inclinación? La de imponerse por la fuerza de lo natural. Existen dos poderes, entre otros, en la mujer que aparecen de forma natural en el cumplimiento de su cometido de ser ayuda idónea, y que por lo tanto son muy necesarios para el ser masculino, y que marcan una direccionalidad determinada: la sexualidad y la cocina (con las implicaciones inherentes). Hay un continuo agradecimiento por parte del ser masculino que fija permanentemente la dependencia del ser masculino respecto del ser femenino en lo referente a la unión y realización sexual, y en lo relativo a la cocina.[14]

Si se cae en la tentación de utilizar o manipular esa dependencia en provecho propio a fin de imponerse o de obtener una primacía, la persona femenina, en este caso, se aleja del cometido de ser ayuda idónea, y tanto como prevención o como por tratamiento se requiere hacer un llamamiento a estar sujetas, es decir a ser fieles a su vocación natural original. El sujetarse al marido es mantener su fidelidad o retornar a ella en el caso que no se estuviese realizando. Sujetarse es avenirse al árbol, encontrar el apoyo del ser masculino en el cumplimiento en libertad de la tarea con que se ha sido diseñada.

Pablo, siguiendo los requerimientos del texto institucional, y la condición de necesidad del ser masculino como solitario e incompleto, y teniendo en cuenta el deterioro que la personalidad masculina ha experimentado, reclama de los maridos el amar a sus mujeres y a no ser ásperos (Col. 3:19).

Si se observa con detenimiento, Pablo, está pidiendo de los maridos lo que genera permanentemente en la mujer el cumplimiento de ser ayuda idónea ¿por qué? Porque es prácticamente imposible ser ayuda idónea de alguien si éste no reconoce esa necesidad. Y el reconocimiento de ese menester no se puede manifestar de otra manera que amando al ser femenino, expresándole con cariño la dependencia que de ella tiene. Empleando la cortesía y desterrando la aspereza.

Si el marido no corrige la tendencia de poder, de imponer el deseo, de considerar a la mujer como un objetivo en sí mismo, a fin de satisfacer sus necesidades puramente fisiológicas, se desnaturalizará el propósito de la parte que le corresponde en el matrimonio, y sufrirá las consecuencias. Precisamente el cumplimiento de ser cabeza de la mujer con que se le ordena (1ª Cor. 11:3), es considerando lo que ya se ha orientado en las primeras páginas del Génesis. Ser cabeza implica dirección y autoridad.[15] Esa dirección y autoridad la recibe el varón de Jesucristo. En este caso el varón está comprometido en la responsabilidad de dar ejemplo de la naturaleza de la dirección y de la autoridad ejercida por Jesucristo respecto de él en representación además de la mujer. Y consiste, tal como en nota aparte hemos justificado, representar tanto a él como a la mujer delante de Dios, en su función sacerdotal (sacrificio hacia la mujer) y de autoridad espiritual (de servicio), y que del mismo modo que al varón se le proyecta la dirección y autoridad de Jesucristo de acuerdo a lo que implica, de ese mismo modo la mujer tiene como dirección sacerdotal y autoridad espiritual al varón que le representa delante de Jesucristo. Esa autoridad espiritual la ejerce el varón mediante el cumplimento del amor para con ella, favoreciendo el cumplimiento que la mujer tiene consignado de forma natural: llenar la necesidad dependiente que de ella tiene el varón, y la de ser ayuda idónea para con él, con las diferentes implicaciones que esto pudiera suponer. En esa unidad que se logra en la conjugación de un ser humano masculino – femenino, y el ser, permaneciendo en unidad, imagen y semejanza de Dios (Gn. 1: 26, 27 cf. 1ª Cor. 11:11),[16] al ser masculino se le constituye como representativo de ser cabeza; lo femenino al estar unido a lo masculino está implicado. Su marido manteniéndose en esa unidad, en fidelidad y amor a ella le representa como cabeza delante de Dios.

  • Ø En Resumen y concluyendo este apartado

“El matrimonio permite a cada uno realizar en unidad con un ser complementario una plenitud feliz en vista de cumplir en común los designios de Dios”.[17]

  • Ø Crecimiento de la especie (Gn. 1:28)

La legitimidad de las relaciones sexuales en el matrimonio se encuentra, en la orden divina, y en la estructura fisiológica querida por Dios para esa finalidad, entre otras cosas.

  • Ø Soberanía sobre todo lo creado (Gn. 1:28 sl)

Es el ser humano hombre – mujer, el que recibe esa soberanía sobre todo lo creado.

La actitud de ese ser humano debía tener una orientación tendente a que permanezca lo que implica la frase “y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (cf. 1:31).

  • Ø Apoyo mutuo mediante la complementación y el amor

Una ayuda idónea es como ya vimos lo que se desprende de Génesis 2:18. Lo que implica esa ayuda está determinado no solamente en el hecho de que la mujer sea sacada de la materia viva de Adán sino lo que configura la combinación hombre – mujer en Génesis 1:26-28.

Se trata de complementos de uno mismo sin los cuales lo humano sería incompleto. El recibe de ella el sentido de la presencia de lo que le es necesario para disipar la soledad e inseguridad; él le protege para vivir en confianza. Los dos se prodigan inspiración, respeto, comprensión y amor.

  • Ø “Conocerse”

La entrega matrimonial no es simplemente una exploración sexual pasajera. Adán no solamente contempló lo que él denominó carne de mi carne y hueso de mis huesos, sino que una vez traída a él por Dios (2:22 úp.), experimentó ese sentimiento de conocimiento profundo (cf. Gn. 4:1) de lo que Dios le presentaba.

La relación sexual considerada dentro de la globalidad de la institución matrimonial se convierte en esa unión, en ese descubrimiento, en esa comunicación continua y conocimiento de lo más íntimo, en un anuncio de la unión, conocimiento y comunicación que debe existir en toda relación matrimonial.

A través del matrimonio uno descubre cómo se es y cómo no se debería ser; cada uno puede comprender mejor sus defectos y deficiencias, su temperamento y carácter, la necesidad de cambios, y lo que el otro puede aportar. Y todo ello para lograr en su plenitud el carácter de Dios, y manifestar así el ser imagen y semejanza de Dios.

  • Ø Profundizar en el que les ha otorgado la Institución matrimonial

La institución matrimonial remite constantemente al Creador de la pareja tanto por su origen y naturaleza como por la necesidad de cumplimiento de los contenidos involucrados en el mensaje divino.

De este modo estamos entendiendo que, o bien la búsqueda correcta y genuina por cumplir este requisito fijado en nuestra naturaleza, o bien la realización progresiva del objetivo de acuerdo al plan de Dios nos ahorrará del Estrés que produce una soledad y de los disturbios inherentes, fruto del incumplimiento del logro del propósito divino.

  • Dualidad de sexos y su sentido
  • Ø Datos biológicos y repercusiones

“La esencia específica del hombre o ser humano se realiza en dos sexos”.

Ante todo la persona denominada como hombre como la indicada como mujer responde a una estructura común, con unos elementos y contenidos idénticos por lo que se puede decir de ellos que son un mismo y único ser humano. Es por ello que aunque existe una tipificación sexual que abarca no sólo a la ordenación de la materia corporal sino a células, tejidos, órganos y funciones, incluso al campo anímico – espiritual, hay rasgos característicos que se observan tanto en uno como en otro sexo.

Es sabido que la diferenciación sexual viene designada por una serie de datos biológicos que nos presentan de entrada la existencia de células reproductoras masculinas y femeninas, que agrupan un material dotado de forma y de vida, en especial los genes de los cromosomas.

Aunque no haya cópula sexual tanto los óvulos como los espermas se producen. Mediante la eyaculación se proyectan espermas en el ovario. Será preciso que uno de estos espermatozoides se encuentre con un óvulo apto para la concepción. Cuando eso ocurre, penetrará dentro de él, se unirán los núcleos de las dos células produciéndose la fecundación, obteniéndose el zigoto, y de ahí, a causa de varias divisiones, surge el nuevo organismo pluricelular.

La codificación de los cromosomas está regulada de tal manera que el ser masculino o femenino depende de que la célula del semen del hombre pueda tener un cromosoma x o un cromosoma y. Puesto que el óvulo tras la mitosis posee un cromosoma x, si se junta con un cromosoma x (el proporcionado por el hombre), (x + x) producirá un ser femenino, si lo hace con un cromosoma y que puede ofrecer el hombre (x + y), surgirá un ser masculino.

Todo feto se origina con una disposición hacia un sexo determinado, que se comprueba con la no fijación de uno de los sexos y con la aparición específica del otro.

La fecundación no acontece en el mismo instante que el coito sino tras varias horas o incluso en algunos casos, dependiendo de la capacidad de fecundación de los espermas, después de algunos días.

Esto es un indicativo de que la fecundación es independiente del coito, puesto que las leyes naturales te muestran que la esterilidad de la mujer se amplía a todo el tiempo de la gravidez una vez fecundada, antes de la experiencia de la menstruación y después de la menopausia; y sin embargo esta apta, en condiciones normales, para la cópula durante el tiempo del embarazo y después de haberse retirado la regla. Y como quiera que la posibilidad de ser fecundado el óvulo se reduce a unas ochenta y cuatro horas en todo el año,[18] y durante todo el resto del tiempo, la mujer está dispuesta para el coito, se puede colegir que las propias leyes de la naturaleza descartan la idea de que cada coito sea necesariamente para un acto de procreación.

Estos datos biológicos nos abren un campo de comprensión profundo tanto en lo que se refiere a la diferenciación sexual, como a las repercusiones que aquella puede tener en la caracterización anímico – espiritual.

Independientemente, de lo que supone en cuanto al placer y el dolor la puesta a punto de esos datos biológicos tanto en el hombre como en la mujer: el modo de sentir tanto lo uno como lo otro se matiza en cada uno de ellos por separado. El teólogo Herbert Doms [19] nos presenta dos diferencias biológicas que considera que son decisivas para la situación que experimentan ambos sexos en su quehacer cotidiano.

La primera es el hecho incuestionable de que “el desarrollo de una nueva vida humana tiene lugar dentro del seno materno” durante nueve meses, a lo que hay que añadir la exigencia de la naturaleza en cuanto el amamantamiento. Esto si bien provoca un desgaste en el organismo femenino, le liga más al hogar y por lo tanto la une al hijo de modo más vital y personal. En estas condiciones la aptitud anímico espiritual se desarrolla, en la mujer, de modo especial repercutiendo en un servicio al hijo. Asuntos, todos ellos: físico – corporales y anímicos – espirituales que son más primordiales que los que el hombre masculino puede ofrecer.

La segunda, tiene que ver con la realidad de la capacidad reproductora de la mujer que se limita hasta la llegada de la menopausia, y de su constante sometimiento a los períodos que se producen en cada mes cuando el óvulo madura y se desprende del folículo. Estas condiciones biológicas le afectan física y anímicamente. Todo lo cual no tiene parangón en el hombre masculino.

  • Ø El Sentido de la bisexualidad

1) Hay una ordenación polar recíproca tanto anímico – espiritual  y físico – corporal, que sólo se puede dar en el propio carácter bisexual del ser humano hombre – mujer. Y esto, dejando a un lado otros contenidos del texto, es algo querido por Dios, así se expresa en Gn. 1:26, 27 cf. 2:24 y 3:16. Esto tiene una trascendencia capital porque en esa ordenación bisexual se fundamenta la posibilidad del matrimonio. Fuera de otras condiciones para la posibilidad del matrimonio no es posible.

Todavía se complementa más esta bisexualidad con la programación que se compulsa desde el feto, cuando tal como ya indicamos la ordenación divina de la bisexualidad hace acto de presencia mediante una disposición hacia un sexo determinado, que se comprueba con la no fijación de uno de los sexos y con la aparición específica del otro.

Es decir en esta ordenación divina no puede aceptarse, de acuerdo a su direccionalidad creativa, como algo querido por Dios y natural el homosexualismo en cualquiera de sus formas, ni en la práctica ni en el acto sacrílego de su pretensión seudomatrimonial.[20] Puesto que no cumple ni con la bisexualidad, ni con la ordenación que desde el feto se le ha programado, queriendo romper con la natura, involucrándose voluntaria y responsablemente con todo el desequilibrio y desorden que eso implica.[21] Pero además rechaza el ser imagen y semejanza divina. Es decir, repudia su origen creativo por el Dios creador. No puede haber aquí componendas de ninguna clase. El ser imagen y semejanza de Dios implica entre otras cosas aceptar la bisexualidad manifestada en dos personas diferenciadas sexualmente, y que cada una de ellas acepta con su sexo el ser imagen y semejanza de Dios, de acuerdo al texto bíblico, y una relación sexual entre dos personas que de forma natural se distinguen anatómica, biológica y sexualmente, fuera de ciertas transformaciones antinaturales y de influencias culturales o sociales.

2) El sentido de la bisexualidad posee todavía una dimensión más profunda porque no hay un modo más sublime de manifestar el ser a imagen y semejanza divina que contribuir, gracias a la bisexualidad, con la procreación y sus implicaciones, a la creación divina.[22]

La atracción y el amor mutuo que se manifiesta mediante el amor sexual, debe ser fruto de ser consciente de lo que Dios ha permitido llegando al ser humano hombre/mujer  en todas sus dimensiones integradas en la personalidad hombre y mujer; y debe contribuir en honor a su consciencia de ser a imagen y semejanza del Dios Creador, a que lo que resulta de la cópula sea “bueno en gran manera”. En una palabra la responsabilidad de que lo que se obtenga manifieste también el ser “imagen y semejanza divina”.

De ahí que las relaciones sexuales con todo lo que implican no son más que un tránsito desde la reflexión recíproca del ser humano hombre, y el ser humano mujer, respecto a su procedencia, al propósito de su creación por parte de Dios, hasta el compromiso de los contenidos matrimoniales involucrados colaborando en el desarrollo de la institución matrimonial.

La cópula sexual involucrada en la institución matrimonial es un prototipo de la unión total de la pareja que ha decidido someterse al que originó el matrimonio.

El placer sexual, que se experimenta tras la reflexión y el conocimiento del sentido del matrimonio instituido por Dios, es una realidad simbólica, a pesar de los avatares que el contexto del momento nos hace vivir, de la felicidad, responsabilidad, cariño, entrega, comunicación, fidelidad, comprensión y amor que debe reinar y manifestarse en el proceso matrimonial durante toda la vida; porque del mismo modo que la relación y unión sexual produce placer y felicidad, así ha de ocurrir en la unión que ha de darse en la convivencia íntima de la pareja que ya no son más dos sino una sola carne (cf. Gn. 2:24).

3) Hemos visto que se puede dar la relación sexual íntima sin que se tenga que dar un acto procreativo, pudiéndose evitar la fecundación.

Lo que quiere decir que el amor sexual con todo lo que significa puede no consistir en el logro de la fecundación, siendo igualmente una prolongación de esa felicidad querida por Dios prototipo de la relación y convivencia conyugal.

4) La responsabilidad en cuanto a que la vida que pudiera programarse como consecuencia de un coito se le permita alcanzar su fin a través de todos sus estadios, puesto que la imagen y semejanza divina se proyecta en el instante en que la fecundación ha sido posible, origen y base de una realidad viviente personalizada que se evidenciará en el tiempo.

En conclusión de este apartado, podemos decir que todos estos datos confluyen en el diseño programado en la naturaleza humana. Al respetarlos e integrarlos en nuestra conducta favorecemos nuestro ajuste al Estrés que se genera con nuestras actividades, actitudes y reacciones. El desconocerlos o marginarlos nos aporta sufrimiento y un Estrés que se salda en la mayoría de las ocasiones en negativo.

  • Fin de la dependencia familiar: Una nueva célula familiar independiente pero relacionada con las que más directamente la hicieron posible

Como consecuencia de algo que está en el camino, el ser humano tiende hacia la aceptación natural del matrimonio: “El hombre dejará a su padre y a su madre” (Gn. 2:24a). De ahí que una vez superada la etapa de la infancia y de la adolescencia, habrá tenido que desarrollar una madurez adecuada y una independencia material y moral respecto a los padres, de los que dependía hasta entonces; y ha debido recibir la orientación y educación adecuada para alcanzar ese estado adulto que caracteriza el haber logrado una independencia real. De ahí que pueda y deba desligarse de los padres en el sentido del cumplimiento del objetivo que desde el interior de su persona le compulsa acabando con el régimen de dependencia que unía a hijos y a padres. Esta decisión y realización impostergable, en condiciones normales [23] y de acuerdo a la ley natural impresa en la personalidad del ser, no equivale a una ruptura sino a una superación sin que se excluya el mantenimiento de relaciones con los padres o los hijos, el cultivo constante del respeto y amor mutuo y la ayuda  recíproca que se debe ofrecer y recibir, tanto de una parte como de la otra, pero dentro de una base autónoma, “de igual a igual”.

“… y se unirá a su mujer” (Gn. 2:24b).

Es imprescindible, que cada vez se establezca una célula familiar que preserve la voluntad divina en instaurar esa autonomía indispensable que asegura la creación de familias que cumplan con el propósito divino, encontrando las bendiciones que conlleva dicha realización, y el de la salvación eterna que se añadió como consecuencia del pecado.

  • Lo que implica o no la institución matrimonial en lo referente al concepto de unión: el matrimonio infiel, el incompatible y el normal

El primer resultado que hace posible otros, orientándolos, es lo que se origina como consecuencia de cumplirse la orden divina “de dejar padre y madre y unirse a su mujer” (Gn. 2:24 pp.): el que “Ellos llegarán a ser una única carne” (Gn. 2:24 úp.).

Las implicaciones de esta declaración son dignas de tenerse en cuenta.

Exégetica y lingüísticamente: 1) “llegar a ser” contiene la idea, por un lado, puntual de haberse alcanzado “el ser una única carne”, y por otra parte se trasmite la noción de un perfeccionamiento continuo “de estar llegando a ser siempre una única carne”; y por último aparece el concepto de permanecer siendo una única carne; 2) el término hebreo echad indica una unidad formada por partes: una unidad compuesta que denota la profundidad de la unión de las dos personas.

Esta unión de los cuerpos (bâsâr) representativos del ser humano completo, que se reduce a una sola bâsâr (a un sólo cuerpo) y que abarca tanto lo espiritual (el espíritu asociado a la materia) como al resultado de esa asociación (lo anímico o el alma) se traduce: en el plano espiritual en una comunión espiritual mutua respecto al plan divino; en el aspecto síquico se refleja en la unidad de sentimientos, y en el aspecto puramente físico a la unión de la expresión corporal de ambos desde un punto de vista de la representatividad de la parte material viviente constitutiva. Esta manifestación anímica, espiritual y física es inseparablemente unida: “son una sola carne”.

Las implicaciones hermenéuticas de estas consideraciones, independientemente del significado profundo y sagrado de la unión, ya indicado, expresan tres fundamentos que salvaguardan el amor conyugal y la institución matrimonial en el contexto divino:

1) El principio de pacto. Es muy importante está lección que se obtiene de la lectura del texto. Se trata de una alianza entre un hombre y una mujer, presidida, orientada y confirmada por Dios (cf. Mt. 19:6). La elección de la mujer y la aceptación libre y voluntaria del hombre que ha decidido escogerle impone un convenio concertado entre los dos.

Este pacto involucrado en la institución matrimonial se comprueba aludido como alianza concertada ante Dios (cf. Prov. 2:17; Malq. 2:14) y como una imagen del pacto entre Dios e Israel.[24] Es el comportamiento de Dios en su pacto con el hombre que debe ser tenido en cuenta para saber actuar a imagen y semejanza de Dios. Las cualidades que se sobrentienden en Dios por ser el Creador y el motivador moral de la institución matrimonial se ven reflejadas posteriormente en su pacto con el verdadero Israel de Dios de todas las épocas.[25]

2) La Indisolubilidad. La comunidad de vida de un hombre y una mujer en matrimonio es por la naturaleza de lo que el texto expresa indisoluble. No hay posibilidad de divorcio a no ser que alterando el orden natural que Dios ofrece, se rompa lo que se ha hecho para que permanezca en unidad inconmovible. Tal como ya dijimos, cuando no se tienen en cuenta la referencia continua a Dios con las diferentes característica y condiciones, y no se acepta a la autoridad divina con lo que implica, es muy posible que se dé la ruptura en un matrimonio que de confirmarse no habría llevado el sello divino.

No cabe duda que cualquier variación del plan original, que atente contra la indisolubilidad gestará una infidelidad del tipo que sea, lo que ocasionará sufrimiento e inseguridad y de ahí una gran cantidad de Estrés.

El adulterio o cualquier otro tipo de porneía, ocasiona una quiebra difícil de reparar, aunque Dios nos enseña en su relación de pacto con Israel que el perdón debe ser la característica sobresaliente, a pesar de la reincidencia. Jesucristo admite el que se le pueda repudiar a aquel que adultere, y que la víctima respecto de aquel que quiere seguir adelante con su infidelidad puede rechazar al que no acepta el perdón y reponerse de acuerdo a lo que el texto permite en alusión al principio (cf. Mt. 19:9).

3) “Una sola carne”, implica un matrimonio monógamo e imposibilita el matrimonio polígamo.

Afirmar que la poligamia no se prohíbe ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento [26] es saltarse a las bravas no solamente lo que implica el texto de Génesis 2:18-24, que posee un carácter institucional obligando al creyente, sino además negar el significado del principio teológico que instaura Jesucristo en ocasión de su alusión a esos pasajes y de su interpretación cuando expone que “al principio no fue así” (Mt. 19:8). La base de esta noción teológica suscitada por Jesucristo, nace en el hecho “de que los dos han de ser una sola carne” de acuerdo al testimonio del que los hizo al principio (cf. Mt. 19:4,5) ¿Qué se implica cuando se conectan estas dos partes del texto: la de ser una sola carne y el hecho de que al principio no fuera así (Mt. 19:4, 5 cf. 19:8) en relación con el divorcio?

El divorcio implicaría hacer posible el ser más de una carne, y por lo tanto no ser como al principio, que exige el que se mantenga “el ser una sola carne”. El divorcio rompe la unidad que permanentemente ha de acontecer en la pareja manifestada en que son una única carne.

Este mismo principio se involucra en la poligamia, ya que quebranta la monogamia que se expresa en la afirmación de que son una sola carne. La poligamia implica el no ser una única carne sino varias. De ahí que sea inaceptable para Jesucristo que tiene en cuenta la condición orientadora y modeladora que se trasmite desde Génesis 2:18-24: de que “al principio no fue así”.

En el caso de la prostituta que menciona Pablo en 1ª Cor. 6:16 es muy aleccionador para el tema que nos ocupa: el que se une con una ramera se contamina de tal modo que él mismo se prostituye ¿por qué? Porque al juntarse sexualmente se constituyen en un solo cuerpo ya que de acuerdo a lo que se dice al principio “los dos son una sola carne” (1ª Cor. 6:16 úp.) hay una unión, al menos física que le permite a Pablo usarlo para demostrar que aunque sea desde el punto de vista puramente físico hay una comunicación de la una al otro. Entonces ¿qué hay de malo en ello? Si el propósito es que sean una sola carne, y aparentemente aquí parece cumplirse, de acuerdo a como Pablo lo utiliza ¿dónde radica la problemática del posible hermano que se une a una prostituta? ¿Dónde está el mal de la prostitución? Sencillamente, en el hecho de que la prostituta no es exclusivamente una sola carne para con el susodicho hermano sino que el ser una carne lo es varias veces, no una única vez. Han de ser ellos de manera intransferible, y para siempre, una sola carne (cf. Ef. 5:28, 31) [27], y de modo irrepetible (en cuanto a otra pareja), hasta que la muerte los separe (cf. Rm. 7:1-3), pero en el caso de una prostituta esto no puede cumplirse.

Esta misma condición se da en el caso de la poligamia en cuanto a que no se respeta la necesidad ineludible de cumplir el ser una única carne, de modo exclusivo tanto del hombre para con su sola mujer, y la esposa para con su único marido.

¿Qué ocurriría con una mujer que tuviera varios maridos u hombres a la vez (cf. Jn. 4:16-19) aunque pudiera legalizarse esa situación? ¿Podría estar cumpliendo el ser una sola carne?

¿Por qué será que este asunto no se ha suscitado ni siquiera en las zonas donde escasean las mujeres y hay demasía de hombres solteros? [28] Jesucristo afirma que si una mujer rechaza a su marido para unirse con otro está cometiendo adulterio para con él (cf. Mc. 10:12).

¿Y un hombre con más de una mujer por qué ha de ser distinto el planteamiento? ¿Puede estarse cumpliendo el requisito de ser una sola carne? ¡Imposible!

Jesucristo basándose en el hecho de que al principio no fue así (cf. Mt. 19:8), y en conexión con la noción de que no puede haber en lo que se refiere al casamiento y a la actividad sexual, inseparable con los demás privilegios conyugales, más que una mujer para un hombre porque han de ser una única carne, afirma que la ruptura de esta unión intransferible e irrepetible, sin que medie la porneía (cf. Mt. 19:9), uniéndose con otra distinta a la suya propia que Dios había previsto (cf. Mt. 19:6 s. p.), está catalogado como un adulterio, y ya puede dársele toda la legitimidad humana que se quiera: seguirá siendo un adulterio (cf. Mc. 10:11). De ahí que sea inadmisible el que se pueda disponer de más de una mujer o de un hombre como provee la poligamia, ya que si bien, aparentemente en la poligamia no hay un repudio definitivo ni legalizado de la que se considera la primera esposa, sí que existe un rechazo momentáneo de alguien dejando de ser una sola carne, forjando cada vez que se una a otra mujer distinta el ser más de una carne, lo que es incompatible con el hecho de que deben de ser siempre en vida los mismos dos en una única y misma carne, de acuerdo a la ordenación de Génesis 2:18-24 y a la ratificación de Jesucristo en Mateo 19:4-9. Porque ¿cómo catalogaríamos las infidelidades momentáneas de un hombre o una mujer que sin abandonar o rechazar definitivamente a su mujer, o a su marido, tuviera dos o tres ligues con los que ocasionalmente mantiene una vida marital, pero que ayuda tanto económica como afectivamente a esos dos o tres ligues? ¿Qué tendrá que ver este proceder con lo que nos enseña Jesucristo y el hecho de que al principio no fuera así? Sencillamente esto se cataloga en términos cristianos como un adulterio, ni más ni menos.

El texto bíblico no entra en detalles respecto a los sentimientos y los motivos que pueden desplegarse en situaciones de poligamia, fuera de las que se mencionan; y en los relatos que la propia Palabra de Dios nos ofrece aparece un resumen desolador: ninguno se desarrolló ni acabó bien.[29]

Lo importante es atenerse al consejo divino claramente ordenado tanto en el principio de la creación como en la autoridad moral y espiritual proyectada y ampliada por Jesucristo cuando alude a que al principio no fue así.[30]

4) El texto institucional sobre el matrimonio nos llama a evitar el matrimonio que resulta en una ruptura irreversible y que lleva consigo adulterar (cf. Mt. 19:3-9).

5) El texto institucional nos lleva a impedir el llamado matrimonio incompatible (1ª Cor. 7:10, 11).

Tanto el indicado en el punto 4 como en el punto 5 provocan sufrimiento y una alta tasa de Estrés.

Si tenemos en cuenta todo lo que los textos institucionales nos enseñan, Dios debe ocupar el primer lugar en nuestra vida, y habremos escogido a aquel o a aquella que también considera a Dios como lo primordial. Por lo tanto los dos cónyuges serán siempre una sola carne. Estarán unidos y complementándose. Se prodigan amor, comprensión y perdón. Los errores cometidos contra el otro servirán para un mayor acercamiento y para una superación de lo imperfecto mediante el desarrollo de una mayor perfección. El desarrollo de una vida piadosa, asertiva y de autoestima generará la atmósfera adecuada.

El problema surge cuando no se tuvo en cuenta a Dios tanto en el origen como en el proceso matrimonial, bien porque cuando se constituyó el matrimonio se desconocía la verdad de Dios (cf. Jn. 17:3; 1ª Tim. 2:4, 5; Ef. 5:9; Rm. 15:8), o bien no se estaba dando suficiente importancia a la conversión a Jesucristo. De cualquier forma tanto si no se ha llegado a un punto irremediable como si la ruptura se produjese podemos desarrollar y alcanzar un matrimonio normal tanto como efecto curativo o preventivo.

  • El Matrimonio Normal y Santo

Estamos estudiando el tema de la asertividad en nuestras relaciones personales. Hemos presentado un modelo de asertividad que nos puede servir a fin de ajustarnos adecuadamente al Estrés. Hemos querido conocer qué es lo que encierra el tema del matrimonio que pueda ser utilizado tanto para generar asertividad como para producir una estrategia y metodología que nos ayude a preservar el matrimonio a fin de ajustarnos al Estrés. Hemos aludido al matrimonio infiel e incompatible como exponentes de actitudes que no tuvieron en cuenta lo que los textos bíblicos nos refieren. Y aun cuando hemos referido la conducta ideal que puede desprenderse de un análisis psicológico y espiritual de dichos textos que tratan el tema del matrimonio, es menester que sepamos, teniendo en cuenta esa referencia a Dios continua, el esquema de comportamiento que configura a una relación de normalidad matrimonial.

  • Distingamos entre discusiones fruto de la convivencia: del temperamento y carácter y la validez o no del matrimonio.

Las discusiones matrimoniales no deben servir ni ser utilizadas como baremo de nuestro amor o del valor de nuestro matrimonio, o de si merece o no la pena éste.

  • No deben ser un foro de la validez del matrimonio.
  • Las discusiones en los diferentes órdenes de la vida (empresa, padres e hijos, familia, amistades) no suponen la puesta en duda ni la pérdida de esas relaciones o instituciones.
  • La normalidad de un matrimonio no consiste en la ausencia de problemas, o de discusiones, sino en saber encauzar y enfrentar lo que aparentemente pueda impedir el amor.[31]
    • El amor no es un sentimiento. Implica reflexión y raciocinio.

-         Es la experiencia de saber hallar un darse en el otro por uno. Y en un encontrarse como fruto de ese darse mutuo.

-         A veces pueden faltar incluso las palabras pero lo experimentado en ese darse recíproco aparece un resultado que la naturaleza lo contabiliza de un modo sorprendente.

-         Las palabras donde se expresa amor, pueden ser importantes, pero llegado un momento, las palabras no cuentan si las acciones de amor están presentes. Y si las acciones no están, las palabras sirven de poco.

-         En ese darse se lleva consigo:

-         El recuerdo: debemos fijar todo lo que el otro hace por nosotros positivamente.

-         El conocimiento y la comprensión del otro.

-         Y la comunicación asertiva.

  • La normalidad se ha de medir:

a)     En un descubrir del otro cómo es, despertado por el recuerdo de lo positivo, y por el interés de querer conocerle y comprenderle, y comunicándole lo que se ha descubierto. Simultáneamente, ese descubrimiento del otro lleva a un dejarse descubrir por el otro, que se trasluce en la comunicación.

b)    Esa normalidad se evalúa sabiendo diferenciar constantemente entre todo lo negativo que puede surgir de un ser humano como consecuencia de su proceso de perfección, y lo que ha motivado a unirse de acuerdo a la institución matrimonial, y además de lo que ya ha experimentado y se experimentará, si en el futuro no se bloquea.

c)     La normalidad se establece  aprendiendo y sabiendo orientar las discusiones matrimoniales para fortalecer la institución matrimonial

  • Pablo era consciente de lo natural y normal de airarse sin pecar (cf. Ef. 4.26).
    • El enojo es imprescindible en ocasiones. Cuando algo está mal y se está cometiendo una injusticia, es normal y natural que surja el enojo.[32]
    • Ahora bien ese enojo cuando está despojado de una conducta asertiva, o cuando su manifestación está unida al odio, o a la ira, o al insulto, entonces se estaría pecando, además de producir una química nociva que crece conforme se expresa la amargura y el resentimiento que conlleva la propia ira. La ira apaga la comunicación y es fruto de dar rienda suelta a las frustraciones. La ira es una reacción, que además de perjudicial, expresa el temor a perder la preponderancia, a no tener razón. Se trata de un mecanismo de defensa irracional frente a lo que se considera ser un atentado contra la autoridad y seguridad que creemos que poseemos.
    • Toda discusión matrimonial ha de ser construida en base a reflexiones: ¿Siempre queremos tener razón? ¿Siempre queremos ganar, salir vencedores?
      • Escuchémonos, y estructuremos en base a la comprensión del otro nuestras razones.
        • No reaccionemos nunca sino expresémonos en forma de criterio.
        • Nunca expresemos nuestro criterio u opinión sin antes haber reflexionado sobre las razones del otro y comprendido el criterio del otro.
        • Analicemos los dos criterios.
        • No esperemos vencer al otro, o convencerle, pero expongamos los dos criterios en paralelo, a fin de que cada uno descubra por sí mismo su cercanía o lejanía de la verdad y de la razón.
        • No insultemos ni acusemos, puesto que añadiremos elementos nuevos que no vienen al caso y alimentaremos las reacciones y la ira.
        • No mantener nunca después de la discusión una actitud de incomunicación, rencor o venganza. Debemos de saber seguir hablando después de la discusión de cualquier otra temática o necesidad. No debe haber ruptura en la amistad ni negación en lo sexual.
        • Consideremos la discusión limitada a la parcela motivo del problema.
        • Reconozcamos con toda sinceridad nuestros posibles errores o nuestra parte de culpa, y pidamos perdón cuando es menester. No hay que tener miedo a reconocer el error pidiendo perdón, uno se fortalece más. Puesto que se prepara mejor a no repetir el error, y de ese modo a perfeccionar su comportamiento.
        • A lo largo de nuestro planteamiento hemos subrayado en más de una ocasión el adverbio temporal “nunca”. Si por cualquier causa o circunstancia, en alguna ocasión no asumimos una posición suficientemente asertiva, y cometemos el error de una conducta distinta a la expuesta, no nos desanimemos. El cumplimiento en más de una ocasión de una correcta asertividad (aun cuando comprobaremos que la podemos mejorar), será la evidencia de que es posible mantener una conducta adecuada. Y cuando falláramos en algo, reconozcámoslo y pidamos disculpas.
        • Pidamos sabiduría a Dios, a fin de confeccionar los planes más apropiados a seguir, acogiéndonos especialmente a lo que supone el amor salvífico, que a continuación exponemos.
        • La Asertividad y el Amor Salvífico para los que quieren creer o que ya creen

Hemos estudiado en este capítulo la clave para desarrollar actitudes que nos permitan ajustarnos al Estrés de modo adecuado. Si no se es asertivo difícilmente controlaremos el Estrés, y surgirá una química que nos hará más propensos a la inseguridad, desconfianza, a dormir peor, a despreocuparnos por una buena alimentación, y a llevar una vida desorganizada. Las dificultades irán aumentando aflorando conductas neuróticas y paranoicas. De ahí que insistamos a que nos apropiemos cuanto antes de los elementos que hemos expuesto a fin de desarrollar una conducta lo más asertiva posible. No va a ser fácil. Los cambios en este sentido suelen presentar grandes dificultades, por cuanto se han llevado a cabo fijaciones de pensamientos negativos y conductas equivocadas, disponemos de una naturaleza deteriorada y que la adquirimos por la herencia. Lo que resta útil por creación no puede alterar las tendencias erróneas a las que nos vemos abocados. Sí que puede servirnos para adquirir una educación y desarrollar una cierta voluntad asertiva que puede ayudarnos a afrontar ciertas situaciones de Estrés. Sin embargo esas tendencias negativas que impiden en una mayoría de los casos ser asertivos pueden ser modificadas con los principios éticos espirituales, que ya hemos estudiado en otros capítulos. Hemos visto cómo puede aparecer una transformación en nuestro ser que no permita a esas tendencias negativas dominar, y poder de ese modo edificar una nueva existencia, digamos ahora que Dios ha establecido un plan para salvar al ser humano del dominio que lleva al ser humano a hacer el mal o a lo que le perjudica. El componente esencial que le permite a Dios tener una iniciativa activa y positiva para el ser humano y desarrollar un plan de la salvación de ese ser humano, es lo que hemos convenido llamar el amor salvífico.

Dios, a sabiendas de las consecuencias que se derivaban de nuestra autoindependencia respecto de Él, tiene la iniciativa constante de manifestarnos amor, con la finalidad de favorecer nuestra respuesta. Una contestación que consiste en experimentar el conocimiento de Dios y de su Verdad (Jn. 17:3 cf. Jn. 8:31, 32). Ese amor de Dios que hace posible nuestra respuesta en querer conocer al que nos ama, está en el origen del conocimiento de Dios y de la verdad que nos libera de la ignorancia y de los errores que impedirían nuestra salvación. Es amor de Dios puede resolver nuestros conflictos mentales, incluso poder dominar y controlar patologías para las que el medicamento encuentra su limitación. Ese amor de Dios puede recuperar aquello que pudimos perder en nuestra infancia, y ayudar a estabilizar nuestros niveles de sustancias químicas apropiadas a fin de equilibrar nuestra salud.

1.     ¿En qué consiste el amor salvífico?

En saber que “de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su hijo unigénito para que todo aquel que en El crea no se pierda más tenga vida eterna” (Jn. 3:16).[33]

  • “De tal manera amó Dios al mundo”

La Palabra de Dios afirma que Dios nos ama. El creyente necesita recuperar o tener constantemente presente ese amor ¿por qué?

Porque nuestra naturaleza ha sido diseñada para recibir amor. Esto no solamente está demostrado científicamente [34] sino que se evidencia continuamente en nuestra vida cotidiana. Lo que más necesita el ser humano es ser amado, ser reconocido y comprendido. Hay ocasiones que únicamente Dios puede comprendernos o aceptarnos, y es en esa experiencia que nosotros podemos aprender a desarrollar autoestima que tanto precisamos a fin de afrontar adecuadamente nuestras relaciones familiares y sociales.

Cada ser humano pasa por momentos dolorosos y tristes e incluso intolerables. El amor de Dios experimentado puede enseñarle y capacitarle a enfrentarse a esa situación. Su amor profundo y sin fisuras otorga seguridad, confianza y decisión.

Puede ser que tu experiencia sea la de llevar días, meses o años que no te repones, que experimentas instantes difíciles. Que no entiendes por qué te viene esa desgana o desánimo. Te deprimes con facilidad, arrastrado por pensamientos que no puedes soltarlos pero que te torturan. Si esa fuera tu situación debes saber que Dios te ama. Ya sé que la afirmación por sí misma no dice demasiado. Pero está basada en una realidad histórica que hemos ido exponiendo, y que puede ser experimentada. Por eso el decir que Dios te ama es transmitir una realidad: que Dios está interesado de que puedas valerte de ese amor.

Puede ser que tu caso sea el que la duda no te deja creer plenamente, y que la sombra de la indiferencia de atrapa y te vapulea. Debes saber que Dios te ama y que ese amor tiene la solución a que la duda no llegue anclarse en el cerebro sino que como consecuencia de ese amor de Dios se haga surgir a la fe y que, como consecuencia de ello, dispute con la duda a fin de fortalecer la fe y genere conocimiento.

Llego también a ti. A ese que su vida no ha tenido demasiado color, que ha estado yendo de aquí para allá, pero sin sentido. Aburrido. Y aun cuando esto ha supuesto fijaciones difíciles de desarraigar también te digo que Dios te ama, y que ese amor tiene poder para facilitar el cambio e iluminar el camino ofreciendo orientación y alegría.

¿Y el niño o niña que sufre en diversas ocasiones la incomprensión, la falta de cariño y de atención, que nota el futuro desconocido y difícil, con pensamientos que no resuelve? Dios te ama.

¿Y para el que está en pecado? Aquel que experimenta que su existencia está en permanente dominio por el pecado, que hace cosas que están tipificadas como transgresoras de la ley de amor, y que sufre como consecuencia de esa transgresión, ha de saber que tú también estás incluido en la frase “de tal manera amó Dios al mundo”.

¿Cómo se manifiesta el amor de Dios? ¿Cómo puedo experimentar ese amor?

  • El amor salvífico de Dios en Jesucristo y sus consecuencias en nosotros (Jn. 3:16 cf. 1ª Jn. 4:7-21)

Tal como hemos visto el amor de Dios se manifiesta en su Hijo Jesucristo mediante una vida impecable, haciendo bienes, proyectando una ideología, la del Reino de Dios que da salud física, mental y espiritual, sanando y enseñando por medio del poder de la Palabra, con lo que logra discípulos (cf. Mc. 16:15, 16; Mt. 28:19, 20), a los que se les ha otorgado el Espíritu Santo (Jn. 14:16, 17; 16:7, 8 cf. Jn. 3:1-7).

Jesucristo no solo se constituye en nuestro ejemplo: su sufrimiento es ejemplar (cf. Hb. 12:1-4) además de servir como modelo de obediencia a Dios, sino que el propio Dios se constituye en un ejemplo a seguir. En principio Dios, una vez más en su iniciativa, se constituye en el paradigma que hemos de imitar: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios sino que El nos amó antes a nosotros, y envió a su Hijo Jesucristo a fin de liberarnos del pecado y del mal” (1ª Jn. 4:10 cf. 4:9). De ahí que nos debamos amar los unos a los otros precisamente porque el amor viene de Dios (4:7 pp.). El amor de Dios genera obligatoriamente en nosotros un cauce de amor que evidencia el haber experimentado y conocido a Dios: precisamente cuando no se ama es porque la experiencia de haber experimentado el amor de Dios no se ha realizado (4:7:úp., 8).

La realidad, gracias al Padre, de la presencia de Jesucristo con la misión de rescatarnos del mal y de retornarnos a nuestras auténticas raíces no se evita porque no se acepte a Dios. Pero si hemos aceptado esa iniciativa misericordiosa de amor de Dios habiendo querido conocer a Dios, su amor inundará nuestra existencia. De ahí que la reflexión se imponga: si Dios nos ha amado hasta el punto de que se ha dado a conocer por medio de la revelación y del Hijo. Si Dios quiso que supiéramos que habíamos sido creados. Si ha deseado que siguiéramos viviendo aun cuando podría haber permitido que no hubiéramos llegado a la existencia cuando el mal se introdujo en el universo (cf. Jn. 8:44; Ap. 12:3-5, 7-12, 13, 15-17) y se reprodujo, con nuestro consentimiento en la tierra por la simiente de la serpiente (Gn.3:1-6, 15 cf. Ap. 12:9). Si Dios ha querido constituirse como nuestro salvador yendo en nuestra búsqueda, cuando estábamos perdidos sin su conocimiento. Si Dios ha estado dispuesto a su entrega por medio de su Hijo Jesucristo a fin de concretizarse históricamente … si Dios nos ha amado así, así debemos amarnos los unos a los otros (1ª Jn. 4:11).

Ese Espíritu de Dios que manifiesta amor, ha sido dado al creyente que ha nacido de Dios, y descubre el amor de Dios continuamente provocando ese amor hacia los demás (4:11-16).

Una forma de saber si hemos nacido de Dios (cf. 4:7) es comprobar si amamos al otro. ¿Y cómo sabremos si lo que estamos manifestando es amor? Si queremos que el otro se salve. Y si queremos que el otro se salve nuestras palabras y acciones al otro han de ser adecuadas, correctas. Es aquí cuando la asertividad cobra una relevancia especial. Puesto que debemos actuar como Dios ha hecho con nosotros, y si Dios nos ha amado así … El autor está hablando a creyentes. Y está sobrentendiendo que el creyente necesite en más de una ocasión reflexionar sobre el amor de Dios, y aplicarlo a su vida familiar y social. Y todavía más con los que también son creyentes. Es en esta circunstancia que 1ª Corintios 13 revela su significado, cuando se ha de practicar ese amor salvífico. Cuando es imprescindible recordar y poner en práctica el que “si Dios nos ha amado así, así también debemos amarnos nosotros los unos a los otros”, se ha de tener en cuenta los consejos dados en dicho capítulo: “el amor es sufrido, benigno, no tiene envidia, no es jactancioso ni se envanece; no es indecoroso, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor, ni se goza de la injusticia, más se goza de la verdad; todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Se ha de agotar toda la capacidad que posee el amor que Dios nos ha manifestado y que ha repercutido en nosotros, antes de tomar cualquier decisión de separación o de comportamiento que muestra no haber nacido ni conocido a Dios.

Esta actitud de amor hacia Dios que el amor de Dios hacia nosotros genera y que repercute en amor hacia los demás, es, lo que evidencia de que Dios existe por cuanto se comprueba la obra que ese Dios ha hecho en nosotros (1ª Jn. 4:12), y es lo que nos hace testificar a fin de que el mundo crea (4:14-16), y lo que nos da confianza en el día del juicio, destruyendo todo temor (1ª Jn. 4:17, 18).

  • La Prueba del amor salvífico
  • Ø En la elección de pareja

San Pablo nos dice que mostremos para con ellos la prueba de nuestro amor (2ª Cor. 8:24). En ese ellos está incluido el otro. Ese otro que puedo ser yo, o el otro “del otro que soy yo”. Los cristianos deben mostrar la prueba del amor. ¿En qué consiste esa prueba en lo referente a la elección de la pareja que se ha de constituir en matrimonio?

De acuerdo a lo estudiado y teniendo en cuenta que se trata de una prueba que ha de constatar la calidad de nuestro amor es preciso que prestemos suficiente atención a las aclaraciones que nuestro Creador y Redentor nos hace, porque depende de una aplicación adecuada en este asunto a fin de que podamos desarrollar una existencia acorde con los designios marcados en nuestra naturaleza.

1) Dios es la auténtica referencia

El amor salvífico si ha de servir como prueba ha de ser manifestado por cada uno de los concertantes. Es decir, Dios ha de ocupar el primer lugar, y el conocimiento de Él será el objetivo principal.

2) Se ha de considerar la intervención divina en la creación de la nueva familia. Dios es el que los casará porque Él es el que ha escogido el uno o la una para el otro

Esto ha de estar claro, y supone estudio y análisis de la voluntad divina y de los componentes del temperamento y del carácter. La oración y la petición de sabiduría para discernir adecuadamente lo ideal de la pareja, y cómo confluye en ellos ha de ser una suprema prioridad.

3) Se ha de aceptar el programa divino respecto a lo que supone el futuro matrimonio

Habrá que profundizar en lo que Dios requiere de la pareja. Cuál ha de ser la posición que corresponde a cada uno en el organigrama de la vivencia matrimonial ha de ser un elemento de constante atención. Y se ha de asumir con suficiente anterioridad, y dar muestras de haberlo aceptado antes del cumplimiento del pacto matrimonial.

4) Se ha de comprobar una conducta asertiva, y aprender a manifestarla y mejorarla

Se ha de seguir un proyecto de prueba a lo largo del noviazgo, y no dejarse arrastrar meramente por el romanticismo dejando a un lado los pormenores que son fundamentales a fin de que la convivencia matrimonial sea eficaz y eficiente.

5) El nacer de arriba evidenciado por la práctica de los principios del Reino de Dios expresados en el evangelio de toda la Palabra de Dios ha de ser su ideología

Los principios del Reino de Dios tienen que ver con nuestra salud física, mental y espiritual. Y todo lo que fue en el principio (Gn. 1 al 3) ha quedado ratificado por la doctrina de Jesús (cf. Mt. 19:8 cf. Mt. 6:33 cf. Mt. 5 al 7 cf. Jn. 3:3-7, 12- 15; 6:53, 54, 5:24, 25) y aplica al cristiano. Nuestra relación con Jesucristo nos llevará a asumir con la orientación del Espíritu Santo, la práctica de la reforma pro – salud emanada de esos principios del Reino, junto con la manera de ser y de pensar de Dios en Jesucristo.

Se ha de meditar sobre el alcance de los principios del Reino en nuestra existencia, y examinar hasta qué punto forman parte de toda nuestra manera de ser y de pensar.

6) La sexualidad que de acuerdo al consejo divino ha de estar relegada al matrimonio, ha de aflorar en un conocer sobre cómo ha de ser su práctica, y cuáles son las demandas normales que de ésta ha de requerir la pareja

La sexualidad, tal como ya se ha visto en nuestro estudio, está inseparablemente intercalada con el ser. Por lo tanto es muy importante en el desarrollo afectivo y en el de la propia identidad como pareja. Se ha de analizar cada uno su propio historial, y qué ha podido haber, en el caso que así fuera, que hubiera dañado la potencial actividad sexual y que pudiera repercutir negativamente en su relación con la pareja.[35]

Nadie nace enseñado, y en lo relativo a la sexualidad existe más bien una desinformación. De ahí que sea imprescindible conocimientos adecuados en línea con la Revelación Divina.

7) Se ha de revisar si Jesucristo es nuestro ejemplo en todo y nuestro descanso

Es muy importante plantearse y escrutar este asunto. La persona ha de adquirir la costumbre de Jesucristo de ser manso y humilde para con Dios (Mt. 11:28-30). Ser manso significa dejarse llevar por Dios, y ser humilde colocar la voluntad bajo la voluntad de Dios. Si esto no se cumple difícilmente se cumplirá después la esfera que le corresponde a cada uno con relación a Dios y con el otro.

8) ¿Cómo reacciona ante los padres u otras personas en asuntos transcendentales?

La manera con que se trata a los padres es un fiel reflejo de cómo se reaccionará con el otro.

9) ¿Manifiesta ser proclive a cambios para mejorar?

10) ¿Es trabajador y organiza bien su tiempo?

  • En conclusión

La prueba del amor salvífico será capaz en última instancia de superar estos pormenores, o de no hacerlo se habría de desechar esa relación. Ya que se corre el riesgo de que las cosas no vayan bien, y el sufrimiento sea una de las características a destacar.

  • Ø En la relación asertiva y de sacrificio hasta el límite con el otro

El Amor Salvífico si se ha cumplimentado de acuerdo a lo que la Palabra de Dios nos indica, y la relación matrimonial se ha edificado en línea a lo que la Revelación nos suscribe, será una evidencia de que la obra del Espíritu Santo se ha realizado, y otorgará a la persona la capacidad de permanecer fiel frente a las pruebas y tentaciones que pueden surgir en la existencia matrimonial. Cuando esto se ha dado, pero se da un problema de relación, los dos deberían someterse a la autoridad divina, y practicar el amor salvífico en cuanto a querer que el otro se salve. Este sacrificio de practicar, tanto el uno como el otro, el amor salvífico: el querer que el otro se salve, y permanecer juntos, a pesar de las problemáticas surgidas, tiene un límite: el que durante un tiempo medido por lo que ha de soportarse el sacrificio, uno de los dos, o los dos dieran evidencias de no estar sometidos plenamente al plan de Dios para el matrimonio; o dadas las circunstancias que concurren en uno o en los dos, se expresa haber alcanzado lo insoportable, y se interpreta la necesidad de aplicar el privilegio paulino contenido en el capítulo 7 de 1ª Corintios 7, y ya comentado en su lugar, pudiendo los dos por separado, en este caso, permanecer siendo creyentes.

  • Ø En la relación entre padres e hijos

El comportamiento en la relación entre padres e hijos está regulado por los contenidos de los textos como Juan 3:3-7, 12-15; 6:53, 54 (cf. Jn. 20:30, 31) donde se les enseña desde el primer momento lo que es nacer de arriba, conocer al Mesías Jesús, tener una experiencia en el Reino de Dios (Mt. 6:33). Los textos de Efesios 6:1-4 y Colosenses 3:21, se basan en esos principios.

En Deuteronomio 6:6-9, 20-25; 10:12; 11:18, 19 junto a Proverbios 22:6 se nos ofrece una metodología de enseñanza para nuestros hijos, que permite fijaciones, que servirán para modelar su conciencia. Ha de servir para enfrentar la existencia, siempre y cuando ellos mismos decidan en libertad escoger entre la propuesta de los padres creyentes y lo que el mundo social ofrece, pasando por el tamiz de su propio raciocinio individual. El motivo por el que Dios hace hincapié en este tipo de enseñanza temprana, es porque el desarrollo cognitivo tiene muy en cuenta la naturaleza y contenido de la educación primaria. La enseñanza de los padres, de acuerdo al espíritu de los textos ha de llenar el máximo superando a cualquier otra. A fin de que la mente infantil se encuentre con suficientes elementos que le permitan rechazar todo aquello perjudicial y negativo para su persona y contrario a la ética cristiana.

La práctica del amor salvífico por parte de los padres consiste en dedicar a los hijos el tiempo suficiente como para crear en la mente tierna una corriente de pensamiento y de acción de acuerdo a los principios del Reino de Dios. No nos reiteraremos lo suficiente al afirmar que este asunto hay que tomárselo muy en serio.

La puesta en práctica de los textos propuestos requiere:

1)    La vivencia del culto familiar diario, con discusiones amplias que permitan el inculcar principios éticos y espirituales que lleven al niño o niña a una decisión por Jesucristo.

2)    Enseñanza a que ellos preparen sus devociones personales. Es muy importante ponerles ciertas tareas de lecturas de libros que instruyen, y después preguntarles sobre lo leído.

3)    Involucrarles en trabajo misionero. Es muy importante que participen en actividades por los demás.

4)    Que ellos vean que Dios ocupa el primer lugar.

5)    Habría que tenerlos en casa hasta los 8 ó 10 años sin ir al colegio, con un plan educativo de acuerdo a los requerimientos.

Ya sabemos que esto resultará en un escándalo para algunos a estas alturas. Sabemos también aquello que suele decirse: los niños necesitan compañerismo con otros niños. Si bien es cierto que el niño precisa del concurso de otros niños no es tanto como lo que necesita de una formación espiritual que únicamente en el hogar puede recibirla. Además si lo relacionamos convenientemente con todas las actividades de la iglesia podrá tener esa compañía con otros niños. Las necesidades de compañía, y desarrollo con otros niños no son superiores a las que necesitan de lo que los padres pueden proveerles en cuanto a formación y educación. Nuestros hijos han de estar más tiempo con nosotros que con ningún otro.

Es verdad que no todos pueden llevar a cabo esta estrategia educadora. Y el hecho de que algunos no la hayan necesitado, no significa que no sea importante en muchos casos.

Si no tenemos suficiente preparación para darles enseñanza doméstica pero poseemos medios económicos como para que alguien pueda cumplir ese requisito, hagámoslo. Y paguemos 2 o 3 horas diarias (no hacen falta más)

Si no pudiéramos realizar este plan, deberíamos redoblar nuestros esfuerzos a fin neutralizar cualquier influencia negativa para el desarrollo de nuestros hijos.

6) Debemos autoeducarnos para prescindir de la televisión.

Ofrezcamos otras alternativas. Salidas diarias: excursiones, actividades culturales, juegos instructivos, caminatas, lecturas, videos seleccionados y explicados, y proyectados sobre pantalla portátil o TFT.

Deberemos argumentar y razonar el por qué no de la televisión: sus inconvenientes y sus perjuicios.

7) Teoría y práctica sobre la salud en conexión con Dios.

Un plan de salud de acuerdo a los principios bíblicos, defendidos, razonados y documentados científicamente.

8) Un programa diario que evite todo lo que desbanque a Dios de su primer lugar

9)    Un desarrollo cultural que funde razón, sentimiento y fe en Dios, donde se presentan los grandes temas que se ha de afrontar en la vida.

10) Alimentar el compañerismo cristiano mediante una relación personal con Jesucristo y sus enseñanzas principales acerca del conocimiento de Dios y del Espíritu Santo.

  • En conclusión

Una tarea que requiere tiempo, oración, sabiduría, dedicación y trabajo. Y aun después de haber intentado llevar a cabo todo lo que podamos, seremos conscientes de nuestras imperfecciones y errores, pero Dios las sobreentiende. Nada está garantizado al cien por cien. Aun llevando a cabo un programa de acuerdo a la voluntad de Dios, siempre la decisión libre de cada uno como persona determinará en última instancia el resultado. Pero el porcentaje de éxito es muy alto, cuando proyectamos un plan de acuerdo a las máximas bíblicas expuestas, y de acuerdo a nuestras propias limitaciones.

Tengamos siempre en mente lo que supone el haber aceptado el amor salvífico. Implica el hacer todo lo que está de nuestra parte con el poder de Dios implicado en sus consejos, y en la sabiduría e inspiración que recibiremos en nuestras oraciones.

En el caso de que alguno de nuestros hijos no siga en los caminos del Señor, el haber practicado el amor salvífico con nuestros hijos hasta el final nos provee de una confianza y paciencia de que al amor salvífico de Dios pueda alcanzar algún día a aquellos hijos pródigos que un día eligieron marchar del hogar divino.

Conclusión: La controversia sobre el repudio y el divorcio

En esta controversia que hemos seleccionado, Jesús ha dejado claras algunas cuestiones relativas a la pregunta de los principales de los sacerdotes:

1)    Dios nunca ha estado de acuerdo con el repudio.

2)    Dios considera el matrimonio generado en el pueblo de Dios, teniendo como referencia a Dios, como indisoluble.

3)    No todo matrimonio que aparentemente se ha realizado en el pueblo de Dios cumple los requisitos de ser una matrimonio querido por Dios

4)    Es preciso estudiar seria y profundamente todo lo relativo al pacto matrimonial, y a los requisitos de que un matrimonio sea querido por Dios.

5)    La autoridad de Moisés en este aspecto queda mermada por la de Jesucristo: “Al principio no fue así” “Por vuestra dureza de corazón Moisés os permitió”. Si bien a Moisés se le permitió legislar una ley añadida a causa de las transgresiones (cf. Gál. 3:19, 24, 25), la voluntad de Dios basada en su gobierno y en la Ley de ese gobierno es anterior a las transgresiones, en el principio (cf. 1ª Jn. 3:4).

6)    La porneía abarca todo un abanico de significados, como el de adulterio, homosexualismo, lesbianismo, abuso de niños, y la idolatría.

7)    Jesús nos lleva con los deráš péšer que nos presenta citando las escrituras del principio a investigar en la Escritura todo lo relativo al matrimonio querido por Dios.


[1] Es decir, el texto Mt. 19:9 contempla tres situaciones: 1) El masculino decide repudiar a la mujer por cierta causa que no es la porneía, ninguno de los dos podría divorciarse para poderse casar; 2) El decide repudiarla por causa de porneía cometida por ella, y se casa con otra, en ese caso de porneía de la repudiada, no cometería adulterio, y el que se casara con la repudiada por causa de porneía, el otro cometería adulterio; y 3) el que la repudia y se casa con otra sin haber habido porneía por la repudiada, el que cometería adulterio sería él, y la repudiada sin haber mediado porneía por parte de ella, no cometería adulterio el otro que se casara con repudiada. El “salvo por porneía” también se aplica favorablemente en este caso a la repudiada.

[2] En Gálatas 5:19-21, se nos da un listado como obras de la carne, entre otras, la porneía, pleitos, idolatría, iras, contiendas, enemistades, homicidios. Y se considera que por tales cosas no se podrá entrar en el Reino de los Cielos ¿Y Dios puede unir cualquiera de esas cosas en matrimonio? NO, “mil veces NO”.

[3] Los textos fundamentales bíblicos que vamos a analizar se encuentran en Génesis 1:26, 27 y 2:18-21-23 ratificados y ampliados en el Nuevo Testamento por Jesucristo (Mt. 19:4-6-9; Mt. 5:32; Mc. 10:6-12; Lc. 16:18) y Pablo (1ª Cor. 6:15, 16, 16 pp.-20; 7:10-15).

[4] En concreto pueden consultarse por parte católica para este asunto específico:

P. Grelot, La Pareja Humana en la Sagrada Escritura, Madrid 1963; E. Schillebeeckx, El Matrimonio, realidad terrena y misterio de Salvación, edic. Sígueme, Salamanca 1968; Dualidad de Sexos y Matrimonio en Misterium Salutis, vol. II, pp. 544-579; El Matrimonio, en Conceptos Fundamentales de Teología, vol. I, pp. 982-991; Varios autores, Educación para el Amor de Central Catequista Salesiana, Madrid 1972-1977; Francisco de Mier, Dos en Uno (guía para evaluar y animar el matrimonio) PS, edit., Madrid 1996.

Por parte evangélica, Spécial Questions Conjugales, en Servir 1978; Samuel Bacchiocchi, The Marriage Covenant, Biblical Perspectives, Berrien Springs-Michigan-USA 1992.

Puede tenerse en cuenta para entrevista terapéutica a Arthur Janov, La Biología del amor, edic. Apóstrofe, Barcelona 2001; el seminario Creciendo en el Amor, Arkansas – USA 1989.

Paul Chanson, Unión Conyugal, vol. II (Sexualidad y Reflejos condicionados, ed. Fontanella, Barcelona 1972.

Varios autores, La pareja, guía Vanguardia, Barcelona 1989.

[5] La imagen hace alusión a la persona “macho” o varón (cf. Gn. 9:6 donde se nota la singularidad del hombre masculino), y a la persona “hembra” o varona (sobrentendido en Sal. 8 que habla del hombre prototipo cf. Gál. 3:28); y a ambos en conjunto.

Es evidente que lo que se crea a imagen y semejanza de Dios es el hombre macho – hembra” (1:27 pp. cf. 1:27 ú. p.). Puede verse sobre esto a Misterium Salutis, vol. II, op. c., pp. 552, 553.

[6] Estamos refiriéndonos aquí de modo general. No tenemos en cuenta la excepción debida al don del celibato, motivada por un objetivo o misión que supera por sí mismo ese sentimiento de soledad, cuando una circunstancia de amor hacia los demás hace precisar la puesta en práctica de ese don.

[7] Aunque nos pueda parecer extraño, los así llamados cristianos, manifiestan con sus vidas haberse desentendido en este asunto, sufriendo las consecuencias.

[8] Cuando se da la ruptura es evidente que no había habido esa referencia a Dios a la que aludimos. Ni tampoco se le habría permitido a Dios intervenir en el origen del matrimonio de acuerdo a la ideología divina.

La frase “lo que Dios unió no lo separe el hombre” (cf. Mt. 19:6), nos responsabiliza a comprobar si en la gestación de nuestro matrimonio estamos dando la cabida que Dios se merece en cuanto a poderse cumplir que Dios ha unido determinado matrimonio, y que por lo tanto nadie lo podría separar. Pero también nos descubre el otro lado de la moneda: ¿hay alguna unión que Dios no haya unido, o no la haya querido?

De cualquier forma la terapéutica divina puede utilizar la experiencia negativa e insoportable que una pareja pueda estar aguantando momentáneamente, a fin de curar lo que se realizó sin la base suficiente divina, indagando ahora en lo que supone tener como referencia a Dios en el origen y vivencia matrimonial; o puede enseñar mediante el renglón torcido de la separación o divorcio, la necesidad de retornar a poner las bases que supone el ser Dios el originador de la institución matrimonial, incluso, tras la dramática y traumática experiencia de la separación, con la nueva pareja.

[9] Recibir el perdón implica la aceptación y aplicación de toda una ideología: asumir la iniciativa divina, por medio del Espíritu Santo, al arrepentimiento, y a la puesta en práctica de todo aquello a lo que el Espíritu Santo nos ha de guiar en comunión con la Palabra de Dios, a fin de recuperar las posiciones idóneas que hubiéramos contraído si hubiéramos reconocido a Dios como la referencia a todo lo relativo con el origen y experiencia matrimonial.

[10] Cualquier ruptura lleva consigo su paga y su correspondiente sufrimiento como consecuencia de no haber tenido en cuenta a Dios como referencia ni al programa que está impreso en la naturaleza humana. Dios no puede justificar el pecado, o los errores pecaminosos, más que en la reconciliación que Dios está dispuesto a dispensar a todo aquel que quiera acogerse a ella por medio de la fe en Jesucristo (Rm. 3: 19-28; 5:1, 5, 8-11, 17-19). Pero este acogerse a ella, lleva implícito aceptar la obra de Dios en uno desde un nacer de arriba hasta un crecimiento espiritual en Jesucristo por medio del Espíritu Santo y apartándose de pecar (Jn. 3:3-7, 8; 14:15-17, 26; 16:7-15; 17:3, 14-17; Rm.6; Col. 3:1-4).

[11] La imagen y semejanza de Dios se concibe para el ser humano manifestado como masculino y femenino en unidad. Esto no significa que lo masculino y lo femenino por separado, cada uno de ellos no sea imagen y semejanza de Dios también, pero el texto (cf. Gn. 1:26, 27) contempla, la manifestación de esa imagen y semejanza de Dios cuando lo masculino y femenino se realizan como pareja orientada de acuerdo a la institución matrimonial, como el máximo exponente de esa imagen y semejanza divina.

Mediante la convivencia de lo masculino y femenino en matrimonio, cada ser humano descubre mejor sus defectos a fin de poder desarrollar mejor la personalidad que Dios ha programado si se cumplen sus condiciones, y lo que ha ido aprendiendo de lo que Dios revela respecto a la funcionalidad de la institución matrimonial.

[12] El término imperfección empleado aquí expresa la idea de una obra perfecta como tal, pero concebida como programada hacia una perfección distinta, alcanzada en la realización de la pareja.

[13] El que para ciertos momentos y circunstancias sean necesarios dones espirituales a fin de afrontar ciertos retos históricos no implica la invalidez de lo que estamos afirmando en nuestra valoración de ser humano. En efecto, no se puede, y si se hiciera sería erróneo, valorar el celibato, como hacen algunos, de algo como más importante que el estado de matrimonio. Y la prueba está en lo que estamos comentando. El celibato es un don para algunos y para ciertos momentos determinados, y no tiene absolutamente nada de superioridad respecto a cumplir la condicionalidad de matrimonio de acuerdo al propósito divino. Cuando el don genuino del celibato se da, Dios está ofreciendo en el don, todo lo que no se llenaría sin la mujer o sin el varón.

[14] Ponemos el poder de la cocina, porque cultural y tradicionalmente es uno de los trabajos peculiares de la mujer dentro de la familia, dadas las otras ocupaciones del varón en proveer a las necesidades materiales y espirituales. Esto no significa que no se tenga libertad de alternar los diversos servicios y cuidados mutuos.

[15] Se trata de dirección sacerdotal y de autoridad espiritual en el hogar. En este caso se trata de una dirección y autoridad de servicio, de diaconía.

No entendemos hoy que para un asunto tan simple para nosotros como el cubrirse o no la cabeza se tengan que utilizar argumentos tan fuertes que podrían dar lugar a malentendidos si no se tiene en cuenta la corriente de disensión y división que vive la Iglesia de Corinto (cf. 1ª Cor. 1:10, 11), y que la relación mujer – varón se encuentra en el ojo del huracán. Pablo se ve motivado a decir para aquellos varones que querían imponer su autoridad sin más, que ésta lo es si refleja la de Cristo y de acuerdo a su ejemplo de sometimiento a la voluntad de Dios y de humildad (cf. Lc. 22:27, 24-26 cf. Jn. 13:2-16, 17). El ejemplo y la ideología que Cristo deja en estos pasajes son insuperables. Se trata de mostrar cuál ha de ser el comportamiento de la autoridad y de la dirección: “El que quiera ser el mayor lo ha de expresar mediante el servicio a todos los que no pretenden tener ningún tipo de primacía”. Y el ser siervo, con que se cataloga a todos los discípulos como representantes de todos los futuros creyentes, no  puede ser mayor que su Señor, y si ese Señor ha asumido una actitud de servidumbre, los siervos que no pueden ser distintos o mayores que su Señor ¿cómo han de ser? ¿cómo han de manifestar su autoridad o dirección? De acuerdo al ejemplo de servicio de Cristo.

Para las mujeres que pretendían no tener a nadie como cabeza, se les recuerda que el varón es cabeza de la mujer, y que de acuerdo a la asunción por parte del varón, de Jesucristo como cabeza, y con lo que eso implica, la mujer ha de tener en cuenta, la proyección de la autoridad de Jesucristo a través de la representatividad del varón delante de Jesucristo, que ha sido comisionado para ejercer dicha autoridad espiritual como cabeza de la mujer. De ahí que 1ª Timoteo 2:11, 12-14, lo entendamos teniendo en cuenta esta enseñanza de Jesús y del apóstol:

“La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. No permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio (h`suci,a|), pues Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión.”

La idea a destacar es la siguiente, teniendo en cuenta, la traducción más correcta:

“La mujer (Gunh.) en (evn) tranquilidad (h`suci,a|) aprenda (manqane,tw) con (evn) toda (pa,sh|) sumisión (u`potagh/|)”

Primeramente, es preciso considerar que no se trata de una imposición a que la mujer sea sumisa al marido, sino que partiendo de una anormalidad de no sujeción a la enseñanza de la Palabra, se le exhorta a que en tranquilidad aprenda sujetándose a la Palabra de Dios.

Pablo ha expresado que tanto la mujer y el marido son iguales en Cristo (cf. Gál. 3:27, 28), cumpliendo cada uno su tarea en el hogar, en la sociedad, y en la Iglesia. En esa tarea el varón es cabeza de la mujer (cf. 1ª Cor. 11:3), con lo que rinde un servicio sacerdotal en el sentido ya expuesto más arriba. El problema surge, cuando o bien el varón no ejerce ese servicio de acuerdo al espíritu que Jesucristo nos enseña, o bien la mujer no se está sometiendo a la Palabra de Dios, que ha de enseñarse en ese servicio de cabeza o jefatura espiritual en la familia.

Tengamos en cuenta que de acuerdo a Pedro todos los creyentes, hombres y mujeres, en el conjunto de la Iglesia comparten el sacerdocio universal en Cristo (1ª Pedro 2:9 cf. Ap. 1:6 cf. Rm. 12:1, 2). Las implicaciones de esto, en el hogar, es, que tanto el marido como la mujer, en sus relaciones familiares, han de ejercer el sacerdocio (el servicio, el sacrificio {cf. Rm. 12:1, 2}), teniendo en cuenta la voluntad de Dios expresada en la Palabra, y en esa labor de responsabilidad compartida, el marido ha sido constituido en cabeza de la mujer, como testimonio representativo de servicio como jefe sacerdotal, de un sacrificarse por los demás en ejemplo a secundar (cf. Rm. 12: 1, 2).

La traducción “aprenda en silencio” (1ª Tim. 2:11 pp.) o “estar en silencio” (1ª Tim. 2:12 úp.) es incorrecta, y no la apoya el texto. El término hesychía (h`suci,a), se presenta en este mismo capítulo 2 en el v. 2, y el traductor ha vertido (h`su,cion), por quieta y reposadamente. No vemos porque no ha de seguirse con esa misma traducción en 2:11, 12.

La idea sería, partiendo de un querer imponer la enseñanza por parte de la mujer fuera de la autoridad establecida en la Iglesia: “no se permite que la mujer interrumpa a fin de ejercer una enseñanza con autoritarismo o impositiva, sino que esté en actitud de aprender”. O bien se trataría de asuntos personales y familiares con repercusión en la iglesia: “No se permite que la mujer ejerza enseñanza autoritativa sobre el esposo sino que su comportamiento sea equilibrado, de acuerdo a su cometido establecido como esposa”. De cualquier forma no se trata de impedir a la mujer ejercer su enseñanza dentro de los cauces establecidos, sino que una vez traspasados esos cauces por ella, se dan indicaciones respecto a la ruptura, y al retorno a la normalidad.

Los pasajes que vienen a continuación (1ª Tim. 2:13, 14) se comprenden mejor teniendo en cuenta la forma derásica y rabínica que emplea Pablo.

“Porque Adán fue formado primero, después Eva” (2:13). Habría que ir al contexto de Génesis, y encontraríamos aplicando la forma derásica: Por cuanto Eva fue creada con la finalidad de complementariedad para llenar lo incompleto del ser masculino (cf. Gn. 2:18, 19-23, 24) ha de cumplir con su cometido, y éste no es el de ejercer dominio sobre el hombre masculino sino el de la complementariedad. Y además Adán no fue el que originalmente experimentó el engaño sino Eva (2:14). Es decir, puesto que Eva fue engañada, no cumpliendo, en esa ocasión trascendental, la complementariedad, el ser ayuda idónea, se evidencia el valor de la prioridad del servicio de la cabeza sacerdotal de la familia, y la necesidad de ser esa ayuda idónea.

En cuanto a 1ª Cor. 11 se plantean varios aspectos, algunos de ellos incomprensibles para la mentalidad moderna. Pero es preciso clarificar algunos puntos para no caer en un análisis fuera de lugar.

En principio, se han de tener en cuenta, dos elementos orientadores: 1) se trata de un asunto de cómo ha de procederse en la Iglesia en lo relativo a la participación en el culto de la Palabra y de la liturgia tanto del ser humano masculino diferenciado del ser humano femenino (11:4, 5)

“Cristo es la cabeza de todo varón, el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo” (11:3)

La idea expresada sería la siguiente: de la manera en que el Mesías se ha regido por la orientación que el Padre Dios le ha dado, a fin de trasmitirla a la humanidad, de esa mima forma todo varón debe regirse según el pensar del Mesías, con la finalidad de trasmitirla a la esposa. De este modo el varón se convierte en una referencia dependiente del Mesías.

¿De qué modo en esa época se había de manifestar el tener como cabeza al Mesías, en el caso del varón, o el varón ser cabeza de la mujer?

El varón manifestaba tener como cabeza a Cristo, cuando en liturgia y predicación de la Palabra no se cubría la cabeza (11:4). Si se cubriera afrentaría a su cabeza que era el Mesías directamente. Y esto ¿Por qué? Porque él es la imagen representativa de la pareja delante de la autoridad divina. Está representando, en su autoridad espiritual, al Mesías, y por lo tanto su cabeza humana (la que está unida a su tronco), no puede limitarse con un cubrimiento.

Pero la mujer que tiene como cabeza a su marido debe cubrirse, a fin de manifestar en las jornadas litúrgicas y de predicación de la palabra en las que participa la mujer en la iglesia (11:5), de que el marido cumple en el hogar la tarea que resulta de su dependencia directa del Mesías, sirviendo a la mujer en la enseñanza y en el ejemplo que aprende del Mesías, con el fin de beneficiarse como pareja espiritual. Téngase en cuenta que esto responsabilizaba al varón a conocer bien la Palabra, y a trasmitirla de palabra y como ejemplo a la esposa. Y la esposa a aprender adecuadamente, a fin de poder participar en la oración y predicación de la Palabra, y testimoniar de ese modo, estar sujeta a la enseñanza del Mesías que su esposo le había trasmitido. Recuérdese que en aquel entonces la enseñanza era oral, sin posibilidad de poder hacer lecturas atestiguadoras, por cuanto el acceso a los manuscritos era privilegio de los dirigentes de las asambleas.

Y si la mujer pretendiera ejercer ese derecho sin cubrirse entonces debería raparse o cortarse el cabello, con lo que conllevaba de vergüenza en aquella época esa disposición (11:6).

La disquisición que sigue ahora es parte de la manera rabínica y derásica que emplea Pablo, en su razonamiento de esa particularidad cultural de exteriorizar, el que la mujer depende de la orientación que el varón expresa en cumplimiento de su servicio sacerdotal basado en la orientación de su cabeza que era el Mesías. En 11:7 se plantea la pregunta Pablo que sin duda le habrían hecho: ¿Por qué el varón no ha de cubrirse? Nosotros en la introducción ya hemos indicado la causa. Decíamos: al ser la imagen representativa de la pareja delante de la autoridad divina, estaría representando, en su autoridad espiritual, al Mesías, y por lo tanto su cabeza humana (la que está unida a su tronco), no puede limitarse con un cubrimiento. Sin embargo Pablo lo expresa de acuerdo a la forma rabínica y derásica, teniendo en cuenta lo cultural de aquella época: “es imagen y gloria de Dios, pero la mujer es gloria del varón porque el varón no procede de la mujer sino la mujer del varón” (11:7, 8).

Estos versículos permanecerían incomprensibles para la mentalidad moderna si no intentáramos una lectura de acuerdo a la manera de razonar hebrea. No se está haciendo de menos a la mujer ni superior al ser humano masculino. Esa lectura no entra en discusión. La base del razonamiento se encuentra en la responsabilidad y complementariedad. Y para expresar eso utiliza las categorías vertidas.

¿Acaso la mujer no es imagen y gloria de Dios? (11:7). La idea del texto 11:7, sería, que la mujer, además de ser imagen y gloria de Dios (cf. Gn. 1:26), es también imagen y gloria del varón, cosa que del varón no se puede decir totalmente lo mismo, el varón es imagen y gloria de Dios pero no es imagen y gloria de la mujer. Lo que se vendría a señalar es la dependencia de la mujer del varón en su continuo complementarse con el varón necesitado de esa permanente complementariedad. 11:9, expresa precisamente eso. “La mujer fue creada por causa del varón” ¿Y cuál es esa causa? La necesidad permanente del varón de que se le complemente. Por lo tanto no se trata de alguien más y el otro menos. Los dos se necesitan, los dos se complementan. Pero en esa dependencia mutua, se hace sobresalir la dependencia de origen de la mujer respecto al varón para señalar que del mismo modo que la mujer existe como vida material en el origen, por causa del varón, también, Dios habría establecido, una dependencia de origen en lo espiritual.

Y ahora se comprende mejor 11:10: “Por lo cual”, como consecuencia de esa dependencia de origen en lo espiritual de la mujer respecto del ser humano masculino “debe llevar una señal cuando ora o predica en la iglesia que manifieste, a los presentes y a los posibles  mensajeros dirigentes que pudieran venir, de que la enseñanza expresada en la oración o/y en la predicación coincide con lo que el varón orientado por la cabeza Mesías, le hubiera enseñado. Y esa señal consistía en aquella época cubrirse la cabeza con un velo. Una manera cultural de exteriorizar a los “posibles mensajeros presentes” la aceptación de su cabeza espiritual en el hogar. Era la manera de manifestar que se sujetaba a la opinión de la autoridad espiritual como sacerdote-servidor representativo de Dios en la familia. Si no lo hiciera demostraba que no había aceptado a la autoridad espiritual representativa del esposo afrentando a su cabeza. El cubrirse era un testimonio de que estaba aprendiendo de la autoridad espiritual del esposo en el hogar, testimoniando a la vez de que el esposo aprendía de su cabeza, el Mesías.

11:11, 12, muestra que Pablo no está diciendo que el varón o la mujer sea superior o inferior al otro sino que “en el Señor ni el varón es sin la mujer ni la mujer sin en el varón”. Y que el hecho de que originalmente “la mujer proceda del varón” no significaría que ésta mantuviera una posición de inferioridad en algo, puesto que “también el varón nace de la mujer”, y eso no supone ningún cambio en la unidad de la escala de la persona sea ésta mujer u hombre.

Despejado este asunto, ahora Pablo pasa a un plano doméstico, demostrándose que el asunto del velo sería algo exclusivo del culto en el que la mujer quisiera ejercer su derecho a participar de forma activa. En efecto, la manera que tiene la mujer de cubrirse, es, dejarse crecer el cabello, logrando así no necesitar ponerse ningún tipo de velo (11:15).

¿Cómo aplicar esto en la vida práctica del hogar o de la Iglesia?

El ser Jesucristo cabeza del varón significa ejercer Su autoridad mediante el servicio espiritual y de una dirección sacerdotal. El que el varón sea cabeza de la mujer significa ejercer una autoridad consistente en servir de apoyo a la mujer mediante el amor y la función sacerdotal (de sacrificio y de ejemplo espiritual cf. Rm. 12:1, 2) hacia ella en el hogar, y, mediante esa conducta, hacer, permanente en ella sus cualidades de ser ayuda idónea al varón y de llenar la soledad de él.

Estos textos no omiten en ningún sentido ni el sacerdocio universal de todos los creyentes (1ª Ped. 2:4, 5, 9), ni el posible papel, si el Espíritu Santo lo quisiere manifestar, de la mujer como anciano o pastor (1ª Cor. 12: 27, 28-31 cf. Ef. 4:8, 11-13).

Y por descontado, actualmente, la manera cultural, ante el contexto de anarquía social existente, de manifestar la mujer que tiene como cabeza sacerdotal a su esposo, cuando ejerciera su derecho a la participación activa en el culto divino, sería el de coincidir con el esposo, que mantiene al Mesías como cabeza, tanto en lo referente a los contenidos prácticos del evangelio, como en la orientación cristiana educativa de llevar a sus hijos al conocimiento de Dios, y el de manifestar que se ha llevado a cabo un pacto matrimonial con Dios, manteniendo la unión de modo permanente.

[16] Esta diferencia que se presenta en el texto (1ª Cor. 11:7): el varón como imagen y gloria de Dios, y a la mujer como gloria del varón, no pretende expresar una diferencia cualitativa como siendo el varón superior y la mujer inferior. Pablo, utiliza como efecto retórico y comparativo, un elemento secundario: “la mujer como gloria del varón” (cf. Gn. 2.23) sin que se  niegue que también la mujer es imagen y gloria de Dios (cf. Gn. 1.26, 27 cf. 1ª Cor. 11:11, 12; Gál. 3:28). Le interesa sacar a relucir este tipo de especificación secundaria real (además de ser imagen y gloria de Dios la mujer, también es gloria del varón), a fin de dar consistencia autoritativa a lo que está enseñando respecto a lo que ocurre en Corinto. Compleméntese con nota anterior.

[17] Servir, II-III, 1978, p. 7.

[18] Sobre esto puede verse Misterium Salutis, vol. II, op. c., p. 549.

[19] Id., p. 545.

[20] Independientemente del valor que como persona tiene cualquier homosexual, como también un adúltero, prostituta, drogadicto, alcohólico, criminal, delincuente, como cualquier otro falto del conocimiento de la verdad revelada, no quiere decir que pueda ser admitida su realidad, catalogada como pecaminosa por la Palabra de Dios. La solución al problema homosexual pasa por la conversión total de su persona a Jesucristo, evidenciándose, mediante la experiencia del nacer de arriba, el abandono de esa práctica perteneciente a la vieja vida corrompida y abominable (cf. 1ª Cor. 6:9-11). La labor pastoral se impone a fin de comprender esa situación, y ofrecerle la orientación que la Palabra de Dios nos refiere.

El autor ha trabajado entre y con marginados de todo estilo y color. Se ha preocupado, ayudándoles, de homosexuales, drogadictos, alcohólicos, delincuentes, etc. Su ministerio tanto con unos como con otros ha dado frutos para honra y gloria de Dios. Pero el amor salvífico que me ha motivado no me ha llevado a desvalorizar el mandamiento de Dios por una tradición humana de última hora.

[21] Si bien, una vez introducido el pecado, se produce una ley relativa a la herencia, representada en el código genético que específica una tendencia, no es definitivo en cuanto a romper ni la bisexualidad ni la disposición del feto hacia el sexo determinado. Va a ser la actitud cultural y el ambiente social libremente escogido los que influyan positiva o negativamente en que una inclinación se active de un modo o de otro. La responsabilidad y la prohibición para la práctica homosexual no deja lugar a dudas, aun cuando debamos profundizar en esos textos (Rm. 1: 26, 27; Ef. 5:3ss.; 1ª Cor. 6:9, 10; Col. 3:5 cf. Lv. 18:22).

La palabra asernokoîtai (arsenos y koîto) traída en 1ª Cor. 6:9, significa el varón que se acuesta con hombres varones. Este término claramente especificado no puede ser entendido como la realización de un culto idolátrico, donde se descartaría una acción sexual desviada: Levítico 18:22 y Levítico 20:13 orientan la comprensión de la expresión. En Levítico 18:22 emplea el término explicando que “un varón no debe echarse en una práctica sexual con otro varón”; y específica “como cuando un varón se acuesta con una mujer”. Y esta acción se cataloga por Dios como siendo abominación: Levítico 20:13. El Nuevo Testamento, ese echarse un varón con otro varón (1ª Cor. 6:9), lo considera como una injusticia (1ª Cor. 6:9 pp.) o contraria a la sana doctrina (1ª Tim. 1:17), y por lo tanto causa de no poder heredar el Reino de Dios (1ª Cor. 6:9 pp.), a no ser que la persona, ganada por Jesucristo y con el poder del Espíritu Santo, se abstenga de dicha práctica (1ª Cor. 6:11).

La relación con la idolatría es evidente sin que se niegue la acción inmoral concreta que consiste en que un hombre lleve a cabo una relación sexual con otro hombre, o una mujer con otra mujer. Dicha relación se cataloga como antinatural (Rm. 1:26, 27). La actitud homosexual además de ser inmoral y consistir en que un varón se acueste sexualmente con otro varón o una mujer con otra mujer, es fruto de haberse alejado de Dios (Rm. 1:25) y dejarse arrastrar por concupiscencias que se constituyen en un ídolo (en una acción idólatra) que sustituye a Dios y a su verdad (Rm. 1:23-25, 28 cf. Col. 3:5; Ef. 5:5). En una palabra, la acción homosexual, implica: 1) no tener en cuenta a Dios ni a la verdad con que se nos quiere proteger para evitarnos sufrimiento y enfermedad evitables, y 2) escoger una actividad y vivencia que se constituye en un ídolo al preferirla al Dios que no la quiere y repudia esa práctica. De ahí que la palabra de Dios englobe a todo lo que es porneía (entre lo que se encuentra el homosexualismo) como siendo idolatría (Col. 3:5; Efe. 5:5 cf. Judas 7 cf. 19:4-8).

La redención y restauración que se produce por la acción del Espíritu Santo en base a la obra de Jesucristo produce la posibilidad de condenar, cualquier tendencia contraria a la voluntad de Dios, a residir en la carne y de este modo lograr dominar al pecado y a cualquier tendencia contraria a la voluntad divina (cf. Rm. 8:1-4).

El trabajo pastoral ha de consistir en el reconocimiento de los valores humanos que como cualquier ser humano posee cualquier persona (aun cuando hubiere cambiado el uso natural que es contra natura), y orientarle a enfrentar los diferentes problemas que comúnmente tiene con toda la humanidad, y sin disminuir para nada lo erróneo de su posición y práctica, descubrir, con oración (a veces con ayuno también) cómo llevarle al Señorío de Jesucristo. Y evitarle una producción de Estrés que provoca el conflicto entre lo que Dios define como natural (diseñado en la propia naturaleza) y lo que pretende sustituirse antinaturalmente.

Sobre una profundización de los textos bíblicos en el asunto homosexual puede consultarse del autor “La identidad cristiana frente a la perpetuación de los conflictos en la Epístola a los Romanos” (Zaragoza 2010, pp. 49-68). Sobre dicho libro puede ir a www.comteologicasesal.org

[22] Creemos que Gerhard von Rad (en El Génesis, op. c., p. 72), se equivoca cuando disgrega la idea de “imagen y semejanza divina” con lo que implica el poder reproductor otorgado por Dios al ser humano hombre–mujer.

Cuando el hombre se ha tomado en serio su imagen y semejanza divina fruto de la revelación de Dios en su Palabra, y se hace responsable de ser portador de la capacidad dada por Dios de originar nuevas vidas, que una vez hechas realidad están dotadas igualmente de esa “imagen y semejanza divina”, podemos descubrir el valor y significado del cumplimiento de la reproducción humana como la reflexión de alguien al que se le ha conferido semejante concesión y fuerza. ¿Y qué es conseguir una nueva existencia gracias a lo que Dios ha donado a la naturaleza humana, más que ser semejante (no igual) a Dios que tiene poder creador? A “imagen y semejanza de Dios” fue creado el hombre, lo cual, entre otras cosas, se manifiesta en que de forma parecida a cuando Dios creó un ser humano, el hombre–mujer, como una imagen cada uno por separado de Dios, deciden poner en línea de cumplimiento todos los datos biológicos programados en su naturaleza para que salga un nuevo ser humano hombre o mujer.

[23] Pueden haber situaciones y posiciones que aconsejen o que obliguen a no desligarse de los padres ni a casarse. Del mismo modo que la excepción del celibato como un don para el cumplimiento de una misión determinada, pueden haber otras circunstancias que limiten o que no hagan posible la realidad del matrimonio.

[24] El “Cantar de los Cantares” acude a la imagen de la unión matrimonial para expresar místicamente la alianza de Dios con su Pueblo.

[25] Estas características son:

Unidad. Del mismo modo que Dios ha escogido un sólo pueblo, el esposo debe elegir una única mujer.

Indisolubilidad. Dios da un carácter indisoluble a su pacto. Así debe ser el lazo que une a un hombre y a una mujer.

Fidelidad. Dios ha manifestado siempre fidelidad a su pacto, incluso cuando Israel le ha sido infiel, Él le ha perdonado. Cuando la ruptura por parte de Israel ha llegado, Dios se las ha ingeniado para permanecer fiel a su pacto con un Remanente representativo de Israel. Así debe ocurrir también entre los esposos: la fidelidad debe ser cualidad imprescindible, y el perdón, en el caso de algunas infidelidades por medio de una de las partes, debe hacer posible una prolongación de la unión fiel.

Fecundidad. La relación de Dios con su pueblo da siempre fruto positivo para el hombre. Este ha de ser el modelo para los esposos en su comunión recíproca.

Amor. Los recursos literarios que los profetas emplean (Oseas 1-3; Jeremías 2; 3:1-13; Isaías 54; 48 y Ezequiel 16 y 23) para describir el amor de Yawé para con su pueblo; la imagen en la que la ternura, la bondad y misericordia exalta el amor místico de Dios hacia su pueblo como si de un matrimonio se tratara proyecta la conducta que los esposos deben practicar con la finalidad de ayudarse en la salvación.

[26] Ver sobre esta afirmación inconcebible a Russell Staples en Servir I, 1984, pp. 62, 63. El autor trata el texto relativo al Génesis 2:24, de modo superficial y parece que de manera preconcebida, manifestando tener un objetivo predispuesto.

Las alusiones a la poligamia referentes a una fecha tan temprana como el de un descendiente próximo al progenitor Caín (Gn. 4:19), o el de los incidentes de querer cumplir por medio de la poligamia la voluntad de Dios respecto a la descendencia, como en el caso de Abraham (Gn. 16:3, 4) no se presentan como ejemplos a imitar sino como algo a evitar a consecuencia de las tragedias que se desprenden de estos casos, y de otros que vendrán después: Jacob, Gedeón, David, Salomón, etc. (Jue. 8:30, 31; 1ª Sam. 1:1, 2, 6; 18:27; 25:39, 43; 2ª Sam 20:3; 1ª Rey. 11:1-4; 2ª Cron. 11:18-21): en el primer ejemplo observamos que la Biblia menciona a un personaje Lamec que se presenta de la descendencia de Caín no de la de Set (cf. Gn. 4.26), para acabar en una acumulación que se traduce para todos en una elección de varias mujeres, que no corresponden además a la descendencia de Dios (Gn. 6:1-3 cf. Dt. 7:3, 4), por parte de la descendencia de los llamados y considerados “hijos de Dios” (cf. Gn. 4:26; Ex. 4:22; Dt. 14:1); en cuanto al ejemplo de Abraham, Jacob, etc., los fracasos que se nos relatan por introducir esa costumbre pagana de la poligamia son suficientemente elocuentes como para no entender que la tolerancia divina (como también se proyecta en otros comportamientos de naturaleza distinta) pueda ser interpretada como favorable a esa práctica.

Por la diferenciación entre la descendencia de Set, cuyo linaje se presenta como monógamo, y el de Caín donde aparece la poligamia ver a R. de Vaux, en Instituciones del Antiguo Testamento, op. c., p. 55.

Moisés, debido a unas circunstancias históricas que se arrastran desde una cierta lejanía (cf. Mt. 19:8 pp.), recoge toda una serie de leyes reguladoras del matrimonio, y de prohibiciones, entre otras, de actividades llamadas porneía, manteniendo una actitud tolerante con la práctica polígama, pero manifestando su desaprobación frente a ella cuando se refiere a un rey israelita (Dt. 17:17{actualización del texto para el término rey}). Esta reprobación es representativa por cuanto se trata de un rey cuyas posibilidades son más seguras que las de cualquier otro ciudadano, y por la razón concreta por la que es desaconsejable: por cuanto sería desviado en su manera de pensar respecto de Dios. Y esto es aplicable a todo el mundo.

La actitud consecuente y correcta está marcada por el carácter institucional de Génesis 2:18-24, que ejerce una direccionalidad modeladora de la conducta, ratificada y reinterpretada por Jesucristo, obligando al creyente de cualquier época.

[27] El amor único que el marido debe a su exclusiva esposa está basado en el mismo principio del origen: por cuanto se ha unido a su mujer y por lo tanto los dos son una sola carne (cf. Ef. 5:28, 31), y es en ese sentido singular que puede ser comparado con el amor de Cristo a su única Iglesia.

[28] Es evidente que hay numerosos lugares que lo que escasea es la mujer y que lo que priva es el hombre, sin embargo no se conoce la poligamia en el sentido contrario ¿se imaginan por qué? … piensen, piensen, a ver si aciertan.

[29] En el caso de Abraham se nos refleja que la aceptación de la poligamia se efectúa para poder dar descendencia. Es evidente que es una decisión exclusivamente de Abraham. No hay consulta a Él, y se hace en contra – posición a la voluntad divina. La respuesta de Dios a la acción de Abraham se encuentra en el embarazo de Sara y su posterior descendencia propia (ver Gn. 16:1-6; 17:15-21). Los resultados e inconvenientes de esa resolución individual de todos es conocido, yendo más allá que lo que el propio texto provee (cf. Gn. 16:5-13). Los resultados en David y Salomón, como en los demás lances, fueron nefastos.

[30] Cuando se pretende dar solución a los problemas que se suscitan especialmente en África por la problemática de la poligamia, desencajando de su lugar de preferencia el mandamiento divino de acuerdo a los textos estudiados y en relación a la temática de la poligamia, los que así actúan no han comprendido casi nada de la sabiduría divina (cf. 1ª Cor. 1:18-25). La orden de Jesucristo no nos pide que tengamos que bautizar a polígamos que quieran permanecer en esa situación, sino que les prediquemos el Evangelio del Reino (cf. Mc. 1:15; Mt. 6:23). Y anunciando y enseñando esos principios del Reino de Dios, que entre los cuales evidentemente no hay cabida para la práctica de la poligamia, hagamos discípulos de Jesucristo. De Jesucristo no de ningún otro, y además discípulos ¿Qué implica ser auténticamente un discípulo?

Que no se bautizan tantos ¿qué le vamos hacer? ¿alterar por ello las máximas del Evangelio del Reino? La predicación del evangelio lleva consigo ayudar a las personas en todos los sentidos, aun cuando no se bautizaran. Además hacer discípulos (Mt. 28:19), y a enseñarles a que guarden todas las cosas mandadas (Mt. 28:20).

Es evidente que no es fácil resolver el problema que pueda dejar tras sí aquel que abandona la poligamia bautizándose. Pero sin duda que no será peor que lo que resulte de tener a menos los requerimientos divinos y de no tenerlos en cuenta. Recordemos que no podemos desligarnos de la acción del Espíritu Santo, debemos actuar al unísono con El. Y Jesucristo nos dice que entre los nacidos de mujer no hay nadie mayor que Juan el Bautista (Mt. 11:11), ni siquiera Abraham con su poligamia y su gran fe; pero Jesucristo añade que cualquiera de los que han nacido, engendrados por Dios, nacidos de arriba, en la dispensación del Reino de Dios inaugurado por El, son mayores que Juan el Bautista (Mt. 11:11; Jn. 1:10-13; 3:3, 5). Pertenecer y ser del Reino de Dios implica aceptar todo lo que se nos trasmite en Génesis 2:18-24 y Mateo 19:4-9 (cf. Mc. 10:2-12). Por lo tanto ese Dios también nos dará la solución y la luz suficiente para ayudar a resolver la problemática que ha engendrado un régimen contrario a la voluntad divina, si permanecemos fieles al ordenamiento que se originó en la creación respecto al matrimonio monógamo, integrando, por Dios, un principio de actuación que nos recuerda Jesucristo como válido para siempre.

Por descontado que el bautizado debe seguir manteniendo a todas aquellas mujeres de las que se separa, en su abandono de la poligamia, hasta que encuentren una pareja digna y adecuada. E intentar ayudar a la propia conversión al cristianismo, y allanar el terreno para una nueva existencia en el cristianismo ¿Y qué ocurre con los hijos de esas mujeres del que antes era polígamo? Deberá atenderles material y espiritualmente ayudándoles en el conocimiento del Dios de Jesucristo ¿Y qué ocurre, dentro de la cultura occidental con los hijos del que se ha divorciado 1, 2 o 3 veces?

[31] <<Un matrimonio excepcional no se da cuando se casa una “pareja perfecta”. Se da cuando una pareja imperfecta aprende a disfrutar de sus diferencias>> original de Dave Meurer en Daze of Our Wives, Bethany House (citado en Selecciones del Reader’s Digest, de Enero del 2001, p. 47).

[32] Jesús manifestó enojo (cf. Mc. 3:5) ¿por qué? Por la hipocresía con que actuaban algunos que le acusaban falsamente:

“Es cierto que hay una indignación justificable, aun en los seguidores de Cristo. Cuando vemos que Dios es deshonrado y su servicio puesto en oprobio, cuando vemos al inocente oprimido, una justa indignación conmueve el alma. Un enojo tal, nacido de una moral sensible, no es pecado” (DTG, p. 277).

[33] En la sección de apéndices dedicaremos uno a tratar el tema de la manera en que Dios ha manifestado su amor en la historia revelándose, independientemente de la máxima revelación que es Jesucristo.

[34] Se ha comprobado, además de lo ya indicado que tanto la oxitocina (en la rama parasimpática) como la vasopresina (en la rama simpática) son neurotransmisores vinculados a las áreas del sistema límbico / emocional del cerebro perteneciente al sistema nervioso, se inhiben o hacen acto de presencia en ausencia o en la proyección de amor, de cariño, cuidados y atención (ver sobre esto a Arthur Janov en Biología del Amor, op. c., pp. 332-356.

[35] Hay traumas en la infancia o adolescencia que pueden marcar el futuro sexual de las personas. Si ha podido haber alguna situación extraña o incluso pecaminosa que haya podido dejar ciertas secuelas, deben ser tratadas con la pareja, y consultar un especialista que pueda ayudar. De cualquier forma se debe tener un mínimo de conocimiento respecto a la necesidad sexual en pareja, y debe estar acorde con los consiguientes reclamos que dentro de una normalidad común se tiene.

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©Antolín Diestre Gil
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