El poder de la Salvación original en Cristo Jesús frente al poder del pecado
El Poder de la Salvación Original en Cristo Jesús frente al poder del pecado original promovido en Adán por la Serpiente:[1] exégesis y significado de Romanos 5:1-11, 15-21; 6 y 8:1-39
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia (…) porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira.
Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.
Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación.”(Rm.5:1-11)
Para Lutero fue un descubrimiento la lectura de estos pasajes, para Antolín Diestre lo mismo, e incluso para cualquiera que se acerque en búsqueda de resolver la problemática existencial humana.
El texto sale al encuentro a nuestro desequilibrio natural. Somos conscientes que nuestros conflictos configuran una guerra permanente. Nuestras propias raíces, el estado de nuestro diseño pugna con la otra realidad, la que pretende zafarse de la naturaleza de nuestro origen. El trance con el otro gesta una batalla continua que nos va incapacitando, hasta el punto de que llegamos a ser una sombra de lo que parecía que íbamos a conseguir. Cuando a lo largo de la existencia, la persona es consciente de un itinerario de combates que dejan siempre rastros que crean daños dolorosos en tu conciencia, y en tu propio organismo, reclaman que algo calme tal situación. Cuando el mal se hace presente, y te arrastra a que colabores con él, al principio sin saber que era malo, pero que te produce daño y sufrimiento, y después a sabiendas de su malignidad, no puedes librarte de él, y eso mismo que te ha señalado la malignidad te engendra una conciencia culpable, está exigiendo la necesidad de algo que resuelva esa conciencia culpable y ese hacer lo que no quieres hacer, por cuanto experimentas continuamente frustración e inseguridad. Y entonces aparece el texto: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”
El texto sobrentiende que hay una guerra que se está librando, fruto de una conducta inadecuada que precisa una rehabilitación que se evidenciará mediante un estado de paz.
Esa rehabilitación que surge del paso de guerra a la paz es fruto de la justificación que Dios proyecta. Nótese que esta corta frase ya relaciona a la justificación con sus propias implicaciones: rehabilitación y paz. Y esto nos ayuda a valorar adecuadamente el significado de la justificación como no siendo meramente una versión forense.[2]
Para que la fe haya tenido que ser ejercida por algo, a fin de alcanzar un estatus distinto y opuesto al de la guerra, y resultar en paz, donde se evidencia el cambio de guerra a paz, es preciso que ese algo (justificación) por el que se ha ejercido la fe sea experimentado en sentido operante. Uno nota que esa justificación lleva implícito un enterarse de que se ha producido una permutación en su condición anterior.
Para estar justificado ya en su sangre [3] (Rm. 5:9), ha debido de haber una información previa por la que se le ha dado a conocer todo lo que ha supuesto la venida a este mundo, la condición pecaminosa en la que llegamos, y la obra de Mesías cómo aplica a nuestra existencia.
Y la experiencia de la reconciliación y salvación, tanto en la muerte como en la vida de Jesucristo (Rm. 5:10, 11) nos informa, de que es preciso profundizar en el significado y sentido de su muerte y de su vida, a fin de valorar adecuadamente al concepto y experiencia justificación.
Y cuando relacionamos estos pasajes, con los que ya estudiamos del capítulo 3 de Romanos, en cuanto a que el juicio divino (3:19 úp.) consiste en que la justicia de Dios se hace presente por medio de la fe en Jesucristo (3:22), identificando la justicia de Dios con todo lo que significa e implica la obra de Jesucristo (3:26 pp., 25), haciéndose aplicativa y efectiva mediante la justificación para el que ya es de la fe de Jesús (3:26 úp.), nos está mostrando una vez más que la fe ha debido de configurarse en el conocimiento sobre Jesucristo, a fin de que podamos comprobar y experimentar esa justicia de Dios y esa justificación (3:22 cf. 3:26), con lo que la justificación viene precedida por una fe en la persona, ideología, y obra del Mesías. Y esa fe evidencia un estar de acuerdo vivencial y ejemplarmente de la ideología y obra del Mesías.[4]
De ahí, que para que las afirmaciones que nos hace Pablo respondan a la búsqueda que implican las cuestiones siguientes, se han de formular a fin de comprender el término justificación aplicado al ser humano.
¿Cómo se recibe esa justificación? ¿Cómo se le comunica? ¿Cómo puede enterarse? ¿Qué implica el enterarse? ¿Qué implica el convencerse? ¿Qué implica el que se le acepte? Si se acepta ¿Qué proceso ha ocurrido en él, antes de que se le declare justo?
- Ø Para ser justificado
Reconocimiento de la situación y condición humana: ese reconocimiento no existiría si no hubiera iniciativa divina.
¿En qué consiste el reconocimiento?
En ser pecador: tener pecado corrompido, tener tendencia al mal, cometer el mal irremisiblemente, sin poderlo evitar, estar desprotegido, y sufrir conflictos, perturbaciones, enfermedades, muerte.
¿Qué es ser consciente de ser pecador?
Haber experimentado, el pecado, el mal. Haber tenido un origen creador por Dios pero haberlo rechazado. Haber venido a la existencia independizado de Dios. No tener relación amistosa con Dios. Saber que los males y sufrimientos experimentados son consecuencia de haberme apartado, de mi razón de ser, de mi propósito creado. Ser consciente del modelo de comunicación que me expresa la posibilidad de ser consciente de ser pecador.
¿Y cuál es ese método? El de la revelación.
¿Y qué se me revela? Que soy pecador, separado de Dios, opuesto a mis raíces y propósito, contrario a la Ley de Dios, que estoy condenado a seguir esclavizado al pecado, a morir sin Dios (mi originador), sin esperanza.
- Ø Para ser justificado
Para ser justificado, debo aceptar la solución divina en Jesucristo mediante la obra del Espíritu Santo
¿En qué consiste esencialmente?
Jesucristo es enviado por Dios a fin de resolver la problemática del pecado del ser humano.
Con ello, por un lado se valora el pecado como surgido por un rebelde, como desobediencia a Dios, como transgresión de la Ley de Dios, como ruptura respecto de Dios; por otro, se valora a Dios como nuestro creador y salvador, como que nos ama, como siendo preciso conocerlo; además se valora su obra vicaria sustitutoria; por otra parte se valora la necesidad del arrepentimiento con relación al mensaje del Reino de Dios.
¿Qué significa el arrepentimiento y qué tiene que ver con el Reino de Dios? (Hech. 19:8; 20:25; 28:14, 15ss., 23, 31 cf. Rm. 14:17 cf. Gál. 5:21; Ef. 5:5ss.)
Que Jesucristo con su mensaje del Reino de Dios, reclama un arrepentimiento urgente (cf. Mc. 1:14, 15).
¿Qué es el Reino de Dios? (Mt. 6:33) El gobierno de Dios, los principios ideológicos del Reino, del gobierno de Dios, la manera de pensar y de ser de Dios. Se trata de buscar que Dios gobierne tu vida mediante su justicia. Y para eso debo de arrepentirme ¿De qué tengo que arrepentirme? ¿Del pecado? NO sino de pertenecer a la fábrica que fabrica el pecado ¿Y cuál es esa fábrica? El reino de este mundo (Jn. 12:31).
El reino de este mundo ha sido juzgado y condenado con la presencia e ideología del Mesías. Los valores del reino de este mundo, su manera de pensar y de ser han sido juzgados por el Mesías, e insta a abandonarlo, a arrepentirse de seguir en el reino de este mundo que fabrica el pecado, y pasarse al Reino de Dios, a la manera de pensar y de ser de Dios. Y de este modo nos encontraremos con la justicia divina que es Jesucristo, y experimentaremos el juicio de Dios en vida ejecutado por la justicia de Dios en Cristo (Mt. 6:33 cf. Rm. 3:19-21, 22-26), que se valorará a efectos del juicio final favorable para el pueblo de Dios que ha de estar presente en ocasión de la Segunda Venida de Jesucristo (Dn. 7:13, 14, 9-12 cf. 8:11-13, 14 cf. Ap.14:6ss. cf. Jn. 5:20-29 cf. Hech. 17:30, 31).
Es evidente que Pablo estuvo predicando y enseñando acerca del Reino de Dios, y el Evangelio en Roma de acuerdo a los textos que presentamos en el epígrafe de este apartado, y que su mensaje de justificación y reconciliación tiene que ver con el Reino de Dios que predicó en Roma (Hech. 28:14, 15ss., 23, 31 cf. Rm. 14:17 cf. Gál. 5:21), y que el informe moral que presenta respecto a Ley de Dios (Rm. 2:14, 15 cf. Rm. 7:7, 14, 22, 11-13 cf. Rm. 8:1-9) es la Ley real del Reino de Dios (cf. Stg. 2:8-12).
- Ø El contraste entre Adán y Jesucristo, y el logro de uno y otro
“Pero el don no fue como la transgresión; porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo.
Y con el don no sucede como en el caso de aquel uno que pecó; porque ciertamente el juicio vino a causa de un solo pecado para condenación, pero el don vino a causa de muchas transgresiones para justificación.
Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia.
Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida.
Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.
Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; más cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro (Rm. 5:15-21)
“El don no fue como la transgresión” (Rm. 5:15 pp.) ¿por qué? Porque si bien por la transgresión de uno (el primer Adán) murieron los muchos, [5] esa muerte infligida por la Serpiente no pudo ser irrebatible, no consiguió retener para siempre en ese estado de muerte espiritual y/o total. Ya que gracias a Jesucristo en muchos se pudo comprobar que el pecado productor de la muerte no domina a los que están en Cristo, ni la muerte encontró la destrucción definitiva (Rm. 5:15).
“Y con el don no sucede como en el caso de aquel uno que pecó” (5:16 pp.) ¿Por qué? Porque si bien el juicio es a causa de un pecado que se introdujo con Adán ocasionando una condenación para todos, el don Jesucristo vino a causa de muchas transgresiones, y a pesar de la degeneración creciente que esto supone, dicho don tiene capacidad para justificación de todos (5:16).
“Si bien por la transgresión de uno solo reino la muerte” (5:17 pp.), con lo cual se introdujo un reino que no produjo ni felicidad ni libertad, y en última instancia destrucción, inconsciencia y no existencia; por uno solo, Jesucristo, se consigue reinar mucho más. Porque se trata de hacerlo con vida, con tal de recibir la abundancia de la gracia y el don de la justicia ofrecido por Jesucristo. [6]
“Así, si bien vino la condenación a todos por la transgresión de uno, también por la justicia de uno llegó a todos la justificación de vida” (Rm. 5:18):[7]
No hay duda que la justificación ha sido para todos. Por un lado, el valor de la obra de Jesucristo es de tal calibre que sirve para todos. Esa justificación ha sido concebida para todos sin excepción. Pero esa justificación contemplada en la perspectiva divina [8] para todo el género humano y para cada ser humano en particular no obtiene el mismo resultado histórico aplicativo ¿Qué queremos decir?
El punto en cuestión, aunque lo hemos explicado extensamente en un cierto sentido en nota aparte, consiste en concretar de qué modo ha justificado a todos (Rm. 5:18), aun cuando no todos sino muchos sean constituidos justos (cf. Rm. 5:19).
Dios tiene en cuenta la peculiaridad existencial del hombre y de la humanidad en el tiempo, de ahí que por un lado Jesucristo ya fuera destinado desde antes de la fundación del mundo para llevar a cabo el plan de la salvación de Dios, y por otra parte se haya manifestado históricamente en los postreros tiempos (1ª Ped. 1:20; Hb. 9:26 cf. Ef. 1:4).
No cabe duda que desde ese remoto tiempo, Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo, no teniendo en cuenta sus pecados pasados (2ª Cor. 5:19 cf. Rm. 3:25) ni su respuesta a la iniciativa divina.
Es decir que esa Justificación se proyecta sobre todo el género humano y posee como objetivo primero no considerar los pecados pasados. No tener en cuenta la historia del pecado iniciada en y por Adán. A causa de esta amnistía, la existencia no termina definitiva e irreversiblemente en Adán sino que se da oportunidad a que se manifieste históricamente la misericordia divina, y de este modo la descendencia de Adán pueda llegar a existir y considerar la salvación que se le ofrece.
Es gracias a esa Justificación que tiene, en principio, una aplicación para todos, que la salvación puede ser conocida. Y permite a Dios, considerando al hombre como no habiendo pecado, partiendo de una situación en la que no tiene en cuenta el pecado, llevarle, si no le rechaza, a una posición en la que la voluntad, la tendencia y la sujeción sea hacia Dios, consiguiendo que el pecado no domine la situación, y que el hombre sea guiado por el Espíritu Santo y no por la inclinación carnal. Para conseguir eso, esa justificación que ha tenido una aplicación para todo el género humano, que se ha proyectado en una amnistía para todos, que ha tenido una primera medida colectiva con repercusiones particulares, es preciso que sea aceptada individualmente por la Fe (Hab. 2:3, 4 cf. Hb. 10:37, 38; Rm. 3:28, 20, 21, 22; 5:1).[9] De este modo la obra de Justificación de Jesucristo es transformadora constituyendo en justo (Rm. 5:19; 5:1; 3:24-26; Ef. 2:8-10) al ser humano que acepta respondiendo a la iniciativa misericordiosa divina.
“Porque así como por la desobediencia de un hombre solo, los muchos fueron constituidos pecadores…” (Rm. 5:19).
Exactamente. Pablo cambia de nuevo todos por muchos. Por cuanto todos menos uno, Jesucristo (cf. 2ª Cor. 5:21), pecaron. No hay más que una sola excepción: Jesucristo. La persona de Jesucristo es suficientemente significativa como para señalarla, no diciendo todos sino muchos.
Nótese, por la historia real y práctica, el valor de la palabra constituidos. Se constituye algo llegando a ser. Para poder afirmar que alguien se ha constituido pecador es preciso el involucrar en la acción al propio individuo.
La realidad es que debido a la desobediencia de uno se consiguió la acción de pecar en todos los descendientes.
“Así también por la obediencia de uno los muchos serán constituidos justos” (Rm. 5:19).
El primer mensaje, es que a pesar de que Dios ha provisto una salvación para todos, ya que quiere que todos sean salvos pero queriendo que vengan al conocimiento de la verdad (1ª Tim. 2:3, 4), no todos serán constituidos justos sino muchos (cf. Rm. 1:28-32; 2:1-8).
El segundo mensaje tiene que ver con el valor de la expresión “constituidos justos”. Del mismo modo que la descendencia del primer Adán fue hecha pecadora activa, la descendencia del segundo Adán, Jesucristo, por lo implicado en su declaración de justificación de la persona humana, se llega al resultado “hecha justa activa” (cf. Ef. 2:8-10). [10]
“Y si el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Rm. 5:20) Porque si bien el pecado debido a Adán no encontró resistencia en una naturaleza contaminada por el mal, siendo la vía natural para el pecado, la gracia fue desplegada para todos los pecadores, a pesar de la alergia natural que la propia santidad de Dios tiene hacia el pecado, siendo preciso superar y vencer al pecado en el propio terreno connatural que él había engendrado.
Y frente a la muerte o no existencia que era el resultado final ineludible del pecado (5:21 pp.), hubo ese acto generoso por parte de Dios, que sin haberlo merecido, y habiendo atentado contra su amor, autoridad y gobierno, manifestó Su Gracia redentora en Cristo Jesús obteniendo la Vida eterna para todos aquellos que la escojan (Rm. 5:21 úp. cf. Rm. 2:7).
- Ø Definición de justificación
Es la acción declarativa de la justicia divina en Cristo, que evidencia el don de la fe en el individuo, y que consigue en su itinerario, por medio del Espíritu Santo, que la persona se entere de que es considerada justa. Esta consideración como justa se configura como fruto de una confrontación que la iniciativa de la acción de Dios pone en evidencia, entre lo que realmente es la persona y lo que la acción declarativa de Dios considera como justo. La referencia continua de lo justo es lo que revela el Mesías en su vida y acción.
La Justificación es lo que resulta de un proceso de juicio justo de Dios, basado en la ideología y obra del Mesías con sus principios activos del Reino de Dios, que conocidas y apropiadas de la única manera posible, por la fe, Dios lo considera suficiente para proyectar la justificación, declararlo justo. Pero toda declaración de Dios no son meras palabras vaciadas de valor, no solamente traducen un sentido jurídico al que se ha llegado por tener fe en la ideología y obra del Mesías, sino que permite que lo que resulta como justificación en el proceso de la creencia y en el ejercicio de la fe, actúe como la fuerza de una acción, lo que corresponde “al acto gratuito de Dios que justifica al hombre”.
Esa comunicación de que ha sido justificado gratuitamente, si es cierta, si es real, y como consecuencia de la confluencia de lo que le ha llevado al encuentro de la comunicación y experiencia de justificación ha de notar la paz como fruto de la acción declarativa, liberándole de la guerra, y liberado comprueba que es esclavo de la justicia.
La acción declarativa no lo hace justo pero tampoco le niega la experiencia de la rehabilitación: de una nueva vida, la del Espíritu Santo (8:2) una vida aprobada por Dios (Rm. 6:13-20) con la ausencia de la guerra y la instalación de la paz con que la acción declarativa ha provocado.
[1] Si hay un pecado original en el sentido que ya hemos explicado que afecta a toda la humanidad, también existe una salvación original que afecta a toda la humanidad.
Desde Génesis 3:15 como ya hemos constatado se anuncia una simiente de la mujer que es paralela y contraria a la simiente de la serpiente.
Los profetas comprueban que hay una simiente Santa (Isa. 6:13) de la que surgirá la Simiente (cf. Hech. 3:24-26, 22) que arrebatará el dominio a la simiente de la serpiente (cf. Gn. 3:15 cf. Hech. 3:26 úp.), y que seguirá orientando un linaje apropiado (cf. 1ª Ped. 2:9). Dicha Simiente prometida en la época de Eva y que se renueva en la de Abrahán (cf. Gn. 18:18; 22:18; 26:4; 28:14) es Jesucristo (cf. Gál. 3:16; Hech. 3:22-26).
Independientemente de que la Serpiente ha inoculado dentro del germen de la mujer terrenal la semilla de maldad en forma de pecado, Dios en su plan, seleccionó, de dentro de esa mujer representativa de todo el género humano (cf. Gn.3:20) un linaje santo confluyendo con Abrahán (cf. Hb. 2:16) de donde saldría la Simiente Cristo Jesús (cf. Gál. 3:16; Hech. 3:22-26).
David, descendiente de Abrahán, es usado por los profetas (Jer. 23:5; 33:15; Ezq. 34:23; Os. 3:5) como representativo de la realeza divina que producirá, dentro de la sucesión biológica natural humana (cf. Rm. 9:5), un renuevo justo que se identifica con Jesucristo (cf. Rm. 1:3; 4:6; Ap. 5:5; 22:16), y que si bien para llevar a cabo el plan de Dios en favor de la humanidad iba a padecer la muerte por asesinato (Dn. 9:24-27), Dios lo había previsto, con la aceptación libre del Hijo (cf. Ef. 1:3, 4; 1ª Ped. 1:2), para reconducirlo de modo que su muerte y vida fueran vicarias (Dn. 9:24-27; Isa. 53: 1 ss. cf. Rm. 3:19-26; 5:17-19) a fin de destruir el dominio del pecado y su propia existencia que corresponde a la simiente de maldad originada por la serpiente, y manifestar que Jesucristo es el Rey de reyes y Señor de señores (Ap. 19:11-16 cf. Jn. 1:1-3, 14, 18).
[2] Desmond Ford sigue aferrándose a una posición exclusivamente forense de justificación, para nosotros insostenible como veremos más adelante (citado en Spectrum digital (27/09/2008). También Dederen califica a la justificación como metáfora de la salvación, y de aplicación meramente forense (ver Teología, vol. II, p. 186). A Dederen parece que le ha gustado el término metáfora de la expiación con que Desmond Ford bautiza su concepto de justificación ¿Qué significa la palabra metáfora aplicado a este concepto?
Metáfora, palabra de origen griego que sirve para designar la imagen resultante de trasladar —mediante un solo término o una perífrasis— el nombre de un objeto a otro, ligados ambos por una relación de analogía. Según Aristóteles, el nuevo sentido sustituye al antiguo. Pero J. A. Richards y otros investigadores de la metáfora afirman que no se produce una sustitución sino una interacción entre ambos sentidos, el original y el metafórico (Microsoft ® Encarta ® 2009. © 1993-2008 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos).
En este caso lo que se estaría pretendiendo decir por los autores arriba mencionados, aplicando el término metáfora para el concepto de justificación, es que se ha trasladado del lenguaje jurídico y legal el valor de justificación, a lo que Pablo nos trasmite por justificación. Y por lo tanto se le daría exclusivamente un valor forense y estático.
Sin embargo trasladar este valor de metáfora pasando olímpicamente de los valores que el concepto juicio tiene para Dios, y su aplicación en el entorno de la doctrina del Santuario Celestial, y lo que en la propia epístola a los Romanos se proyecta teniendo en cuenta la obra del Mesías en el contexto de los valores del juicio de Dios, es desaprovechar, lo que J. A. Richards nos proponía: que en la aplicación de metáfora “no se produce meramente una sustitución sino una interacción entre el sentido original y el metafórico”.
Ver a Ivan T. Blacen, La doctrina de la salvación, en Teología vol. III, donde menciona que el significado de la justificación no queda agotado en una interpretación meramente forense (p. 133).
[3] El término sangre representa la muerte y la vida de Jesucristo (cf. Jn. 6:53, 54). Cuando se nos dice que somos salvos por su sangre o que somos limpiados por su sangre, se nos está queriendo decir que cuando aceptamos todo aquello que le llevó a la muerte o derramamiento de sangre, cuando lo aceptamos, y lo aplicamos en nuestra existencia, nos limpia y nos protege, nos salva. En la sangre, en ciertos contextos, obtenemos la salvación: al no rechazar Jesucristo el tener que morir, a pesar de las presiones del maligno, esa muerte se convierte en necesaria para nuestra salvación, “expiatoria” y “vicaria”. En un capítulo aparte tratamos el asunto de la vida y la muerte de Jesucristo, tal como lo asume Pablo.
[4] El texto en cuestión ha arrastrado toda una discusión que Pablo había iniciado ya desde el principio, en el capítulo primero, y que va descubriendo el verdadero motivo, el tema central de la epístola. Ese tema central, es aquel que encuentra la solución a los conflictos entre judeos y gentiles, buscando la manera de conseguir la identidad común. Para ello tanto la comprensión de nuestra manera de ser natural, como el conocimiento de patrones comunes: Abrahán, la Ley, etc., como la justificación por la fe, y como saber incorporarse al pacto de Dios que trae una novedad, la del Mesías como mediador de ese pacto, sustituyendo todos los valores de la Ley por Jesucristo, es una ayuda considerable en ese propósito de encontrar la identidad cristiana, puesto que eso va influir positivamente en la sociedad en que se desenvuelvan. Por eso ha encerrado tanto a judíos como a gentiles bajo pecado. De nada le sirve al judío aferrarse a su Ley como elemento de salvación. Se muestra la obra de salvación por parte del Mesías como elemento capital para incorporarse, todos por igual, al pacto de salvación que Dios ha provisto por medio del Mesías. Tantos unos y otros lo han de hacer no por obras de Ley sino por la fe.
Partiendo del padre de todos, tanto de judíos como de gentiles, de Abrahán, ya hemos visto como desarrolla toda la temática en el capítulo 4, Desde su inicio plantea la problemática ¿Cómo ha sido justificado Abrahán? ¿Por las obras o por la fe? (4:2, y ss.). Se concluye haber recibido Abrahán la justicia de la fe (4:11 pp.), y como representante de todos, gentiles y judíos, la fe les sea contada como justicia (4:11 úp., 12, 13, 16-22, 23-24 pp.). Y esto gracias al Mesías que ha sido constituido para todos como nuestra justificación (4:24, 25). Y esto va a permitir que tantos gentiles como judíos puedan incorporarse al pacto de Dios en Jesucristo (cf. Rm. 9 y 11), y dentro del mismo pueblo de Dios.
[5] San Pablo conoce las excepciones de aquellos que no murieron y le permite utilizar, en la comparación, el término “muchos”, por cuanto tampoco son todos los salvos. El caso de Enoc y Elías están registrados en la Palabra de Dios (Gn. 5:21-24 cf. Hb. 11:5; 2ª Rey. 2:1-11) como que no conocieron la muerte.
[6] Aparentemente podría parecer una desventaja para la nueva humanidad en Cristo si comparamos que el pecado de Adán introdujo de modo automático, sin poderlo remediar por la descendencia humana, el pecado y la muerte personal en cada descendiente, mientras que para que reine la vida es preciso recibir la gracia y el don de Jesucristo. Lo que involucra un acto de voluntad o decisión por parte del que lo acepta.
En principio digamos que el motivo de la comparación, y los puntos contrastados no es ni son los extremos que hemos expuesto en esta nota sino lo que reproducimos en el texto motivo de esta nota.
Para entender este asunto adecuadamente medítese en lo que referimos a continuación:
1) Si bien el hombre, sin posibilidad de lo contrario adquiere una naturaleza pecaminosa que le inclina a pecar, y sin Cristo, el pecado le domina y le esclaviza por la caída de Adán su primer representante, el permanecer en la condición no caída no era automática. Era preciso, usar la libertad y decidir afirmarse en y con Dios.
Hay una elección, hay un convencimiento, una voluntariedad y responsabilidad humana frente a la Creación de Dios.
2) Dios crea al hombre representativo y peca. Si Dios cumpliera su juicio respecto a la muerte del transgresor sin la prolongación temporal que ya estaba prevista, no hubiera dado posibilidad a su misericordia, y por lo tanto la descendencia de Adán, nadie, ni tu ni yo estaríamos para contarlo.
3) Al permitir que la vida siga existiendo, de acuerdo a un plan soberano preconcebido, y poder ejercitar Dios su derecho, por creación, a redimir al hombre desde antes de la fundación de mundo (2ª Cor. 5:19 cf. Ef. 1:3, 4), aparece en la historia el estado de condenación en Adán de toda la descendencia (cf. 3:16 sp.), con todo el deterioro y corrupción que ese estado lleva implícito, y el de una existencia gracias a esa justificación aplicada desde la eternidad por Dios en Cristo, a todos los seres humanos, permitiendo ya desde Adán no considerar al hombre como si hubiera pecado, y realizar una obra en él en la que el automatismo hacia el pecado revierta en un automatismo hacia la santidad, gracias a Jesucristo por medio del Espíritu Santo.
4) En efecto, Dios trae un segundo Adán, otro hombre representativo, para dar la oportunidad al género humano de poder ser considerado en y por Jesucristo como si no hubiera pecado.
Y observemos el paralelismo:
1) El hombre, desde el principio en que existió el pecado, aunque no quiera, ha sido visitado por la gracia de Dios en Jesucristo, y es reconocido por Dios en Jesucristo (por su obra y mérito infinito) como si no hubiera pecado. Es decir la obra de Jesucristo tiene un valor universal y abarca a toda la humanidad, a todo hombre, quiera o no quiera (cf. Rm. 5:18).
2) Del mismo modo que en el primer Adán no se le daba automáticamente la permanencia en su condición “no caída”, ahora tampoco, con el segundo Adán, se da de modo automático la condición “como si no se hubiera pecado”. En el primer Adán en su condición no caída y en una descendencia no caída, si se quería mantener en esa posición era preciso la aceptación de la iniciativa divina.
Ahora, si se quiere mantener esa posición de justificación por Jesucristo (cf. 5:18) hasta el final, va a ser preciso aceptar la iniciativa divina, con todo lo que implica de programa anti pecado, por medio del Espíritu Santo que actuando en su conciencia (cf. Jn. 16:7, 8), y a través de la Palabra de Dios (Stg. 1:18 cf. Jn. 3:3,5) le hace ser descendiente obligado de su otro representante: Jesucristo.
3) Nótese que Dios en Jesucristo declara justa a toda la humanidad, quiera o no quiera (Rm. 5:18). Produce una amnistía. Esa amnistía le sirve a Dios para no considerar a la humanidad condenada, y mientras tanto aplicar la ley del Espíritu Santo en Cristo Jesús que desbanque a la ley automática de pecado (cf. Rm. 8:1,2), y devolverle a la posición original, en la que el pecado no dominaba.
El deterioro de la voluntad, la corrupción de la naturaleza humana, la incapacidad personal para despertar hacia Dios no es transformada, en una primera instancia por esa permisión a la existencia mediante la justificación (Rm. 5:18), y que aunque se nos revela como realizada por Jesucristo, y sirve para prolongar la existencia humana desde Adán, no es aplicativa en el sentido transformador mientras no se conozca, pero Dios expresa el máximo interés en cada ser humano, por medio del Espíritu Santo (cf. Jn. 16: 8, 9) para que nadie pueda estar desconocedor. Dios, manifiesta lo que ya antes había expuesto y decidido en Cristo, no tener en cuenta los pecados pasados (2ª Cor. 5:19) para traer la salvación y santidad en Jesucristo. ¿Y entonces?
Gracias a la obra de Dios en Jesucristo, desde antes de la fundación del mundo, al considerar al hombre como si no hubiera pecado, es devolverle su posición original anterior al pecado, como si tuviera las mismas posibilidades su naturaleza en el caso de no haber pecado, como Adán y Eva antes del pecado, pero es evidente que su condición no es la misma. Pero Dios le manifiesta su propósito en Jesucristo: el de no considerar su pecado y el devolverle, la posición anterior al pecado: fidelidad y confianza en Dios; obediencia y permanencia en la voluntad de Dios.
4) De modo que ahora tiene ante sí el elegir entre permanecer en su condición caída, o en la de Justificación que le provee Jesucristo, y que se la presenta el Espíritu Santo en su conciencia y a través de la Palabra de Dios.
La situación es inmejorable y de un valor superior a lo que trajo el primer Adán con el pecado.
Dios, por un lado, no tiene en cuenta el pecado, mientras que insta por medio del poder del Espíritu Santo a que el hombre sea arrastrado a la salvación original que en Jesucristo se opera. Le confronta, sin la carga de la condenación, ante la necesidad ineludible de retornar a lo que Dios le propone en Jesucristo.
5) Con el primer hombre se trató de elegir entre permanecer sin pecado o pasar a una condición pecaminosa pecando; ahora, se propone en y por Jesucristo, el de querer demostrar que se desea permanecer en lo que implica esa Justificación si no se rechaza al Espíritu Santo, y pasar a recuperar la vida eterna, una vida sin pecado y sin el dominio de éste en Cristo Jesús.
La obra de Jesucristo supera a la del primer Adán, porque ahora, a pesar de poseer una naturaleza caída, gracias a Jesucristo, y por medio del Espíritu Santo, Dios acepta la obra de Salvación operada por Jesucristo para cada ser humano con tal de que se apropie de ella y quiera permanecer. A causa de Jesucristo se nos ofrece el poder del Espíritu Santo para que sometamos nuestra voluntad a la de Dios y consigamos, con su poder, que el pecado no nos domine.
Dios ha hecho, en Jesucristo, las cosas de tal manera, que con el Espíritu Santo podamos conseguir la salvación que Jesucristo ha logrado, con tal que permanezcamos en la justificación, al igual que le era necesario al primer Adán permanecer sin pecado si quería mantenerse en una posición de salvación. Con el primer Adán era irresistible el pecar porque se había trasmitido el pecado a la naturaleza humana con la que vendrían todos los demás hombres, con el segundo Adán es imposible que uno no se pueda salvar cuando alcanzamos con el poder del Espíritu Santo la ley del Espíritu Santo en Cristo Jesús en lugar de la ley del pecado: entonces ya no nos guiamos según la carne de pecado sino según el Espíritu Santo (cf. Rm. 8:1-9).
Es preciso contrastar y hacer la comparación en el momento oportuno. Hay que comparar al ser humano fruto del pecado de Adán cuando ha adquirido una voluntad deteriorada, inclinado irremediablemente hacia el pecado, arrastrado por la actitud carnal (cf. Rm. 7:14-17, 25 úp.), con el hombre cuando se ha apropiado, gracias a Jesucristo, y al poder del Espíritu Santo, una voluntad sometida a la voluntad de Dios e inclinado a obedecer la Ley de Dios, por cuanto el Espíritu Santo ha creado un automatismo que le lleva a guiarse por el Espíritu de Dios y a sujetarse a la ley de Dios (cf. Rm. 8:1-4-5, 6-9).
[7] Nótese los dos elementos que entran en comparación. En la primera, se nos dice “que por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres” (Rm. 5:18pp.). Nótese que no se trata de un mero ofrecimiento a que podamos ser condenados, o que podamos aceptar o rechaza la condenación, sino que la transgresión trajo la condenación irremisible y obligatoriamente. De ese mismo modo “por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida” (Rm. 5:18úp.). No se trata de que se nos haya ofrecido la justificación, y tengamos la opción de aceptarla o rechazarla, esta es la interpretación normal: a todos los hombres se les habría dado la oportunidad de la justificación. Unos aceptan y otros rechazarían en última instancia. Sin embargo la interpretación más completa debería estar unida al sentido y significado de la primera frase comparativa: “a todos los hombres, por la transgresión de uno, les vino la condenación”. El que viniera la condenación no es una opción es una realidad. De esa misma manera “la justificación para todos” no es una alternativa, sino una realidad. Pero claro, sabemos que no existe la salvación universal (cf. Rm. 2:6-11). Por lo tanto se trata de la justificación o reconciliación que Dios estuvo operando en Cristo, antes de la fundación del mundo (Ef. 1:4 cf. 2ª Cor. 5:19 cf. Rm. 3.25). Ved texto fuera de esta nota.
[8] Pero si queremos entender el plan de la salvación no podemos contemplarlo restringido a una posición o a un tiempo limitado por nuestra vida.
Es preciso que comprendamos que Dios tiene en cuenta a cada ser humano en particular y a todo el género humano en general. Dios considera no únicamente nuestro tiempo actual y personal sino además el tiempo transcurrido desde que Dios preconoció la existencia del pecado, que él sabe simultáneamente a su decisión eterna de crear, y que debido a la finitud y peculiaridades humanas se proyecta del modo que tiene en cuenta esas características.
[9] ¿Qué es lo primero que el Espíritu Santo muestra? Algo muy negativo: que el ser humano está corrompido, que no es justo, que no entiende y que no busca a Dios de modo natural, y que no hay quien haga el bien (Rm. 3:10-12). Y que si quiere resolver ese problema no tiene más remedio que reconocer su situación a través de lo que la iniciativa divina le presenta (Hech. 2:37, 38; Rm. 3:20-26 cf. Jn. 16:13).
El contraste entre el mundo que no ha querido conocer a Dios (cf. Jn. 17:25; 1ª Cor. 1:21; 2:8) y el que lo conoce es abismal e imposible de compatibilizar. Por lo tanto uno y otro engendran un tipo de fe distinto. En el segundo caso se trata de una fe que es un don de Dios (Rm. 12:3; Ef. 2:8; 6:23; Fil. 1:29) a través del Espíritu Santo (cf. 1ª Cor. 12:9), cuyo autor y consumador es Jesucristo (Hb. 12:2), habilitada y fortalecida mediante la Palabra de Dios y la predicación de las Escrituras (Rm. 10:17 cf. Jn. 20:31; 2ª Tim 3:15; Jn. 17:20; Hech. 8:12; Rm. 10:14, 15, 17; 1ª Cor. 3:5).
No es una fe en sí mismo o en una persona indeterminada, se trata de la fe en Dios (Mc. 11:22) o en Jesucristo (Hech. 3:16).
Esto, te permite pasar de lo negativo que tú eres por naturaleza, a lo positivo que puedes ser teniendo fe en Dios, aun cuando la prueba, el sufrimiento, la enfermedad, la tentación hagan acto de presencia.
¿Y qué es la Fe?
“La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”
Si observamos esta definición nos daremos cuenta que no se trata, como dicen algunos de materializar lo que uno piensa, aun cuando eso se realice en un contexto “espiritual” y de “oración”.
Puesto que lo que se espera tiene que seguir siendo una convicción que no se ve.
Se trata de vivir ahora ya con la certeza de lo que se espera para un futuro. Cuando seguimos profundizando en el resto del capítulo nos damos cuenta que esa fe que se nos define en ese versículo es la misma que experimentaron todos los personajes que se enumeran a continuación, y se dice de ellos que no recibieron lo prometido, ya que lo recibirán juntamente con todos los que nos vamos añadiendo a lo largo de esta dispensación.
Sin embargo hay promesas que han alcanzado ya su futuro y que por fe podemos esperar experimentarlas: podemos ser salvos por la fe (Ef. 2:8), y que el justo vivirá por la fe (Rm. 1:17). Los resultados que se obtienen después de haber ejercido esa fe don de Dios, son elocuentes para los cristianos: paz, gozo, seguridad, confianza, escudo y protección frente a las asechanzas del enemigo (Rm. 5:1; Ef. 3:12; 6:16; Hech. 16:34; 1ª Ped. 1:8).
Esa fe auténtica revierte en Dios o en Jesucristo, objetos de la fe (Mc 11:22; Jn. 14:1), junto a otros aspectos importantes que se añaden como siendo objeto de la fe: los escritos de Moisés (Jn. 5:46; Hech. 24:14), los escritos de los profetas (2ª Cr. 20:20; Hech. 26:27), el Evangelio (Mc. 1:15) y las promesas de Dios (Rm. 4:21; Hb. 11:13). Puesto que la fe experimentada como un don te da confianza en Dios por su autoridad, su autenticidad y su amor a la verdad.
Si la fe, es la que Dios te ha dado, te da la seguridad de que podemos contar con él de forma incondicional, y que no nos va a fallar.
La fe no es una fuerza o energía o sustancia. Es una experiencia que resulta en confianza y en creencia en Dios (cf. Hb. 11:6), por cuanto él ha tenido la iniciativa de dánosla.
Es esa fe en Dios, fruto de que él te la ha dado, la que da fuerza a la existencia, y que debido a que se adquiere por el oír la Palabra de Dios uno ha de comprobar qué dice esa Palabra de Dios en relación a la fe.
Sin fe es imposible agradar a Dios, dice el texto sagrado (Hb. 11:6), pero esa fe está conectada con el conocer la voluntad de Dios, con el acceso a Dios, al evangelio (Rm. 5:2; Hb. 4:2). Y Dios no daría la fe a nadie que no esté dispuesto a someterse a la voluntad de Dios (cf. Jn. 17:3; Mt. 7:21), y esa fe es la correcta cuando comprende la verdad, ya que por medio de ella (de la fe) se obtiene la remisión de los pecados (Hech. 10:43; Rm. 3:25), la justificación (Hech. 13:39; Rm. 3:21, 22, 28, 30) que es incompatible con una justificación propia (Rm. 10:3, 4), la salvación (Mc. 16:16; Hech. 16:31), la santificación (Hech. 15:9; 28:18), la luz espiritual (Jn. 12:36, 46), la vida espiritual y la vida eterna (Jn. 20:31; Gál. 2:20; Jn. 3:15, 16; 6:40, 47), la edificación, preservación y adopción (1ª Tim. 1:4; Jud. 20; 1ª Ped. 1:15; Jn. 1:12; Gál. 3:26) ¿Y por qué? porque la fe don de Dios te lleva a reconocer tu situación y a confiar en Él. Por medio del Espíritu Santo recibes el don de la Fe, y si no lo rechazas y lo ejercitas recibes el don del Espíritu Santo en permanencia.
Es extraordinario el haber podido experimentar el don de la Fe que Dios únicamente puede darte. Es decir, Dios ha hecho que surgiera la confianza y la creencia en EL, y eso posibilita todo lo demás. No hay ningún mérito en el hombre.
Es necesario un sometimiento continuo de nuestra voluntad a la voluntad divina. Es imprescindible la fe en las promesas divinas para nuestra lucha contra los defectos de carácter, y para que el pecado no nos domine. El estudio de la Palabra de Dios, de las Escrituras, es imprescindible para que la fe permanentemente aumente.
La fe, no es algo nuestro, en el sentido de una especie de ente que se genera en nuestro interior. Se le llama a la fe lo que resulta de habérnosla dado Dios, traduciéndose en confianza y creencia en él, generando, eso sí, certidumbre y convicción.
Todavía más. Si sin fe es imposible agradar a Dios (Hb. 11:6), tampoco se le puede agradar si uno no se sujeta a la Ley de Dios (Rm. 8:7, 8). Y es que la verdadera fe, la que Dios te da (cf. Rm. 10:17), lleva en sí misma la fidelidad a la Ley de Dios (Rm. 3:31) y obra por el amor (cf. Gál. 5:6); ese amor que se manifiesta cumpliendo la Ley de Dios espiritual del Decálogo, o que cuando se practica te encuentras cumpliendo la Ley (Rm. 13:8-10 cf. Mt. 22:35-40; 19:16-19). Y esto, porque es por la fe sola (Rm. 3:20-25; 5:1) que uno recibe el perdón de Dios y la redención. Pero tanto en el perdón como en la redención existen implicaciones contempladas en esa fe que se ejerce como don de Dios que no rechazas. ¿Y qué son esas implicaciones? Nadie puede ejercer la auténtica fe, si ésta no ha sido engendrada por Dios. Cuando Dios da la fe, la ofrece sobre la base de la obra que ha hecho, y que cuando el individuo la tiene, dicha fe la reconoce. La propia obra realizada por Dios es utilizada por el mismo Dios para engendrar Fe (Rm. 1:17; 10:17 cf. 2ª Cor. 10:15). De ahí que la fe esté conectada con lo que Dios hace que produce fe auténtica que agrada a Dios por cuanto el destinatario de esa fe, somete la voluntad a Dios. ¿Y qué es lo que ha hecho Dios que engendre fe, y pueda ser reconocido por la fe que fue engendrada, y se ejerza fe en ello? Cuando el ser humano en su condición de malestar por el pecado (Rm. 2:9, 10-12), experimenta la iniciativa divina a la salvación sin rechazarla (cf. Jn. 16:7, 8; Rm. 2:4; 10:17; Ef. 2:8-10; Filp. 2:13), descubrirá que ha sido perdonado de transgredir la Ley de Dios, de realizar a-nomía (Rm. 4:7), y que ha sido redimido de la posibilidad de permanecer en esa posición de a-nomía, de transgresión (Tit. 2:14). La propia obra de Dios en él de arrepentimiento (Rm. 2:4), de eliminación del dominio de pecado (cf. Rm. 8:1, 2-5), y de creación de nuevos motivos (Filp. 2:13), mueven a su voluntad a querer sujetarse a la Ley de Dios (Rm. 8:6-9) transgredida en su vida pasada (2ª Cor. 6:14 cf. 1ª Jn. 3:4). Toda la actividad de la fe se desenvuelve ahora en una plena identificación con la Ley de Dios, por cuanto esa fe engendrada ha sido marcada por la obra de Dios en el sentido ya expuesto.
Ahora comprendemos que este género de fe no es la misma fe que pueden poseer los que no son de Cristo (cf. Jn. 10:26, 27).
Los escogidos, es decir, los que recibieron el don de la fe, poseen esa fe única e intransferible (cf. Tit. 1:1), lo que hace sobrentender que los que no son escogidos no manifiestan ese mismo tipo de fe.
Ahora bien, aunque por redención no sean hijos de Dios, aquellos que no quieren conocer a Dios rechazando la iniciativa divina a la salvación, han recibido la existencia natural por cuanto fueron creados por Dios, y entonces pueden generar un tipo de fe que no es de Dios, se trata de una fe en sí mismos, en sus posibilidades y capacidades naturales deterioradas por el pecado (cf. Rm. 14:23; Jn. 10:26, 27; Tit. 1:1) que no se encaminan hacia el Dios verdadero.
Este tipo de fe, ni acompaña al arrepentimiento (Mc. 1:15; Lc. 24:47), tampoco le sigue la conversión (Hech. 11:21), ni puede aportarse como una prueba de la regeneración (1ª Jn. 5:1), ni logran en última instancia vencer todas las dificultades que la propia existencia conlleva (cf. Mt. 17:20; 21:21; Mc. 9:3), de acuerdo al plan divino que ya hemos enumerado en relación con la fe, y por cuanto no pueden hacer todo, y cada una de las cosas según lo que la fe verdadera expresa (cf. Rm. 14:22).
Aparentemente, algunos que hacen un uso de una fe que no responde a las expectativas de la Revelación Divina consiguen, en una cierta etapa, ciertos objetivos. Pero se trata de algo muy distinto a la seguridad que sólo puede ofrecer el don de la fe autentificado por el Dios Creador y Redentor. La naturaleza humana creada por Dios responde a unas leyes naturales y espirituales a las que se le conecta la fe don de Dios, y cuando ésta falta las repercusiones son evidentemente trágicas y perjudiciales tanto para la salud física, mental y espiritual.
La mayoría no obstante que no ha querido conocer a Dios, que no se somete a su voluntad en todo, sufre las consecuencias de no haber aceptado la iniciativa divina, y por lo tanto no haberse producido el don de la fe: su existencia es oscura, dramática, enferma sin sentido ni significado.
Tanto los que creyeron aprender a imitar lo inimitable del don de la fe otorgado por Dios como los que ni siquiera pretenden eso, viven sin la esperanza de una vida eterna personalizada por el propio yo redimido, sin el amor salvífico, sin el gozo, la paz, seguridad, la satisfacción de la certeza y de la convicción de un futuro real que únicamente los que experimentan la fe don de Dios y detentan la fe de Jesucristo alcanzan.
Además de todo esto, es importante que sepamos distinguir entre la Fe en Dios o en Jesucristo, y la Fe de Jesucristo.
Cuando la Palabra de Dios nos comunica que la justificación es efectiva para el que es de la Fe de Jesús (Rm. 3:26), o que debemos examinarnos respecto a si estamos en la verdadera fe (2ª Cor. 13:5), se nos está hablando de una profesión a un compendio doctrinal, a una manera de ser o de pensar. La fe de Jesucristo se expresa y se confiesa en unas premisas que producen fe si se conocen y aceptan.
En cuando al origen de la fe:
<<La fe es un don divino siempre, una obra del Espíritu Santo siempre>> (Así se expresa Gerrit C. Berkhouwer, en Faith and Justification, op. c., p. 190.).
<<La fe no es nunca considerada en sí como conteniendo la energía o base de la salvación, y lo muestra el que constantemente es presentada como, en su origen, ella misma una concesión gratuita de Dios en la prosecución de su obra salvadora>> (Benajamín Breckinridge Warfield, ed. Clie, Terrassa-Barcelona, 1991, p. 400.).
En cuanto al significado y valor de la Fe:
Dios aporta la fe teniendo en cuenta nuestro intelecto, el sentimiento dominado por el raciocinio, y el elemento volitivo.
Alfred Vaucher nos presenta los tres componentes inseparables e integrados en la fe como don de Dios: El intelectual o creencia, el sentimental o confianza, y el volitivo que tiene que ver con la obediencia (ver Historia de la Salvación, op. c., p. 289).
Un estudio filológico de la expresión relativa a la fe, lo podemos encontrar en Estudios Bíblicos y Teológicos de Benjamin B. Warfield, op. c., pp. 402-416.
En el verbo hebreo creer estaría la idea de firmeza, fijeza, estabilidad y confiabilidad, fidelidad. La concepción de algo a retener o incluso la de apoyar o sostener (ver para esto último el Léxico Hebreo de Oxford), estaría integrada en la “creencia”.
(2ª Sam. 20:19; Sal. 12:1; 31:23 cf. Is. 22:23, 25; Jer. 15:18; 2ª Sam. 7:16; Gn. 42:40; Sal. 89:28; Neh. 9:8).
Incluso el sentido de confiar o el de creer (Ex. 4:31 Sal. 116:10; Isa. 7:9; 28:16; Hab. 1:5)
Desde el punto de vista hebreo, se refleja un estado mental que se mantiene en el objeto de su contemplación con confianza y seguridad (Isa. 7:9; 28:16). En el ejercicio de la fe se observa, no únicamente dependencia del poder que le asiste, y al que se confía sino además una entrega activa, manifestando firmeza (Dt. 28:66; Job. 24:22; Sal. 27:13).
El término fe en su aspecto activo ocurre dos veces integrado con la noción de fidelidad (cf. Dt. 32:20; Hab. 2:4), aun cuando el vocablo fe solamente en Habacuc 2:4 (pi,stew,j). Se trataría en ambos casos no de un simple asentimiento sino de una actitud mental profunda y constante hacia el objeto de la fe (el Dios Creador), que afecta y da carácter a todas las actividades.
La Septuaginta al traducir el hebreo se queda fundamentalmente con el sentido pasivo: confiar – confianza, pero aporta al Nuevo Testamento la disposición confiada hacia Dios. Aunque tampoco hay que desdeñar el servicio prestado para pi,stis (fe), dada la influencia de Génesis 15:6 y Habacuc 2:4.
El contraste, no obstante entre los dos testamentos es fuertemente clarificado cuando uno compara el único pasaje que en el Antiguo Testamento aparece el término fe en sentido activo, mientras que el pasivo en el Nuevo Testamento es el que es menos frecuente.
Las construcciones en el Nuevo Testamento son más frecuentes con preposiciones que la típica de la Septuaginta en dativo.
Con dativo pístis – pi,stis (“fe”) viene a significar creencia con asentimiento. Con las preposiciones (èn, èpí, eìs), el sentido que adquiere la palabra es el de dependencia confiada y firme.
En construcciones verbales, creer expresa confianza en Cristo para la salvación. Y aunque en menos ocasiones, el sentido pasivo de fidelidad e integridad está también presente (Rm. 3:3; Mt. 23:23; Gál. 5:22; Tit. 2:10; 1ª Tim. 6:11; 2ª Tim. 2:22; 3:10; Film. v. 5).
En cuanto a confiar (Hb. 11:7, 19, 26)
Confiar no es meramente un sentimiento. La confianza surge como consecuencia de la seguridad que te va otorgando el don de la fe cuando al proyectarse se experimenta todo aquello con que está provisto dicho don.
En cuanto a rendirse
<<La fe en Cristo es rendirse a Cristo; es apoyarse en Cristo>> (J. Clyde Turner, Doctrinas para ganar almas, op. c., p. 66).
Estamos comprobando que la fe, una vez obtenida, no es una simple adhesión, el cambio y la acción, lo volitivo sobresale.
En cuanto a la obediencia (Hb. 11:8)
<<La fe no es únicamente un esfuerzo mental, sino un acto, que al abarcar toda la persona se expresa como voluntad y sentimiento. Como dice el apóstol Pablo, la fe es una obediencia a la fe>> (Emile Brunner, en Dogmatique, Labor et Fides, Genève 1964, t. 1, p. 97.)
<<Creer significa conocer (…) creer es tener confianza (…) la fe es obediencia y no mera adhesión>> (Karl Barth, Esquisse d’une Dogmatique, op. c., 18, 11, 25.).
<<La fe que tiene un contenido moral -que demanda santidad y obediencia y que produce paz y gozo- es demasiadas veces descuidada>> (Dave Hunt, Más Allá de la Seducción, op. c., pp. 51, 52).
Estamos observando que en la fe, cuando es un don de Dios, está involucrado todo nuestro ser. La creencia presupone todo lo indicado. Nos vemos obligados a dividirlo en componentes por cuanto es la única manera que nos podemos hacer entender.
En cuanto a la Fe, como la obra por excelencia (Jn. 6:27-29)
Al analizar los pasajes que acompañan al título de este apartado descubrimos el valor permanente de la fe. El imperativo de Jesús en cuanto a trabajar u obrar (Jn. 6:27) no admite discusión. Pero el desliz legalista se superpone de un modo confuso: “¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?” (Jn. 6:28).
La respuesta es clara y no deja lugar a dudas: está es la obra: que creáis, que tengáis fe en Mí (en Jesucristo), en el que Dios ha enviado (Jn. 6:29).
Es imprescindible que “trabajemos”, que “obremos” pero ese trabajo se reduce a una obra representativa que produce las obras:
<<esta obra es la fe en él; en otros términos: el don de Dios debe ser no merecido, sino simplemente aceptado. La fe en Aquel que Dios envía para comunicarlo es la condición única para recibirlo>> (Frédéric Godet, Commentaire sur l’Évangile de Saint Jean, t. 3, p. 429.).
Esto nos muestra, una vez más, que la fe don de Dios en Cristo es operante. Cuando se instala como don experimental se activa de acuerdo a su objeto: Jesucristo con todo lo que implica. Y entonces se labora.
No hay duda que estos textos son la clave para entender a Pablo y Santiago. Las obras de Santiago (Stg. 2:17 cf. 2:17-24), es lo visible de la obra invisible que es la fe auténtica. La fe que no produce obras de fe don de Dios, no es realmente la fe don de Dios, es una fe muerta.
La fe de Pablo, es una fe justificante (Rm. 4:5, 20), por cuanto es la fe don de Dios en la que está integrado el dinamismo de la acción.
El texto común de Génesis 15:6 que sirve de base de discusión tanto para Pablo con su fe eficaz como para Santiago (cf. Stg. 2:23) con sus obras nos muestra la identidad de los conceptos, pero es preciso todavía tener en cuenta otro aspecto fundamental: Pablo está hablando de la fe don de Dios en Jesucristo respecto a la obra de la salvación, y del mismo modo que Abrahán no podía hacer nada respecto a la promesa que Dios le hacía, pero creyó confiando, de esa misma manera el hombre caído no puede hacer nada para generar la salvación, únicamente asirse por la fe en Cristo, y creer confiando.
EWDTG (p. 147) comenta: “Por la fe recibimos la gracia de Dios, pero la fe no es nuestra salvación, no nos gana nada. Es la mano por la cual nos asimos de Cristo y nos apropiamos sus méritos, el remedio por el pecado”
En efecto, Abrahán, al creer, no se paralizó sino que actuó de acuerdo a la creencia. Su existencia se involucró de acuerdo a las promesas divinas, demostrando de ese modo su fe auténtica: la fe don de Dios.
Pablo hace énfasis en ese primer momento de la fe don de Dios, en la obra de creer en Jesucristo en su parte interna (cf. Jn. 6:29), aquella que comienza en el interior de la persona, pero Pablo ha dejado bien claro que la fe que justifica es aquella que dado el caso se prolonga actuando por el amor (Gál. 5:6) profesando la fe de Jesús (cf. Rm. 3:26).
Santiago hace énfasis en un segundo momento de la fe don de Dios. Sobrentendiendo esa parte interior, quiere remarcar la parte exterior continuadora irremisible de la interior (cf. Stg. 2:24): en la visibilidad de la obra de creer en Jesucristo que siendo interior e invisible, se exterioriza con el trabajar u obrar externo (cf. Jn. 6:27, 28, 29), fruto de la fe don de Dios.
Por asuntos didácticos Santiago se ve obligado a recordar que el hombre es justificado tanto por las obras en su estadio visible de la fe don de Dios, como por la fe don de Dios en su estadio invisible de la creencia en la que está integrada la capacidad de la acción (Stg. 2:24).
Los frutos de la fe
Los frutos de la fe están implicados en la exposición de Pablo (Ef. 2:10; Hb. 11:4 ss.), lo mismo que en las obras de Santiago está implícita la obra que permite activar al hombre con fe don de Dios: el creer en Jesucristo.
<<Una fe que no consiste solamente en opinión y en palabra, sino que es operante y activa>> (Louis Bonnet-Alfredo Schroeder, en Comentario al Nuevo Testamento, vol. III, p. 618.).
<<La fe no debe ser separada de las obras. Precisamente esta separación es lo que da lugar a la gracia barata que tanto ha debilitado y corrompido la fe luterana>> (Emil Brunner, The Chritian Doctrine of the Church, Faith and the Consummation, traducción D. Cairn-T. Parker, Filadelfia-USA 1962, p. 422.).
Es esta fe la que es ilustrada en el sentido de ser capaz de mover montañas. Y es esa fe don de Dios la que se manifiesta en la proyección del amor por el Movimiento del Adviento.
La esperanza que el Adviento manifiesta es la compañera amiga insustituible de la fe (Rm. 5:2) que obra por el amor (Gál. 5:6; 1ª Tim. 1:5; Filp. v. 5).
[10] Sabemos lo que estamos diciendo. Siguiendo el texto lo tenemos claro. Es por la obediencia de “uno”, Jesucristo que se nos constituye en justos. Por lo tanto no es mi obediencia ni mérito alguno mío “lo que me constituye en justo” ¿Qué queremos afirmar cuando decimos que “la descendencia de Jesucristo fue hecha justa activa”? Lo que nos dice Pablo en este paralelismo; además de lo que se nos presenta en Efesios 2:8-10: llegamos a ser hechura de Jesucristo para buenas obras, cuando aceptamos la gracia inmerecida y la justificación por la fe.
No es por la obediencia de nadie que se produce la salvación y justificación sino por Jesucristo. Y ser hecho, constituido, justo, no significa un cambio en mi naturaleza caída, sino que debido a que se me declara justo, gracias a la justicia de Jesucristo, se evidencia que la declaración de justo no se proyecta en el vacío sino en aquel que el Espíritu Santo ha hecho ya una obra en el ser humano sin ser rechazada (cf. Jn. 16:7, 8). Cuando se me justifica, ya el don de la fe (cf. Rm. 5:1), está presente. Y esa fe supone un cambio, una transformación, un constituirse hechura de Jesucristo (cf. Ef. 2:8-10): una evidencia de la justicia de Jesucristo utilizada por el Espíritu Santo en mí, y que se exterioriza mediante actividad justa, por cuanto el conocimiento de Dios en Jesucristo (cf. Jn. 17:3), y el plan de la salvación diseñado y aplicado al ser humano, configura mediante la integración del Espíritu Santo, una posición y actitud de esa naturaleza (Ef. 2:10). Pero claro, lógicamente la obra de la salvación ha acontecido antes. Ahora, todo lo que resulta es fruto de esa obra de salvación.
Karl Barth, refiriéndose a la justificación del hombre dice:
<<El derecho de Dios erigido en la muerte de Jesucristo y proclamado en su resurrección a despecho de la injusticia humana es, como tal, el fundamento de un derecho nuevo del hombre, que le corresponde. Este derecho atribuido al hombre en Jesucristo, que permanece ocultado en él y que él solo revelará un día, es inaccesible a la imaginación, a los esfuerzos y a las obras de quien sea. Pero es tal en su realidad que hace llamamiento a la fe de cada hombre; al reconocimiento, a la toma de posesión y a la actividad que le son ya conformados aquí y ahora>> (Dogmatique, Index Général et Textes Choisis, editions Labor et Fides, Genève 1980, p. 71).
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