El valor del perdón de los pecados en la sanidad (parte 1)

El valor del perdón de los pecados en la sanidad

  • · La liberación de la culpabilidadEl tratar este punto con relación a la autoestima corremos serios peligros de dañarnos en una estimada valoración. Por un lado, el poseer un concepto de nosotros mismos resistente y positivo, más allá de la aprobación o desaprobación de los otros, orienta a una verdadera autoestima evitando la culpa; por otra parte hemos dicho que para la gestación y permanencia de una verdadera autoestima es preciso reconocer nuestros problemas y errores, con lo que estamos aprobando una cierta culpa.

    No existe contradicción como explicamos a continuación. Lo que daña a la autoestima no es la culpa que puede tener motivos sino el sentido de culpabilidad y de autocondena que puede adquirirse con o sin causas reales, o con la creación de una conciencia culpable fruto de una mezcla de acciones reconocidas universalmente como erróneas e inmorales junto a actitudes o pensamientos que refuerzan la culpabilidad, sin que haya explicación clara de su realidad intencionalmente equivocada.

    Cuando se nos presenta algo que hemos realizado 9 o que hemos dejado de hacer considerándolo imprescindible, experimentando un sentimiento de depreciación como consecuencia de juzgarnos incompetentes, nos estamos condenando. Cuando la persona en cuestión cada vez que recuerda la conducta juzgada como culpable, le resulta prácticamente imposible examinarla, o se pone a la defensiva cuando se le menciona el comportamiento, o trata de justificarla racionalizándola en posición belicosa, está configurando sentimiento de culpabilidad aun antes de analizar convenientemente si hay o no motivos, mostrando que su autoestima no funciona adecuadamente.

    En el primer caso hemos de analizar si verdaderamente hay causas o no antes de caer en una autocondena. Es conveniente preguntarse: “¿Cuáles fueron las circunstancias? ¿Por qué mis elecciones o decisiones parecían deseables o indispensables en aquel contexto? ¿Qué estaba yo tratando de lograr? ¿De qué modo intentaba defenderme?”.10 Las preguntas no están hechas con la finalidad de disculpar lo que erróneamente hayamos podido realizar, sino el ser capaces de recuperar un contexto personal de comprensión y compasión para nosotros mismos. Al no negar nuestra equivocada conducta y no autocondenarnos haremos surgir el arrepentimiento y la decisión de ser mejores para el futuro. En ocasiones la realidad de los motivos por los que se nos presenta el sentido de culpabilidad está causada por los valores de los otros que han invadido nuestra personalidad generando una moral y manera de pensar de acuerdo a normas, fruto de interpretaciones que podrían ser cuestionadas y rechazadas por no tener un soporte ético espiritual aceptable. En este caso habría, con nuestra autoafirmación, un desafío que enfrentar: el resentimiento y lo que pretende pasar por valores auténticos. El afrontar esto, requerirá un examen de la validez de nuestras creencias, o de la manera con que las incorporamos y vinculamos al comportamiento. De cualquier forma, siempre supondrá un fortalecimiento de la autoestima y un conocimiento mejor de lo que es verdad (cf. Jn. 8:31, 32).

    · Liberación definitiva de la condenación, mediante la condenación de la condena por Dios

    Este título retórico, pretende mostrar que la Revelación de Dios contenida en la Biblia, advierte e identifica un problema relativo a la culpabilidad que coincide con la experiencia humana respecto a la condenación y sentido de culpabilidad. El hecho de que se produzca en los seres humanos, de un modo o de otro, diversos errores, es una evidencia de la posibilidad de que el sentimiento de culpabilidad surja en cualquier momento. Cuando la persona establece un nexo débil con la realidad, muy frecuente en las diversas situaciones y grados de depresión, le lleva a vivir pasivamente el presente, y activamente hacia el recuerdo del pasado. Cuando experimenta el presente como perdido, toma conciencia de que tal pérdida se hace actual como consecuencia de no haber tenido una actitud positiva y activa, y de haber estado paralizado en el pasado.

    Este juicio racional sobre lo sucedido le culpabiliza, y configura un sentimiento de culpa en forma de angustia.11

    La propia naturaleza humana, sin aportaciones claras sobre su pasado y futuro, observa la muerte, la destrucción del yo, como la meta final; pero se trata de un resultado experimentado a lo largo de todo un trayecto que une el pasado, presente y futuro. ¿Por qué el ser humano ha de sufrir por vivir? ¿Por qué ha de ir evidenciando su enfermedad estructural hasta producirse el castigo definitivo de una muerte anunciada en esa enfermedad estructural? ¿Y qué es la muerte sino una especie de castigo contra la existencia? Este proceso lógico de ideas nos lleva a pensar de que la noción de condenación (muerte, enfermedad), está insertada en la propia naturaleza humana, y que fruto de una corrupción del propósito original, se ha integrado el sentimiento de culpa, que se manifestará más o menos cuando se vaya evidenciado, mediante ciertas conductas, lo que atenta al diseño y designio programado por Creación. La Revelación Bíblica nos confirma este hecho: que la condenación se traspasó a toda la humanidad como consecuencia de la rebelión de la humanidad representativa (Rm. 5:16, 18 cf. Rm. 5:12). La Palabra de Dios, una alternativa a tener en cuenta para desarrollar autoestima, nos advierte que nos vamos a encontrar con serios conflictos como consecuencia de que la humanidad se independizó respecto de Dios (cf. Gn. 3:1-6 cf. Rm. 5:12), y engendró una dinámica contraria a los propios intereses de la existencia (Rm. 3:10-12 cf. 1:21-32). Nos afirma que el pecar, el ir contra nuestros propios intereses integrados en nuestra naturaleza y que evidencia el oponerse a la Ley del Reino de Dios: rechazar el plan original de Dios, el diseño y el designio con que fuimos creados, trastornó lo original en una especie de imitación híbrida. Lo que consideramos natural ahora, es el producto de una falsificación opuesta a ese plan de Dios. Ahora el pecar, según la Palabra de Dios, se ha convertido, como consecuencia de esa rebelión del ser humano respecto de Dios, en algo irresistible e irremediable (cf. Rm. 7:7-11, 12, 13-21), y forma parte de la manera de vivir y de reaccionar humana. Incrustado en nosotros el pecado de naturaleza crea desequilibrios, y se proyecta a modo de enfermedad, de molestias, y en actitudes que generan sufrimiento y culpabilidad. Ese núcleo pecaminoso que reside en la naturaleza humana podemos ignorarlo o acallarlo de cierto modo, pero nos creará problemas a nosotros mismos y a los demás, lo admitamos o no. Al experimentar, en alguno de los estadios de nuestra existencia, ese estado que nos hace presente el perjuicio, una especie de inseguridad, de que algo falla y nos falta, el sufrimiento motivado por comportamientos que ignorábamos en un principio que fueran propagadores del mal para nosotros, junto al rostro de la culpabilidad, nos hace ver nuestra vulnerabilidad y descontrol, y la necesidad urgente de un cambio. Al considerar nuestra situación nos damos cuenta que precisamos cambiar. Pero no sabemos cómo. La sociedad ha buscado sus estrategias para paliar de algún modo los resultados de la condición humana que arrastramos, y ha conseguido ser eficaz en diversos momentos, circunstancias enfermas, y casos, pero no puede hacer nada, absolutamente nada, respecto a la raíz del problema. Este trastorno pecaminoso, que lleva implícito una condenación generadora de las diversas caras enfermas, es una realidad constatable en los diferentes órdenes de la vida y únicamente puede ser definitivamente curado por Jesucristo (cf. Rm. 8:1-3; 2:4; 5:1, 2, 8-11; 6:22, 23).

    Este acontecimiento magno, como tendremos oportunidad de comprobar en nuestro estudio posterior se realiza, mediante el perdón de los pecados (cf. Hech. 10:39, 43) con todo lo que implica, y en dos etapas: en la primera se elimina el dominio del pecado en el ser humano (Mt. 9:1-8 cf. Rm. 8:1-3), con lo que se facilita la superación de la inseguridad, desconfianza y desesperación; se crea el cauce idóneo para recibir salud y autoestima, motivado por lo que implica la aceptación del plan de la salvación de Dios en Jesucristo, en el conocimiento de Dios y de los principios del Reino, generadores de Vida Eterna ya ahora, y la seguridad de la salvación plena que ya experimenta y que se le otorgará definitivamente en ocasión de la segunda venida de Jesucristo, tras la experiencia de continuo crecimiento espiritual del nacer de arriba (Col. 3:1-4, 5-10 cf. Jn. 3:3-7, 14-18; 2ª Cor. 5:16, 17). Cambia, mediante un proceso de crecimiento espiritual, de todas aquellas reacciones y actitudes engendradoras de posiciones desequilibradoras permanentes. Esa tendencia pecaminosa, para aquellos que se atienen al plan de Dios, es anulada en el ejercicio de su dominio por el poder de Dios. El ser humano rescatado por Dios en Jesucristo por medio del Espíritu Santo que se identifica con la Palabra (Jn. 3:5 cf. Stg. 1:18), a pesar de sus posibles luchas y pruebas, de sus caídas y recaídas en situaciones puntuales de pecado no de muerte (cf. 1ª Jn. 5:16-18), ya no es dominado por el pecado, si está en Cristo Jesús (Rm. 8:1); por cuanto el Espíritu Santo ha creado un cauce de liberación, basado en los principios de comportamiento de Jesucristo (Rm. 8:1, 2), que los transfiere, a la persona que quiere, paso a paso pero sin pausas ni armisticios con el pecado dominante, a fin de que pueda esa persona experimentar una transformación liberadora del automatismo del pecado dominante, y proyectar una existencia marcada por la orientación del Espíritu Santo (Rm. 8:2, 4-9) que engendra una conducta nueva basada en el ejemplo y los principios de comportamiento que Jesucristo vivió (Rm. 8:1, 2, 5-9 cf. Mt. 11:28-30) y nos enseñó con su mensaje del Reino de Dios (Mc. 1:14 cf. Mt. 5-7). En una segunda etapa el pecado es destruido definitivamente, en base a la obra de Jesucristo (1ª Cor. 15:51-55 cf. Hb. 9:26, 27, 11-14; 2:17 cf. Rm. 11:26, 27) que ha sido suficiente y valida una vez (Hb. 7:26, 27 cf. 10:12, 14; 9:26). Todas las formas de culpabilidad desaparecen cuando la persona experimenta lo que implica y significa conocer a Dios, a Jesucristo y al Espíritu Santo.

    · Descripción de una experiencia de conciencia culpable 12

    Esto es algo que se da de modo estandarizado. Pero es interesante saber por qué cuando una conciencia culpable se engancha a su víctima no la suelta torturándole hasta que acaba con ella, a no ser que medie su curación. Si se observa con detenimiento al comportamiento general del ser humano, aparece, una separación entre el sentimiento y la razón. El ordenador cerebral parecería estar tiranizado por la emotividad. El hombre vive presa de los sentimientos aislados del raciocinio. Esta clase de hombre generalizado en todas las épocas y lugares ha sembrado el pánico y la tragedia cuando experimenta la ausencia del sentimiento. El hombre cuando no observa el sentimiento, cuando no siente, se hunde, se bloquea, se anula y se incapacita. El vacío interior es horroroso, la depresión y la desesperanza van tomando forma, y el abismo enfermo al que va cayendo se amplía conforme el tiempo transcurre sin encontrar solución. Es evidente que el hombre debe aprender a vivir sin depender de los sentimientos, o a expensas de si siente o no. Pero para restablecer esa unidad entre sentimiento y raciocinio que dará lugar a un aprender y actuar por principios, es imprescindible conocer al máximo lo que mejor corresponde al designio de su creación. De ahí que deba saber qué es lo que ha estropeado esa confluencia de sentimiento y razón y qué es lo que lo puede volver a organizar en una armonía total.

    En esa situación crítica, que de un modo o de otro todos pasamos, es donde aparece con mayor virulencia la conciencia culpable. La culpa puede adquirir el rostro patológico de la neurosis, donde la conciencia se torna en una escrupulosidad obsesiva, severa y exagerada; o la de la enfermedad psicótica, donde la mente reacciona de modo compulsivo e incontrolable como consecuencia de agresiones traumáticas tanto propias o ajenas que dividen la mente; o una culpa normal de la que somos conscientes pero que si no se cura alcanzará cotas patológicas; y la existencial en la que la persona se acostumbra a convivir con ella, hasta el punto de que es capaz de sufrirla sin que llegue a reconocerla como señal de actitudes incorrectas e inmorales. Los corolarios y secuelas de la culpa descrita con su mecanismo, a excepción de la culpa existencial, que su sentimiento aunque agónico y lleno de sufrimiento no encuentra el punto de referencia para medir la culpa experimentada existencialmente, estarán gobernados por el ordenador cerebral que dispara el sentimiento de culpabilidad. Aquí es donde ese sentimiento, además de transportar taras negativas, aislado del raciocinio, se atiene a lo que el ordenador cerebral se ha acostumbrado, desencadenándose una dosis emocional de tal magnitud que produce remordimiento 13. El cerebro demuestra, por un lado que no estaba preparado para el acontecimiento; que ha habido algo que ha trastornado su plan original, puesto que provoca tal como el término indica re-mordere, dentelladas continuas cada vez más profundas que socavan la seguridad, la confianza y la esperanza con el futuro, clavándole en los actos de un pasado que muerden una y otra vez, consiguiendo ansiedad, temores, angustia y enfermedades, a las que si no se ponen remedio, serán irreparables e irreversibles. Por otra parte el cerebro reacciona de acuerdo a una naturaleza ética a la que está ligado por creación, y a la que se le estipula, en el caso de transgredirla, una multa que nunca satisface al sentimiento de culpabilidad, puesto que el desorden y la culpa que ha originado, fijan la idea de que el pago no es otro que el de la destrucción, ya que no había sido concebida dicha naturaleza ni para dar cabida a tal desafuero y ni mucho menos para soportar la culpa sin riesgos reales.

    Así pues, cuando se comete una falta ética, reconocida o no por nosotros como tal, pero que nuestra propia naturaleza sí que la identifica como al margen de su código original, el ordenador cerebral no puede sustraerse a semejante infracción, y de acuerdo a su programa (con los deterioros añadidos de sentimiento y razón desligados, con todas las implicaciones y fijaciones inadecuadas que eso puede conllevar) da rienda suelta a la sanción de culpabilidad. Los agentes sensoriales, aunque de modo perturbado, informan una y otra vez de la existencia de la falta o faltas cometidas. El ordenador cerebral cumple con su programa bioético sujetándose estrictamente a las instrucciones inconscientes y automáticas a las que no hemos regulado de ningún modo y que, aunque involuntarias, se mezclan de tal modo con el consciente, transmitiéndose ahora como voluntarias, y llevando en su trayecto el sentimiento de culpabilidad aislado del raciocinio, y aun cuando éste sea consultado, ya es demasiado tarde, puesto que se ha sometido al sentimiento de tal manera que se convierte en su cómplice. Tanto lo sensorial como lo racional, por separado se unen ahora para proclamar una misma sentencia: la infracción ética es inexcusable y debe ser castigada. La tragedia de esta postura es que el densitómetro emocional mide como culpable cualquier transgresión, sea ésta voluntaria o no. De ahí que sea preciso cuanto antes arreglar el disturbio que se plantea entre sentimiento y raciocinio separados. Es necesario restablecer la unión de acuerdo al diseño establecido originalmente, antes que se produjera el desorden que trajo la culpa, pero ¿cómo?

    · Jesucristo INFORMA de la situación del hombre mediante la Doctrina del Pecado y su Solución: La superación del pecado, la enfermedad y la conciencia culpable mediante el perdón de los pecados

    Esa situación tan penosa del hombre que se traduce en el sufrimiento, la enfermedad, la muerte, y en infligir daño a sí mismo y a los demás, cometiendo lo que se ha convenido en llamar maldad, por cuanto lo experimenta negativamente su estado, es señalada por Jesucristo como una condición de la que es preciso liberar (Mt. 6:33; Lc. 11:4 cf. Lc. 4:18; Jn. 8:36). Los milagros de Jesús, independientemente de su carácter fundacional que tienen el propósito de identificar al Mesías que trae sanidad a las gentes, y por lo tanto son irrepetibles como tales, contienen un mensaje puntual que puede repetirse en base a lo que introduce Jesús con su mensaje y acción que siempre son curativas. El mensaje del milagro del taumaturgo Jesús de Nazaret informa de la existencia del deterioro, y por lo tanto de aquello que lo ha producido. Con la regeneración que el milagro conlleva se inserta la esperanza de que la enfermedad precursora de la muerte habiendo sido curada posibilita la superación de la muerte no haciéndola definitiva. La palabra que trae curación informa al ser lo que debe y no debe hacer (cf. Mt. 9:2-7; Jn. 5:14).

    La enfermedad es el recorrido de la muerte desde el nacimiento hasta la llegada de la inconsciencia y la ausencia del ser, de la persona. Cuando Jesús cura enfermedades, fruto de la enfermedad que conduce a la muerte de cada ser humano, está demostrando que puede alterar el curso de la muerte que se expresa con diversas enfermedades o patologías. De ahí que el que guarde la Palabra de Jesús no sufrirá la muerte de modo definitivo (Jn. 8:52), ya que del mismo modo que puede sanar a aquellos que aceptan el poder de su Palabra, puede librar de la muerte definitiva a aquellos que guardan su Palabra 14. El deterioro que lleva implícita toda enfermedad y la regeneración que puede producir Jesús, nos enseñan que hay algo antes que causa las enfermedades, y que existe un después que puede sanarlas. Tanto la identidad de ese antes como la del después se produce en una relación entre lo que Jesucristo denomina pecado y la curación de una enfermedad concreta.

    · El contenido espiritual de la curación de un paralítico y de la mujer pecadora

    En un pasaje lleno de sentido y significado (Mt. 9:2-7), Jesucristo, pone en evidencia que la curación de la enfermedad por su poder, lleva implícito lo que él llama el perdón de los pecados (Mt. 9:2 cf. 9:5, 6) 15. La demostración de que Jesús tiene potestad de perdonar los pecados es la sanidad que produce (Mt. 9:6). Jesucristo está equiparando enfermedad con pecado. Pero no en el sentido que lo habían hecho los amigos de Job que consideraban a la enfermedad experimentada particularmente como un castigo divino, sino mostrando que las diversas enfermedades se alcanzan como consecuencia de la enfermedad que se denomina pecado estructural, y que la herencia transmite por medio de la cadena humana. El paralítico no estaba simplemente enfermo de parálisis. La parálisis era un continuo recuerdo que torturaba al paralítico haciéndole padecer sufrimiento y enfermedad al margen de la parálisis. Creía, de acuerdo al concepto de la época, que eran los pecados personales los que habían merecido el castigo divino. Jesucristo se dirige al núcleo del problema, y con esta curación envía varios mensajes reveladores:

    (1) las enfermedades no son fruto de una actuación castigadora de Dios sino debido a la existencia del pecado que hace posible las enfermedades. El pecado es en última instancia una enfermedad mortal que arruina al hombre en su unidad orgánica y estructural.

    (2) Dios cura porque tiene misericordia del hombre (cf. Jn. 9:2). 16 Pero la curación es tanto del pecado como lo que produce el pecado. 17 Si se observa con detenimiento todos los pasajes en los que Jesucristo utiliza el término pecado en la versión griega hamartía (h[marten a`marti,a) que son la mayoría, están ligados al perdón de los pecados. Desde el primer momento Jesucristo quiere darnos un mensaje positivo: la razón de ser de Dios es la misericordia, la de perdonar al hombre de sus pecados. Es verdad que únicamente Dios puede perdonar pecados, tal como los judíos habían aprendido de las Escrituras (Mt. 9:3 cf. Mc. 2:7) pero contemplen el espectáculo de una concordancia en griego de los pasajes relativos al pecado (hamartía), y observarán la insistencia constante del perdón o remisión de esos pecados. ¿Pero qué ocurre? Que el pecado trae consigo un destino irrevocable: la muerte. Pero esa muerte va mostrando su cara: el rostro de la infelicidad, el sufrimiento, el deterioro de una naturaleza, la degeneración de las células introduciéndote en una vejez irreversible, la enfermedad en suma, hasta que en una última escena se consuma el acto mortal. Jesucristo nos informa en este episodio (Mt. 9:2-6) que ha venido a quitar el pecado (cf. Jn. 1:29) y todo lo que este produce. Pero hay algo más, es evidente que nadie puede ser perdonado sino reconoce su necesidad de perdón. El paralítico no protesta cuando Jesucristo en lugar de curarle expresa su veredicto favorable de haberle perdonado los pecados. La asunción del paralítico del perdón de los pecados es el reconocimiento de que le angustiaba el pecado, y que una manifestación anticipada del resultado final del pecado, la muerte, se había producido en el trayecto hasta ésta mediante la paralización, la muerte de ciertos órganos provocando la enfermedad de la parálisis. Y Jesucristo nos pone como ejemplo prototipo que del mismo modo que ha conseguido curando, alterar la enfermedad de la parálisis traída por el pecado, de ese mismo modo puede conseguir que la muerte no sea definitiva, si se acepta el perdón de los pecados.

    (3) El trayecto pecado enfermedad y muerte es curado por Dios en Jesucristo. Pero todavía hay un mensaje profundamente práctico que se obtiene de este episodio en el que se relaciona enfermedad y pecado. Del mismo modo que el poder de Dios en Jesucristo consigue por medio de las implicaciones del mensaje de la aplicación del perdón de los pecados que la muerte que provoca el pecado pueda no ser definitiva, de ese mismo modo, las enfermedades que induce la enfermedad del pecado, poseen, mediante lo que implica el mensaje del perdón de los pecados, una asistencia curativa divina, que anuncia que la enfermedad como la muerte no serán definitivas. El mensaje del perdón de los pecados evidencia la vulnerabilidad tanto de la muerte como de las enfermedades. Todo el ser enlazado en una unidad orgánica que fluye desde los genes, recibe sanidad tanto física como mental y espiritualmente. No puede ser de otra manera, aun cuando del mismo modo que el momento de que la muerte no sea definitiva no se haya alcanzado todavía, y que el sufrimiento y la enfermedad los siga experimentando aquel que cree en Jesucristo, aun cuando tenga la seguridad de la vida eterna. Pero ya nada es igual que antes, comprueba su sanidad en todo su ser dentro del proceso regenerativo espiritual que influye positivamente en el grado de enfermedad que su naturaleza humana individual hubiese obtenido.

    Jesucristo sabe que la muerte se sigue produciendo cuando afirma que el que oye su Palabra o cree en él tiene vida eterna, y que ha pasado de muerte a vida (Jn. 5:24). Por lo tanto es consciente que la muerte persiste y sin embargo mantiene todo su mensaje de que el creyente en él “ha pasado de muerte a vida”. Jesucristo considera que la aceptación de su Palabra tiene efectos inmediatos que se prolongan hasta la interrupción de la vida, y la resurrección del último día. Y es que el hombre, por el pecado, está caído y espiritualmente muerto, y si escucha la voz del Hijo de Dios resucitará espiritualmente, ya no estará caído, ya no estará muerto sino vivo (Jn. 5:25). Esta resurrección espiritual, gracias al poder de la palabra, es la garantía de que tendrá resurrección de vida en el último día (Jn. 5:29 cf. 5:25; 6:39, 40, 54) 18.

    Jesucristo ha realizado una obra y sacrificio suficiente y pleno para la remisión de los pecados (Mt. 26:28), y en base a ello, en su misión salvadora ha venido a quitar el pecado de la naturaleza humana (Jn. 1:29), el que produce los pecados y la muerte. Nuestro Autor de la salvación, evidencia dos cosas fundamentales: por un lado que puede librarnos de la esclavitud del pecado (Jn. 8:34, 36); es decir que recibiendo a Jesucristo aparece una transformación de la naturaleza (Jn. 1:12, 13 cf. Jn. 3:6), gracias a lo cual no le domina el pecado (ha sido librada de la esclavitud del pecado); por otra parte, sigue experimentando la muerte y la enfermedad (Mc. 6:5; Jn. 11:1 cf. Mt. 25:36-44) 19 signos de que el pecado permanece incrustado en la naturaleza humana debilitada por el pecado (Mt. 26:41), pero que si se cree ya ahora a Jesucristo y se acepta su Palabra, recibe ya entonces en garantía la vida eterna que se ha de manifestar en la resurrección del último día (Jn. 5:24, 28, 29; 6:39, 40, 44 cf. Col. 3:1-4), puesto que se le libera de ser esclavo del pecado, de su dominio (Jn. 8:34-36 cf. 8:24). Todo esto nos muestra, tal como ya dijimos y ratificaremos posteriormente con los intérpretes inspirados del Evangelio, que en base al único y suficiente sacrificio de Jesucristo, hay dos etapas en la eliminación definitiva tanto del pecado como de la muerte separadas por el tiempo histórico que se genera entre la primera venida de Jesucristo y la resurrección del último día. La extirpación definitiva del pecado ha de realizarse dando tiempo a que sea predicado en el nombre de Jesucristo el arrepentimiento y el perdón de los pecados a todas las gentes de todas las épocas (Lc. 24:47 cf. Jn. 20:23) hasta que él venga de nuevo (Jn. 21:22, 23 cf. Hech. 1:1-3-5, 8-11). Jesucristo ha hecho su parte a fin de que sea una realidad la salvación de cada ser humano, pero es preciso una aplicación efectiva con todas sus implicaciones y de acuerdo a la estrategia salvadora de Dios.

    9 Aquí estamos tratando el tema de la autoestima. Hay motivos reales por los que habría que experimentar el haber actuado incorrectamente y mal, entre otros: el maltrato en el hogar o la violencia doméstica, la comunicación perversa. Pero estos casos son típicos de enfermos de la conducta que no reconocen sus errores sino que justifican su actuación por la actitud del otro, considerando válida su conducta. Por descontado que este tipo de personas no experimentan inhibición de su autoestima, ya que ésta es desequilibrada correspondiente a una conducta o a una patología paranoica. 10 Recogido de Branden, op. c., p. 79. 11 Sobre esta idea ver a Carlos Castillo del Pino, en Un Estudio sobre la Depresión, edic. Península, Barcelona 1974, p. 155.

    12 Puede consultarse dos libros básicos el de B. Narramore y B. Counts Sicología de la Culpa, Logoi Inc., Miami, Fl-USA 1974; y el de Jean Lacroix, Filosofía de la Culpabilidad, ed. Herder, Barcelona 1980.

    13 Puede consultarse de José Antonio Jáuregui El Ordenador Cerebral, ed. Labor, Barcelona 1990.

    14 Lo que se pretende reflejar en la comparación es el mensaje subyacente de los milagros de Jesús. Veremos en su momento, cuando estudiemos este punto en relación a la fe, que la fe auténtica en Jesús puede perderse una vez experimentado el milagro.

    15 Aun cuando siempre existe sanidad con el perdón de los pecados en el sentido que expondremos en otro momento, nótese que no estamos diciendo que en el perdón de los pecados deba de haber curación de la enfermedad de la misma forma que aquí se presenta.

    16 Este episodio del ciego de nacimiento de nuevo nos muestra el planteamiento erróneo de la época. La pregunta “¿quién pecó éste o sus padres para que naciera ciego?” sobrentiende el interés de los discípulos: “¿quién tiene la culpa de que naciera con el castigo de la ceguera éste o sus padres?”. Como no hay una respuesta en la que se pueda cargar a un ser humano la responsabilidad moral, Jesucristo escoge la razón por la cual Dios ha permitido que se prolongara la existencia del hombre en la tierra a pesar del sufrimiento y la enfermedad que iban a haber como consecuencia del pecado: el poder traer salvación y sanidad en todo su trayecto, desde la existencia en la tierra hasta la tierra nueva, y de ese modo manifestar la gloria y la obra misericordiosa de Dios.

    17 Si se tiene en cuenta todo lo que estamos diciendo se nos estará permitiendo explicar lo que realmente el mensaje de Jesús quiere decirnos. Cuando afirmamos que con el perdón de los pecados Jesucristo cura el pecado y la enfermedad, no estamos queriendo decir que se produzca la ausencia de la enfermedad cuando se acepta la expiación de la cruz, y aceptamos el perdón de los pecados. Lo que estamos diciendo, es, que al aplicar el perdón de los pecados Dios en Jesucristo a aquellos que manifiestan querer acogerse a él, experimentan cambios sustanciales por los que se produce sanidad divina: el alcance de la justificación y reconciliación suponen seguridad, confianza y desalojo de la conciencia culpable (Rm. 5:1, 9-11; 6:22, 23 cf.. Lc. 15:20-24). Cuando se acepta el perdón de los pecados con lo que implica de relación y conocimiento de Dios, y de su ideología, se te provee el cauce a fin de poder experimentar la sanidad divina, cuando ese conocimiento se aplica en la vivencia de los principios del Reino de Dios, cuya experiencia trae prevención de la enfermedad; o cuando ya se tiene ésta en una manifestación molesta, dicha relación y conocimiento divino puede traer curación puntual, en proceso o instantánea, o logrando, por el poder de Dios que se experimenta con el perdón de los pecados el que la enfermedad no ocupe un lugar preferencial en la vida de la persona sino algo totalmente secundario.

    18 Sobre la diferencia de muerte y resurrección espiritual con la resurrección escatológica al final de los tiempos, que predicarían los pasajes de Juan 5:26-29, ha sido entendido por Raymond E. Brown, en El Evangelio según Juan, edic. Cristiandad, Madrid 1979, vol. I, p. 430. R. Snackemburg (El Evangelio según San Juan, ed. Herder, Barcelona 1980, vol. II, pp. 150-157), es muy confuso, y aludiremos a ello cuando analicemos la doctrina de la resurrección en el Evangelio de Jesucristo. 19 Si se observa en estos pasajes, las curaciones de enfermos de Jesús estuvieron limitadas por las circunstancias. Sobrentiende que la enfermedad seguiría existiendo, aun en aquellos que eran curados. Si así no fuera el proceso degenerativo hacia la muerte no se produciría, asunto que Jesús aceptaba. Cuando analizamos la enseñanza de Jesús respecto a las obras de misericordia (Mt. 25:36-44) advierte que una de las obras a las que el cristiano debería prestar atención sería la relativa a los enfermos. Pero nótese que la labor fundamental a realizar consiste en visitarles.

    Publicado en: 01/03/2011

  • · La liberación de la culpabilidad�El tratar este punto con relación a la autoestima corremos serios peligros de dañarnos en una estimada valoración. Por un lado, el poseer un concepto de nosotros mismos resistente y positivo, más allá de la aprobación o desaprobación de los otros, orienta a una verdadera autoestima evitando la culpa; por otra parte hemos dicho que para la gestación y permanencia de una verdadera autoestima es preciso reconocer nuestros problemas y errores, con lo que estamos aprobando una cierta culpa.

    No existe contradicción como explicamos a continuación. Lo que daña a la autoestima no es la culpa que puede tener motivos sino el sentido de culpabilidad y de autocondena que puede adquirirse con o sin causas reales, o con la creación de una conciencia culpable fruto de una mezcla de acciones reconocidas universalmente como erróneas e inmorales junto a actitudes o pensamientos que refuerzan la culpabilidad, sin que haya explicación clara de su realidad intencionalmente equivocada.

    Cuando se nos presenta algo que hemos realizado 9 o que hemos dejado de hacer considerándolo imprescindible, experimentando un sentimiento de depreciación como consecuencia de juzgarnos incompetentes, nos estamos condenando. Cuando la persona en cuestión cada vez que recuerda la conducta juzgada como culpable, le resulta prácticamente imposible examinarla, o se pone a la defensiva cuando se le menciona el comportamiento, o trata de justificarla racionalizándola en posición belicosa, está configurando sentimiento de culpabilidad aun antes de analizar convenientemente si hay o no motivos, mostrando que su autoestima no funciona adecuadamente.

    En el primer caso hemos de analizar si verdaderamente hay causas o no antes de caer en una autocondena. Es conveniente preguntarse: “¿Cuáles fueron las circunstancias? ¿Por qué mis elecciones o decisiones parecían deseables o indispensables en aquel contexto? ¿Qué estaba yo tratando de lograr? ¿De qué modo intentaba defenderme?”.10 Las preguntas no están hechas con la finalidad de disculpar lo que erróneamente hayamos podido realizar, sino el ser capaces de recuperar un contexto personal de comprensión y compasión para nosotros mismos. Al no negar nuestra equivocada conducta y no autocondenarnos haremos surgir el arrepentimiento y la decisión de ser mejores para el futuro. En ocasiones la realidad de los motivos por los que se nos presenta el sentido de culpabilidad está causada por los valores de los otros que han invadido nuestra personalidad generando una moral y manera de pensar de acuerdo a normas, fruto de interpretaciones que podrían ser cuestionadas y rechazadas por no tener un soporte ético espiritual aceptable. En este caso habría, con nuestra autoafirmación, un desafío que enfrentar: el resentimiento y lo que pretende pasar por valores auténticos. El afrontar esto, requerirá un examen de la validez de nuestras creencias, o de la manera con que las incorporamos y vinculamos al comportamiento. De cualquier forma, siempre supondrá un fortalecimiento de la autoestima y un conocimiento mejor de lo que es verdad (cf. Jn. 8:31, 32).

    · Liberación definitiva de la condenación, mediante la condenación de la condena por Dios

    Este título retórico, pretende mostrar que la Revelación de Dios contenida en la Biblia, advierte e identifica un problema relativo a la culpabilidad que coincide con la experiencia humana respecto a la condenación y sentido de culpabilidad. El hecho de que se produzca en los seres humanos, de un modo o de otro, diversos errores, es una evidencia de la posibilidad de que el sentimiento de culpabilidad surja en cualquier momento. Cuando la persona establece un nexo débil con la realidad, muy frecuente en las diversas situaciones y grados de depresión, le lleva a vivir pasivamente el presente, y activamente hacia el recuerdo del pasado. Cuando experimenta el presente como perdido, toma conciencia de que tal pérdida se hace actual como consecuencia de no haber tenido una actitud positiva y activa, y de haber estado paralizado en el pasado.

    Este juicio racional sobre lo sucedido le culpabiliza, y configura un sentimiento de culpa en forma de angustia.11

    La propia naturaleza humana, sin aportaciones claras sobre su pasado y futuro, observa la muerte, la destrucción del yo, como la meta final; pero se trata de un resultado experimentado a lo largo de todo un trayecto que une el pasado, presente y futuro. ¿Por qué el ser humano ha de sufrir por vivir? ¿Por qué ha de ir evidenciando su enfermedad estructural hasta producirse el castigo definitivo de una muerte anunciada en esa enfermedad estructural? ¿Y qué es la muerte sino una especie de castigo contra la existencia? Este proceso lógico de ideas nos lleva a pensar de que la noción de condenación (muerte, enfermedad), está insertada en la propia naturaleza humana, y que fruto de una corrupción del propósito original, se ha integrado el sentimiento de culpa, que se manifestará más o menos cuando se vaya evidenciado, mediante ciertas conductas, lo que atenta al diseño y designio programado por Creación. La Revelación Bíblica nos confirma este hecho: que la condenación se traspasó a toda la humanidad como consecuencia de la rebelión de la humanidad representativa (Rm. 5:16, 18 cf. Rm. 5:12). La Palabra de Dios, una alternativa a tener en cuenta para desarrollar autoestima, nos advierte que nos vamos a encontrar con serios conflictos como consecuencia de que la humanidad se independizó respecto de Dios (cf. Gn. 3:1-6 cf. Rm. 5:12), y engendró una dinámica contraria a los propios intereses de la existencia (Rm. 3:10-12 cf. 1:21-32). Nos afirma que el pecar, el ir contra nuestros propios intereses integrados en nuestra naturaleza y que evidencia el oponerse a la Ley del Reino de Dios: rechazar el plan original de Dios, el diseño y el designio con que fuimos creados, trastornó lo original en una especie de imitación híbrida. Lo que consideramos natural ahora, es el producto de una falsificación opuesta a ese plan de Dios. Ahora el pecar, según la Palabra de Dios, se ha convertido, como consecuencia de esa rebelión del ser humano respecto de Dios, en algo irresistible e irremediable (cf. Rm. 7:7-11, 12, 13-21), y forma parte de la manera de vivir y de reaccionar humana. Incrustado en nosotros el pecado de naturaleza crea desequilibrios, y se proyecta a modo de enfermedad, de molestias, y en actitudes que generan sufrimiento y culpabilidad. Ese núcleo pecaminoso que reside en la naturaleza humana podemos ignorarlo o acallarlo de cierto modo, pero nos creará problemas a nosotros mismos y a los demás, lo admitamos o no. Al experimentar, en alguno de los estadios de nuestra existencia, ese estado que nos hace presente el perjuicio, una especie de inseguridad, de que algo falla y nos falta, el sufrimiento motivado por comportamientos que ignorábamos en un principio que fueran propagadores del mal para nosotros, junto al rostro de la culpabilidad, nos hace ver nuestra vulnerabilidad y descontrol, y la necesidad urgente de un cambio. Al considerar nuestra situación nos damos cuenta que precisamos cambiar. Pero no sabemos cómo. La sociedad ha buscado sus estrategias para paliar de algún modo los resultados de la condición humana que arrastramos, y ha conseguido ser eficaz en diversos momentos, circunstancias enfermas, y casos, pero no puede hacer nada, absolutamente nada, respecto a la raíz del problema. Este trastorno pecaminoso, que lleva implícito una condenación generadora de las diversas caras enfermas, es una realidad constatable en los diferentes órdenes de la vida y únicamente puede ser definitivamente curado por Jesucristo (cf. Rm. 8:1-3; 2:4; 5:1, 2, 8-11; 6:22, 23).

    Este acontecimiento magno, como tendremos oportunidad de comprobar en nuestro estudio posterior se realiza, mediante el perdón de los pecados (cf. Hech. 10:39, 43) con todo lo que implica, y en dos etapas: en la primera se elimina el dominio del pecado en el ser humano (Mt. 9:1-8 cf. Rm. 8:1-3), con lo que se facilita la superación de la inseguridad, desconfianza y desesperación; se crea el cauce idóneo para recibir salud y autoestima, motivado por lo que implica la aceptación del plan de la salvación de Dios en Jesucristo, en el conocimiento de Dios y de los principios del Reino, generadores de Vida Eterna ya ahora, y la seguridad de la salvación plena que ya experimenta y que se le otorgará definitivamente en ocasión de la segunda venida de Jesucristo, tras la experiencia de continuo crecimiento espiritual del nacer de arriba (Col. 3:1-4, 5-10 cf. Jn. 3:3-7, 14-18; 2ª Cor. 5:16, 17). Cambia, mediante un proceso de crecimiento espiritual, de todas aquellas reacciones y actitudes engendradoras de posiciones desequilibradoras permanentes. Esa tendencia pecaminosa, para aquellos que se atienen al plan de Dios, es anulada en el ejercicio de su dominio por el poder de Dios. El ser humano rescatado por Dios en Jesucristo por medio del Espíritu Santo que se identifica con la Palabra (Jn. 3:5 cf. Stg. 1:18), a pesar de sus posibles luchas y pruebas, de sus caídas y recaídas en situaciones puntuales de pecado no de muerte (cf. 1ª Jn. 5:16-18), ya no es dominado por el pecado, si está en Cristo Jesús (Rm. 8:1); por cuanto el Espíritu Santo ha creado un cauce de liberación, basado en los principios de comportamiento de Jesucristo (Rm. 8:1, 2), que los transfiere, a la persona que quiere, paso a paso pero sin pausas ni armisticios con el pecado dominante, a fin de que pueda esa persona experimentar una transformación liberadora del automatismo del pecado dominante, y proyectar una existencia marcada por la orientación del Espíritu Santo (Rm. 8:2, 4-9) que engendra una conducta nueva basada en el ejemplo y los principios de comportamiento que Jesucristo vivió (Rm. 8:1, 2, 5-9 cf. Mt. 11:28-30) y nos enseñó con su mensaje del Reino de Dios (Mc. 1:14 cf. Mt. 5-7). En una segunda etapa el pecado es destruido definitivamente, en base a la obra de Jesucristo (1ª Cor. 15:51-55 cf. Hb. 9:26, 27, 11-14; 2:17 cf. Rm. 11:26, 27) que ha sido suficiente y valida una vez (Hb. 7:26, 27 cf. 10:12, 14; 9:26). Todas las formas de culpabilidad desaparecen cuando la persona experimenta lo que implica y significa conocer a Dios, a Jesucristo y al Espíritu Santo.

    · Descripción de una experiencia de conciencia culpable 12

    Esto es algo que se da de modo estandarizado. Pero es interesante saber por qué cuando una conciencia culpable se engancha a su víctima no la suelta torturándole hasta que acaba con ella, a no ser que medie su curación. Si se observa con detenimiento al comportamiento general del ser humano, aparece, una separación entre el sentimiento y la razón. El ordenador cerebral parecería estar tiranizado por la emotividad. El hombre vive presa de los sentimientos aislados del raciocinio. Esta clase de hombre generalizado en todas las épocas y lugares ha sembrado el pánico y la tragedia cuando experimenta la ausencia del sentimiento. El hombre cuando no observa el sentimiento, cuando no siente, se hunde, se bloquea, se anula y se incapacita. El vacío interior es horroroso, la depresión y la desesperanza van tomando forma, y el abismo enfermo al que va cayendo se amplía conforme el tiempo transcurre sin encontrar solución. Es evidente que el hombre debe aprender a vivir sin depender de los sentimientos, o a expensas de si siente o no. Pero para restablecer esa unidad entre sentimiento y raciocinio que dará lugar a un aprender y actuar por principios, es imprescindible conocer al máximo lo que mejor corresponde al designio de su creación. De ahí que deba saber qué es lo que ha estropeado esa confluencia de sentimiento y razón y qué es lo que lo puede volver a organizar en una armonía total.

    En esa situación crítica, que de un modo o de otro todos pasamos, es donde aparece con mayor virulencia la conciencia culpable. La culpa puede adquirir el rostro patológico de la neurosis, donde la conciencia se torna en una escrupulosidad obsesiva, severa y exagerada; o la de la enfermedad psicótica, donde la mente reacciona de modo compulsivo e incontrolable como consecuencia de agresiones traumáticas tanto propias o ajenas que dividen la mente; o una culpa normal de la que somos conscientes pero que si no se cura alcanzará cotas patológicas; y la existencial en la que la persona se acostumbra a convivir con ella, hasta el punto de que es capaz de sufrirla sin que llegue a reconocerla como señal de actitudes incorrectas e inmorales. Los corolarios y secuelas de la culpa descrita con su mecanismo, a excepción de la culpa existencial, que su sentimiento aunque agónico y lleno de sufrimiento no encuentra el punto de referencia para medir la culpa experimentada existencialmente, estarán gobernados por el ordenador cerebral que dispara el sentimiento de culpabilidad. Aquí es donde ese sentimiento, además de transportar taras negativas, aislado del raciocinio, se atiene a lo que el ordenador cerebral se ha acostumbrado, desencadenándose una dosis emocional de tal magnitud que produce remordimiento 13. El cerebro demuestra, por un lado que no estaba preparado para el acontecimiento; que ha habido algo que ha trastornado su plan original, puesto que provoca tal como el término indica re-mordere, dentelladas continuas cada vez más profundas que socavan la seguridad, la confianza y la esperanza con el futuro, clavándole en los actos de un pasado que muerden una y otra vez, consiguiendo ansiedad, temores, angustia y enfermedades, a las que si no se ponen remedio, serán irreparables e irreversibles. Por otra parte el cerebro reacciona de acuerdo a una naturaleza ética a la que está ligado por creación, y a la que se le estipula, en el caso de transgredirla, una multa que nunca satisface al sentimiento de culpabilidad, puesto que el desorden y la culpa que ha originado, fijan la idea de que el pago no es otro que el de la destrucción, ya que no había sido concebida dicha naturaleza ni para dar cabida a tal desafuero y ni mucho menos para soportar la culpa sin riesgos reales.

    Así pues, cuando se comete una falta ética, reconocida o no por nosotros como tal, pero que nuestra propia naturaleza sí que la identifica como al margen de su código original, el ordenador cerebral no puede sustraerse a semejante infracción, y de acuerdo a su programa (con los deterioros añadidos de sentimiento y razón desligados, con todas las implicaciones y fijaciones inadecuadas que eso puede conllevar) da rienda suelta a la sanción de culpabilidad. Los agentes sensoriales, aunque de modo perturbado, informan una y otra vez de la existencia de la falta o faltas cometidas. El ordenador cerebral cumple con su programa bioético sujetándose estrictamente a las instrucciones inconscientes y automáticas a las que no hemos regulado de ningún modo y que, aunque involuntarias, se mezclan de tal modo con el consciente, transmitiéndose ahora como voluntarias, y llevando en su trayecto el sentimiento de culpabilidad aislado del raciocinio, y aun cuando éste sea consultado, ya es demasiado tarde, puesto que se ha sometido al sentimiento de tal manera que se convierte en su cómplice. Tanto lo sensorial como lo racional, por separado se unen ahora para proclamar una misma sentencia: la infracción ética es inexcusable y debe ser castigada. La tragedia de esta postura es que el densitómetro emocional mide como culpable cualquier transgresión, sea ésta voluntaria o no. De ahí que sea preciso cuanto antes arreglar el disturbio que se plantea entre sentimiento y raciocinio separados. Es necesario restablecer la unión de acuerdo al diseño establecido originalmente, antes que se produjera el desorden que trajo la culpa, pero ¿cómo?

    · Jesucristo INFORMA de la situación del hombre mediante la Doctrina del Pecado y su Solución: La superación del pecado, la enfermedad y la conciencia culpable mediante el perdón de los pecados

    Esa situación tan penosa del hombre que se traduce en el sufrimiento, la enfermedad, la muerte, y en infligir daño a sí mismo y a los demás, cometiendo lo que se ha convenido en llamar maldad, por cuanto lo experimenta negativamente su estado, es señalada por Jesucristo como una condición de la que es preciso liberar (Mt. 6:33; Lc. 11:4 cf. Lc. 4:18; Jn. 8:36). Los milagros de Jesús, independientemente de su carácter fundacional que tienen el propósito de identificar al Mesías que trae sanidad a las gentes, y por lo tanto son irrepetibles como tales, contienen un mensaje puntual que puede repetirse en base a lo que introduce Jesús con su mensaje y acción que siempre son curativas. El mensaje del milagro del taumaturgo Jesús de Nazaret informa de la existencia del deterioro, y por lo tanto de aquello que lo ha producido. Con la regeneración que el milagro conlleva se inserta la esperanza de que la enfermedad precursora de la muerte habiendo sido curada posibilita la superación de la muerte no haciéndola definitiva. La palabra que trae curación informa al ser lo que debe y no debe hacer (cf. Mt. 9:2-7; Jn. 5:14).

    La enfermedad es el recorrido de la muerte desde el nacimiento hasta la llegada de la inconsciencia y la ausencia del ser, de la persona. Cuando Jesús cura enfermedades, fruto de la enfermedad que conduce a la muerte de cada ser humano, está demostrando que puede alterar el curso de la muerte que se expresa con diversas enfermedades o patologías. De ahí que el que guarde la Palabra de Jesús no sufrirá la muerte de modo definitivo (Jn. 8:52), ya que del mismo modo que puede sanar a aquellos que aceptan el poder de su Palabra, puede librar de la muerte definitiva a aquellos que guardan su Palabra 14. El deterioro que lleva implícita toda enfermedad y la regeneración que puede producir Jesús, nos enseñan que hay algo antes que causa las enfermedades, y que existe un después que puede sanarlas. Tanto la identidad de ese antes como la del después se produce en una relación entre lo que Jesucristo denomina pecado y la curación de una enfermedad concreta.

    · El contenido espiritual de la curación de un paralítico y de la mujer pecadora

    En un pasaje lleno de sentido y significado (Mt. 9:2-7), Jesucristo, pone en evidencia que la curación de la enfermedad por su poder, lleva implícito lo que él llama el perdón de los pecados (Mt. 9:2 cf. 9:5, 6) 15. La demostración de que Jesús tiene potestad de perdonar los pecados es la sanidad que produce (Mt. 9:6). Jesucristo está equiparando enfermedad con pecado. Pero no en el sentido que lo habían hecho los amigos de Job que consideraban a la enfermedad experimentada particularmente como un castigo divino, sino mostrando que las diversas enfermedades se alcanzan como consecuencia de la enfermedad que se denomina pecado estructural, y que la herencia transmite por medio de la cadena humana. El paralítico no estaba simplemente enfermo de parálisis. La parálisis era un continuo recuerdo que torturaba al paralítico haciéndole padecer sufrimiento y enfermedad al margen de la parálisis. Creía, de acuerdo al concepto de la época, que eran los pecados personales los que habían merecido el castigo divino. Jesucristo se dirige al núcleo del problema, y con esta curación envía varios mensajes reveladores:

    (1) las enfermedades no son fruto de una actuación castigadora de Dios sino debido a la existencia del pecado que hace posible las enfermedades. El pecado es en última instancia una enfermedad mortal que arruina al hombre en su unidad orgánica y estructural.

    (2) Dios cura porque tiene misericordia del hombre (cf. Jn. 9:2). 16 Pero la curación es tanto del pecado como lo que produce el pecado. 17 Si se observa con detenimiento todos los pasajes en los que Jesucristo utiliza el término pecado en la versión griega hamartía (h[marten a`marti,a) que son la mayoría, están ligados al perdón de los pecados. Desde el primer momento Jesucristo quiere darnos un mensaje positivo: la razón de ser de Dios es la misericordia, la de perdonar al hombre de sus pecados. Es verdad que únicamente Dios puede perdonar pecados, tal como los judíos habían aprendido de las Escrituras (Mt. 9:3 cf. Mc. 2:7) pero contemplen el espectáculo de una concordancia en griego de los pasajes relativos al pecado (hamartía), y observarán la insistencia constante del perdón o remisión de esos pecados. ¿Pero qué ocurre? Que el pecado trae consigo un destino irrevocable: la muerte. Pero esa muerte va mostrando su cara: el rostro de la infelicidad, el sufrimiento, el deterioro de una naturaleza, la degeneración de las células introduciéndote en una vejez irreversible, la enfermedad en suma, hasta que en una última escena se consuma el acto mortal. Jesucristo nos informa en este episodio (Mt. 9:2-6) que ha venido a quitar el pecado (cf. Jn. 1:29) y todo lo que este produce. Pero hay algo más, es evidente que nadie puede ser perdonado sino reconoce su necesidad de perdón. El paralítico no protesta cuando Jesucristo en lugar de curarle expresa su veredicto favorable de haberle perdonado los pecados. La asunción del paralítico del perdón de los pecados es el reconocimiento de que le angustiaba el pecado, y que una manifestación anticipada del resultado final del pecado, la muerte, se había producido en el trayecto hasta ésta mediante la paralización, la muerte de ciertos órganos provocando la enfermedad de la parálisis. Y Jesucristo nos pone como ejemplo prototipo que del mismo modo que ha conseguido curando, alterar la enfermedad de la parálisis traída por el pecado, de ese mismo modo puede conseguir que la muerte no sea definitiva, si se acepta el perdón de los pecados.

    (3) El trayecto pecado enfermedad y muerte es curado por Dios en Jesucristo. Pero todavía hay un mensaje profundamente práctico que se obtiene de este episodio en el que se relaciona enfermedad y pecado. Del mismo modo que el poder de Dios en Jesucristo consigue por medio de las implicaciones del mensaje de la aplicación del perdón de los pecados que la muerte que provoca el pecado pueda no ser definitiva, de ese mismo modo, las enfermedades que induce la enfermedad del pecado, poseen, mediante lo que implica el mensaje del perdón de los pecados, una asistencia curativa divina, que anuncia que la enfermedad como la muerte no serán definitivas. El mensaje del perdón de los pecados evidencia la vulnerabilidad tanto de la muerte como de las enfermedades. Todo el ser enlazado en una unidad orgánica que fluye desde los genes, recibe sanidad tanto física como mental y espiritualmente. No puede ser de otra manera, aun cuando del mismo modo que el momento de que la muerte no sea definitiva no se haya alcanzado todavía, y que el sufrimiento y la enfermedad los siga experimentando aquel que cree en Jesucristo, aun cuando tenga la seguridad de la vida eterna. Pero ya nada es igual que antes, comprueba su sanidad en todo su ser dentro del proceso regenerativo espiritual que influye positivamente en el grado de enfermedad que su naturaleza humana individual hubiese obtenido.

    Jesucristo sabe que la muerte se sigue produciendo cuando afirma que el que oye su Palabra o cree en él tiene vida eterna, y que ha pasado de muerte a vida (Jn. 5:24). Por lo tanto es consciente que la muerte persiste y sin embargo mantiene todo su mensaje de que el creyente en él “ha pasado de muerte a vida”. Jesucristo considera que la aceptación de su Palabra tiene efectos inmediatos que se prolongan hasta la interrupción de la vida, y la resurrección del último día. Y es que el hombre, por el pecado, está caído y espiritualmente muerto, y si escucha la voz del Hijo de Dios resucitará espiritualmente, ya no estará caído, ya no estará muerto sino vivo (Jn. 5:25). Esta resurrección espiritual, gracias al poder de la palabra, es la garantía de que tendrá resurrección de vida en el último día (Jn. 5:29 cf. 5:25; 6:39, 40, 54) 18.

    Jesucristo ha realizado una obra y sacrificio suficiente y pleno para la remisión de los pecados (Mt. 26:28), y en base a ello, en su misión salvadora ha venido a quitar el pecado de la naturaleza humana (Jn. 1:29), el que produce los pecados y la muerte. Nuestro Autor de la salvación, evidencia dos cosas fundamentales: por un lado que puede librarnos de la esclavitud del pecado (Jn. 8:34, 36); es decir que recibiendo a Jesucristo aparece una transformación de la naturaleza (Jn. 1:12, 13 cf. Jn. 3:6), gracias a lo cual no le domina el pecado (ha sido librada de la esclavitud del pecado); por otra parte, sigue experimentando la muerte y la enfermedad (Mc. 6:5; Jn. 11:1 cf. Mt. 25:36-44) 19 signos de que el pecado permanece incrustado en la naturaleza humana debilitada por el pecado (Mt. 26:41), pero que si se cree ya ahora a Jesucristo y se acepta su Palabra, recibe ya entonces en garantía la vida eterna que se ha de manifestar en la resurrección del último día (Jn. 5:24, 28, 29; 6:39, 40, 44 cf. Col. 3:1-4), puesto que se le libera de ser esclavo del pecado, de su dominio (Jn. 8:34-36 cf. 8:24). Todo esto nos muestra, tal como ya dijimos y ratificaremos posteriormente con los intérpretes inspirados del Evangelio, que en base al único y suficiente sacrificio de Jesucristo, hay dos etapas en la eliminación definitiva tanto del pecado como de la muerte separadas por el tiempo histórico que se genera entre la primera venida de Jesucristo y la resurrección del último día. La extirpación definitiva del pecado ha de realizarse dando tiempo a que sea predicado en el nombre de Jesucristo el arrepentimiento y el perdón de los pecados a todas las gentes de todas las épocas (Lc. 24:47 cf. Jn. 20:23) hasta que él venga de nuevo (Jn. 21:22, 23 cf. Hech. 1:1-3-5, 8-11). Jesucristo ha hecho su parte a fin de que sea una realidad la salvación de cada ser humano, pero es preciso una aplicación efectiva con todas sus implicaciones y de acuerdo a la estrategia salvadora de Dios.

    9 Aquí estamos tratando el tema de la autoestima. Hay motivos reales por los que habría que experimentar el haber actuado incorrectamente y mal, entre otros: el maltrato en el hogar o la violencia doméstica, la comunicación perversa. Pero estos casos son típicos de enfermos de la conducta que no reconocen sus errores sino que justifican su actuación por la actitud del otro, considerando válida su conducta. Por descontado que este tipo de personas no experimentan inhibición de su autoestima, ya que ésta es desequilibrada correspondiente a una conducta o a una patología paranoica. 10 Recogido de Branden, op. c., p. 79. 11 Sobre esta idea ver a Carlos Castillo del Pino, en Un Estudio sobre la Depresión, edic. Península, Barcelona 1974, p. 155.

    12 Puede consultarse dos libros básicos el de B. Narramore y B. Counts Sicología de la Culpa, Logoi Inc., Miami, Fl-USA 1974; y el de Jean Lacroix, Filosofía de la Culpabilidad, ed. Herder, Barcelona 1980.

    13 Puede consultarse de José Antonio Jáuregui El Ordenador Cerebral, ed. Labor, Barcelona 1990.

    14 Lo que se pretende reflejar en la comparación es el mensaje subyacente de los milagros de Jesús. Veremos en su momento, cuando estudiemos este punto en relación a la fe, que la fe auténtica en Jesús puede perderse una vez experimentado el milagro.

    15 Aun cuando siempre existe sanidad con el perdón de los pecados en el sentido que expondremos en otro momento, nótese que no estamos diciendo que en el perdón de los pecados deba de haber curación de la enfermedad de la misma forma que aquí se presenta.

    16 Este episodio del ciego de nacimiento de nuevo nos muestra el planteamiento erróneo de la época. La pregunta “¿quién pecó éste o sus padres para que naciera ciego?” sobrentiende el interés de los discípulos: “¿quién tiene la culpa de que naciera con el castigo de la ceguera éste o sus padres?”. Como no hay una respuesta en la que se pueda cargar a un ser humano la responsabilidad moral, Jesucristo escoge la razón por la cual Dios ha permitido que se prolongara la existencia del hombre en la tierra a pesar del sufrimiento y la enfermedad que iban a haber como consecuencia del pecado: el poder traer salvación y sanidad en todo su trayecto, desde la existencia en la tierra hasta la tierra nueva, y de ese modo manifestar la gloria y la obra misericordiosa de Dios.

    17 Si se tiene en cuenta todo lo que estamos diciendo se nos estará permitiendo explicar lo que realmente el mensaje de Jesús quiere decirnos. Cuando afirmamos que con el perdón de los pecados Jesucristo cura el pecado y la enfermedad, no estamos queriendo decir que se produzca la ausencia de la enfermedad cuando se acepta la expiación de la cruz, y aceptamos el perdón de los pecados. Lo que estamos diciendo, es, que al aplicar el perdón de los pecados Dios en Jesucristo a aquellos que manifiestan querer acogerse a él, experimentan cambios sustanciales por los que se produce sanidad divina: el alcance de la justificación y reconciliación suponen seguridad, confianza y desalojo de la conciencia culpable (Rm. 5:1, 9-11; 6:22, 23 cf.. Lc. 15:20-24). Cuando se acepta el perdón de los pecados con lo que implica de relación y conocimiento de Dios, y de su ideología, se te provee el cauce a fin de poder experimentar la sanidad divina, cuando ese conocimiento se aplica en la vivencia de los principios del Reino de Dios, cuya experiencia trae prevención de la enfermedad; o cuando ya se tiene ésta en una manifestación molesta, dicha relación y conocimiento divino puede traer curación puntual, en proceso o instantánea, o logrando, por el poder de Dios que se experimenta con el perdón de los pecados el que la enfermedad no ocupe un lugar preferencial en la vida de la persona sino algo totalmente secundario.

    18 Sobre la diferencia de muerte y resurrección espiritual con la resurrección escatológica al final de los tiempos, que predicarían los pasajes de Juan 5:26-29, ha sido entendido por Raymond E. Brown, en El Evangelio según Juan, edic. Cristiandad, Madrid 1979, vol. I, p. 430. R. Snackemburg (El Evangelio según San Juan, ed. Herder, Barcelona 1980, vol. II, pp. 150-157), es muy confuso, y aludiremos a ello cuando analicemos la doctrina de la resurrección en el Evangelio de Jesucristo. 19 Si se observa en estos pasajes, las curaciones de enfermos de Jesús estuvieron limitadas por las circunstancias. Sobrentiende que la enfermedad seguiría existiendo, aun en aquellos que eran curados. Si así no fuera el proceso degenerativo hacia la muerte no se produciría, asunto que Jesús aceptaba. Cuando analizamos la enseñanza de Jesús respecto a las obras de misericordia (Mt. 25:36-44) advierte que una de las obras a las que el cristiano debería prestar atención sería la relativa a los enfermos. Pero nótese que la labor fundamental a realizar consiste en visitarles.

    Publicado en: 01/03/2011

    Reservados todos los derechos. Nada de lo contenido en la presente publicación podrá 
    ser reproducido y/o publicado mediante impresión, copia fotográfica, microfilme, o en 
    cualquier otra forma sin previo permiso del autor.
    ©Antolín Diestre Gil
    ©Comisión Teológica Servir y Salud

Deja un comentario