El valor del perdón de los pecados en la sanidad (parte 2)

El valor del perdón de los pecados en la sanidad

¿Y qué decir de las enfermedades producidas por la condición enferma o pecado?

Del mismo modo que el pecado afecta a todo el ser humano, la aplicación del poder perdonar pecados quitando el dominio del pecado pudiéndolo vencer en Jesucristo afecta también a todo el ser. Pero ¿cómo? Ahora podemos comprender mejor lo que decíamos antes en cuanto a que cuando se acepta la información de Jesús se regenera todo el ser. Pero ya hemos dicho que el pecado persiste en la naturaleza aun cuando la aplicación del poder perdonar el pecado quite a éste el dominio sobre el hombre. El hecho de que siga existiendo la muerte se evidencia que continúa la condición enferma engendrada por el pecado, y por lo tanto la persistencia de la enfermedad. Pero del mismo modo que Jesucristo ha quitado el dominio del pecado aun cuando el pecado estructural exista con lo que puede implicar en ocasiones respecto a sucumbir frente a la tentación (cf. Mt. 18:15-22), así mismo, con el mensaje de Jesucristo del poder de perdonar pecados aceptado (Mt. 9:6) se ha quitado el dominio de la enfermedad aun cuando ésta siga manifestándose hasta su máxima culminación con la muerte ¿Y cómo la enfermedad ha perdido su dominio, en qué consiste y cómo se traduce?. Para responder complementaremos el episodio del paralítico con el de la mujer pecadora (cf. Jn. 8:10, 11).

a) El contenido espiritual y complementario de la historia de la mujer pecadora

La aplicación del perdón de los pecados con que Jesucristo informa lleva al hombre, mediante el Espíritu Santo al convencimiento del pecado, y de la justicia divina (cf. Jn. 16:7, 8). La presentación de la situación del hombre y de su destino de perdición (Mt. 7:13, 14) encuentra el obstáculo de la salvación (cf. Jn. 3:15, 16) para aquellos que no quieren perderse (Mt. 18:11). El llamamiento urgente al arrepentimiento (Mc. 1: 14, 15) y a formar parte del Reino de Dios (Mt. 6:.33) se relaciona con el perdón de los pecados (Mt. 9.13 cf. Mt. 4:17). Porque ¿dónde radica el valor y la fuerza de las palabras de Jesús que al decir a la mujer pecadora: “Yo no te condeno” “vete y no peques más” (Jn. 8:10, 11), la mujer se someta incondicionalmente al requerimiento de Jesucristo de abandonar el pecado? Aquella mujer ha experimentado y comprendido en su dimensión más profunda el significado de la alusión “yo no te condeno”. Ella sabe que Jesús se está refiriendo al adulterio al que ha consentido que le arrastraran. Pero ella ha sufrido la angustia, la humillación, la degeneración, la vergüenza que ha supuesto su desliz licencioso. Lo ve todo claro. Su conciencia es dirigida hacia el peso del pecado que le señala la ley moral a la que se le añadido el articulado legal civil por el que ahora le quieren apedrear. Pero lo que transforma a esta mujer es que en la actuación del Espíritu Santo (Jn. 16:7, 8, 9 cf. Lc. 11:9-13) 20 en su conciencia le convence de haber ofendido a Dios. ¿Pero cómo le puede convencer? Es en el acto de misericordia de aquel que dice que viene en representación de Dios Padre, que no le imputa el pecado que reconoce haber cometido aceptando el arrepentimiento. Nadie, absolutamente nadie, ni antes ni después ha pretendido tener esa autoridad de poder perdonar pecados.21

La mujer se ha enterado de lo que se propaga de Jesús,22 ahora tiene la oportunidad de conocer la actuación de Jesús en un asunto de vida y muerte en el que se ve ella involucrada directamente (cf. Jn. 8:2-11). A sabiendas como la mujer sabía que sólo Dios puede perdonar, el que Dios mismo, en la persona de su Hijo tenga la iniciativa de asegurarle que no esté condenada y que está perdonada es suficiente para iniciar una regeneración que le lleva a solicitar el poder de ese Dios misericordioso para que no vuelva a cometer adulterio: el Espíritu Santo además de convencerle de pecado también le convence de justicia, de lo que es justo para con Dios. De ahí que en base a la obra y palabras de Jesús el Espíritu Santo reconduzca a la mujer a la justicia de Dios que se manifiesta en su Hijo Jesucristo identificado con su programa de predicación sobre el Reino de Dios que trae Justicia (Mt. 6:33).

La misión de Jesucristo y la actitud de Dios no es la de condenar. El persistir en el pecado, el rechazo del mensaje de salvación y de la amnistía es lo que condena. Dios quiere librarnos precisamente de la condenación. Sabe lo que supone el pecado: sufrimiento, muerte y culpabilidad. Y ésa es la verdadera condenación de la que quiere librarnos Dios en Jesucristo.23 La actitud tanto del paralítico como de la mujer a las palabras de Jesús es la evidencia de que han aceptado el perdón de sus pecados. Y por lo tanto ya no hay nada que les condene. Cuando alguien acepta el perdón, como es en estos ejemplos, es porque tiene una conciencia culpable. Y sabemos hoy, mejor que nunca, que esa conciencia enferma en todos los sentidos: física, mental y espiritualmente.24

b) Jesucristo soluciona la conciencia culpable y la situación engendradora

No sabemos cuándo ni cómo llegó la parálisis. Lo que sí que sabemos que tanto el paralítico como la mujer, y como cualquiera de nosotros cuando no hemos conocido a Jesucristo, experimentaban dramáticamente la misma enfermedad: la de una conciencia culpable, engendradora de una situación mental y física desposeída de una salud que posibilitaría una existencia de calidad de vida. Y cuando alguien con la autoridad y el poder de Dios no condena, perdona, está, por un lado, señalando la existencia del pecado y de una conciencia culpable, por otro la prueba de una situación de necesidad en recibirlo: tanto el paralítico como la mujer se sentían culpables, y en los dos casos habían tomado una decisión. Habían movido a su voluntad en el encuentro con Jesucristo. En el caso del paralítico había decidido libre y voluntariamente el ir ante Jesús. Esta actitud lleva un mensaje y es que confía en Jesucristo. Ha tenido que hacer una reflexión previa. Ha debido de considerar su condición. Jesucristo interpreta este mensaje como que tienen fe, tanto él como los que le acompañan (Mt. 9:2). De ahí que cuando escucha por parte de Jesucristo que ha recibido el perdón de los pecados no dice que esa no haya sido la causa de su llegada ante él. Está preparado para recibir el perdón. Es lo que más ansía porque para él supone la curación a su conciencia culpable y de todos los síntomas enfermos que ese tipo de conciencia crea.

En el caso de la “mujer pecadora” no podemos ver esa misma fe inicial en su acto de adulterio. Sin embargo para Dios no cuenta el momento en que se despierta la fe sino en que se despierte. Y eso requiere un encuentro con Dios en Jesucristo. La verdadera fe surge en el paralítico tras tener conocimiento de Jesucristo, y es ese conocimiento que le traen a su lecho enfermo que le conduce a su presencia, pero los momentos previos a ese acto de fe, surgido por el poder de Dios, el pecado ha dominado la situación del mismo modo que a la mujer pecadora.

En efecto, cuando Jesucristo se inclina escribiendo en tierra (Jn. 8:6-8), y pronuncia la sentencia de que “el que esté sin pecado tire la primera piedra” (8:7 úp.) está comunicando un principio de la naturaleza del pecado al igualar todos los pecados: a esta mujer la queréis condenar porque ha adulterado, sin embargo vosotros estáis cometiendo pecados, sean de la índole que sean, y todavía no los habéis reconocido ni habéis recibido el perdón. Vuestra situación es la misma que la de esta mujer en lo que se refiere al valor del pecado. Pero todavía es peor porque os habéis atrevido a condenarla sin que hayáis estado dispuestos a recibir el perdón de vuestros pecados que todavía mantenéis. Ella está pagando un alto precio ya que ha sido expuesta a vituperio. Pero hay algo más ¿y con quién está cometiendo adulterio? ¿Por qué no habéis traído también al otro? ¿o el otro posee una patente para poder adulterar o hacer adulterar? (cf. Mt. 19:9).

Las inconsecuencias de una sociedad farisaica ha reconducido a una situación injusta, y en esas condiciones, junto a la actitud de la mujer que observa Jesús, no puede condenarla. Nótese que no se trata de justificar el adulterio sino de no condenar a la mujer por su pecado al apedreamiento sin darle opción al perdón divino que incluye o supone el arrepentimiento. Las palabras de Jesús relativas a que la mujer no siga pecando inciden en el hecho de que no debe de seguir adulterando. Pero al liberarle de la condena manifiesta una comprensión hacia ella dignificándola como persona, a la vez que le despierta la verdadera fe en él, en Jesucristo, puesto que al recibir y no rechazar la recomendación a no seguir pecando manifiesta, tal como ya dijimos, creer en la autoridad que ha decidido no condenarla.

Pero ¿cómo entiende el paralítico o la mujer pecadora el pecado a partir del momento del encuentro con Jesucristo? Repetimos: en la aceptación y reconocimiento del pecado como tal hay una decisión de la voluntad. Y en ese reconocimiento está involucrado el sentimiento real de culpabilidad con todas las implicaciones psicosomáticas que se puedan acarrear. En la reflexión a la que te lleva el perdón, el pecado es visto desde entonces como algo contrario a uno mismo, porque descubre la relación que ahí entre el acto pecaminoso y el sufrimiento; es también, cuando se proyecta en los demás, un daño al otro; pero sobre todo es un acto de ruptura con el Dios Creador. Pero la tragedia consiste en que el mismo pecado impide que éste sea lo que es: un atentado a la confianza y amor de Dios, un rechazo a que el que te ha creado gobierne tu vida en libertad con los principios implicados en su Ley. Únicamente cuando experimentas el perdón de los pecados con lo que implica, descubres tu situación y la necesidad de alcanzar el estatus de perdonado.

La sociedad judía sabía que sólo Dios puede otorgar el perdón ¿y por qué? Porque sólo el que es ofendido puede ofrecer el perdón. Nos debemos a Dios por creación, y como consecuencia del pecado ha habido una desviación respecto al plan original de Dios repercutiendo en nuestra naturaleza negativamente en todos los sentidos. El pecado ha supuesto una separación. Una ruptura en la relación divina que trae sanidad y curación. Una pérdida de los principios del Reino de Dios que contienen justicia y salud total.

Ahora, gracias al Mesías Jesús de Nazaret, con el perdón de los pecados se restaura la relación con Dios habiendo un canal abierto desde donde fluye la misericordia divina en la forma de una vuelta al conocimiento de los principios del Reino de Dios que traen justicia, salud, salvación y sanidad. Por otra parte, en la decisión de cada persona en acogerse al perdón, ha tenido que haber la suficiente convicción como para abrir su existencia al poder de Dios que es en definitiva el que hace posible el arrepentimiento para no volver a pecar más.

Habíamos prolongado este punto para respondernos a la pregunta ¿Y cómo la enfermedad ha perdido su dominio, en qué consiste y cómo se traduce? Ahora estamos en mejor condición para contestar.

La primera señal de que la enfermedad ha perdido su dominio es la pérdida de una conciencia culpable. Es la regeneración total que aprecia el ser humano al experimentar el perdón divino lo que le lleva a querer permanecer con el Dios que le perdona y que le ha devuelto seguridad y confianza. Los síntomas enfermos psicosomáticos desaparecen. Y las enfermedades que la culpa, consciente o inconscientemente, ha fijado físicamente reciben solución, de acuerdo a las características de cada persona y a la voluntad divina, dentro del nuevo trayecto reconducido por el Espíritu Santo en Jesucristo, y que llega hasta la superación de la muerte con la manifestación de la vida eterna.

Tanto el paralítico como la llamada “mujer pecadora” poseían una conciencia culpable que provocaba enfermedad e inseguridad.

Las fijaciones en forma de pensamientos automáticos incontrolables que producen a su vez ansiedad y angustia; las imágenes mentales que se repiten por las que la mente se siente atraída pero al mismo tiempo rechaza como impropias sin poder en última instancia, ocasionará desequilibrios haciendo que los neurotransmisores no funcionen bien; las actitudes obsesivas y las fobias que tanto deprimen a los seres humanos necesitan el poder del perdón de los pecados. Cuando se acepta el poder del perdón de los pecados los desequilibrios y cualquier otra alteración fruto de una conciencia culpable recibe curación en una sanidad en la que ya no prima la enfermedad aun cuando ésta pudiera manifestarse mediante síntomas y otros corolarios. La enfermedad específica es controlada o desaparece pudiéndose ser interpretado tanto de un modo o de otro como siendo una curación.

En efecto la segunda señal de que la enfermedad ya no domina y que ha sido curada, es la actitud que se observa en aquel que experimenta el perdón de los pecados.

Ante la nueva situación que trae el poder de haber sido perdonados los pecados, la enfermedad ya no ocupa el lugar preferencial en la vida de aquel que ha sido perdonado. El perdón de los pecados con lo que implica absorbe de tal manera la existencia, que la persona se ocupa ahora primordialmente del conocimiento de Dios que lleva a Vida eterna (Jn. 17:3), de la Verdad que libera (Jn. 8:31, 32), y de que el Reino de Dios gobierne su vida a fin de reencontrarse con la justicia de Dios (Mt. 6:33). Aun suponiendo que el dolor persistiera es totalmente secundario. El gozo de la salvación es tan grande y permanente, el descubrimiento paso a paso de los contenidos del plan de Dios, de su ideología y principios resultan tan atractivos, que la persona vive marginando la enfermedad a un lado tan incidental que ésta no domina, no prevalece ya frente a la vida, aun cuando su curso pudiera seguir hasta la muerte no eterna. La enfermedad podría estar dejando un reguero de sufrimiento pero los pensamientos del ser humano que ha experimentado el significado y las consecuencias del perdón de los pecados ya no se arrastran hacia una enfermedad que antes marcaba las pautas de una soberanía dictatorial. Por el contrario, ahora, comprueba que desde que decidió someterse a Dios en Jesucristo (cf. Mt. 11:28, 29), el dominio pertenece a una voluntad santificada por el poder del Espíritu Santo que convence de pecado de justicia y de juicio, orienta en la verdad y otorga poder (Jn. 14:16, 17, 26; 16:7, 8, 13-15 cf. Hech. 1:8).

La tercera señal es la actitud y programación mental adquirida en Jesucristo en base a los principios del Reino de Dios (Mc. 1:14 cf. Mt 6:33) que la predicación de Jesús promueve, y que produce: prevención de la enfermedad (Mt. 11:28, 29 cf. 6:33), mediante los principios del Reino (Mt. cps. 5-7), la supeditación a las leyes naturales y morales (pacto de sanidad), conocimiento de los principios dietéticos e higiénicos expuestos en la Palabra de Dios y en el libro de la Naturaleza (cf. Mt. 19:8 úp. Cf. Gn. 1:29-31).

La cuarta señal de que la enfermedad no domina es la experiencia constante de la curación. La experimentación de la sanidad está implícito en todo cristiano que ha aceptado el perdón de los pecados aunque la enfermedad estructural siga manteniendo el vehículo de la degeneración, de las patologías y de la muerte no definitiva (Mt. 8:35, 10:7, 8 cf. 25:34, 36). Esa experiencia de la curación de una enfermedad puntual, de acuerdo al plan divino para la persona, puede ser instantánea o mediante el proceso que lleva consigo la proyección de los principios del Reino de Dios, o por medio de la adaptación en Jesucristo al curso enfermo hereditario, que permite mantener una situación en la que la enfermedad no impide vivir por anticipado en la esperanzadora curación definitiva cuando la muerte ya no será más. De cualquier forma ni las curaciones puntuales instantáneas ni las que previenen la enfermedad en un trayecto más o menos largo, gracias a la actuación de Dios mediante su Reino impiden que el curso programado en los genes del pecado haga su aparición, aunque la enfermedad ya no domine, hasta la muerte.

Resumamos y aclaremos: el perdón de los pecados cura la enfermedad, quita el pecado y la muerte. Pero esto se realiza en dos tiempos. En efecto: si se observa, la vida eterna se obtiene en el instante en que una persona, como fruto de la obra del Espíritu Santo, acepta a Jesucristo (Jn. 5:24, 25). Sin embargo esa vida eterna no se manifestará más que en la resurrección del último día (Jn. 5:28, 29 cf. 6:39, 40, 44, 54 cf. Col. 3:1-4) 25. Ahora bien una vez aceptado a Jesucristo se ha vencido ya a la muerte pero dentro de un trayecto que conduce al momento de la llamada resurrección del último día (cf. 1ª Cor. 15:51-55).

Cuando analizamos el asunto del pecado comprobamos que el pecado en cuanto a su dominio sobre el que ha nacido de nuevo en Jesucristo y por el Espíritu Santo, ha sido eliminado. Pero si bien ese dominio del pecado ha sido quitado por Jesucristo, el pecado de naturaleza, el estructural, que se configura en ocasiones por acciones o reacciones de pecado no de muerte, todavía existe (cf. Rm. 8:3; 1ª Jn. 1:5-10) hasta que este ser corruptible, en ocasión de la segunda venida de Jesucristo sea vestido de incorrupción (cf. 1ª Cor. 15:51-55) Esto quiere decir que la enfermedad estructural que es el pecado de naturaleza, no ha desaparecido totalmente. La evidencia de esto es que la muerte, la enfermedad por excelencia sigue campeando por sus fueros hasta el final de los tiempos. El paralítico fue curado de una enfermedad puntual. Pero volvió a enfermar y llegó a morir. Esto quiere decir que Jesucristo con el perdón de los pecados nos cura de la enfermedad en el sentido de que ésta ha perdido su dominio sobre nosotros, anunciándonos, que de acuerdo al plan de Dios, en ocasión de la segunda venida de Jesucristo, la enfermedad estructural o pecado, causa de todas las enfermedades puntuales desaparecerá definitivamente y plenamente. Ya dijimos cuáles eran las señales en cuanto a que la enfermedad ha perdido su dominio a partir del perdón de los pecados, y cómo esas señales evidenciadas son a la vez el signo de que un día desaparecerá todo vestigio de la enfermedad.

Lo extraordinario es que el perdón de los pecados, en esa primera etapa, quita la conciencia culpable generadora de múltiples trastornos y enfermedades, especialmente las denominadas psico – somáticas. Esto es sanidad divina. Junto a esto el perdón de los pecados produce una motivación hasta el punto de que si estuviéramos padeciendo una enfermedad, la que sea, aparece la curación, por cuanto la enfermedad, como ya hemos dicho, ya no ocupa un lugar preferencial. Podemos sentir el dolor más intenso. Nos puede estar matando. Puede estar siguiendo su curso destructivo, a pesar del tratamiento médico, pero el perdón de los pecados, además de haber hecho desaparecer la conciencia culpable, nos restaura de tal manera que nos inyecta la esperanza y la seguridad de la vida eterna posibilitando la aparición de genes espirituales. Todo esto es sanidad divina.

El perdón de los pecados nos introduce en el conocimiento de Dios por medio de las Escrituras, permitiendo conocer el Gobierno de Dios, los principios del Reino de Dios, su pacto de sanidad, y los principios de la reforma pro–salud. Todo ello nos permite con su puesta en práctica prevenir la enfermedad y esto es sanidad divina. Si caemos o poseemos una enfermedad concreta, independientemente de lo que se ha indicado, podemos reclamar el poder divino para una curación puntual, si fuera la voluntad divina manifestar la sanidad en este otro sentido: el de la desaparición definitiva de esa enfermedad específica. Esto puede acontecer de dos modos: instantáneamente o en proceso. De cualquier modo será un milagro divino, y un sometimiento de la voluntad humana a la decisión de poner en práctica los principios del Reino de Dios con sus implicaciones.

Hemos descubierto que si queremos afrontar correctamente la falta de autoestima o el desarrollo adecuado de ésta, es preciso comprender nuestra condición natural desnaturalizada. Incluso, tendremos que considerar los diferentes grados de culpabilidad según se esté en una posición neurótica, paranoica, existencialista o dentro de un abanico de situaciones, que aunque catalogadas como normales se experimentan situaciones desequilibradoras y de desesperación que nos hacen sufrir, mermando nuestras posibilidades y afectando a nuestro sistema inmunológico y a la autoestima. Con la liberación de la culpabilidad mediante el perdón de los pecados y su experimentación, recuperamos la salud, y permanecemos en el cauce salvador que lleva a la vida eterna definitiva.

20 Si bien el pasaje de Juan muestra la venida del Espíritu Santo una vez que Jesucristo ascendiera, debemos matizar este asunto (cf. Jn. 7:39). El Espíritu santo siempre ha estado actuando, tal como las Escrituras Hebreas nos indican en diversos pasajes. La venida del Espíritu Santo que aquí se refleja no es que no hubiese venido ya anteriormente sino la venida para una obra especial de carácter dispensacional. Hasta que la obra de Jesucristo, con todo lo que implica, no estuviese realizada en lo referente a su misión durante su estancia en esta tierra, esa clase de venida no se podía producir, ya que el Espíritu Santo iba a actuar de acuerdo al conocimiento de Jesucristo que como Mesías y Salvador se iba a propagar por todo el mundo, y al plan universal e individual que desde el Pentecostés se iba a llevar a cabo (Jn. 7:39 cf. 20:21-23; Hech. 2:1-4). No cabe duda que con Jesucristo presente, y dentro de su campo de acción, la actividad del Espíritu Santo se iba a llevar a cabo (cf. Lc. 11:9-13) dentro de los límites requeridos por su presencia y Palabra. 21 Del Mesías se había profetizado una obra por la que daría fin al pecado (Dn. 9::26; Isa. 53:10, 11) salvando a los que aceptaran la redención de Dios; Jesucristo se identifica plenamente con el Mesías prometido de acuerdo a las referencias proféticas que sobre su persona y obra se expresa en las Escrituras Hebreas. 22 La noticia sobre la existencia de Jesús y de su obra y doctrina puede deducirse de diversos pasajes (Mt. 4:24; 9:26; 31; 14:1; Mc. 1:28; Lc. 4:14, 37; 5:15; 7:17). Tresmontant saca partido de este asunto para su argumentación sobre la fe (ver La Doctrina de Jesús de Nazaret, ed. Herder, Barcelona 1979, p. 205).

23 Cuando el hombre impenitente persevera en su condición de pecado no aceptando la insistencia del Espíritu Santo a que abandone el pecado, es cuando el Dios omnipotente que ama el bien y la justicia ha de manifestar su soberanía y amor no permitiendo que la maldad se perpetúe. Ya que la pretensión del mal no aceptando la misericordia de Dios es querer erigirse como soberano frente a Dios queriendo destruir incluso al Bien con los seres involucrados. Dios sentencia a la destrucción tal proceder maligno con los implicados e identificados con él, después de haber demostrado que dicho procedimiento lleva a la destrucción de todo siendo la causa el propio Mal. 24 Tanto la escuela conductista como la psicoanalítica, por mencionar las más representativas, pretenderán destruir la culpabilidad no encontrando la causa espiritual consistente en una ruptura con Dios, y en una tendencia hacia el mal con que cada ser humano viene a este mundo, para ellas no existe el pecado que rompe la relación con Dios. Veremos este asunto cuando tratemos el apartado donde exponemos la posición de Jesús respecto a lo que significa el pecado. Las nociones morales y espirituales con que la revelación nos informa en relación a nuestros infortunios y enfermedades, son desechadas. El pecado sería una noción inventada, según estas escuelas. Y la culpabilidad fruto de no haber entendido las causas que desde la infancia han creado ciertos comportamientos. No negamos la existencia de traumas y de actuaciones fruto de ignorancias y de conductas mal orientadas. Pero no podemos explicar el problema humano a partir de las teorías que preconizan dichas escuelas psicológicas. Independientemente de ciertos aciertos, se ha comprobado de lo poco que sirven dichos pareceres para desalojar esa conciencia culpable con un procedimiento que no tenga en cuenta ciertas premisas fundamentales previas que nos sugiere la Palabra de Dios.

25 Nótese que la resurrección de los que no aceptan a Jesucristo se realiza para condenación pero no en el último día. De acuerdo a la Revelación de Jesucristo (Ap. 20:1-4, 5) acontece después del retorno de Jesucristo, una vez transcurrido un período de tiempo denominado de “mil años”.

Publicado en: 01/03/2011

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