La certeza de la salvación en Jesucristo
La certeza de la salvación en Jesucristo, el nacer de arriba y la protección para afrontar la existencia
«El Evangelio poder de Dios para salvación: al judeo primeramente y después al griego (Rm. 1:16). Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, tal como está escrito: “el justo por la fe vivirá”» (Rm. 1:17 cf. Hab. 2:4).
Estos versículos que han sido considerados siempre por todos como conteniendo en germen toda la epístola[1] plantean ciertos problemas por sus contenidos y por la introducción desde el versículo 18, una temática que parece no tener relación con lo inmediatamente anterior (con 1:16, 17), y que retrasa la continuidad del contenido introducido en 1:17: la “justicia de Dios” que no volverá aparecer hasta 3:21. Todo esto tiene explicación y en el objetivo que persigue Pablo de resolver los conflictos interculturales enfrentados, en ocasiones con el Evangelio, hace un planteamiento digno de tenerse en cuenta para una mejor comprensión de los pasajes y de la solución a la problemática humana. Se pretende exponer la nueva identidad en Cristo, y de la relación que éste nos presenta, mediante el Evangelio, con Dios Padre: “poder de Dios”.
Pablo al presentar a un Mesías crucificado que es tropezadero para los judíos y locura para los gentiles (cf. 1ª Cor. 1:23), podría considerarse una vergüenza. De ahí que se introduzca en el pasaje en cuestión (Rm. 1:16) como “que no se avergüenza del Evangelio” porque el Evangelio que presenta al Mesías (Rm. 15:19) es poder de Dios para salvación. En efecto tanto él como judeo y otros, han comprobado y experimentado, que el Mesías es poder de Dios, tanto para judeos como para gentiles (cf. 1ª Cor. 1.32úp.). El paralelismo entre Romanos (1:16) y Corintios (1ª Cor. 1:23úp.) es evidentemente identificativo: El Evangelio es poder de Dios, Cristo es poder de Dios.
¿Qué seguridad tiene Pablo de que el Evangelio es poder de Dios para salvación? (Rm. 1:16) ¿En qué se basa?
Aquí, de entrada, está presentando dos temas valiosos para los de la iglesia de Roma que sirven de referencia para no perderse en la maraña de las discusiones sin sentido ¿Qué es lo más importante para cada uno de nosotros que no hemos rechazado la iniciativa divina a que nos demos cuenta de nuestra condición (cf. Rm. 3:10-12), y una vez identificada aceptar la solución propuesta? (Rm. 2:4 cf. Jn. 16:11-14 cf. Hech.26:20) La salvación ¿Y en dónde podemos encontrar ésta? En el Evangelio. Ese Evangelio que ya antes había sido anunciado en las Escrituras acerca del Hijo de Dios, de Jesucristo (Rm. 1:2, 3). Pero claro, para que esto sea una realidad, es preciso que comprobemos la necesidad de la salvación. Que reflexionemos sobre esa iniciativa divina, y verifiquemos nuestra condición humana, que nos detengamos unos instantes en lo que evidenciamos, en la realidad de nuestra situación que muestre la exigencia de una salvación, de una liberación de problemas que hacen sufrir, que nos hacen reaccionar inconsistentemente, a impulsos quizá, motivados por una manera de ser y de pensar que quizá no sea lo más adecuado ¿Y cómo puedo saber lo que es más adecuado? Conociendo el Evangelio y practicándolo. Con el conocimiento del Evangelio se me permite descubrir la “justicia de Dios” (1:17) que está en paralelo con el Evangelio “acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo” (1:1,3), y ponga esto en evidencia lo inadecuado de ciertas formas de conducta, y la injusticia de comportamientos que transgreden nuestras defensas naturales, y de la propia existencia que acaba siempre tanto en los trazos cortos como largos con la enfermedad y en última instancia con la muerte (cf. Rm. 6:23pp.), y haga sobresalir el valor del poder de Dios, mediante la ideología del Mesías prometido, que me libera de la espiral del pecado: lo que es contrario a mis raíces y a mi diseño.
Pero esa justicia de Dios (Rm. 1:17 cf. 3:21, 22) permanece invisible y en silencio mientras no se nos revele “la fe para fe” (1:17), ya que de la única manera que se puede vivir esta experiencia que surge en el enfrentamiento entre la condición del ser humano: lo que evidencia, lo que sufre, lo problemático existencialmente cuando cíclicamente se le “come el coco” respecto a los porqués y paraqués, y la iniciativa divina, es, por la fe (1:17) dando paso a una vivencia continua por fe (Rm. 1:17 cf. Hab. 2:4).
Hay dos aspectos de esta lectura de revelación de la fe para fe que nos obliga a detenernos, por cuanto es imprescindible que lo valoremos por la importancia para aquellos a los que se dirige en una primera instancia como para nosotros.
El primer aspecto es saber cómo surge esa fe. Aunque trataremos más adelante el tema de la fe desde diferentes ángulos teológicos, digamos ahora que la fe no es ni un misterio ni un privilegio sólo para algunos. La fe tampoco es algo en lo que esté ausente la razón. Todo lo contrario, la fe es diametralmente opuesta al sentimiento. Pablo siendo coherente en que la fe es revelada nos dirá, en el contexto de los que no todos tenían acceso a la lectura de los textos, en Rm. 10:17: “que la fe es por el oír, y el oír por la palabra de Dios”. Es decir nuestra mente estará cerrada a la reflexión sobre nuestra condición, y a la respuesta satisfactoria para nuestros intereses de resolver las problemáticas que evidenciamos si no salimos al encuentro de la iniciativa divina en revelarse, en hacerse presente. Y cuando soy consciente de esa revelación, se produce la fe. Pero ¿De qué estás hablando? No te entiendo. Dios ha querido demostrarse mediante su revelación. Y se revela en la Palabra, en las Escrituras que Él gestionó mediante personas escogidas denominadas profetas, y lógicamente mediante el Mesías anunciado en esas Escrituras ¿Y te crees tú esto? Pues sí ¿Y por qué? Déjame que te lo explique:
Tanto para los romanos a los que iba dirigida la epístola en un primer momento (como para nosotros), la realidad de su situación y condición era constatable. El mal y el sufrimiento que se experimenta en las relaciones más personales, y en nuestro modo de afrontar la existencia es fruto de esa constatación, y El que se revela nos dice que debemos eliminar todo eso que configura esa realidad conflictiva con nosotros mismos y con los demás ¿Y cómo? Comprobaremos siempre que Él se nos está revelando (Rm. 1:17pp. cf. Jn. 16:7-9), que precisamente mediante el Evangelio, la ideología del Mesías, que el que se revela nos hace presente escogiendo diversos medios, nos señala todavía más nuestra condición y situación anómala, convenciéndonos en nuestra conciencia de nuestra realidad, y al rendirnos a la constatación, y a la solución que se nos propone en la Palabra, en la Escritura, en el Evangelio, en la buena nueva para nosotros, surge la fe. La fe entonces la asumimos, la hacemos nuestra porque representa para nosotros el cumplimiento del cambio. Cuando se nos señala cómo somos, nos damos cuenta que coincide con la realidad. Y entonces al convencernos de que eso que se nos revela ha dado en el clavo, al no rechazarlo, genera fe por la aceptación “de ese oír la Palabra” o de ese examinar la Palabra. Y entonces se nos exige una continuidad y un compromiso con esa fe que ha de prolongarse durante todo el trayecto de una vida consistente en permitir que lo que se revela siga convenciéndonos de cómo somos, y lo que podemos llegar a ser en cada momento que ejercemos la fe, en este caso en ese Evangelio lleno de poder de Dios. La fe entonces se convierte constantemente en permanente, y hace que la “justicia de Dios” contenida en el Evangelio se revele por fe y para fe (Rm. 1:17). La configuración de la fe requiere reflexión, razonamiento, discernimiento, decisión (cf. Hb. 11:1).
El segundo, tiene que ver con el hecho del por qué se nos dice que es únicamente por fe. Sencillamente esta experiencia es personal, aunque estandarizada porque se enraíza en cada conciencia humana en la que los pensamientos sobre nuestro origen y destino destacan continuamente, juntamente con el deseo de que se nos resuelva todo aquello que obstaculiza una existencia de acuerdo a un equilibrio tal que nos permita saborearla. Por eso los objetivos a alcanzar que generan ese emplazamiento descrito anteriormente que hace surgir la fe, espera el logro de todo el proceso que conduce al resultado final, y eso se vive por fe conforme “pones manos a la obra”, de acuerdo a la exigencia de lo ya conseguido: de la experiencia, del convencimiento, de la actuación de la revelación, del poder de Dios. Una vez ya en el vehículo de la fe, ésta te hace vislumbrar y obtener el futuro, y constatas en cada tramo el valor del evangelio, del poder de Dios. De ahí la importancia de que no nos equivoquemos de Evangelio (cf. Gál. 1:8, 9) ni sorteemos ningún contenido por mínimo que pudiéramos considerar que fuera. Al agricultor, el libro de la experiencia y de la naturaleza le revelan continuamente una vivencia “por fe y para fe”. Aprendió que sembrando un ajo saldría una cabeza de muchos ajos. Pero la fe surge por la realidad de la constatación ya que para llegar a la cabeza de muchos ajos, ha de dar lugar al tiempo y a la semilla para sembrar, y ha de llover para que lo que hace fructifique. Por eso cuando escuchamos y aceptamos la Palabra del Evangelio (Rm. 10:17) se nos revela la “justicia de Dios”, y hace surgir la fe cuando esa justicia de Dios, con sus implicaciones y contenidos, encuentra la ubicación adecuada en el equilibrio de la existencia humana y en la resolución de las problemáticas que el poder de Dios en el Evangelio nos evidencia en nuestra conciencia. Para los conflictos generados en Roma lo que Pablo les está proponiendo se solucionan pasando por el cambio interior personal en un ajustar adecuadamente su comprensión de Jesucristo en lo que éste con el Evangelio de Dios refiere de la relación con ese Dios. Si la relación con Dios que Jesucristo nos enseña la hacemos sobresalir en nuestras relaciones humanas éstas serán correctamente cristianas. Esa relación con Dios tiene que ver con la experiencia de la salvación, con el poder que Éste manifiesta en los contenidos de su Evangelio y con su Justicia (Rm. 1:16, 17 cf. 3:21-26) que nos protegen en nuestra salvación-salud de cada día, y para la que se ha de dar al final para siempre.
Los judeos cristianos, los cristianos gentiles, los judeos, y otras gentes perversas o no que no habían escuchado el evangelio iban a tener materia suficiente para arreglar sus cosas, sus diferencias. Se estaba proponiendo un modelo de entendimiento para cualquier relación personal, y referente a consigo mismo y Dios, partiendo de lo que el evangelio de Dios nos enseña de la justicia y de la relación con ese Dios practicando lo que se estaba proponiendo, o conociéndolo y pasar a la acción.
Para que la justicia divina se aplique en uno, y quede constancia de que Él es el justo y el que justifica al que se ha constituido como siendo de la fe de Jesús (3:26), es preciso:
1) La presencia y obra del Mesías como portador de la justicia divina (cf. 3:25).
2) La fe en el Mesías (3:22 pp.), en su sangre (3:25 pp.), es decir la fe en lo que supone la vida (manera de pensar y de ser), obra y sacrificio con muerte de cruz del Mesías.
3) Experimentar lo que implica y significa la justificación de Dios cuando se es de la fe de Jesús (3:26 úp.).
4) Comprender lo que implica el que el Mesías sea propiciatorio (i`lasth,rion) (3:25 pp.), instrumento redentor (3:24 úp.) ya que tiene que ver con la manifestación de la justicia divina, y con el haber sido justificados por Dios en Jesucristo (3:24).
El protagonismo del Mesías lo introduce precisamente el plan de Dios. El Mesías aparece de acuerdo a lo que los cuatro cánticos ya nos referían, como un instrumento redentor en manos de Dios. [2]
La justificación gratuita que quiere operar Dios, la consigue gracias a la fidelidad redentora con que se manifiesta el Mesías (Rm. 3:24, 25 pp., 25 sp.).
A fin de que la justicia divina de dejar pasar por alto los pecados pasados sea efectiva, pone al Mesías como propiciatorio (i`lasth,rion). De ahí que la calificación de justicia divina sea a causa de haber pasado por alto los pecados pasados (3:25).
¿Qué significa el término propiciatorio [i`lasth,rion (tr<Po)K; {KaPPöºret})] aplicado al Mesías, y relacionado con la justificación gratuita o amnistía que Dios quiere llevar a cabo por medio de la redención que efectúa el Mesías, y con el no querer tener en cuenta los pecados pasados?
Es Dios quién pone como propiciatorio [i`lasth,rion (tr<Po)K; {KaPPöºret})] al Mesías Jesús (Rm. 3:25).
La KaPPöºret o i`lasth,rion [3] es la cubierta del arca (Ex. 25:21 cf. Hb. 9:5) que hacía un mismo bloque con la sangre que se asperjaba o untaba en el trayecto de expiar (Lv. 16:14, 15, 16): resultando en lugar de expiación. La cubierta (i`lasth,rion (tr<Po)K; {KaPPöºret}) también era un lugar de revelación de Dios (Éx. 25:21, 22; Núm. 7:89). Dios se revelaba mediante palabras que producían en su aplicación acciones salvíficas. Esa revelación daba lugar en el día de las expiaciones a una sustitución: La sangre de la víctima hacía presente a Dios. La sangre representaba a una víctima inocente que transportaba un mensaje: La vida ha sido entregada a fin de recibir perdón, de ser justificado; y Dios se revelaba en la KaPPöºret mediante lo que implicaba y significaba esa sangre, dando a entender, complementariamente, que era El y no nadie quien actuaba para salvación de la humanidad. La KaPPöºret permitía en su espacio la revelación de Dios. En ese nuevo marco de asentamiento de la sangre donde se hacían visibles las consecuencias últimas del pecado, Dios revelaba su propiciatorio, su cubierta (i`lasth,rion - KaPPöºret {tr<Po)K;}), donde aparecía, por un lado, la amarga realidad de lo que iba a suponer el pecado, la muerte de un inocente; y por otra parte, el valor de una existencia en todo su recorrido hasta la muerte (todo un símbolo de la vida y de la muerte), por lo que se obtenía vida del perdón y de la justificación. Esa sangre hace un bloque con la KaPPöºret: Por un lado, permite exhibirla y revelarla; por otro, hace posible una sangre que no mancha sino que limpia. La ley moral transgredida, y que se encuentra dentro del arca tapada por la KaPPöºret, no ha sido alterada por el pecado transgresión de la ley. La víctima del pecado, ha cumplido la ley hasta las últimas consecuencias: la muerte.
Cuando Pablo aplica a Jesús el i`lasth,rion - KaPPöºret {tr<Po)K}estas ideas se hacen presentes. En efecto, el pecado representado en la sangre dándosele solución. Su sangre símbolo de una vida impecable, asociada con su muerte (que forma parte de la vida), ha hecho de i`lasth,rion, de revelación de la salvación de Dios, de la justicia divina (cf. Rm. 3:24, 25). El i`lasth,rion Mesías, actúa de espacio revelador, de cubridor del pecado sin alterar la ley.
La justificación y la redención que efectúa Jesús, y la manifestación de la justicia divina, tiene que ver con el hecho de haber sido puesto el Mesías como i`lasth,rion (Rm. 3:24, 25). El que justifica es el Dios justo y al que es de la fe de Jesús (Rm. 3:26).
El sujeto de lo que signifique la justificación y el i`lasth,rion, es Dios en Jesucristo. El hombre es el que recibe la justificación, gracias a la decisión divina, y a que Jesucristo, libre y voluntariamente es constituido el i`lasth,rion y la justicia divina.
El objeto, el receptor, es el hombre. Dios es el que lleva la justificación, y encarga a Jesucristo ser su justicia y el i`lasth,rion. [4]
¿Qué implica y significa todo esto?
El i`lasth,rion, tal como vimos, está relacionado con la condición de corrupción y situación condenatoria del ser humano que viene a este mundo (Rm. 3:10-18, 23), y con la decisión divina de revertir ese estado calamitoso e irreversible para el ser humano. Entonces, por decisión divina emite un juicio sobre la humanidad (cf. Rm. 3:19) apareciendo la acción de Dios en Jesucristo en forma de justicia (qd<c,ä {ceºdeq} dikaiosu,nh) [Rm. 3:21, 22 cf. Dn. 9:24], [5] que sólo es comprensible por la fe en el Mesías Jesús (Rm. 3:22 pp.) produciendo la experiencia de ser justificados ({cädaq}dikaiou,menoi) [Rm. 3:24 pp.], de modo gratuito (dwrea.n) {3:24 pp.}.
Esta experiencia de experimentar la justificación (dikai,wma) es fruto de la revelación de su justicia (Rm. 3:25 sp.) que se concretiza en la redención (avpolutrw,sewj) que efectúa el Mesías (Rm. 3:24 úp.) siendo, por voluntad de Dios, el i`lasth,rion (Rm. 3:25).
El Mesías, el i`lasth,rion o la KaPPöºret es la revelación de Dios, donde se revela su justicia. Es el espacio revelador donde la sangre símbolo de una vida entregada, en última instancia, a morir, muestra la manera en que Dios manifiesta, revela su justicia. Dios nos revela su juicio (cf. Rm. 3:19 úp.) sobre la condición tendente e irreversible al mal y situación condenatoria del ser humano: como fruto de la injusticia del pecado. Toda la descendencia de Adán ha resultado perdida y condenada como consecuencia del pecado del primer Adán (cf. Rm. 5:12, 17, 18 pp., 19 pp.). Dios, en su amor, considera eso una injusticia, [6] y trae una amnistía. Es en esa amnistía donde se configura su justicia: en el i`lasth,rion,. Aquí, la cubierta, como sede de la sangre representa a la víctima reconciliadora o expiatoria, la que redime o libera, y a la revelación de Dios con palabras que trae acciones salvíficas (Rm. 3:24, 25). El i`lasth,rion Mesías es la justicia puesta por Dios para redimirnos teniendo fe en el mensaje y en la obra de la persona del Mesías representados en la sangre que hace de i`lasth,rion (Rm. 3:24, 25).
Dios juzga el pecado y la condenación (cf. 3:19 úp.) producida en todo ser humano proveniente de Adán, como una injusticia. La resuelve revelando su justicia en el Mesías i`lasth,rion (Rm.3:25), provocando la redención (Rm. 3:24). Es evidente que la redención o liberación se realiza en el contexto de una actitud y situación humana de condenación a muerte definitiva (Rm. 3:23 cf. 6:23), de injusticias y tendencia al mal (Rm. 3:10-18).
¿De qué se nos redime entonces? De lo que ha implicado el haber llegado a ser justificados (Rm. 3:24). Ahora (Rm. 3:21 pp.), después de la situación y condición humana descrita (Rm. 3:10-18, 3:23 cf. 6:23), se ha manifestado la justicia de Dios (Rm. 3:21). Pero nótese que lo que es en sí misma esa justicia, y lo que trae, únicamente puede serlo en la realidad cuando surge la fe en el Mesías Jesús (cf. Rm. 3:22, 21), y entonces se experimenta el ser justificado (Rm. 3:24 pp.). Se nos ha justificado de lo que producía la condición de pecado y la situación de condenación. Pero esa fe en el Mesías, no es una fe a un fetiche sino a una misión denominada redención, liberación de algo (Rm. 3:24 úp.). La situación y condición es tan grave. Es tan real y tan evidente, que cuando nos explican la profecía del Mesías, y su obra, y comprobamos su cumplimiento en Jesús, nos lo creemos. Nuestra situación y condición ha configurado lo insostenible: o bien la existencia se hace necesaria, teniendo como contrapartida la muerte; o bien la desesperación fruto de no alimentar nuestras raíces y diseño hace su aparición con sus corolarios depresión, inseguridad, conflictos, amargura, y entonces el mensaje y obra del Mesías se trasladan a lo más recóndito de nuestro ser, provocando la fe (cf. Rm. 10:17). Y esos contenidos del mensaje y de la obra del Mesías culminada hasta el extremo de no rechazar la crueldad de la cruz, reflexionados, y puestos a nuestro alcance por el Espíritu Santo, (cf. Rm. 8:2 pp.) nos colocan en una posición y acción distinta, liberándonos del dominio del pecado (Rm. 8:2 sp.) y de la condenación a muerte (Rm. 8:2 úp. cf. 6:23), ya que, en virtud de lo que implica esa persona del Mesías, sin tener en cuenta los pecados pasados (Rm. 3:25 úp.), se genera en base a la vida del Mesías (Rm. 8:2), por el Espíritu Santo una trayectoria (cf. Rm. 8:5-9) opuesta a la del pecado y a la muerte (Rm. 8:2). Nos libera de la inseguridad, de la ignorancia respecto a la verdad (cf. Jn. 5:24-26; 8:31, 32) quedando justificados gratuitamente (Rm. 3:24 pp.).
Téngase en cuenta, no obstante, que esa justificación no es automática ni simplemente una declaración estática, forense, jurídica, de ser considerados justos. ¿Qué queremos decir con esto? Nada que pueda suponer que hay algo en el ser humano por lo que pueda obtener la salvación, ni nada que se le pueda contar como justicia propia o meritorio ¿Entonces? Si se observa, para que la justificación, independientemente de lo que pueda significar, sea una realidad, es preciso haberse incorporado a la fe de Jesús (Rm. 3:26 úp.). ¿Y cómo me puedo incorporar a la fe de Jesús sin estar justificado?
La constancia de ser y estar justificado me la trae la pertenencia a esa fe de Jesús ¿cómo me enteraría si no? Pero ¿qué es ser de la fe de Jesús? ¿En qué consistía la fe de Jesús? La fe de Jesús se manifiesta en una actitud relacional para con Dios, y en unos contenidos ideológicos del Reino o Gobierno de Dios que se desprenden de esa relación para con el Padre (Mc. 1:14, 15; Mt. 6:33; Mt. 7:21 cf. Jn. 5:30; 6:37, 38). Ser de la fe de Jesús consiste en incorporarme a esa actitud relacional y a esos contenidos ideológicos del Reino de Dios ¿Cómo alcanzar esto, estando corrompido, inhabilitado?
La respuesta nos la ofrecen Rm. 3:22 pp., y 3:25 pp. Lo habíamos indicado: para que la justicia sea efectiva y real es preciso tener fe en el Mesías (Rm. 3:22 pp.), para que la acción de Dios sea existente en cuanto a que el Mesías como i`lasth,rion funcione, es necesaria la fe en su sangre (Rm. 3:25 pp.). Por la fe en lo que significa y representa la sangre (Rm. 3:25 sp.) del i`lasth,rion Mesías (Rm. 3:25 pp. cf. Dn. 9:24, 26 pp., 27 pp.). [7] Pero ¿cómo puede surgir la fe en alguien que está en una condición, en lo concerniente a la salvación, semejante a la de un pedernal que ni escucha ni entiende?
Ya decíamos antes que la situación y condición es tan grave. Es tan real y tan evidente, que cuando nos explican la profecía del Mesías, y su obra, y comprobamos su cumplimiento en Jesús, nos lo creemos.
La fe está integrada de tal modo en la Palabra que es imprescindible una experiencia en ella para acceder al conocimiento de Dios (Jn. 17:3 cf. 8:31, 32). Ahora bien ese conocer a Dios, se experimenta por medio de la reflexión razonada. No puedes prescindir de la razón para allegarte a la Escritura. Es verdad, de acuerdo a lo que te proporciona la Escritura, que el Espíritu Santo tiene la iniciativa y accede a nuestra conciencia, despertándola a nuestra condición real (cf. Jn. 16:7-9, 13). A esa de la que somos conscientes cuando se nos plantean los por qué y los para qué de la vida. Sale al encuentro ofreciéndonos ayuda. Y aprendemos por medio del canal de la oración (Jn. 14:13, 14) a fijar una relación con Dios. Esta iniciativa tiene valor si no se la rechaza. De cualquier forma la fe surgirá sin el rechazo a la propuesta de la revelación.
Una vez que hayamos desplazado a esa razón contaminada a un segundo término, y demos lugar al clamor de Job y a la fe de Abraham “que salió de donde vivía a otro lugar desconocido”, acudiremos a la Revelación y nos encontraremos con la realidad y trascendencia de Dios (cf. Job 42:1-6).
Habíamos dicho que la fe es un don de Dios, y que ésta está integrada en la Palabra de Dios, pero ¿de dónde sale esa fe que abandona el itinerario del sentimiento y la razón aisladas de la fe, para marchar hacia la Revelación cuando todavía no ha habido contacto con la Palabra de Dios, y ni siquiera la mente, en ese momento, está segura si es o no es la Palabra de Dios?
Abraham tampoco tenía la Revelación escrita, pero había surgido una voz en su conciencia que sale al encuentro de sus pensamientos más recónditos configurando una seguridad (Gn. 12:1-4 pp. cf. 11:31). Lo que me está diciendo que me vaya de esta tierra para ir a esa otra, me está señalando los problemas y preocupaciones existenciales que yo sé que tengo, además de ofrecerme un plan de bendiciones, y eso me da confianza, me genera fe en el invisible, de que la solución a mi existencia estará en obedecer esa orientación de salida y de llegada. Así mismo hoy, al ser humano le son evidentes sus problemas interiores. Al meditar sobre los resultados de su existencia y conducta, observa su incapacidad y su deseo de resolver aquello que genera molestias a él y a los demás, de diferentes grados y profundidades; y cuando algo interviene en su conciencia despertándole a su condición real, que coincide precisamente con lo que él ha evidenciado y se le ha presentado, descubre que ese algo pretende salir al encuentro de su problemática existencial. Puede ser que desconozca todavía la influencia del Espíritu Santo (Jn. 16:7-9). Pero si no rechaza esa experiencia que le confronta a su realidad y al cambio, se configurará una fe que le hará reconocer en el momento oportuno el conducto a un encuentro con la Revelación escrita (Jn. 5:39), con la Palabra de Dios, donde encontrará el itinerario de la fe (Hb. 4:12 cf. Rm. 10:17), reconociendo en ella el camino de la vida (Jn. 14:6 cf. Jn. 1:1-3, 14 ; 8:31, 32), justo lo que andaba necesitando. Lo que ese algo interior le confrontaba con lo que se le hacía presente en su mente, de lo que él era consciente que no le hacía funcionar adecuadamente, y que evidenciaba por doquier en resultados que los experimentaba como perjudiciales a su existencia y a la de otros. Ahora podemos entender mejor, lo que Kierkegaard quería decir cuando afirmaba “lo que significa la fe: perder la razón para conquistar a Dios”. [8] Se trata de una fe que le hace reconocer un algo interior que le confronta con su propia realidad, y que encuentra sentido existencial cuando se encuentra con la revelación de Dios. Y una vez allí se interesará en conocer a ese Dios, que ha tenido una primera aproximación con él cuando no rechazó el que le despertara en su problemática humana. Él ha sido consciente de lo que sucede en la conciencia cuando los actos y voluntad de ser y de vivir resultan en conflictivos tanto para su propia existencia como para la de los demás. Y halla en las palabras de Jesús (cf. Jn. 8:31, 32; 17:3) la referencia que necesita para comprobar que esa insistencia de su conciencia a buscar la verdad que le resuelva su condición conflictiva existencial, posee una efectividad sin igual, satisfaciendo todos los anhelos del ser: tanto del raciocinio como del sentimiento y de la fe.
Conquistar a Dios no es una mera llegada: es un querer conocerle permanentemente (Jn. 17:3 cf. 8:31, 32). Esto llevará a una profundización de los principios ideológicos del Reino de Dios o de su Gobierno (Mt. 6:33 cf. Mc. 1:14, 15), y a lo representativo de ese Reino en la persona de Jesucristo. Cuando se vive esa existencia, la angustia no existe. Y cuando aparece esporádicamente como consecuencia de los resultados del pecado en nuestra naturaleza, y que todavía permanecen, se ha configurado una vida eterna existencial (Jn. 5:24, 25).
Con todo lo cual comprobamos que hay poder en el Mesías, en su obra e ideología integrada del Espíritu Santo.
- ¿A qué conclusiones se podría llegar con lo que significa en el contexto del ser celestial Hijo del Hombre, el i`la,skomai hiláskomai – i`la,skesqai (cf. Hb. 2:17), el i`lasth,rion o la KaPPöºret (cf. Rm. 3:21-23), teniendo en cuenta las relaciones con que se identifican en los pasajes donde aparecen? [9]
Su base está en las Escrituras Hebreas, tanto en la tipología del Santuario hebreo, como en la profecía, y en la prefiguración de diversos textos.
Recordemos, por la importancia que estamos comprobando que tiene, que cada vez que aparece la expresión Hijo del Hombre o la del Mesías, se está introduciendo un ser celestial que está identificado en el texto bíblico con una obra celestial que corresponde complementariamente a la obra terrestre con la que aparece relacionado el Hijo del Hombre.
En Mateo 16 la identificación del Hijo del Hombre con el Mesías o el Cristo, y con quien ostentaba el nombre de Jesús (cf. Mt. 16:13, 15, 20, 21) y que ha de morir por el pecado y resucitar y ser glorificado como Hijo del Hombre (Mt. 16:27 cf. 17:1-8, 9 cf. Jn. 3:13-16). El Hijo del Hombre ha de sufrir, padecer (pa,scein{páskein}) “por ellos” (cf. Mt. 17:12). Ese Hijo del Hombre está identificado con una obra de perdón de los pecados (Mt. 9:6), de salvación (Mt. 18:11 cf. Lc. 19:10), de redención (Mt. 20:28 cf. Lc. 24:21, 25-27), con el reino de Dios (Lc. 17:20, 21, 22-30 cf. Mt. 25:31), con el juicio de este mundo (Jn. 12:31, 32-34 cf. Jn. 5:22-25), con el juicio escatológico (Jn. 5:27).
Jesús continuamente hace uso derásico cuando se identifica con ese Hijo del Hombre, obligándonos, tal como ya hemos estudiado a acudir a las Escrituras Hebreas y comprobar el mensaje que subyace entre el uso de las palabras de Jesús y el contenido de la fuente de donde Jesús obtiene ese uso. Los autores del Nuevo Testamento continuamente nos enseñan internamente, tal como ya estamos mostrando, el uso derásico que también hacen, juntamente con la utilización que realizan de las palabras de Jesús cuando éste las relaciona o con el Hijo del Hombre o con el Mesías o Cristo.
La epístola a los Hebreos, desde su introducción hasta el final, nos presenta a Jesús como el Mesías, ascendido a la diestra de Dios, hecho sumo sacerdote de la orden de Melquisedek, con una obra celestial a llevar a cabo, en base a su misión terrestre de recuperar (redimir, salvar, expiar, reconciliar) a la humanidad para el reino de Dios, con lo que está tomando referencias del uso que hace Jesús de sí mismo respecto al Hijo del Hombre celestial, y que en su etapa terrestre iba a padecer, salvar, redimir, morir, expiar – reconciliar, etc.
Ahora bien, al llevar a cabo estos usos y estos recursos, donde se relaciona la naturaleza y contenido de la obra del Mesías o del Cristo con una obra celestial que el Nuevo Testamento, la profecía, la tipología, y la prefiguración identifican con el Hijo del Hombre o con el Mesías o con el Hijo, nos ayuda a comprender mejor, e incluso a descubrir dimensiones profundas, respecto a esa obra celestial vinculada a la terrestre.
En efecto, después de nuestro estudio del i`la,skesqai (expiar – reconciliar) ejerciendo su sacerdocio celestial (Hb. 2:17), que se le atribuye al Mesías Jesús en su calidad de ascendido a la diestra de Dios (cf. Hb. 1:13; Hb. 10:13), tal como Jesús se presenta en su identificación como Hijo del Hombre (Mt. 26:63, 64 cf. Mc. 14:61, 62), descubrimos:
1) Que ese expiar u obra de reconciliar se realiza dentro de un ministerio sacerdotal celestial, y que la propia epístola a los Hebreos lo vincula y relaciona, con lo que padeció cuando fue probado y tentado en su misión terrestre (Hb. 2:17, 18). [10] Esa alusión a padecer (pa,scein{páskein) está confirmada por las propias palabras de Jesús cuando se identifica con el Hijo del Hombre “que iba a padecer mucho” (Mt. 16:21 cf. Mt. 16:16-21, 22, 24-27 cf. 17:9, 12), pero como Hijo del Hombre, además de eso, resucitará de los muertos (17:9 úp.) y “lo verán viniendo en su reino” (16:28), en su función de sentado a la diestra de Dios (Mt. 26:63, 64 cf. Mc. 14:61, 62 cf. Rm. 8:34) y cuando venga en la gloria de su Padre “pagará a cada uno conforme a sus obras” (Mt. 16:27). Es evidente que cuando Jesús alude al Hijo del Hombre celestial, está proporcionándonos una concepción de existencia y de obra que desde la tierra se prolonga en el cielo (cf. Jn. 3:12, 13, 14; 1:50, 51; 6:62), y de acuerdo a la seguridad que desde la historia anticipada se anunciaba (cf. Dn. 7:13, 14, 9, 22 cf. 8:11-14 cf. 9:24, 26 pp. 27 pp.). No podemos perder la referencia de los dos tiempos que nos marca esa historia anticipada para la obra celeste del Mesías o del Hijo del Hombre, basándose, tal como ya mostramos, en la tipología del Santuario israelita: el continuo ministerio del príncipe en su Santuario (cf. Dn. 8:11; 9:24, 26 pp, 27 pp. cf. Hb. 1:13; 10:13; 7:25-27; 9:11-14), y el segundo tiempo entroncado en ese continuo ministerio que sobresale en la funcionalidad del juicio escatológico (cf. Dn. 7:13, 9, 22; 8:13, 14 cf. Jn. 5:27; Mt. 26:63, 64; Hb. 9:23, 26, 27), ubicado temporalmente después de haberse iniciado el continuo ministerio del príncipe Mesías y que se une en su extremo final con su retorno (Dn. 7:14; Hb. 9:28 cf. Mt. 24:30 úp.; 26:64).
2) Hemos visto que esa labor celeste de expiar o reconciliar como sumo sacerdote (Hb. 2:17) está relacionada con la justificación organizada por Dios (cf. Lc. 18:13, 14), y que resulta de llevar a cabo la reconciliación por parte del Mesías (Dn. 9:24, 26, 27 cf. Rm. 3:19-21, 22-25, 26). Si ese reconciliar se mantiene permanentemente por el Hijo del Hombre o Mesías, como sumo sacerdote celestial, en base a la obra expiatoria terrestre, la obra de justificación, fruto de la revelación de su justicia (Rm. 3:21, 26 pp. cf. Hb. 7:2, 3, 17, 20-22 cf. Sal. 110:4 cf. Dn. 9:24), ha de ser administrada dentro de ese ministerio sacerdotal del Mesías o Hijo del Hombre. En efecto, nótese como hay un ministerio de justificación desde la época que vive Pablo posterior a la cruz (Rm. 8:34 cf. 2ª Cor. 3:9 cf. Col. 3:1, 2) hasta todo el futuro en el que se han de ir incorporando, todos aquellos que se hacen de la fe de Jesús (Rm. 3:26) y que no rechazan el don de la justicia y la abundancia de gracia (Rm. 5:16, 17), y esto, por el don de la fe que dispensa el Espíritu Santo (1ª Cor. 12:1, 7,8-10, 11 cf. Rm. 10:18) en ese ministerio de intercesión del Mesías por medio del Espíritu Santo (Rm. 8:33, 34 cf. 8:27), y todo en base a que en el Mesías o Hijo del Hombre hemos sido hechos justificación (1ª Cor. 1:30 cf. Rm. 5:18). La obra del Mesías para que podamos todos hasta el fin ser justificados, ha sido realizada ya (1ª Cor. 1:30 cf. Rm. 5:18 cf. 1ª Cor. 6:11), ahora procede su aplicación en ese ministerio continuo (Rm. 3:30 cf. Rm. 8:33, 34 cf. Hb. 2:17) a fin de ser constituidos justos (Rm. 5:18, 19).[11]
3) Ese expiar (Hb. 2:17) de acuerdo al ministerio celestial del Mesías, se relaciona también, tal como ya hemos visto con la reconciliación, la justificación y el juicio que el Hijo del Hombre o Mesías, tanto en su vida terrestre como celeste efectúa.[12]
Téngase en cuenta que ese expiar, tal como ya hemos visto, es una obra a realizarse en el contexto de sumo sacerdote celestial, y en la que está involucrada la justificación y el juicio.
Hay un juicio en el presente de Jesús consistente en juzgar los valores del mundo (Jn. 12:31), en el que el juicio de Dios (Rm. 3:19) juzga la injusticia humana mediante la justicia divina el i`lasth,rion o la KaPPöºret (cf. Rm. 3:21-23) que es el Mesías, y sirve de base a ese juicio del Hijo del Hombre (Jn. 5:27) corresponde al que nos indica el Hijo del Hombre que podemos contemplar en el cielo (cf. Jn. 3:13), de acuerdo a la profecía de Daniel (Dn. 7:13, 14, 9, 10, 22, 26), y que Jesús determina como siendo el del día postrero (Jn. 12:48), y que Pablo recoge para el último tiempo (Rm. 11:25-27 cf. Rm. 2:16).
En toda proyección de la justicia en forma de justificación, hay, entre otras cosas, una acción judicial. Wright, [13] ha sabido rescatar este aspecto tan importante de la justificación.
Es importante comprobar el uso derásico que Pablo realiza en Romanos respecto a la justicia de Dios (Rm. 3:20 cf. Sal. 143:2; Rm. 3:26 cf. Dn. 9:24; Rm. 8:33, 34 cf. Dn. 7:13, 14; 8:11, 13, 14). En primer lugar considera el ámbito jurídico en el que se desenvuelve este término en las escrituras hebreas. Se trata de manifestar algo que no se tiene, se trata de un estado jurídico que se alcanza cuando Dios determina un veredicto a su favor. Ser justo o constituirse como tal, debido a la proyección de la justicia divina es haber aprendido, que para salvarse es preciso ajustarse a pertenecer al pacto de Dios. Pero la justicia de Dios aunque explicada retóricamente en términos jurídicos, no podemos limitarla a una realidad incompleta que se sigue de una interpretación inadecuada de esa retórica.
No lo olvidemos, la justicia divina cuando es comunicada en el mensaje de Dios a la humanidad mediante el Espíritu Santo (cf. Jn. 16:7-9) se presenta mediante la obra y persona de Jesucristo (cf. Rm. 3:22-25). Pero ¿Por qué se ha de manifestar esa justicia? ¿A qué se debe? A que existe una situación injusta que Dios juzga con su justicia. La situación y condición de pecado con sus secuelas, se han producido irremisiblemente en cada ser humano, sin posibilidad de no quererlo (cf. Rm. 5:12, 17 pp., 18 pp., 19 pp.; 7:14, 15-17, 18-21). Esta situación y condición, ha descolocado al ser humano fuera del pacto. Y Dios quiere ajustarlo al pacto mediante su propuesta de justicia. Y de ese modo, tomando como referencia al Mesías considerar a la persona sometida a la justicia divina, dentro del pacto. Este ajuste al pacto, si bien no traspasa a la persona ninguna cualidad moral que le cambie de naturaleza de pecado a una naturaleza moralmente aceptable o perfecta, lleva en su exposición las condiciones de aceptación de la justicia a fin de que resulte en la persona como perteneciendo al pacto. Aunque mi estado jurídico al que llego no debe confundirse con la justicia del juez, lo que me comunica ese juez con su sentencia, no es algo tan escueto ni tan simple como lo que puede implicar una declaración mera de palabras: que se me considera justo a fin de engrosar al pacto. Esa manifestación de la justicia no se limita a una película de dos horas, sino que toda mi vida y toda la historia depende de esa manifestación de justicia de Dios.
Cuando yo voy al tribunal de Dios o del Mesías, es, porque previamente ha habido algo a lo que se me ha hecho consciente ¿Cómo sabría yo eso del tribunal de Dios si no? Únicamente cuando estudio la Palabra de Dios, y avanzo en el conocimiento de Dios puedo saber plantearme la salvación en estos términos. Y para eso ha sido preciso, tal como ya hemos descrito, que alguien o algo, me convenciera de la necesidad de ir a la Palabra.
¿Y de qué se me hace consciente al manifestarse esa justicia, esa acción jurídica? Experimento la culpabilidad, y surge la necesidad del arrepentimiento y reconciliación. Pero para que alcance este convencimiento ha sido preciso saber lo que he transgredido, y lo que supondría el perdón, o el no querer continuar en esa situación. Dios ha hecho todo esto, y cuando me declara justo, además de juzgarme favorablemente me instala en el pacto, y por lo tanto me asegura en una nueva relación, y me libera del peso de lo que suponía ser consciente de la culpa, originando una nueva situación y condición que permite reflexionar respecto a lo que me llevó a acudir al tribunal: ser consciente del pecado, y de la existencia de una ley transgredida, y de un pacto por el que me entero que estaba fuera de él, y a desarrollarme y manifestarme en la nueva ubicación.
Pero es evidente que Pablo con su uso derásico, y la utilización de los pasajes que antes hemos mencionado, nos está recuperando la escena. La historia anticipada se la proporcionaba Daniel: Dios iba, al final de los tiempos, a hacer nicDaq (Dn. 8:14, 13), es decir a manifestar en sus últimas consecuencias su justicia mediante el Príncipe Mesías (9:24 cf. 8:11). Pero como toda justicia que se manifiesta, está sobrentendiendo un juicio que porta la proyección de esa justicia, eso es lo que se nos revela en los pasajes paralelos y relacionados a Daniel 8:14, 13: el juicio del Hijo del Hombre celestial de Daniel 7:13, 9, 22, a favor de su Pueblo. Ahora entendemos todo lo implicado del expiar por el Mesías como sumo sacerdote celestial.
Toda nuestra existencia se convierte en un testimonio de que la justicia divina ha encontrado el curso adecuado a fin de declarar favorablemente nuestra pertenencia al pacto de Dios. Esa justicia no solo se evidencia en el proceso histórico de modo personal en cada ser humano que la acepte, sino que continúa dentro de la prolongación histórica cuando Dios ha querido, tomando como referencia al Mesías, reivindicar a su Pueblo al final de los tiempos. Dios ha querido ser testigo, testificar en el juicio final, ante el Universo, y frente a las acusaciones que los ángeles caídos efectúan (cf. Ap. 12::7-10), de que su justicia, no solamente ha sido justa sino que ha dado los resultados convenidos en el pacto (Rm. 11:27 cf. Hb. 7:22; 12:24 cf. Hb. 8:8-12).
Para que ese justo juicio de Dios se produzca al final de los tiempos, ha sido preciso que el i`lasth,rion o la KaPPöºret, que representa la justicia de Dios en la persona y obra del Mesías se revele como justicia de Dios y solucione la situación injusta y de pecado del ser humano (Rm. 3:25, 26 pp.). Pero ya sabemos que hemos de incorporarnos a la fe de Jesús, para que todo esto sea efectivo y permanente en nosotros (3:26 úp.). Pero la fe de Jesús, es el itinerario ideológico del Hijo del Hombre desde el cielo a la tierra, y de la tierra al cielo en una relación con su Padre (Jn. 5:17-26, 27). Para pasar el juicio escatológico (Jn. 5:27) y alcanzar la resurrección de vida (Jn. 5:29 pp.), es preciso identificarse con los contenidos espirituales del Hijo del Hombre celestial (Jn. 6:53, 54), y que ha proyectado mediante los principios del Reino de Dios. [14]
Al observar ese itinerario celestial del Hijo del Hombre, es obligado comprobar que el referente al juicio final (Jn. 5:27 cf. 12:48 cf. Rm. 2:5-7 cf. Rm. 11:27) ligado al expiar como sumo sacerdote en el Santuario celestial haciendo nicDaq (Rm. 11:25-27 cf. Hb. 2:17 cf. Dn. 8:14, 13, 11), tiene el precedente del juicio de la manifestación de la justicia divina cf. Rm. 3:25 pp., Dn. 9:24 úp., 26, pp. 27 pp.), condenando al príncipe de este mundo (Jn. 16:11) y a la ideología de este mundo (Jn. 12:31), y el de un tiempo marcado (Dn. 7:13, 22, 26 cf. Rm. 11:25-27) para después de la hegemonía del Cuerno pequeño (Dn. 7:13, 8, 9, 21, 22, 25, 26) a partir del final de los 2300 días proféticos (Dn. 8:14, 13, 11), donde se juzga y sentencia favorablemente al pueblo de Dios de todas las épocas (Rm. 11:25-27), y se condena al sistema de maldad “cuerno pequeño”.
4) ¿Para qué sirve todo esto? ¿Qué valores sobresalen?
En principio digamos, que el saber que existe un ministerio celestial de expiación por parte del sumo sacerdote Mesías, permite a la mente que ha accedido al cristianismo a considerar con bondad este plan de Dios. Descubre que Dios ha provisto una solución eficaz para no caer ni en la indiferencia ni en lo que podría calificarse, en caso de no conocerse dicho ministerio, como el absurdo de la existencia, o la depresión generada por desmotivación espiritual, o el privarse de una vocación celestial que está, de algún modo, programada en nuestro más recóndito código genético, e incluso el propio rechazo de Dios.
Su propia existencia le evidencia la necesidad de mantener activa la comunicación de Dios. El silencio divino con que se nos prodiga en algún momento de nuestra vida queda inhabilitado cuando reconoces tu vocación celestial. Ésta permanece a nuestro alcance cuando examinamos el ministerio continuo celestial del Hijo del Hombre o del Mesías.
Se trata de manifestar, a los que viven en cualquier época, desde la primera venida del Mesías, de que esa revelación que han recibido de la obra de Dios en Jesucristo respecto a su justificación, forma parte de un plan, donde se manifiesta, mientras no llegue históricamente esa referencia temporal del nicDaq del Santuario celestial, de que van a haber varias generaciones más de cristianos que también serán justificados, y que aunque el tiempo de existencia se prolongue en esta tierra, hay un control por parte de Dios. Este conocimiento (cf. Jn. 17:3) imparte seguridad a todos aquellos que habiendo recibido, mediante el análisis de la Palabra integrada por el Espíritu Santo, el espíritu de adopción (cf. Rm. 8:15), esperan obtener la adopción y redención definitiva (Rm. 8:23), teniendo en cuenta lo que ese ministerio de intercesión continua implica (Rm. 8:34 úp. cf. Hb. 7:22-24, 25-27). Los que viven, en ese mismo ministerio continuo del Mesías, habiéndose inaugurado ese segundo tiempo marcado por el final de los 2300 días proféticos, observan el tiempo transcurrido con relación a la justificación como esperanzador, puesto que ese tiempo cumplido, que los anteriores a ese tiempo marcado les daba la esperanza de un Dios vivo que habla y está actuando continuamente por ellos, está inseparablemente unido, y lleno de su contenido trascendental sobre la justificación, al despliegue justificativo del nicDaq anunciado. La comprobación, por los que viven en esta época, de la llegada del nicDaq, a pesar de la crisis creciente mundial que vive la sociedad en la que se desenvuelven, y que ya la profecía anunciaba junto al nicDaq, les instala en la seguridad permanente que ofrece el hecho de que ese nicDaq, supone, por un lado, la revelación de una estrategia por parte de Dios, respecto a cómo va a hacer desaparecer los pecados que contaminan la ideología, la manera de pensar, y presencia de Dios y del universo, como consecuencia de su solidaridad hacia el pecador y a las implicaciones de su intercesión; y por otro, al saber que el extremo final de esa purificación celeste (Dn. 8:13, 14 cf. Hb. 9:23 cf. Rm. 11:25-27) les introduce en la inmortalidad, les recuerda permanentemente, al igual que a sus hermanos del pasado, como consecuencia de esa coherencia que la Palabra de Dios les transmite, su vocación celeste, fijando su relación con Dios de modo inalterable.
Los que viven teniendo el Juicio escatológico en el futuro, contemplan éste a sabiendas de la experiencia de vivir lo que resulta de haber experimentado lo que implica y significa el Mesías Jesús, el hilastérion, portador de la justicia divina que les libera de la culpabilidad otorgándoles confianza y seguridad para vivir el presente y el futuro, respecto a que los valores y la manera de pensar del mundo y el propio originador de la ideología del mundo hayan sido juzgados (cf. Jn. 12:31; 16:11) y condenados. Y el resultado ha sido que la ideología de Dios, el reino o el gobierno de Dios se manifiesta en sus modos de pensar y de ser, ya que son integrados en el pacto de Dios (cf. Hb. 8:8-13), como consecuencia de ese ministerio celestial de mediación en el Santuario (Hb. 8:6, 1, 2). Saben que el Juicio final lo experimentarán en la muerte, y que mientras permanecen en lo que ha resultado de aplicarse la justicia divina en ellos, tienen asegurado el experimentar el Juicio favorable escatológico. Poseer la vocación celestial es lo que les permite vivir los principios ideológicos del gobierno celestial que el Mesías o Hijo del Hombre ha traído consigo. Los contenidos de la epístola a los Hebreos instan continuamente a todos los cristianos de todas las épocas a adquirir permanentemente esa vocación celestial (cf. Hb. 3:1; 10:23, 19-21), con la finalidad de salvaguardar las implicaciones del llamamiento recibido (Hb. 3:6, 14).
Los que viven habiendo empezado el Juicio escatológico, a partir de cuando el Hijo del Hombre se acerca al Anciano de días a presidir con Él el juicio final (Dn. 7:13, 9, 22 cf. Jn. 12:48; 5:27), después de que el sistema cuerno pequeño, perteneciente al cuarto reino y último, termina su hegemonía al final de los 1260 días proféticos (Dn. 7:17, 18, 23-25; 7:26) -esos creyentes- viven con la seguridad que les da la historia de la salvación transcurrida, comprobando que la llegada del hilastérion o justicia divina, no solamente sirve para aquellos que les precedieron sino también para ellos, y que el hilastérion o justicia divina, sigue encontrándose en el cielo como el Hijo del Hombre (Dn. 7:13) o Mesías (Dn. 9:24 úp., 8:11), haciendo nicDaq a partir de los 2300 días proféticos (Dn. 8:14, 13, 11; 9:24) paralelamente al comienzo del Juicio escatológico (Dn. 7:13), recordándoles que la justicia divina sigue activa, ahora para revelar el juicio escatológico que sentencia favorablemente a todos aquellos que se apropiaron el hilastérion con todo lo que implica, y condena definitivamente todo sistema de maldad representado en el cuerno pequeño. Pero todo esto cobra significado especial para aquellos que viven en este tiempo, por las repercusiones históricas y personales que todo esto supone.
El comienzo del Juicio escatológico, ofrece esperanza a aquellos que, debido al tiempo transcurrido, pudieran experimentar la crisis que supone una vida gastada con la contienda del pecado. Viven su vocación celestial con la seguridad que les da el comprobar que la profecía les señala como viviendo los días del Hijo del Hombre previos a su venida (Lc. 17:22-30 cf. Dn. 7:13, 9, 22, 14), de ahí que retoman su preparación en un continuo reavivamiento y reforma, manteniendo su recuerdo vivo respecto a la vivencia de los principios del Reino de Dios acorde a esa vocación celestial, protegiéndoles de los peligros que supone vivir en esta tierra, y con su mira puesta a la posibilidad de estar vivos cuando el Mesías vuelva.
«Por lo cual también la fe le fue contada por justicia» (Rm. 4:22)
Abrahán tuvo fe. Esa fe de la que hemos hablado que lleva a la acción de someterse a la voluntad divina, a fin de esperar a que se cumpla la acción de lo que Dios ha prometido hacer. Para ello acomoda su voluntad, la humana en la misma direccionalidad que Dios le revela en cuanto al cumplimiento de lo que Dios dice que cumplirá.
Si Abrahán no hubiera expresado fe no hubiera podido hacer frente a la nada con que se le presentaba la imposibilidad de su descendencia. La angustia le hubiera destrozado. La descendencia no era un mero resultado natural del acto sexual sino la perpetuidad de su existencia para dar sentido a las palabras de Dios que le sacan de Ur de los caldeos para llegar a donde llegó (Gn. 15:4-6 cf. Gn. 12:1-3, 4pp. cf. Hb. 11:8-10), y alcanzar por fe la ciudad celestial de la que Dios es su constructor (Hb. 11:8-10). Las bendiciones de las que habla Dios a Abrahán no se quedan en meras palabras para la existencia de una posteridad, sino una bendición para todas las gentes con la llegada de la simiente que es el Mesías y para él mismo. La fe le hizo entender que el anuncio de ser bendecido en su propia simiente iba más allá de su propia existencia en la tierra. Y así lo expresa luego Dios, cuando muerto Abrahán, se proclama el Dios de Abrahán (Ex. 3:6), dando a entender como nos dice el Mesías que Dios no hace esa proclamación de alguien que está muerto definitivamente sino que se trata de la proclamación de un Dios de vivos no de muertos (cf. Mt. 22:31, 32). Y asimismo lo entendió Pablo en un pasaje paralelo y semejante a los Romanos donde expresa la esperanza y fe de Abrahán en alcanzar la ciudad celestial (Hb. 11:8-10, 13, 15, 16).
Le fue contada por justicia a él y a todos nosotros en nuestra creencia en la resurrección de Jesucristo (Rm. 4:23-25)
Esa misma fe que actuó en Abrahán, y que le contó por justicia (4:23), de ese mismo modo debe actuar en nosotros creyendo en la resurrección de Jesucristo (Rm. 4:24).
Ahora se nos está diciendo que nosotros también podemos experimentar esa justicia si tenemos fe en la resurrección de Jesucristo. Pero ¿Cómo podemos creer en la resurrección de un muerto si ni siquiera hemos podido comprobarlo? No estábamos presentes. ¿De qué única manera se configura y se hace permanente, en todos, la seguridad de la resurrección de Jesús, y de mi resurrección?
¿Cómo se yo que auténticamente Jesús ha resucitado? ¿Porque me lo dicen aquellos que lo vieron? A ellos no les fue posible aceptar el testimonio de aquellos a los que se presentaba Jesús de Nazaret.
Hemos comprobado que para ellos se precisaba incorporar el cumplimiento de la profecía de que el Mesías iba a resucitar al tercer día, para configurar la fe. La creencia únicamente podía surgir si comprobaban que era cierto lo que el Mesías había dicho. Pero esta realidad para que sea eficaz y efectiva para mí, es decir que me aporte seguridad y certidumbre, ha de ser cierta, ha tenido que ocurrir realmente, y para demostrarme con el testimonio de ellos que lo que cuentan como acontecido es verdad, me tienen que convencer con el vehículo de su experiencia y del mensaje de Jesús, incluido en la palabra inspirada. Todavía más. Si es cierto que Jesús ha resucitado,[15] y ha de ser una garantía de que la resurrección de los muertos creyentes se producirá, incluso la de los apóstoles, y la nuestra en el caso de que muriéramos,[16] la palabra apostólica ha de contener unos principios espirituales, fruto de la experiencia y seguridad de ellos, en vivencia con el Espíritu Santo, que se transmitirá, y yo al experimentarlo, de aceptarse, me transportará la fe que necesito para creer.
Pablo está citando el Evangelio cuando nos dice que se nos ha de dar la justicia como contada “si creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, “el cual fue entregado por nuestras transgresiones” (cf. Mt. 20:18, 19 cf. Mt. 26:24, 28). Por otra parte se nos dice que por medio del Evangelio se nos revela la justicia de Dios por fe y para fe (cf. Rm. 1:16, 17). De ahí la gran importancia del estudio del Evangelio para que se nos revele la fe para fe. [17] Además su presencia histórica ante los apóstoles, mediante la resurrección, de ser cierta, se prolongaba, porque si está resucitado sigue vivo. La realidad de la resurrección, ha de transmitir su permanencia mediante la obra celeste que se anunciaba, y que el propio Mesías anunció, respecto a esa misión que como Hijo del Hombre, “sentado a la diestra” ante el Padre en un Santuario celeste, iba a llevar a cabo (Rm. 8:34 cf. Col. 3:1-4 cf. Ef. 1:3, 20 cf. Hebreos). Y si la resurrección es real, su misión celeste, va a ser una manera de comunicarme de que está vivo, y cuando me ponga en contacto con él, siguiendo los mecanismos espirituales que se me indican, me configurará una vocación celeste que me confirmará su resurrección y la mía propia en ocasión de su Segunda Venida.
La resurrección de Jesucristo fue una realidad histórica comprobable por todos aquellos a los que se apareció. La seguridad de que esto fue así, me la da, el hecho de que para contármelo y convencerme, la experiencia y vivencia de los que me lo cuentan, tiene que estar basada en el acontecimiento objetivo del suceso, unido a una fe racional que se genera en el análisis de la Palabra. Cuando experimento en mi existencia eso que ellos me dicen que el Mesías les dijo, y me conecto con lo que el Mesías que está vivo como Hijo del Hombre en el santuario celestial (cf. Col. 3:1-4), compruebo por los cambios que experimenta mi persona en conexión con ese ser resucitado, que es verdad, que está vivo, y por lo tanto configura la creencia en la resurrección del último día. Si no hubiera sido cierto, ellos no me hubieran podido convencer, ni yo hubiera experimentado los cambios y las certezas que tengo.
En conclusión: Se me insta a que yo experimente la resurrección espiritual (cf. Rm. 6:4-11). Al experimentar la Palabra del Mesías, he comprobado cambios en mi existencia que me resucitan (Jn. 5:24, 25 cf. Col. 3:1-4). Al notar las modificaciones en mi persona noto la salud-salvación, desde el punto de vista físico, mental y espiritual, a pesar del paso del tiempo afronto la existencia teniendo como referencia la experiencia de la realidad de la resurrección espiritual como consecuencia de la vivencia de la Palabra, configurándome la seguridad de la transformación, sin pasar por la muerte, o la resurrección en ocasión de la Segunda Venida.
Es decir la resurrección espiritual experimentada como consecuencia de lo que dice la Palabra de Dios, me conecta mediante ese trayecto al destino definitivo de resurrección de vida para toda la eternidad. La misma Palabra, que me ha dicho que se produciría una resurrección espiritual si la retenía y la proyectaba en mi existencia (cf. Rm. 6:4-11 cf. Jn. 5:24, 25 cf. Jn. 8:31, 32), me dice también que si experimento esa resurrección espiritual experimentaré la resurrección definitiva en el caso de que muera. Por lo tanto mi vivencia como resucitado espiritual, de acuerdo a lo que me propone la Palabra, ha llenado mi existencia y me asegura, de tal modo que te estoy dando testimonio para que tú también puedas hacer esa experiencia, en el caso de que te haga falta.
Ahora puedes creer que Jesucristo resucitó (Rm. 3:24). Porque al conocer a Jesucristo experimentas lo que significa la creencia.
«El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación» (Rm. 4:25)
Mientras la culpa y la condenación aparezcan como posibles, la inseguridad sobre el destino se hace cierta, y la angustia de la nada aparecerá cada vez con más frecuencia. [18]
El ser supera a la nada, cuando la creencia en lo que está más allá de la muerte lo experimentas ya ahora mediante los valores que nuestra relación con Dios nos descubre y ofrece. No se trata del valor de ser en uno mismo ni “como el valor de ser como parte”. El valor de la confianza únicamente puede dar resultado adecuado cuando se cimienta sobre Dios, en un encuentro personal.
En efecto la fe te traslada más allá de lo que podría suponer el no ser. Para poder tener fe es preciso afirmar que eres. Mientras tengas fe, mientras se manifieste esa fe, estás siendo. Captas la fe como don de Dios porque puedes ser sí mismo. La fe al expresarse valora el ser. Y cuando la fe, la basas en el Dios que se revela, esa fe supera cualquier tipo de angustia y de nada. Porque se trata de una fe en un Dios que experimentas su trascendencia. La fe es un estado que trasciende “a todo cuanto es y en el que participa todo cuanto es”. Es decir, la fe auténtica se configura como don de Dios, y experimentas a Dios como existente, como creador y redentor. La fe entonces considera el ser como un valor. Y a partir de ahí no hay nada que se le pueda oponer. El valor de ser está asentado en la fe que surge en el ser Dios que la trasciende. [19] Y con ese Dios que se revela llegas a la convicción de que es un Dios de vivos, no de muertos (cf. Mt. 22:32), y por lo tanto llegas a la convicción de que tiene un plan para ti a fin de que no sucumbas ante la nada y su angustia (Jn. 5:24, 25 cf. 5:28, 29 cf. 8:312, 32).
Cuando la persona se deja llevar por un destino de muerte, que es a lo que naturalmente observa que se llega, vive su existencia, marcado por un camino de condenación a no vivir. Desde el principio ha experimentado la vida pero con una serie de trazos que le recuerdan constantemente su destino de muerte: la enfermedad, el sufrimiento, la depresión, el estrés negativo, los conflictos que engendran culpa.
¿Cómo puede la fe trasmitirle al ser que la culpa y la condenación que uno mismo comprueba que existe, está quitada? El destino de la muerte es una realidad experimentable, y la decadencia en cuanto al auto repudio se hace presente cuando se obliga a juzgarte sobre lo que has hecho o no has hecho y que deberías haber realizado. La angustia que se engendra, y que te lleva a la nada, atenta contra la autoafirmación moral del yo. El ser humano se da cuenta que de acuerdo a lo experimentado, no ha servido para nada, no encuentra una razón suficiente válida del existir. Comprueba que está acabado y únicamente el Dios que se revela y que sale a nuestro encuentro con el poder de la Palabra puede modificar ese sentimiento tenebroso que ha roto con el raciocinio y la fe.
Es preciso que experimentemos una curación de la condenación y del auto repudio, y que nos marque un camino distinto que lleva a fijar la seguridad de la superación del vacío de la nada y de la muerte.
Y eso solo lo puede hacer la fe que surge en la revelación de Dios, compruebas que la acción de la fe en la justicia divina que se revela, en Jesucristo (cf. Rm. 4:24, 25 cf. Rm. 3:21, 24-27) va cubriendo el camino de lo que Dios te ha revelado, y que tiene su final. “Su entrega por nuestras transgresiones” o delitos (Rm. 3:24) que aparecen en la conciencia en ocasiones se superan como consecuencia de la aceptación de la palabra del Mesías: la seguridad, el equilibrio, la paz (cf. Rm. 5:1) se experimentan como una realidad del suceso Mesías tal como se nos presenta. Si la palabra del Mesías Jesucristo te ha llevado a experimentar la resurrección espiritual confirmándote que esa experiencia anticipa la resurrección de la muerte, la verdad experimentada en tu vida como consecuencia de creer en la Palabra, te hace creer todo lo que esa Palabra te dice sobre el Mesías, y te dice que después de la muerte resucitaría al tercer día. Y esto se cumplió por cuanto los que me lo dicen me ofrecen esa misma experiencia que yo experimento como consecuencia de aceptar la palabra del Mesías.
«(…) Resucitado para nuestra justificación» (Rm. 4:25 ùp.)
¿Qué se nos querrá decir con que ha sido resucitado para[20] nuestra justificación? Y luego se añada empezando el capítulo 5 “justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”.
1) Recordemos que ha habido un motivo histórico por el cual Pablo está diciéndonos estas cosas. Sabemos de los conflictos que estaba habiendo en la Iglesia de Roma entre judeos cristianos y gentiles cristianos. Pablo les está explicando el terreno común en donde deben aplicar y entender. Y ahora les dice que el Mesías ha muerto por nuestras transgresiones, y ha resucitado para nuestra justificación ¿Vale la pena seguir discutiendo cualquier cosa que tenga que ver con nuestra salvación de distinto modo a como se nos presenta?
2) El ejemplo de Abrahán se traslada ahora a nosotros, es decir el que sea contada por justicia nuestra fe ¿De qué forma se aplicaba la justicia a Abrahán, experimentándola por fe? ¿Y qué implicaba todo eso?
Noten. La creencia se le contaba por justicia, por cuanto su aquiescencia a lo que Dios le decía lo manifestaba teniendo la seguridad de que Dios cumpliría. Estaba plenamente convencido (Rm. 4:21). Y por ello continuó practicando con Sara a pesar de la esterilidad de ella y de su propia vejez (Rm. 4:19-20). Seguro completamente de que Dios obraría en esa nada estéril, y cumpliría (Rm. 4:21). Por eso concibe ese resultado en su creencia y en su voluntad accionando la fe de acuerdo a la voluntad divina, también en lo referente al cumplimiento del pacto de la circuncisión (cf. Gn. 17:10,16-19, 22, 23-27). Y cómo no: en cuanto a la bendición para las gentes que recibirían una vez viniera la simiente (Gn. 22:18 cf. Gál. 3:16)
Y ahora se nos dice a nosotros que también se nos contará por justicia nuestra creencia en la resurrección del Mesías (Rm. 4:24) que se entregó (paredo,qh {paredóthe}) por nuestras transgresiones (paraptw,mata {paraptómata}) (Rm. 4:25pp.), y resucitado para nuestra justificación (Rm. 4.25úp.). Es decir nuestra creencia en la resurrección del Mesías supone creer en nuestra posteridad, libres de las transgresiones, y justificados, perdonados, amnistiados, manifestaremos querer tener vida eterna (cf. Rm. 2:7). Y esto se consigue “por la fe” (Rm. 5:1 cf. 4:16). Y aquí, independientemente de lo que ya hemos dicho respecto a cómo se configura la fe que me lleva a creer en la resurrección de Jesús, base de la mía, el paralelismo nos tienta a no agotar el texto de la justificación (Rm. 5:1), como si está fuera únicamente un acto forense consumado por Dios ¿Qué queremos decir?
Hay dos elementos que nos llaman la atención a fin de entender mejor el tema de la justificación: 1) El paralelismo que se nos invita a seguir con la experiencia de Abrahán; y 2) El que se nos diga “y resucitado para nuestra justificación”.
El paralelismo nos enseña cómo debemos entender la fe. Ya hemos hablado suficientemente de eso. Pero ahora cuando estudiemos algo del capítulo 5 nos interesa aplicar los valores que obtenemos de la creencia de Abrahán que le fue contada, imputada por justicia, sin obras de Ley sino por fe relativa a la autenticidad de su creencia. Cómo la fe reconoce la impotencia, la incapacidad del ser humano a fin de lograr el objeto que necesita o le interesa, pero al mismo tiempo quiere, tiene la voluntad de conseguirlo, y entonces cree que lo obtendrá en el cumplimiento de aquel que le promete que lo hará, y actúa sometiendo ese querer, esa voluntad, su mente toda, a una entrega incondicional, hacia la direccionalidad indicada por el que lo hará, o por el que lo está haciendo. La fe compromete e involucra en una prosecución en la que él va experimentando lo relativo a su relación con el objetivo, y a la satisfacción de comprobar que se ha cumplido, en lo referente a lo instantáneamente personal, y en la continuidad de su existencia.
Pero esa justificación que nosotros necesitamos (Rm. 3:21-26) y que nos otorga la paz (Rm. 5:1), aunque anunciada proféticamente (Isa. 53:11, 12, 1-10, 13 cf. Dn. 9: 24-27 cf. Dn. 7:13, 14 cf. Mt. 26:63, 64 cf. Dn. 8:11-14), únicamente podía otorgarse a partir de su resurrección ¿Por qué? Porque la resurrección marca la culminación y la continuidad. La resurrección es la señal de que la bendición de la simiente ya se puede cumplir y que se podrá aplicar en su ministerio celestial por el que acaba con los enemigos de Dios y de la humanidad (Rm. 8:34; Ef. 1:20; Col. 3:1-4 cf. Hb. 1:1-3, 10; 10:12, 13; Hb. 8:1-6, 7, 8-12; 9:1-8, 9, 11-14, 23-26 cf. 1ª Cor. 15:20-25, 26, 55, 56 cf. Rm. 11:26, 27 cf. Hb. 8:8-12; 10:12-16).
La conclusión al capítulo 4 se resume en 5:1: la justificación, la rehabilitación del ser humano mediante la amnistía frente al dominio del mal y del automatismo de hacer delitos para con nuestras raíces y diseño que las transgresiones han creado a modo de tristeza, soledad, depresión, el perdón curativo a las conciencias culpables, la liberación del dominio de lo inevitable, la superación de la nada en forma de angustia, se alcanza por la acción de la fe creyendo en ese Jesucristo resucitado para nuestra justificación, traduciéndose en paz.
[1] Nota de Lagrange, op. c.; Esler (op. c. p. 203, 204) y Douglas Moo también (The Epistle to the Romans, NICNT, Eerdmans, Grand Rapids, USA 1996, op. c. p. 92).
[2] Es Dios que nos justifica gratuitamente.
[3] Kart Barth (en Carta a los Romanos, BAC, Madrid 1998, p. 153) tiene en cuenta la KaPPöºret en su exposición del capítulo 3 de Romanos, aun sin llegar a explicar, en todas sus consecuencias, lo que implica el que se le aplique a Jesús ese término. Lutero en su epístola a los Romanos (ed. Clie, Terrassa-Barcelona, 1998), ni lo menciona.
[4] Crisóstomo (en Homilías sobre la Carta de San Pablo a los Romanos, edic. Aspas S.A., Madrid 1945, pp. 144, 145), considera, comentando este asunto, que es Dios el que propuso la salvación, siendo el sujeto junto al que la ejecutó por el encargo de Dios: Jesucristo, y que el objeto, lógicamente es el ser humano.
[5] Pablo no está aludiendo a otra cosa que lo que profetizaba Daniel sobre el Mesías. El Mesías traería (qd<c,ä {ceºdeq} justicia.
[6] Nótese la presentación del libro de Job. Y estúdiese la manera justificadora de Dios respecto a Job. Compruébese cómo Job se encuentra a merced del Mal, “sin comerlo ni beberlo”. Cómo sufre sin merecerlo, independientemente de su naturaleza de pecado. Job es un prototipo de la humanidad que experimenta injusticias por el mero hecho de venir a este mundo, y a la que Dios quiere traer su justicia.
[7] Téngase en cuenta que el i`lasth,rion o la KaPPöºret, además de ser objeto relativo a la expiación, fuese con la sangre asperjada o untada, o no, era siempre un espacio revelador.
Ya hemos intentado explicar lo que representa la sangre. La sangre vertida realmente, se convierte en representación de todo el trayecto que supuso tener que morir en la cruz, por lo que implicó liberarnos de la independencia respecto de Dios, salvarnos del pecado.
Si se ponen en paralelo Rm. 3:22 pp. y 3:25 pp. uno comprueba la igualdad. La justicia de Dios que se revela se iguala al ‘ilastérion Mesías (Rm. 3:25 pp. cf. Dn. 9:24, 26 pp. 27 pp.) que Dios ha puesto a fin de revelar su justicia. Y ahora nótese como la fe en su sangre está identificada con la fe en la persona del Mesías. La sangre está representada por la persona del Mesías, por su obra y vida, hasta el final: hasta su muerte, vinculada a una existencia reconciliadora (expiatoria). La muerte de Jesús, si tiene un valor trascendental, es como consecuencia de una vida impecable entregada a la misión de salvarnos. Si no fuera así, sería como una muerte cualquiera.
Si de nuevo ponemos en paralelo Rm.5:10 y 5:11, la muerte tiene su valor en la vida y en la persona activa del Mesías. Nótese, siendo enemigos fuimos reconciliados (en versión (kathlla,ghmen hebreo kaPar) por Dios mediante la muerte del Hijo, mucho más, seremos salvos por su vida, y siendo esto así, ahora recibimos la reconciliación (katallagh.n) por medio de Jesucristo. La persona de Jesucristo ocupa el lugar de la muerte en la acción de la reconciliación. La trascendencia, lo vicario y expiatorio de la muerte del Mesías está íntimamente ligada a la vida que pone en movimiento la voluntad y la capacidad decisoria sobre su necesidad o no de morir por la misión mesiánica. La aceptación de la muerte para salvarnos es una decisión que se toma en vida. Ahí es donde está su valor (cf. Mc. 10:45). Es esa obra mesiánica de liberación del mal, del pecado y de la muerte, con todos sus contenidos (cf. Mt.12:28, 29 cf. Lc. 10:18), la que obliga a los poderes del Mal (Mt. 21:33-39 cf. Mt.20:18; 17:22, 23; Mt. 26:2), a poner todos los obstáculos, a fin de impedir que se logre el objetivo de nuestra salvación. Pero el Mesías Jesús había decidido en vida (Mt. 16:21, 22-24), no rechazar la muerte que se le exige como tributo a su libertad de proyectar el plan de Dios para salvarnos.
La aceptación de la muerte de cruz como consideración salvífica no se concreta en el último suspiro en la cruz, por muy emotivo que pueda parecernos esto, sino en la integración de ese sacrificio en la vida del Mesías Jesús como imprescindible para nuestra salvación (cf. Mt. 16:21-25).
Tanto en la tentación que experimenta con uno de sus discípulos más destacado (Mt. 16:21, 22, 23), como cuando le increpan en la cruz a que demuestre su poder descendiendo de ésta a fin de que crean en él (Mt. 27:40-43), pasando por el Getsemaní, cuando el silencio de Dios le aterra por segundos (Mt. 26:37-39), como en casi cualquier momento que tuvo que enfrentar a los poderes del mal (Lc. 4:2-12, 13 cf. Mt. 4:1-11 {ved sobre las tentaciones de Jesús a Antolín Diestre, Mesías, identidad y misión (“Jesucristo sin más” {vol. I, Zaragoza 2005-2009, op. c. pp. 459-463}), situaciones todas ellas existenciales, es, donde se reflexiona y se acepta la integración de la muerte de cruz. Asunto que ya Dios y el Hijo antes de encarnarse ya habían preconocido que ocurriría (cf. Ef. 1:3, 4; 2ª Tim. 1:9, 10;), y la asumen incorporándola como elemento salvífico, necesario, vicario y expiatorio. Cuando Dios preconoce todo lo que va a pasar porque va a pasar libremente, El, junto al Hijo, decide llevar a cabo el plan de la salvación. Desde ese momento se podía decir que fue inmolado (Ap. 13:8 cf. 1ª Ped. 1:2). Que tanto el Padre como el Hijo sabían todo lo que iba a suponer redimir y reconciliar a los seres humanos que no rechazasen la oferta del Padre en el Mesías Jesús.
Todo esto sirve todavía más para valorar la vida del Mesías, tan ejemplar, y fiel a la misión encomendada por Dios, que estuvo dispuesto a entregarla, a sacrificarla, a fin de que su mensaje y obra en vida no se malograra.
Cuando los escritores bíblicos seleccionan la cruz, o la muerte o la sangre de Jesús para marcar nuestra salvación, están utilizando la parte, que su rechazo hubiese supuesto la pérdida del valor de una vida donde se toman las decisiones que dan a la muerte sentido y significado. Usan la parte en representación del todo. Pero los escritores han dejado ya claro, por lo que hemos visto que “es la ley del Espíritu Santo basado en la vida del Mesías Jesús, que me ha librado de la ley del pecado” (Rm. 8:2).
Juan 6 y los sinópticos deberían marcar la pauta para el valor representativo y global del valor de la sangre: Es preciso comer la carne y la sangre del Hijo del Hombre celestial para tener vida eterna (Jn. 6:53-56). ¿Qué es comer la carne y la sangre? En ese mismo capítulo se nos explica qué es comer la carne y beber la sangre. Nótese que el resultado de obtener vida eterna como consecuencia de comer la carne y beber la sangre, se alcanza de igual modo “viendo al Hijo” o “creyendo en él” (Jn. 6:40, 47). Tanto la carne como la sangre representa a la persona del Mesías, a su existencia. Esa existencia está llena de sentido y significado para mi vida. Cuando comemos y bebemos, cuando masticamos o absorbemos ese sentido y significado, que es lo mismo que creer o ir a él (cf. Jn. 6:35, 37-39, 40, 47), experimentamos la vida eterna.
De igual modo, cuando Mateo (26:26-28) o Marcos (14:24 ss) o Lucas (22:20 ss.), nos hablan de cómo incorporarnos al Nuevo Pacto, nos hablan en términos simbólicos y representativos de beber el vino o comer el pan, que representan lo que implica el haber llegado al sacrificio de derramar la sangre, o morir el cuerpo. Es fácil aquí comprobar cómo los términos usados se utilizan de modo representativo. Se emplean el pan y el vino como representantes del cuerpo y de la sangre. Y al beber, debemos de comprender que ese acto, “es la sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados”. Debían de beber todos “porque eso es mi sangre del nuevo pacto…” Muy bien, reflexionemos. ¿Cómo llegó a esa conclusión bebiendo? Sencillamente analizando todo lo que ha supuesto la obra del Mesías. Esa obra y mensaje, al tenerla que transmitir, trae consigo la oposición y el impedimento del Mal y de sus instrumentos, con lo que la superación de esa oposición e impedimento que acaba con producir el derramamiento de sangre del Mesías, ha sido prevista tanto por el Padre como por el Hijo, y la asumen como formando parte necesaria de la salvación. La rebelión de la humanidad en sus comienzos, la transgresión de la Ley de Dios desde el principio, muestra ahora todas las consecuencias que ya la Deidad había preconocido, antes de la encarnación, y desde antes de la fundación del mundo, planificando desde entonces el programa de salvación con el Verbo, y teniendo en cuenta todo eso que se preconoce. Todas las declaraciones y actuaciones deben tener en cuenta este hecho primordial. De este modo la muerte, el sacrificio de Jesús hasta el extremo de tener que decidir el entregar su vida derramando su sangre, se manifiesta como necesario, vicario y expiatorio o reconciliatorio. La misma muerte se incorpora a toda una vida impecable, obediente (Rm. 5:10), trayendo de ese modo la justicia divina, la justificación, siendo su existencia vicaria, imprescindible, y expiatoria o reconciliadora (Rm. 5:18).
Nótense estas citas donde se valora la vida de Jesucristo:
“Pero sobre Cristo no gravitaba ningún requerimiento. Él tenía poder para entregar su vida y para volverla a tomar. No pesaba sobre él ninguna obligación de emprender la obra de la expiación. El sacrificio que realizo fue voluntario. Su vida era de suficiente valor para rescatar al hombre de su condición caída” (TREWTHE SPIRITOFPROPHECY-Vol. II, p. 10).
“La vida y la muerte de Cristo, precio de nuestra redención (…) (TREWEd25).
“Contemplad la vida y el carácter de Cristo y estudiad su obra su obra mediadora. Aquí hay sabiduría infinita, amor infinito, justicia infinita, gracia infinita” (TREW6T59).
“Por su vida y su muerte, Cristo logró aún más que restaurar lo que el pecado había arruinado. Era el propósito de Satanás conseguir una eterna separación entre Dios y el hombre; pero en Cristo llegamos a estar más íntimamente unidos a Dios que si nunca hubiésemos pecado. Al tomar nuestra naturaleza humana , el salvador se vinculó con la humanidad por un vínculo que nunca se ha de romper” (TREWDTG17)
[8] Citado en Kierkegaard y la filosofía existencial, op. c., p. 102.
[9] Ved nota 5 pp. 1-3 de la Introducción donde tratamos el tema del derás pesher.
La epístola a los Hebreos utiliza permanentemente ese uso derásico (Hb. 9:1-8, 9ss.) (Ved nuestro Comentario a la Epístola a los Hebreos {Antolín Diestre Gil, El Mesías y los factores negativos que actúan contra Dios y de la humanidad, cómo los destruye, Una explicación en la Epístola a los Hebreos, edita el autor, Zaragoza 2010}).
Recuérdese que toda esta exposición se hace con la finalidad de comprobar, una vez más, cómo los escritores del Nuevo Testamento recurren al método derásico a fin de aportar una mejor y más amplia interpretación del sentido y significado del texto. Este recurso es obligado dado el uso que realiza el propio Jesús de palabras y de textos del Antiguo Testamento en esa línea derásica.
[10] pe,ponqen, 3ª persona del singular, perfecto 2, indicativo, de pa,scw
[11] La historia anticipada mediante la profecía mesiánica nos enseña, que el autor inspirado determina dos tiempos para la operatividad de la justificación de Dios con relación a la humanidad (cf. Rm. 8:33, 34 cf. Rm. 11:25-27). En efecto: al estudiar Daniel 8, descubríamos, no solamente su relación con Daniel 9 y 7, formando todo un bloque revelador respecto a la obra del Mesías y a los sistemas de maldad que se oponen al ministerio continuo del Príncipe Mesías, sino que además, y especialmente, aparece, tomando como vehículo contenidos del Santuario israelita, la marca de un tiempo cronológico, dentro de todo un espacio temporal consagrado al ministerio continuo del Príncipe Mesías (Dn. 8:11), que se inicia a partir de transcurridos 2300 días proféticos de historia (Dn. 8:13, 14), y que engloba a las setenta semanas de años donde el Mesías lleva a cabo toda una obra terrestre y la inauguración de su obra celeste (Dn. 9:24, 26, pp. 27 pp.).
Ese final de los 2300 días proféticos queda consignado, en el cielo por cuanto, sin dejar de ser operativo lo relativo al servicio continuo, se empieza a hacer qD:Þc.nI (nicDaq La historia anticipada mediante la profecía mesiánica nos enseña, que el autor inspirado determina dos tiempos para la operatividad de la justificación de Dios con relación a la humanidad. En efecto: al estudiar Daniel 8, descubríamos, no solamente su relación con Daniel 9 y 7, formando todo un bloque revelador respecto a la obra del Mesías y a los sistemas de maldad que se oponen al ministerio continuo del Príncipe Mesías, sino que además, y especialmente, aparece, tomando como vehículo contenidos del Santuario israelita, la marca de un tiempo cronológico, dentro de todo un espacio temporal consagrado al ministerio continuo del Príncipe Mesías (Dn. 8:11), que se inicia a partir de transcurridos 2300 días proféticos de historia (Dn. 8:13, 14), y que engloba a las setenta semanas de años donde el Mesías lleva a cabo toda una obra terrestre y la inauguración de su obra celeste (Dn. 9:24, 26, pp. 27 pp.).
Ese final de los 2300 días proféticos queda consignado, en el cielo por cuanto, sin dejar de ser operativo lo relativo al servicio continuo, se empieza a hacer qD:Þc.nI (nicDaq).
Ya hemos explicado, en otro lugar (Antolín Diestre, Mesías, identidad y misión {Jesucristo sin más}, vol. I, op. c., pp. 221-230), todo el campo semántico que posee esta palabra de la raíz qd:c’ (cdq). Dadas todas las relaciones y paralelismos abarca todo un abanico de acepciones sin que podamos inclinarnos definitivamente por ninguna, sino que todas ellas aportan algo a la concepción global con que se pretende investir a dicho término. Entre otras, desde rehabilitar hasta purificar pasando por justificar. La raíz cdq se utiliza precisamente para transmitirnos el vocablo justicia (ceºdeq), justificar (cädaq), y dadas esas relaciones que ya indicamos en diversos lugares se amplía con otras acepciones. Y es que, cuando justificas a alguien, lo estás rehabilitando, y por lo tanto lo purificas de aquello por lo que ha necesitado justificársele.
En la tierra también se descubre ese hecho histórico consignado por anticipación en la profecía, y se comienza a dar a conocer mediante una ideología descontaminadora que basada en la palabra de Dios señala la ideología contaminada sobre el Santuario que posee el cuerno pequeño.
Siguiendo el esquema funcional del Santuario se nos presenta en el proceso del ministerio continuo del Príncipe Mesías (Dn. 8:11 cf. 9:24, 26 pp., 27 pp.), una purificación del Santuario a semejanza a la del día de las expiaciones (Dn. 8:14 cf. Lv. 16:16 cf. Hb. 9:23). A causa de las rebeliones o de los pecados confesados, se hacía expiación, a fin de justificar o purificar el Santuario, al que como lugar representativo de la vida espiritual del pueblo habían repercutido los pecados confesados de cada uno del pueblo. Y esto se nos anuncia que ha de suceder en el futuro en relación con el ministerio continuo del Mesías en su Santuario celestial y a favor del pueblo de Dios, haciendo sobresalir un tiempo, dentro de ese ministerio continuo sacerdotal del Mesías, que identifica la obra celeste del Mesías que corresponde a nicDaq.
[12] El Hijo del Hombre se ha sentado a la diestra de Dios para acabar con los enemigos de Dios (Rm. 8:34 cf. Hb. 1:3, 10; 10:10-12 cf. Ap. 1:13) ¿Qué enemigos? El pecado o la muerte, el Mal personificado, los sistemas de maldad (1ª Cor. 15:24, 25, 26, 56).
[13] En El Verdadero Pensamiento de Pablo, ed. Clie, Terassa – Barcelona 2002, pp. 104-106 ss. .
Aunque su exposición es agradable, llega a la simplificación cuando considera a la justificación limitada a lo puramente jurídico, a fin de incluir al hombre en el pacto. Hay que reconocer que Wright hace un esfuerzo considerable en cuanto a haber descubierto la idea de que el mensaje central de Pablo es la de restaurar a la humanidad al pacto de Dios. Y aunque hay que hacer matizaciones profundas a algunas de sus conclusiones, sabemos que el tema de la justificación nunca será definitivamente cerrado.
[14] Antes de la llegada de ese juicio final (Rm. 2:5, 6, 7) se hace un llamamiento al arrepentimiento (Hech. 17:30, 31 cf. Mc. 1:14, 15). Se trata de arrepentirse de esas obras malas, contrarias a la manera de pensar de Dios, y salirse del mundo del que son juzgados sus valores y su manera de pensar, y condenado (Jn. 12:31), y trasladarse al Reino de Dios (Mt. 6:33 cf. Mc. 1:14, 15).
[15] Sobre la resurrección de Jesús, y la seguridad de mí resurrección puede verse al autor en El trayecto de la esperanza frente a la nada: La existencia, la muerte y la vida eterna, edita el autor, Zaragoza-España 2006; también del propio autor ¿Otro Evangelio?, edita el autor, Zaragoza-España 2010. Esta última obra trata toda ella sobre el tema de la resurrección partiendo del sentido y significado del texto de Daniel 12:1, 2.
[16] Mi esperanza en el retorno de Jesucristo me hace expresar la frase condicionalmente.
[17] La vida eterna en conocer a Dios y al Mesías, nos configura la clave de la resurrección, si hacemos permanente la creencia en la Palabra (Jn. 5:24, 25 cf. 8:31, 32 cf. Lc. 8:15 cf. Mt. 13:23).
Los textos indicados llevan un mensaje, que de aceptarse configuran la fe que me lleva a creer, y a permanecer en la creencia, resultando en la seguridad de la resurrección. En efecto, es conociendo a Dios y a Jesucristo que obtendré la Vida eterna (Jn. 17:3). Conocer a Dios va implicar profundizar en su Palabra, creer en Aquel que ha enviado al Mesías (cf. Jn. 5:24, 25). Cuando esto sucede, la persona comienza a experimentar la vida eterna, la vitalidad, la salud ya ahora. Experimenta liberación al pasar de la creencia en la Palabra a la permanencia, mediante un discipulado (Jn. 8:31, 32). Al escuchar la palabra, le lleva a creer, pero ha de considerar esa creencia, reteniendo la Palabra, queriéndola entender al máximo de sus posibilidades (Mt. 13:23 cf. Lc. 8:15). La Palabra le da motivaciones para vivir, para experimentar una protección que la relaciona con la garantía de que la muerte ya no será más, de que será superada. La protección actual que experimento frente al pecado, me muestra que éste ya no domina la situación como consecuencia de la obra de liberación realizada por el Mesías. Eso me confirma que esa obra de eliminación del pecado que llegará a su término en su final provocará la destrucción de la muerte. Si la experiencia actual, como consecuencia de experimentar la creencia en el poder de la Palabra, frente al pecado es una realidad, también lo será respecto a lo que se anuncia de la victoria sobre la muerte (cf. 1ª Cor. 15:51-55).
Noten el esquema. No se les olvide: La persona está muerta espiritualmente, antes de escuchar la Palabra, como consecuencia del pecado, del mal (Jn. 5:24 úp., 25). Los que la oyen, en el sentido de no rechazarla, y teniendo en cuenta los pasajes que amplían el mero oír (Jn. 8:31, 32; Mt. 13:23; Lc. 8:15), pasan de muerte a vida, experimentando ya ahora la vida eterna (Jn. 5:24). Es en esta hora del Mesías, que los muertos espirituales que oyendo la voz del Hijo de Dios, la acepten, vivirán, experimentarán una resurrección espiritual (Jn. 5:25). Ahora compárenlo con los pasajes de Juan 5:28, 29: Los que están en los sepulcros muertos sin existencia consciente, oirán su voz, y los que hicieron lo bueno de escuchar su voz estando en vida, de aceptar su Palabra, de creer en ella, de permanecer, queriéndola entender y reteniéndola mediante la reflexión, y constituyéndose en discípulos, con lo que implica de actividad hacia los demás (Jn. 8:31 cf. Mt. 28: 19, 20), saldrán a resurrección de vida.
Esta muerte aunque real, no es la definitiva y para siempre. Por cuanto, la aceptación de la Palabra ha configurado en clave, la vida eterna, que se prolonga en la memoria de Dios (cf. Mt. 22:32), mediante la salvaguarda de su identidad personal inconsciente (Ec. 12:7) para que cuando Dios lo quiera se pueda escuchar su voz, su obra, su poder de la Palabra, y la identidad vuelva a ser una existencia pensante y consciente (1ª Cor. 15: 42-55 cf. Ezq. 37:1-10).
[18] Tillich dirá:
“La nada amenaza desde un tercer flanco; amenaza la autoafirmación moral del yo. El ser del hombre, óntico a la vez que espiritual, no solo le es dado, sino también demandado. Es responsable de él; literalmente, se requiere de él que responda, si es preguntado, sobre lo que ha hecho de sí mismo. Quien le pregunta es su juez, es decir, él mismo, que al mismo tiempo está contra él. Esta situación produce la angustia que, en términos relativos, es la angustia de la culpa; en términos absolutos, la angustia de la auto – repudiación o condenación.” (El coraje de existir, Ed. Estela, Barcelona 1968, p. 51 {Traducción de The Courage to be, Yale University Press}).
[19] Y ¿qué es la Fe? “la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”
Si observamos esta definición nos daremos cuenta que no se trata, como dicen algunos de materializar lo que uno piensa, aun cuando eso se realice en un contexto “espiritual” y de “oración”. Puesto que lo que se espera tiene que seguir siendo una convicción que no se ve.
Se trata de vivir ahora ya con la certeza de lo que se espera para un futuro, por lo ocurrido en el presente que ha hecho posible la venida a la existencia de la fe que antes no era.
[20] Los autores son conscientes de que hay una repetición de la preposición griega diá (dia.) “por causa de” “nuestras transgresiones” (ta. paraptw,mata) y fue levantado (resucitado) dià (dia.), y si lo tradujéramos del mismo modo que la anterior dia., habría que hacerlo diciendo “por causa {o, a causa de} de nuestra justificación”, y entonces se plantearía la dificultad en explicar “por qué nuestra justificación sería la causa de su resurrección” (ved a G. Stéveny, en anotaciones a la edición francesa definitiva de la Teología Sistemática {Histoire de la salût} de Alfred Vaucher [Editions Vie et Santé, Dammarie-Les-Lys, France 1987; en español, ed. Safeliz, Madrid 1988] ).
En realidad todo se resuelve teniendo en cuenta que el primer “dià” que antecede a las transgresiones, hace referencia a algo del pasado del ser humano ante la disyuntiva de la justificación. La razón de algo que indica dià, cuando se trata de una referencia al pasado “pecaminoso” de cada ser humano que ha de ser justificado, hay que considerarla como una razón instrumental, de ahí su traducción “por causa de” o “a causa de” las transgresiones. Pero cuando la referencia es un hecho que está en el posible futuro, dià, hay que considerarlo como “causa final”, y entonces la traducción estaría haciendo reseña a lo venidero, quedando la traducción: “fue entregado por causa (dià) de nuestras transgresiones, y fue levantado (resucitado) con miras (dià) a nuestra justificación (sobre todo esto ved a Franz J. Leenhardt, L’Épître de Saint Paul aux Romains, Neuchâtel-Paris 1957, p. 75, nota 5 a Rm. 4:25).
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©Antolín Diestre Gil
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