La identidad cristiana volviendo a las fuentes

Recuperando la identidad mediante una confrontación con nuestro origen y nuestra historia: la seguridad de volver a las fuentes del cristianismo

¿Qué son las fuentes? ¿Qué implica volver a las fuentes?

Dos fenómenos se dan en aquellos que nos precedieron: por un lado se habían adscrito a un movimiento que intenta probar con la Biblia que Jesucristo vuelve tan pronto como lo que implique el cumplimiento de una fecha cerrada: 1844; con toda una serie de elementos doctrinales que se contraponen. Los sostenidos por unos se contradicen con los de los otros. Pero la idea sublime del retorno de Jesucristo con el fin del sufrimiento y la muerte, seduce de tal manera que las diferencias, algunas de ellas abismales entre sí, se aparcan de modo natural, frente al significado de la verdad del retorno de Jesucristo. Cuando se produce el desencanto de no ver cumplido lo que les parecía que prometían sus lecturas interpretativas escatológicas, únicamente quedaban dos alternativas: o bien abandonar definitivamente rechazando el motivo que les había implicado, o bien discernir con la Palabra de Dios qué es lo que había pasado, y qué pretendía el Dios de la Biblia, permitiendo una experiencia tan amarga basada en la creencia segura de la segunda venida de Jesucristo. Esto suponía un reencuentro con la sola Escritura, pero al mismo tiempo marcaba una experiencia única en toda la historia del Cristianismo. Al tener que comprobar, dónde y en qué había radicado la confusión errónea que surge entre la realidad de la segunda venida de Jesucristo, y su no cumplimiento de acuerdo a la aplicación que realizan, descubren tres asuntos que les probará la existencia de un plan delineado por Dios mismo en la sola Escritura: 1) Hay que descartar para siempre una fecha cerrada para el Advenimiento. Durante toda la historia se había pretendido conjeturar la obtención de una fecha para el fin. 2) Hay un tiempo a transcurrir antes del retorno de Jesucristo, llenado por la preparación. Esto, que como veremos se hace necesario para cada colectivo y persona de cada época, no se había implicado, por cuanto después de la época apostólica, y fuera de grupos considerados marginales sin trascendencia histórica,  el olvido se perpetúa tras la Iglesia Constantiniana. Pero claro, el análisis de las fuentes para lo que supone esa preparación en cada momento histórico generacional, les hace descubrir las riquezas de esas fuentes del cristianismo, y que observan que contrastan con algunas de sus creencias mantenidas hasta entonces. 3) Pero esa profundización les llevará, por un lado, a la comprensión de la naturaleza de esta doctrina del Adviento, que está unida siempre a la predicación del Evangelio en todo el mundo coincidiendo con el cumplimiento de todas las señales anunciadoras del fin, y ni eso había podido ser asimilado en el corto período millerita, ni tampoco las señales inminentemente previas a ese retorno se habían cumplido. Todo esto había permanecido oculto como consecuencia de que el plan de Dios en esos instantes milleritas era, aun con los posibles errores de interpretación por parte del grupo millerita, suscitar el despertar por el advenimiento de Jesucristo (cf. Hech. 3:19-21).  Y en la profundización de la restauración de todas las cosas (Hech. 3:19-21) conectado con el análisis del texto que había dado a Miller base equivocada para su fecha cerrada, Dios se revela proféticamente (cf. Dn. 8:13, 14, 11, 12 cf. Dn. 12:12, 6-11), y se descubre en esos textos con lo que implican, que el que comunique esa verdad reclamada en el texto, estará identificándose con lo que está contemplado en la acción de comunicar: “que a los 2300 días proféticos el Santuario será purificado”. Iba a ser preciso ahondar en cada una de las palabras contenidas en el texto, y en todos sus contextos, y de este modo surgirá la razón de ser del movimiento adventista: el retorno a las fuentes de modo absoluto, a fin de preparar a un pueblo saliendo al encuentro de lo que implica la restauración de todas las cosas que Jesucristo realiza antes de su retorno (Hech. 3:19-21 cf. Dn. 7:13, 14, 9-12; 8:13, 14, 11, 12; 9:24).

Este retorno a las fuentes en el descubrimiento de la identidad, les permite hacer un examen de conciencia histórica y teológica, comenzando un proceso de depuración de todo aquello que no coincidiera con la sola Escritura. Éste iba a ser otro de los resultados evidentes de su consagración como el pueblo suscitado para esa acción comunicativa señalada en la profecía apocalíptica o historia anticipada.

¿Qué había sucedido en la historia respecto al alejamiento de las fuentes del cristianismo?

Pasada la Iglesia apostólica, y el alejamiento cada vez más de lo que está implicado en las declaraciones de Jesús (Jn. 4:21, 22 cf. 4:23, 24), y Pablo (Rm. 3:1, 2), aparecen dos tipos de iglesia, una marginal y dispersada (cf. Dn. 12:7, 7 úp.), y la otra profundamente anclada con y en el poder (cf. Dn. 7:7, 8, 19-22, 23-27 cf. Ap. 13).[1] Con la instalación de la Iglesia Constantiniana, de raíces romanas, las cuales se mezclan con terminología y concepciones cristianas tamizadas por dichas raíces, se producirá un olvido de las fuentes del cristianismo, hasta el extremo de repercutir en el proceso del conocimiento de la verdad que el Espíritu Santo inspira y revela (Jn. 14:26; 16:13). La vuelta a las fuentes, que se produjeron por diversos colectivos que se constituyen en iglesias, desde la Edad Media hasta la llegada de la reforma protestante, se paraliza. Por lo tanto, nunca antes nadie se había atrevido a ir tan lejos: el crear un programa voluntariamente, que ponía en análisis crítico las creencias, en una búsqueda de confirmación o rechazo de éstas en las fuentes del cristianismo. Esto supondría, experimentar el error cada vez que se descubriera el mantenimiento de algo que no coincidiera con la sola Escritura. Pero téngase en cuenta y recuérdese que esas doctrinas que se ponen a examen no son originales de ese movimiento que se está desarrollando en la historia, sino creencias que se aceptaban como genuinas vertiéndose por diferentes comunidades eclesiales, y que ellos como provenientes de esas diferentes congregaciones las habían asumido, antes de experimentar la necesidad del requisito que como pueblo suscitado por la revelación de Dios en la apocalíptica, se les exige en cuanto a volver a las fuentes. El sacrificio de tener que reconocer que pudiera haber algo erróneo que se arrastraba de su condición pasada, se convertía en el gozo de saber que se había hallado un mejor conocimiento de la verdad que se aproximaba más al ideal de Jesucristo.

Y aquí se encuentra la obra maravillosa y misteriosa (cf. Hab. 2:3; Zac. 8:3-8 cf. Ap. 21:2-4, 10 ss.; 22:1-5). Ese acto de reconciliación con una verdad más completa, o corregida de acuerdo a la sola Escritura, entrañaba antes de llegar a la grandeza: la debilidad (2ª Cor. 12:9, 10).

“Lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a lo sabio” (1ª Cor.1:26-31). Lo menospreciado, lo más vil, la escoria del mundo (1ª Cor. 4:13). Eso es lo que somos; y cualquiera que quiera vivir la experiencia de alcanzar la seguridad de lo que implica volver a las fuentes notará el valor de lo vil y lo fuerte en Dios. Esa experiencia, únicamente la pueden comprobar los que han recibido en el poder de la palabra, en el volver a las fuentes con todo lo que implica, el ser el pueblo de Dios. Únicamente, los que encontraron en la revelación del fracaso que suponía escudriñar el por qué, podían encontrar en el texto su razón de ser, y esa razón de ser podía identificarse y perpetuarse, si se evidenciaba lo que revelaba: el tener que volver a las fuentes totalmente. Y recuperar toda la verdad. Los textos que les evidenciaban el fracaso (cf. Dn. 8:13, 14, 11, 12, 23-26 cf. 7:9-12, 13, 14, 7, 8, 19-22, 23-25, 26 cf. 9:23, 24-27), les mostraba al mismo tiempo, la identidad del que cumpliría las expectativas de las exigencias del texto. Pero esto únicamente podía surtir efecto si se entregaba por entero a volver a las fuentes. Y el volver a las fuentes implicaba la experiencia del descrédito en un primer momento, del abandono de cualquier cosa que no pudiera basarse en la sola Escritura, que evidenciaba a su vez el error y la corrección de ese error.

En efecto, la gloria de la debilidad reconocida en cualquiera de las facetas, es la grandeza que resulta al descubrir y experimentar el conocimiento de Dios en Cristo (cf. 2ª Cor. 11:30) que te proporciona la sola Escritura.

Dios mismo concibe este programa de retorno a las fuentes, independientemente de los límites que se imprimió sobre ese regreso en la época de la reforma protestante, cuando en la historia se da un reavivamiento único hasta entonces, y desligado de los poderes seculares y de connotaciones político-estatales, respecto a la segunda venida de Jesucristo como santo y seña.

La actuación de Dios respecto a su plan de reavivamiento y reforma supone siempre un reintegrarse en las fuentes. Todos, tanto individual o colectivamente, que han experimentado la necesidad de un reavivamiento y reforma, han tenido que acudir a la fuente, a la base, a un encuentro definitivo con la sola Escritura. No hay otra manera de experimentar ese reavivamiento y esa reforma.

¿Qué estaba implicando el despertar sobre la doctrina central del Cristianismo, la de la llegada del reino de Dios definitivamente mediante el retorno de Jesucristo? Profundizar como nunca antes en la sola Escritura: volver a las fuentes de forma absoluta y radical. Aunque somos conscientes de las connotaciones negativas que tienen esas expresiones lo decimos descargándolas de todo su posible peso peyorativo: el volver a las fuentes de forma absoluta queremos reflejar de modo seguro y eficaz. De modo auténtico, y con la urgencia que requiere recuperar lo que nos reconcilia con la verdad determinada únicamente en la sola Escritura. Con radical queremos implicar la totalidad, no a medias, no aparcando una parte que hiciera al error como menos error. [2]

Al tener que reflexionar, por un lado, sobre nuestra herencia más inmediata, y por otra parte al descubrir el plan de Dios respecto a nuestra razón de ser, nos obligaba a un análisis de cualquier creencia que se mantuviera, y a la necesidad de utilizar la sola Escritura para respondernos adecuadamente. Nuestra situación estaba constituida por una variedad de ideologías que confluyeron en el movimiento millerita. La verdad y esperanza del retorno de Jesucristo como inminente, no llevó, en un principio, a ninguna purga de las diferencias que había como fruto de pertenecer a distintas denominaciones, pero evidentemente el conjunto de puntos de vista teológicos estaba orientado por una combinación vario pinta. Tanto, que lógicamente, cuando el movimiento del Adviento se compuso en la versión definitiva de Iglesia Adventista del Séptimo Día, cada persona traía una cierta manera de concebir las doctrinas. El trastorno de la Iglesia Constantiniana junto a lo inacabado de las Iglesias de la reforma, era de tal naturaleza que imposibilitaba la unidad que requería el ser identificado como el Resto (Ap. 12:17 cf. Dn. 12:4 úp.) que tenía su origen y razón de ser en el Jesucristo que funda su Iglesia (cf. Ap. 12:1-11, 12 cf. Mt. 16:16-18).

Si bien lo más representativo de los reformadores (Lutero, Calvino, Zuinglio), sacaron a la luz lo más precioso del ser humano: la primacía de la conciencia (en este caso Lutero fue el protagonista principal) respecto a Concilios, Estado, o Papas, junto a la libertad de acceder directamente a la “sola escritura”, su conformidad con la unión de Iglesia y Estado,[3] y sometiendo a aquella a éste, no solamente acabaron con esa primacía de la conciencia, sino que alcanzaron cotas con las persecuciones de anabautistas y judíos, y masacre de los campesinos, panfletos y escritos que servirá a la posteridad para utilizar la violencia (caso Lutero) utilización de la guerra para defender los derechos religiosos (caso Calvino y Zuinglio), y proyectar hacia el futuro una herencia que no se identifica ni con el sermón del monte ni con los principios del reino de Dios que Jesucristo preconiza.

Los anabautistas (llamados también anabaptistas, y después baptistas o bautistas), de donde procedía Miller rechazaban el bautismo de niños, y la unión de Iglesia y Estado, pero mantenían, independientemente de valores esenciales del cristianismo que los reformadores habían descubierto en la sola Escritura, y que habían legado, tanto a sus contemporáneos como a la posteridad, elementos tradicionalistas como una concepción de la ley de Dios inacabada que los propios reformadores, obligados al tema central de Jesucristo frente al Papa, de la sola gracia y de la sola fe, frente a las obras meritorias como necesarias para la salvación, desubicaron el valor de esa ley de Dios, con todo lo que ésta lleva implícito en cuanto a fidelidad como de protección para el ser humano que ha de responder con mansedumbre y humildad para con Dios, a ejemplo de Jesucristo.

El restauracionismo o iglesias restauracionistas, si bien fue influido tanto por los reformadores como por los anabautistas, consideraban que la reforma habría de consistir en terminar con todo elemento que no pudiera probarse con la sola escritura, oponiéndose a los credos.[4] Knight describe a este movimiento como influyente en ciertos dirigentes de lo que sería después la Iglesia Adventista, mediante una rama del movimiento restauracionista denominada conexión cristiana. [5] El semiarrianismo que se mantuvo en los comienzos de la Iglesia Adventista, y que posteriormente se depuro en su búsqueda de la verdad volviendo a las fuentes, fue una de las consecuencias de la influencia de la llamada “conexión cristiana”.[6]

El metodismo de Wesley, aun cuando no se aceptó en el sentido de poderse alcanzar la perfección, como no pudiendo pecar antes de la transformación en ocasión del retorno de Jesucristo,[7] también influyó considerablemente en el tema de la santificación, y en la concepción del libre albedrío frente a la concepción determinista de la predestinación calvinista. Y lógicamente el encuentro con las coordenadas y terminología metodista ha obligado a definir nuestra posición sobre la perfección cristiana, de acuerdo al modelo bíblico.[8]

El puritanismo, otro de los movimientos que influyó en el mundo norteamericano del siglo XIX ofrecía una panorámica muy estricta sobre los valores de la Ley de Dios y de la observancia del día de reposo, identificado éste como siendo el domingo. Esos valores contenían elementos a retener, y que el movimiento adventista tendría en cuenta en su proceso de recomposición. Pero las ideas puritanas de tendencia calvinista, que ya tenían un precedente revolucionario en Cromwel,[9] y que han llegado junto con otros estilos semejantes del protestantismo estadounidense, a influir en la política norteamericana considerablemente, en lo relativo a legislar sobre asuntos de moral, mediante la llamada teología de dominio,[10] nos obliga como nunca antes al retorno a las fuentes del cristianismo, a la sola escritura, y poder así vislumbrar lo más claramente el tema de la separación de Iglesia y Estado.

Estamos observando aspectos positivos y negativos en todas estas influencias. Las posiciones doctrinales que se asumieron antes de congregarse como Iglesia Adventista tenían que evidenciarse, pero todas ellas, fueran o no sostenibles con la Biblia, era preciso analizarlas profundamente retornando a las fuentes. Los planteamientos que estos colectivos cristianos presentaban implicaban no solamente toda una gama de realidades teológicas a las que había que adentrarse con análisis crítico, sino también la manera de estudiar la Biblia, y de organizarse la Iglesia. Era preciso estudiar todas las concepciones explícitas e implícitas. Nada podía quedar intocable. Se sabía que si éramos el movimiento, la comunicación que respondía a los interrogantes de Daniel 8:13, 14, que implicaba y exigía lo terrestre y lo celeste, para señalar la obra y sentido del sistema de maldad del Cuerno (cf. 8:11, 12, 23-25, 26, 27) a la vez de hacer sobresalir los valores del Continuo del Príncipe en su Santuario (8:11, 12 cf. 9:23, 24, 25-27), traía simultánea y paralelamente una rehabilitación de los valores del continuo del Príncipe y de su Santuario contaminados por la ideología y quehacer del Cuerno, que coincidiría con la obra de ese Príncipe en su Santuario y sus repercusiones en su pueblo y en la historia (Dn. 8:13, 14 cf. 7:9-12, 13, 14 cf. 9:24-26, 27).

En este trabajo de retorno a las fuentes del cristianismo, depuración de todo aquello que no tuviera base en la Palabra de Dios, y el descubrimiento de realidades teológicas nuevas basadas únicamente en la sola Escritura,   Elena White fue capital, como tendremos oportunidad de comprobar. Y en ese análisis de la capitalidad del don profético manifestado, descubriremos el valor de la sola Escritura, cómo el don se ha de someter a esa sola Escritura.

El retorno a las fuentes y nuestra fe personal en la Verdad de Dios por la conciencia individual en plena libertad y en la Iglesia que preserva esa Verdad siendo fiel a ella en su exposición doctrinal y vida cristiana [11]

1. La Verdad y la fe personal.

La fe, según la Revelación, es un don de Dios que se inicia y fortalece mediante el estudio y conocimiento de la Palabra de Dios (Rm. 10:17) inspirada y dirigida por el Espíritu Santo. Y aquí de nuevo lo personal e individual cobra una dimensión a tener en cuenta. Soy yo el que escuchó o leo las Escrituras. Es mi responsabilidad por la libertad de la que estoy conferido, y que ha decidido permitir que la actuación del Espíritu Santo (Jn. 16:7-9 cf. 16:13-15) obtenga el resultado querido por Dios, consiguiendo que yo tenga interés por la Palabra de Dios que me dará Fe, y después a realizar actos de Fe.

Es en última instancia la conciencia del individuo quien debe decidir si acepta o no como válidas las proposiciones que se le ofrecen (Gál. 1:8,9 cf. 1ª Jn. 4:1). Es la persona individual la que debe indagar sobre el valor de la Revelación divina (Jn. 5:39 cf. 1ª Tim. 3:15-17). Es el individuo quien debe pedir sabiduría, no a los hombres que todos son falibles, sino a Dios (Stg. 1:5-7). La importancia excepcional de la asistencia del Espíritu Santo, es que todos tienen derecho a él pidiéndolo (Lc. 11:9-13), y que se manifiesta en la Unidad espiritual y de fe que tienen entre sí todos aquellos que lo han recibido. Y por lo tanto el individuo puede sentirse libre, y con el derecho a que se le escuche, con la debida mediación, y estudien sus propuestas, siendo, si esto fuera necesario, y el creyente lo pidiera, la totalidad de la  Iglesia debidamente representada la que deberá explicar y responder racionalmente y por la Revelación a aquello que surge como un disentir.

Esa experiencia personal, que me obliga la propia Revelación a realizar marca una trayectoria a mi conciencia que la hace subsidiaria de la Palabra de Dios. ¿Se ha leído bien?: ¡De la Palabra de Dios!, no de la palabra de un hombre, y ni siquiera de la interpretación que un hombre pudiera hacer de la Palabra de Dios, en el caso de que mi olfato espiritual oliera que dicha deducción de la Escritura no coincide con los cánones que la propia Palabra de Dios ha entretejido en mi conciencia.

¿Acaso mi conciencia no puede equivocarse en un asunto por el que disiento? ¿Qué seguridad tengo de que esos cánones insertados en mi conciencia están apoyados por la Biblia?

En principio dejemos establecido que la fe, y el acto de fé, es fruto de una experiencia personal que toma la conciencia individual en obediencia al influjo, presencia y dirección del Espíritu Santo. Y que la permanencia de la Fe sólo es posible en un continuo estudio personal o escucha individual de la Palabra de Dios. Todo esto crea un estado de conciencia.

Si esa etapa se ha dado, se dará o habrá dado simultáneamente, la dirección del Espíritu Santo hacia la Comunidad de Creyentes o Iglesia, formada por individuos que han hecho la misma experiencia que tú. Iglesia que surge por origen divino, con unas características que se evidencian en la propia Revelación, y que dicha Iglesia se verá obligada a mostrarte para que se pueda comprobar su Autoridad y genuinidad, además de cumplir su más precioso propósito: conservar el depósito de la Fe, y transmitirlo fielmente para hacer posible la Salvación de Dios. Por descontado, es el Espíritu Santo quien decide el tipo y naturaleza de Iglesia de Dios que hemos de reconocer de acuerdo a los principios enumerados en la Escritura y evidenciado en la Historia.

Según esto, mi conciencia no está aislada en una torre de marfil, está unida con la Comunidad de Creyentes o Iglesia que me proporciona un conocimiento de la Verdad de la que es depositaria, lo más próximo a la realidad, por cuanto ese conocimiento es inagotable por la Verdad misma.

La Iglesia no es la Verdad. La Iglesia, lo es y es considerada como tal cuando puede evidenciar y ofrecer con la Revelación, que se ajusta adecuadamente a esa Verdad. Verdad que le viene de fuera, y que se concretiza en lo que significa e implica la Persona de Jesucristo fundador de la Iglesia, y que puso como cimientos irrepetibles e insustituibles a los Apóstoles (la palabra apostólica) y Profetas (la palabra profética), y todas las demás ‘piedras’ provistas de dones espirituales, y todo ello basado en el único fundamento Cristo Jesús que es la Palabra de Dios, la Revelación completa, la Verdad confirmada en las Escrituras.

La Verdad, en sus proposiciones y contenidos no se comunica de golpe, ni se puede asimilar toda ella, ni, por lo tanto se puede expresar de modo perfecto dadas las limitaciones de la mente humana. Y ni siquiera se está capacitado (en algunos momentos), ni el individuo ni la propia Iglesia como colectivo humano, para hacer frente a las nuevas formas y situaciones que el devenir de la historia te va presentando. Tan cierto es esto, que se ha constatado que la Iglesia que posee la Verdad, los seres humanos que forman parte de ella han podido hacer un uso no suficientemente adecuado en el tratamiento o interpretación de una situación, en la que se ven involucrados principios éticos o doctrinales, hasta el punto de cometer equivocaciones en la aplicación de esa Verdad que posee la Iglesia fundada por Jesucristo (cf. Gál. 2:11-14).[12]

Esto ni vacía de autoridad a la Iglesia ni desdibuja las características que debe cumplir la Iglesia que cumple con el depósito y transmisión fiel de la Verdad. La finalidad primordial de la Iglesia es la de haberse constituido depositaria y transmisora fiel de los principios de la Verdad que lleva a Vida Eterna, agrupar a los que han de ser salvos gracias a la Soberanía divina y dirección del Espíritu Santo no obstaculizada. La Iglesia como conjunto de creyentes que es, tiene también como objetivo proporcionar el mayor consenso posible sobre la Verdad que posee la Iglesia en la Revelación. Y que la administrará más adecuadamente si tiene en cuenta la Voz del Pueblo de Dios reunido de acuerdo a los principios democráticos internos contemplados en los esquemas esbozados en el Nuevo Testamento. Y es, en una Iglesia de este tipo donde el Espíritu Santo puede manifestarse guiando y orientando hacia la Verdad completa, y hacia su interpretación correcta. Según nuestro criterio basado en el Nuevo Testamento, y que exponemos en su lugar, es incompatible la actuación del Espíritu Santo en un prototipo monárquico autodenominado Iglesia.

De todo esto se deduce, primero, que es preciso descubrir, a la luz de la experiencia bíblica e histórica, la orientación que el propio Espíritu Santo da a su proceder en relación a la Iglesia de Dios.

En segundo lugar, hay que distinguir entre las características que la Revelación propone como esenciales para identificar a esa Iglesia que el Espíritu Santo forma, teniendo en cuenta el fundamento de la Palabra de Dios y originador Jesucristo, y el uso que el colectivo humano que hace Iglesia, a través del tiempo, realiza en la proyección de los principios doctrinales emanados.

En tercer lugar, la Iglesia de Dios, integrada por una totalidad de creyentes que administra la verdadera Fe heredada de Jesucristo y los Apóstoles, es conducida y enseñada por el Espíritu Santo, teniendo en cuenta mentes finitas, limitadas, falibles, que mantienen un conflicto constante frente al Pecado, el Mundo y el Maligno. Esta guía del Espíritu Santo no evita que algunos que hayan podido ser colocados, conforme a las elecciones que los principios bíblicos sostienen para los miembros de la Iglesia de Dios, en lugares destacados puedan cometer errores que el propio Espíritu Santo solucionará utilizando a otros miembros que son Iglesia también. Aquí la Conciencia del individuo iluminada por el Espíritu Santo puede ser capital. El Espíritu Santo puede encontrar el instrumento humano idóneo, que fiel a su conciencia forjada precisamente en la Revelación inspirada por el propio Espíritu Santo, por la propia enseñanza de la Iglesia a través del tiempo, y por la presciencia soberana divina que ya había prevenido esta circunstancia, consiga, en un momento crucial, ofrecer la luz necesaria para que la Iglesia representante de Dios en la tierra se abstenga de canonizar un posible error. Esta es la ventaja de poseer la Palabra de Dios, y estar a disposición de todos los que son Iglesia. Y este es el método que Dios ha escogido para que su gloria se evidencie en el mundo: por medio de hombres y mujeres imperfectos el Espíritu Santo logre el consenso, una Iglesia perfecta, unida, basados en la Palabra de Dios, y en el valor que dan a ese Dios que los guía, a pesar  de que el pecado haya dejado sus marcas en el instrumento humano, los agujeros que permanecen a pesar del clavo quitado. Utilizar otro método es privarle al poder de Dios la gloria que le confiere el hecho de conseguir, con un colectivo estrictamente humano sin diferencias especiales o esenciales entre los que lo forman, en lo relativo a la economía de la salvación pero que se somete voluntariamente a la dirección divina, la permanencia de la Iglesia que Jesucristo fundó. De esta manera nunca esa Iglesia se verá en el error.

Está claro, que es más fácil que se dé el ejemplo contrario: que el individuo fiel a su conciencia que ha procurado incorporar a ella todo lo imprescindible que la Palabra de Dios le otorga y que la propia Iglesia en una síntesis de analogía de la fe le entrega, se equivoque en su apreciación teológica, o pretenda imponer su punto de vista. En este caso la Iglesia en su totalidad o debidamente representada en su totalidad corregirá, conforme a los principios establecidos en la propia Palabra de Dios, tal presunción.

También se puede dar el caso que el propio estudio de la Palabra de Dios, y el trabajo con las almas, en un contexto determinado, le obligue a tomar posiciones pastorales y teológicas (cf. 1ª Cor. 7:1ss., 6, 10, 12ss. y Mt. 19:4-9) que disientan de una postura generalizada, o que todavía no se ha analizado lo suficiente pero que a pesar de ello puede producir disensión, como fruto del enfoque y de la hermenéutica.

Por todo lo dicho hasta aquí la libertad del acto de fe puede justificar el análisis crítico de ciertas posiciones, por cuanto ese acto de fe, tomado en libertad, ha supuesto por medio de lo que la propia Iglesia le transfiere, y el Espíritu Santo reclamado le enseña en completa cooperación con la Revelación escrita, un conocimiento y unos dones que pueden ser utilizados por el Espíritu Santo para aportar el elemento necesario para que la Iglesia permanezca vigilante respecto a lo que provee la fuente. Esta contribución, si las circunstancias lo requieren, puede darse en la forma de discusión crítica.[13]

No se trata de oponer un magisterio supremo de la conciencia al magisterio de la Iglesia. El principio del libre examen, con que se goza en una Iglesia que admite la posibilidad de nueva luz sobre verdades, no autoriza a nadie a enfrentar el magisterio supremo de su conciencia con el magisterio de la Iglesia, por cuanto el tipo de Iglesia novotestamentario[14] imposibilita un pugilato de estas características. Ese tipo de magisterio de la Iglesia que se origina, se desarrolla y promociona conforme a las expectativas divinas creadas, en consenso, teniendo en cuenta todo el Pueblo de Dios el magisterio de la conciencia individual, considerando a la propia participación de las propias conciencias individuales (cf. Hech. 15:1ss..; 22-24, 28; Mt. 18:15-20) y el Magisterio Bíblico. Cuando la Iglesia ejerce magisterio ha debido tener en cuenta el consenso del Pueblo de Dios, y ahí está incluido el magisterio de cada conciencia individual.[15] En este tipo de Iglesia, el Espíritu Santo prometido orienta e influye para que el magisterio de la Iglesia no se vea afectado negativamente.

Sólo el magisterio de la conciencia llega a ser supremo, cuando el tipo de magisterio eclesiástico inhabilita a la conciencia individual del creyente, y no le permite formar parte de ese magisterio en el sentido ya expuesto.

Ciertas Iglesias no pueden desarrollar un tipo de magisterio que impida el enfrentamiento con las conciencias individuales. Y ni mucho menos engendrar una democracia interna de acuerdo a las posibilidades que el Nuevo Testamento otorga.

Las Escrituras sobreentienden el libre examen [16] conforme a la orientación ofrecida en líneas anteriores.

El mensaje del Nuevo Testamento es el de que compruebes y examines libremente que lo que las Escrituras contienen es la Verdad que el ser humano necesita (cf. Hech. 17:11; Jn. 5:39). La misión de la Iglesia es presentar esa Verdad lo más exactamente posible teniendo en cuenta el contenido bíblico. Es obligación del candidato comprobar (cf. Gál. 1:8, 9; Mt. 7: 13-20, 21-23; 2ª Tes. 2:15, Isa. 8:19, 20) mediante el Espíritu Santo que ha pedido para tal efecto (Lc. 11:13 cf. Stg. 1:5-7) si la presentación de esa Verdad por parte de la Iglesia coincide con los principios que las Escrituras presentan.

El Magisterio Bíblico es el que configura el magisterio de la conciencia, consistiendo en enseñar al que pretende ser cristiano a saber utilizar personalmente la Palabra de Dios (cf. Hech. 17:11) para conocer a Jesucristo (Jn. 5:39 cf. 17:3), obtener la salvación (2ª Tim. 3:15-17), no permitir el ser engañado (Gál. 1:8, 9 cf. Mt. 7:21-26), y transmitir el mensaje de salvación a todas las gentes (Mc. 16: 15, 16). El Magisterio Bíblico te pone a tu alcance una metodología a seguir en el estudio de la Biblia que te permite encontrar el Plan de Dios para tu persona, y una serie de controles para que puedas discernir el engaño de la verdad (1ª Jn. 4:1 cf. Isa. 8:19, 20). Sobreentiende un acceso directo, libre y personal hacia la Palabra de Dios. La responsabilidad es únicamente individual. El magisterio bíblico lo ha preparado el Espíritu Santo de acuerdo a esta sinopsis.

Por descontado que existe a veces pluralidad en el entendimiento, e incluso errores y herejías.[17] Pero esto no es motivado por el método de magisterio que la Biblia nos presenta, sino por la compleja y conflictiva naturaleza humana. La gloria de Dios se manifiesta precisamente en mostrar, que si el hombre cumple las condiciones requeridas por la Palabra de Dios, a las que el Espíritu Santo le guía, Dios le llevará a conocer la verdad (Jn. 14:13-17, 26; 15:26; 16:13 cf. Mt. 18:19; Lc. 11:13; Stg. 1:5-7).

Al examinar los textos precedentes, de nuevo comprobamos que el estudio de la Biblia es algo personal, y que es el Espíritu Santo quien te lleva al convencimiento de la Verdad. Si bien es cierto que ese Espíritu Santo puede utilizar un instrumento humano que haya avanzado en la experiencia del conocimiento de la Palabra, para transmitirte, de acuerdo al mandamiento evangélico (Mt. 28:19, 20), lo que es la Buena Nueva de salvación, no es menos cierto que dicho instrumento, utilizado por el Espíritu Santo, no se le acepta lo que dice en virtud de que esté personalmente dotado de la infalibilidad, o de un conocimiento ausente de error, sino porque lo que dice puede ser corroborado en la Palabra de Dios. Cuando es preciso recurrir a una infalibilidad externa a la de la Biblia, o a un Magisterio distinto al propuesto por la Revelación, sería una evidencia de que sólo con la Escritura no es suficiente, y supondría tácitamente la necesidad de la intromisión humana para establecer lo que es verdad. Esto equivaldría a considerar el método propuesto por el Espíritu Santo para hacernos accesibles a la Revelación como imperfecto. El mensaje de la Biblia, para evitar el engaño que sufre el mundo entero (Ap. 12:9), es, que de un modo personal y libre nos aseguremos cuál es el verdadero evangelio mediante las propias Escrituras, y lo comparemos con las posibles interferencias que nos puedan venir incluso si estas procediesen de la autoridad apostólica o angélica (Gál. 1:8, 9).

El Espíritu Santo ha integrado en la Palabra de Dios todo un Plan de la Verdad que cualquier estudioso sincero y que se someta a los requerimientos que la propia Escritura establece, descubra todo el hilo que deduce toda la verdad doctrinal y espiritual.

El Espíritu Santo no puede inspirar a nadie nada que no coincida con lo que ese Espíritu Santo ha dejado por escrito.

El oficio Apostólico que es irrepetible, según el Nuevo Testamento, se sujetaba a las Escrituras antiguas (2ª Tim. 3:15-17; 2ª Ped. 1:21 cf. Hech. 17:11), y al propio mensaje del llamado Nuevo Testamento (Gál. 1:8, 9). Y los profetas tenían que sujetarse a los profetas (1ª Cor. 14:32, 33).

  • Conclusión de los apartados

Hemos comprobado que nuestro origen es fruto del fracaso, no más grande ni más pequeño que lo que supuso para los apóstoles la muerte de aquel del que interpretaban que iba a restaurar a Israel (cf. Hech. 1:6), y a liberarle de todos sus enemigos. La muerte de Jesucristo, ha sido interpretada por muchos a través de la historia como un absoluto fracaso. Y aun cuando Pablo se ve obligado a tener que desligar la cruz de la horrible condena que por el delito Roma pagaba, otros como Schweitzer,[18] considera que Jesucristo pensaba en que el Reino de Dios triunfaría plenamente en la historia en su propia época, y que su muerte evidenció el fracaso de las pretensiones de Jesús.

Los Apóstoles se vieron obligados a ir a la sola Escritura a encontrar confirmación de aquello que no podía engañarles: la presencia de alguien que les había dicho que era el Mesías (cf. Lc. 24:26, 27, 44), y que resucitaría al tercer día de su muerte (cf. Jn. 20:9). Únicamente en la experiencia de retornar a las fuentes podían desligarse de los errores adquiridos, y de alcanzar el conocimiento que la sola Escritura, integrada por el Espíritu Santo, les proporcionaría. La venida del Espíritu Santo prometido (Hech. 1:5) saldría al encuentro en la experiencia de volver a las fuentes. Ese Espíritu Santo sería reconocido solamente retornando a la fuente de la que el Espíritu Santo es inspirador. Tenían que reconciliarse con la sola Escritura, y comprobar en ella todo lo que se decía del Mesías, de su misión, obra e ideología. Y de este modo retornando a la fuente se les identificaría los errores acumulados, y encontrarían su propia identidad, y comprobar cómo en el cumplimiento del tiempo (cf. Gál. 4:4 cf. Dn. 9:24-27), se identificaba al pueblo que habría de cumplir la misión en la tierra paralelamente a la del Mesías en el cielo (cf. Hech. 3:19-21).[19]

La comprensión de la Iglesia primitiva respecto a ciertos valores doctrinales: la aportación apostólica al sentido del concilio de Jerusalén (Hech. 16), al matrimonio (1ª Cor. 7), a la restauración del reino de Israel (Hech. 1:6), a la resurrección (1ª Cor. 15 cf. 1ª Tes. 4), y a la relación fe – obras (Gál. 2:11-14), muestran las tensiones (Rm. 4 cf. Stg. 2:14-26) en algunos casos, y el transcurso gradual de entendimiento (2ª Ped.1:19).

La misión con que fueron investidos se basaba en la certidumbre de que estaban basados en la sola Escritura.

El movimiento adventista surge señalado por la revelación divina como ya indicamos como fruto también de un fracaso a fin de que se retorne a las fuentes. El pueblo de Dios en la época de la venida del Mesías, al principio de los últimos tiempos (cf. 1ª Jn. 2:18; 1ª Tim. 4:1; 2ª Tim. 3:1; Hb. 1:2; 1ª Ped. 1:5; 2ª Ped. 3:3), tuvo que volver a las fuentes si quería hacer permanente su identidad. El pueblo de Dios del final de los últimos tiempos (cf. Hech. 3:19-21; Jn. 6: 39, 40, 44; Hech. 17:30, 31; Ap. 16:13-17; 18:1-8,9; 19:11-21), ante el panorama de estancamiento y de pluralismo religioso confuso y ecuménico, había de volver a las fuentes a fin de encontrarse con su identidad (Dn. 8:13, 14, 11-12 cf. 8:23-26; 7:13, 14, 9-12, 7, 8, 17, 18, 19-22, 23-25-27 cf. Lc. 17:20ss cf. Dn.12). Ese volver a las fuentes implicó en un principio el descubrimiento del por qué una verdad como la del retorno de Jesucristo para acabar con el mal y la muerte, podía terminar tan traumática. Dios había suscitado una serie de personas en diferentes lugares, entre los que se encontraba Miller, y a pesar de sus errores o renglones torcidos, con el objetivo de despertar por el retorno de Jesucristo, con el fin de descubrir, no una fecha cerrada para ese retorno sino la necesidad de una preparación, y de una comunicación en cuanto a la fidelidad a las fuentes, a una reforma que había quedado inacabada y que amenazaba, como así ha sido, con estancarse definitivamente. Reforma y vuelta a las fuentes, y poder hacer frente a la última crisis que el mundo religioso, previa al retorno de Jesucristo, iba a experimentar, y concluir la obra de predicación (cf. Ap. 14:6-14; 18:1-8).

La ratificación por los pioneros y por el don profético manifestado en Elena White de la necesidad de volver a las fuentes, en un proceso crítico personal y colectivo para llegar al encuentro de la verdad ha sido una realidad, y se prolongará hasta la aparición de cualquier vestigio que se compruebe con el poder de Dios, que no pudiera ser constatado en la sola Escritura.

El proceso de vuelta a las fuentes del Movimiento del Adviento o Iglesia Adventista del Séptimo Día, respecto a la interpretación de Daniel 8:13, 14

Tres obras nos informan y documentan sobre el proceso de retorno a las fuentes en la comprensión definitiva del tema del santuario y del juicio que aparece en Daniel 8, 7 y 9: 1) Doctrine of the Sanctuary (A historical survey);[20] 2) The Sanctuary and the atonement [21] y 3) Pioneer articles on the Sanctuary Daniel 8:14; The Judgment 2300 days; Year- Day principle atonement; 1844-6 a 1905.[22] Nosotros las hemos tenido en cuenta para reconstruir lo esencial de esta parte del capítulo.[23]

Litch,[24] (también lo apunta Knight) no estaba de acuerdo con la interpretación que Miller (pastor bautista) realizaba del final de los 2300 días proféticos, como correspondiendo al segundo advenimiento, y dos años antes de 1844 advierte en un artículo excepcional, que la exégesis de Daniel 8:13, 14 no la trataba adecuadamente Miller, sino más bien concernía al juicio previo a la segunda venida, y por lo tanto lo que iba a suceder era ese juicio previo al advenimiento.[25]

Litch influyó en Apollos Hale,[26] y gracias a ser uno de los prominentes redactores milleritas pudo trasmitirlo, [27] y como consecuencia, tanto aquellos como el destacado millerita Joshua V. Himes,[28] junto con otros llegaron a la conclusión, aun antes de octubre de 1844, que lo que el texto de Daniel 8:13, 14 (cf. 7:9-12, 13, 14) indicaba, era un juicio previo a la segunda venida.[29] Litch, también había dejado claro que la visión de Daniel 8, no era una visión restringida relativa al cuerno pequeño, sino a la visión que había empezado con el carnero, y a la que se le había incorporado el macho cabrío, y todo lo demás,[30] con lo que dejaba claro que la visión, y la de los 2300 días, no empezaba en la época del cuerno relativa a quitar lo del continuo, sino a la que empezaba con el carnero representando a Medo Persia (cf. Dn. 8:20, 2, 3, 4-8, 9, 10, 11-13, 14).

Después de octubre de 1844, cuando las expectativas de casi todos se habían volatizado se hizo imprescindible un análisis de la Biblia como nunca antes ¿Qué ha pasado? ¿Será posible que nos hayamos equivocado en algo tan preciado para el creyente como es la segunda venida de Jesucristo? ¿Cómo es posible que Dios nos haya permitido seguir este camino sabiendo que íbamos al fracaso? ¿Qué seguridad podemos tener ahora que Él nos va a orientar en la comprensión de lo que ha ocurrido?

En principio, había que descubrir cuál había sido auténticamente el propósito divino en cuanto al despertar sobre la inminencia del retorno de Jesucristo. Conocer simultáneamente el plan de Dios en la historia en cuanto a la elección de renglones torcidos. Pero estos dos objetivos obligaban a descubrir en dónde había radicado el error o errores del movimiento que Miller, sin proponérselo, preconizaba; y a volver a la fuente de esas deducciones erróneas: a la palabra de Dios, a la sola Escritura. Los contenidos hermenéuticos del movimiento millerita, con lo positivo y negativo, esperaban a proporcionar a los que con sinceridad y honestidad para con Dios se acercaran a reconocer y a identificar lo válido o no. La sorpresa iba a ser mayúscula: la esperanza y promesa del retorno de Jesucristo estaba íntimamente ligada con un procedimiento correcto de lectura de la Biblia, en un volver a las fuentes, a la sola Escritura, donde se descubriría de cumplir ese objetivo, la preparación necesaria, tanto en lo teológico como en lo espiritual, en un reavivamiento y reforma, imprescindible todo ello para que la segunda venida de Jesucristo tan anhelada se pudiera cumplir. El movimiento de reforma que se había iniciado paralelamente a la creación del modelo constantiniano de anti-iglesia, y al que se le habían sumado diversos colectivos, entre los que se encontraban toda una serie de elementos denominados sectarios y heréticos: albigenses, valdenses, luteranos, calvinistas, anabautistas, metodistas, si bien se habían estancado en el objetivo de volver a las fuentes, extendieron la necesidad de una lectura de la Biblia como única. Promovieron el principio de la “sola Escritura”, y convirtieron ese punto como primordial para el reconocimiento de cualquier verdad interpretativa o deductiva. Solamente la Biblia, a la que está integrada el Espíritu Santo como inspirador de ella, podía ser considerada como normativa.

Antes de la decepción de octubre de 1844, Litch que había dejado claro el tema del juicio pre-advenimiento, y otros que habían relacionado ese estudio tanto con Levítico 16 (en cuanto al día de la expiación), y a la parábola de las bodas de Mateo 22, [31] motivaban a los decepcionados, allanándoles el terreno, respecto a la consulta bíblica a fin de tener un encuentro con la sola Escritura en cuanto al procedimiento de llegada a las conclusiones de Miller, y en cuanto a los contenidos.

El grupo minoritario de los tres que surgen tras la decepción experimentada sobre la no venida de Jesucristo, y que llegaría a organizarse como Movimiento del Adviento o Iglesia Adventista del Séptimo Día, se toman en serio el desafío que aparece en las implicaciones de la decepción. [32]

Ya hemos dicho, y lo repetimos que en el origen de la Iglesia Adventista aparece en primer lugar lo que se asemeja a lo más vil, a lo más insensato (2ª Cor. 12:9, 10). Estamos dispuestos a reconocer que para llegar a ser escogidos (1ª Cor.1:26-31) tuvimos que experimentar el ser la escoria (1ª Cor. 4:13). Pero decidimos salir al encuentro de lo que resultaba de la experiencia que Dios imponía a fin de descubrir su auténtico propósito. Había que volver a las fuentes, y lo hacíamos para cerciorarnos del error. Pero ya no teníamos nada que perder, y por lo tanto decidimos no solamente contemplar los errores de interpretación del movimiento millerita, sino además comprobar la belleza de la verdad en toda su extensión. Quisimos partir de cero. Evidentemente comprendimos que el despertar por el retorno de Jesucristo, verdad maravillosa y extraordinaria si se vive de acuerdo a lo que implica y significa la primera venida, exigía la preparación de un pueblo, teniendo en cuenta todo el mundo. El movimiento millerita no había comprendido tampoco esto ¿Qué pretensión era esa que reclamara la segunda venida de Jesucristo, sin haber dado a conocer a todo el mundo esa verdad con todo lo que implica? ¿Cuánto se conocía de ese despertar en un mundo descristianizado, y en ese otro que todavía nunca habían escuchado de Jesucristo? ¿Cómo poder pretender una cita temporal exacta de la venida sin haber un plan claramente delineado de predicación del evangelio en todo el mundo?

Cuando se tienen en cuenta las ideas vertidas en estos párrafos precedentes, nadie querrá pensar, independientemente de los malintencionados, que la interpretación que ofrece en un primer momento, el movimiento del destino,[33] estaría forzada por la decepción: una forma de camuflar el error, cuando se sustituyó la fecha cerrada para el retorno de Jesucristo por la idea de un santuario celestial que seguiría anti-típicamente la funcionalidad tipológica, marcada, como veremos, por la propia apocalíptica (historia anticipada), y su propia comprensión en el evangelio y en las epístolas (especialmente la de los Hebreos). Cuando se estudia ese proceso histórico, es imposible llegar a esa conclusión. Por cuanto ya desde 1842 se había dejado por escrito que la profecía de los 2300 días/proféticos, bien delineada no acababa en la fecha del retorno de Jesucristo sino en la comprensión de la existencia de la verdad de un Santuario por el que Dios reavivaría y prepararía a un pueblo para ese momento culminante de la historia del encuentro definitivo con el Salvador, cuando los desequilibrios, sufrimientos, enfermedades, el mal en suma, y la propia muerte tendrán su fin completo.[34]

El proceso histórico, nos dice que ese encuentro con la razón de ser, y con el descubrimiento en la propia revelación de ser llamados para la misión de retornar a las fuentes, y preparar a un pueblo para el retorno de Jesucristo, comprendía la restauración de la verdad del Santuario que el cuerno había contaminado con lo que implicaba la presentación del Príncipe con su continuo desvalorizado, y la comunicación de que la obra ministerial del Príncipe en su Santuario Celestial no había quedado nunca paralizada, a pesar de los obstáculos del sistema de maldad cuerno pequeño, a impedir un acceso directo y una comprensión de los valores implicados.

Edson y Crosier el mismo 23 de octubre de 1844, tuvieron en su mente la comprensión de que Daniel 8:13, 14, no apuntaba hacia el retorno de Jesucristo sino al ministerio sacerdotal de Jesucristo en el Santuario celestial, relativo a lo que la tipología indicaba en el día de las expiaciones. Comunicaron esa verdad verbalmente, pero Crosier no podrá plasmarlo por escrito hasta 1845-1846.[35]

Enoch Jacobs, en noviembre y diciembre de 1844 deja constancia por escrito,[36] que de acuerdo a los textos de Daniel 8 y 7 en comparación con Lv. 23:29, 32, y Hech. 3:19-21 y 1ª Ped. 4:17, no podía referirse a la segunda venida de Jesucristo, sino al juicio pre-advenimiento, y al ministerio de Jesucristo en el Santuario celestial.

Posteriormente en 1845, Apollos Hale y Josep Turner,[37] supieron relacionar, a fin de obtener mayor evidencia, la parábola de las vírgenes, donde se habla de las bodas, a la parábola de las bodas de Mt. 22, junto a Daniel 7, 8 y Levítico 16, y de Hebreos, referente al día de las expiaciones tipológico, y a las ideas de juicio y ministerio de intercesión.

Después vendría el valioso estudio de O.R.L Crosier, en ese mismo año de 1845,[38] y los que después introducirían de modo imparable: Josep Bates, E. White y Jaime White.[39] Hasta todo un proceso de proyección universal que garantizaba el cumplimiento “Y luego el Santuario será purificado, rehabilitado, puesto en su derecho, justificado, reivindicado” (Dn. 8:14): La obra celeste que seguía su curso ministerial desde la inauguración del Santuario del Príncipe por el propio Príncipe Mesías (Dn. 9:24, 24 úp.-27), persistiría en ese trayecto hasta y después de la llegada de los 2300 días proféticos (Dn. 8:11-13, 14), pero marcándose un momento histórico especial, por lo que implicaba el tipo del Santuario terrenal, señalado por una situación de juicio a favor de los santos, y de sentencia condenatoria para el cuerno (cf. Dn. 7:13, 14, 9-11 cf. Hb. 9:1-8, 9 cf. Lv. 16). La obra terrestre exigida en el texto de Daniel 8:11-13, 14, relativa al desenmascaramiento definitivo del cuerno, especialmente en su labor contaminadora de la ideología y de los valores del Santuario Celestial, con todas sus implicaciones, es emplazada por el “luego el Santuario será reivindicado, y purificado de los contaminantes ideológicos del cuerno”. Ese luego recoge tanto la obra celeste ministerial del Príncipe, como la obra terrestre de comunicación por parte de los que se ven señalados e identificados por esa comunicación, que implica tanto en lo que consiste esa obra celeste del Príncipe como en la identificación de la labor contaminante del cuerno del Continuo y Santuario del Príncipe.

Es decir el texto, tal como veremos más adelante en nuestro estudio estaba reclamando, tras la contaminación ideológica de la verdad del Santuario por el cuerno, una restauración de esa verdad, que al mismo tiempo pondría al descubierto, la obra intercesora del Príncipe en su Santuario relativa a lo que marcaría el tiempo y la funcionalidad tipológica y anti tipológica recogida también en el texto (cf. Dn. 8:11-13, 14 cf. Dn. 9:24-27 cf. Dn. 7:13, 14, 9-11 cf. Hb. 9:23, 1-8, 9, 11-22; 8:1, 2-6). Por lo tanto históricamente, marcado con el luego (cf. Dn. 8:14) implicado desde 1844 tanto en lo referente a lo celeste como en la obra terrestre, y expresado, en lo que supone la amplitud del conocimiento de la palabra revelada, desde su inicio en esa fecha y posteriormente a lo largo de todo el itinerario de lo que supone predicarlo y vivirlo de acuerdo al espíritu de Hech. 3:19-21 y Col. 3:1-4, se estaba dando cumplimiento a la exigencia del texto de Daniel 8, 7, 9, y Apocalipsis 14:6-13.

Al volver a las fuentes, para señalar el error y comprobar la verdad se encuentran con el texto de Hech. 3:19-21. Ahí se expresa, entre otras cosas, dos asuntos importantes para aquellos que están sufriendo la decepción, “que, antes de volver, Jesucristo ha de estar en el cielo, hasta la restauración de todas las cosas”. Estancia a fin de restaurar por Jesucristo.

Cuando se estudia, como haremos nosotros más adelante, como se cumple eso de “estar en el cielo”, “para restaurar todas las cosas”, descubrimos que se trata de un ministerio celestial para acabar con los enemigos de Dios (Hb. 1:1-3, 13; 10:11-13). Observen en 1ª de Cor. 15 “quiénes son los enemigos de Dios”, y en Hb. 8:1-6, cómo se ha sustituido el acabar los enemigos de Dios, entre los que se encuentra el pecado, por un ministerio sacerdotal en un Santuario Celestial no de esta creación. La obra de acabar con el pecado, y de otros enemigos: sistemas de maldad, diablo, muerte y pecado, se realiza mediante el ministerio Sacerdotal de Jesucristo, identificado en el evangelio y en el Nuevo Testamento por el Hijo del Hombre (cf. Mt. 26:63, 64), que ya desde entonces lo verían viniendo en la nubes. Esa venida en las nubes del Hijo del Hombre que desde entonces los principales sacerdotes podían verla, se refiere, a esa llegada con la teofanía nubes: el poder de Dios que acompaña al personaje celestial Hijo del Hombre, desde la ascensión, sentándose funcionalmente a la diestra de Dios, hacia el Anciano de Días (cf. Dn. 7:13), con tres verbos funcionales, que marcan un crescendo: viene, se acerca, le hicieron acercarse delante de él, y que señalan, esa obra celeste de inauguración del Santuario del Príncipe (cf. Dn. 9:24 úp.), de comienzo del ministerio sacerdotal, y la que supone “acercarse mucho más” al Anciano de Días, dentro del contexto de Juicio celestial (cf. Dn. 7:9-11, 13úp.), para luego volver en nubes (poder de Dios: se le da el reino) en ocasión de su segunda venida (Dn. 7:14 cf. Hech. 1: 7-9; Mt. 26:63, 64).

Se descubre en qué consiste esa estancia en el cielo y la restauración. Y siguiendo en esa línea, el cómo el profeta Daniel nos habla de unos sucesos que acontecerán en la época en que el Mesías haga su aparición, junto a un período histórico que se contabiliza desde la salida de la orden divino-humana, edicto humano (Esd. 1:1-4; 6:1, 12, 14; 7:1-26) orientado por la dabar o palabra u orden de Dios (cf. Dn. 9:21-23; 8:26, 27), para restaurar y edificar Jerusalén (Esd. 1:1-4; 6:1, 12, 14; 7:1-26) hasta la llegada del hecho de hacer Mesías o Ungimiento, y que se computa con un valor cronológico de 69 semanas de años o 483 años (cf. Dn. 9:25) a la que se adiciona una semana profética más o 7 años para describir el ministerio terrenal del Mesías (cf. Dn. 9:24 pp. y sp., 26 pp., 27 pl.) y su inicio de su obra celestial (cf. Dn. 9:24 úp.) junto a la repercusión de su vida y muerte (9:27 pp.).

Si a la época persa del tiempo de Artajerjes, en su séptimo año, se le añaden los 483 años, y teniendo en cuenta el comienzo en el mes exacto ofrecido por los valores tipológicos inherentes, y ligado con la llegada de ese Mesías profetizado, nos iríamos del año 457-456 de Artajerjes hasta el año 27 de nuestra era, cuando comienza su ministerio, en ocasión de su bautismo, según el Evangelio, Jesús de Nazaret, [40] el Ungido.

Vamos a dedicar los capítulos siguientes de esta primera parte identificando la aparición del Mesías en la historia, y comprobar los contenidos de su ideología y de su obra ministerial, y su relación con su Pueblo.

Queremos probar, en otro de nuestros artículos lo haremos en profundidad, que en Daniel 8 aparece un personaje denominado Príncipe de los Ejércitos (cf. Dn. 8:11) o el Príncipe de los príncipes (cf. Dn. 8:25), al que el sistema de maldad “Cuerno Pequeño” lo desvaloriza y desprestigia, pretendiendo usurpar su Autoridad quitándole el Continuo (Dn. 8:11), aun cuando le es imposible impedir su obra a favor del Pueblo de Dios. Ese Príncipe de los príncipes se identifica con el Mesías que ha de venir (Dn. 9:22-24, 25-27), dándosenos un período cronológico que incluye su aparición ministerial en la tierra con su muerte incluida a la mitad de la septuagésima semana, y la obra especial sacerdotal en el Santuario celestial (Dn. 8:11-13, 14, 26, 27 cf. Dn. 9:20, 21 {cf. Dn. 8:15-17}, 9:22-26, 27) Para la temática de la identidad del Mesías en la profecía, y comprobar su cumplimiento en el Evangelio.

Los capítulos 8 y 9 están unidos conceptual, ideológica, histórica y tipológicamente, como demostraremos en otro de nuestros números.

Este Príncipe, de acuerdo al texto bíblico, y como probaremos, realiza una obra histórica que se inicia en el Cielo (cf. Jn. 1:1-3; 1ª Ped. 1:12, 20; Ef. 1:3-6), en la presencia del Padre, continúa después en la tierra (Jn. 1:14, 18), y posteriormente la prolonga de nuevo en el Cielo (Hb. 8:1, 2; 9:11, 22-23, 24-28 cf. 7:22-25, 26-27), mediante la inauguración de un Santuario, y el ejercicio ministerial en éste.

Mientras se lleva a cabo esa obra ministerial en el cielo, en la historia transcurren una serie de acontecimientos que tienen que ver con un sistema de maldad denominado Cuerno Pequeño, y con un Pueblo que representa en la historia al Príncipe de los príncipes, y que involucrado en el relato profético, se le identifica en las diferentes etapas históricas en las que está presente, y especialmente en la que le toca señalar la obra impía del Cuerno con relación al Continuo del Príncipe, a la Autoridad intransferible de ese Príncipe, y a la obra última de su Ministerio Sacerdotal en el Santuario Celestial (cf. Dn. 8:11-13, 14).

Demostraremos, en otro lugar, que la entidad terrestre a la que se hace mención en el texto de Daniel 8:13 (cf. Dn. 12:6-12, 13), es la generación del Pueblo de Dios de esa época que hunde sus raíces en las fuentes del cristianismo, siendo el resultado de todo un proceso histórico en el que la noción de resto de la simiente de la mujer sigue actuando en la historia del Reino de Dios, desde la época apostólica hasta el tiempo con que confluye en la identificación que responde a las preguntas motivadas por la obra maligna del Cuerno (cf. Dn. 8:11, 12), resolviendo lo que está implicado esencial y trascendentemente en la duración de la visión (Dn. 8:12, 13 pp.): el asunto ideológico del Continuo que el Cuerno magistralmente (de ahí su catalogación como maligno) lo ha quitado, en el sentido de que los seres humanos tengan acceso al significado de ello; y la realización de una serie de acciones pecaminosas profundas (de ahí la mención de prevaricación [Dn. 8:13] o abominación {Dn. 11:3; 12:11}) que le permiten al Cuerno, ocultar el valor y significado del Santuario de Dios, tergiversar la verdad, y desviar la atención respecto a la realidad significativa del Continuo del Príncipe (Dn. 8:11-13).

Es decir, al final de los 2300 días proféticos que se consignan como respuesta cronológica a cuándo se acabará esa situación de tergiversación de la verdad relativa a la obra del Cuerno en quitar de la mente de los seres humanos el valor práctico y significado del Continuo del Príncipe, y del Santuario, se dará entrada a la finalización del ocultamiento de esas verdades, mediante la señalización de la verdad relativa al Santuario de Dios, del Continuo del Príncipe, y de todo lo implicado en la Verdad de Dios (Dn. 8:11-13 pp. cf. 7:23-25, 17, 18), a fin de preparar al pueblo suscitado por Dios a su encuentro con El (cf. Hech. 3: 19-21).

Para llevarse a cabo esto, se está implicando un protagonismo de algo que pone en evidencia esas verdades e identifica al Cuerno como un sistema de maldad (avnomi,aj) que la profecía lo reseña claramente para que lo podamos conocer en la historia: a los 2300 días simbólicos, del recorrido de la visión que empieza con Medo–Persia y a la que se le van añadiendo otros elementos y acontecimientos históricos, iréis comprobando la identificación y explicación sobre la obra del Cuerno, y la restauración de las verdades implicadas en el texto (cf. Hech. 3:19-21). [41] Ese algo que está implicado en el reconocimiento e identificación del Cuerno Pequeño y de su obra, y en la recuperación de las verdades que devuelven el valor y significado del Continuo del Príncipe junto a la importancia del Santuario de Dios, con toda la verdad además implicada, tiene que ver con lo que Dios suscita, de acuerdo al texto profético, y exige una entidad histórica concreta, para llevar a cabo esa obra de restauración, y que desde la época apostólica ha tenido su protagonismo en línea con la simiente de la mujer que ha aparecido con Jesús de Nazaret, y que se prolonga mientras dure el resto de su descendencia (cf. Ap. 12).

Ahora bien, los interrogantes respecto a cuándo la visión será conocida definitivamente, y hasta cuándo el Príncipe va a estar desvalorizado como consecuencia de que el Cuerno lo presenta sin su Continuo y sin lo que significa la doctrina de su Santuario, se contesta con dos respuestas: 1) La que ya hemos expuesto: se va a llevar a cabo una obra terrestre de restauración de la verdad, orientada mediante los valores ideológicos del Continuo del Príncipe y de su Santuario, verdades a los que el Cuerno ha atentado negativa y perjudicialmente para el Ejercito de Dios; 2) Esta labor coincidirá con un resultado de restauración que lleva implícita esa obra terrestre que está realizando la entidad terrestre que Dios ha suscitado, y una obra celeste de restauraciónjustificaciónpurificación como consecuencia de las repercusiones negativas y malignas que en el Santuario de Dios ha tenido el proceder del Cuerno. Ya explicaremos de qué modo son esas repercusiones. Pero tengamos en cuenta que la tierra y el cielo son un mismo lugar de acuerdo al plan de la salvación que Dios ha creado.

Vamos a proceder a plantear toda una serie de ayudas para realizar una mejor exégesis dadas las condiciones que nos provee la apocalíptica, en la que es preciso saber reducir los símbolos a las realidades, comprender el lenguaje narrativo integrado y combinado con la simbología, además de descubrir la historia insertada en el género literario apocalíptico.

Teniendo en cuenta lo que los párrafos precedentes exponen, en esta primera parte, en artículos subsiguientes identificaremos al Mesías, en su doble vertiente de origen y naturaleza, y su misión. Observaremos que el Mesías que se origina en el momento que marca la profecía de Daniel 8-9, se amplía hasta el final de la obra de ese Mesías antes de su segunda venida a esta tierra, manteniendo una polaridad hasta el final: Su Pueblo y los que se adjuntan a la direccionalidad que marca el sistema de maldad que se opone a Dios.


[1] Puede consultarse sobre esto del autor Antolín Diestre Gil, La vocación de poder en la era de la globalización, y la necesidad de un gobierno mundial como sentido de la historia, Zaragoza 2007 (3 vols.).

[2] Las citas que a continuación exponemos tienen que ver directamente con el hecho que estamos tratando respecto de volver a la sola Escritura, y de la progresión en la comprensión de la verdad. La necesidad de la búsqueda en la Biblia de una mayor luz. Y en el proceso de volver a las fuentes, el abandono de todo aquello que no coincida con un escrito está (1ª Cor. 4:6).

Uno de nuestros pioneros destacados, Urías Smith afirmaba:

“Hemos podido gozarnos con verdades que iban mucho más allá de lo que percibíamos en un primer momento. Pero ni siquiera imaginamos que tenemos toda la verdad. Confiamos que seguiremos progresando; nuestra senda se hará cada vez más luminosa hasta que llegue el día perfecto. Por lo tanto mantengamos una actitud inquisitiva, en la búsqueda de una mayor luz, de una mayor verdad” (RH, 30 de abril de 1857, p. 205).

Jaime White acepta que los adventistas “cambiarían cualesquiera otras doctrinas si encontraban en la Biblia razones sólidas para hacerlo” (RH, 7 de febrero de 1856, p. 149).

Y Ellem White:

“Pero, si no aceptamos nada más que lo que hemos ya aceptado como la verdad, no estaremos seguros. Deberíamos investigar cuidadosamente la Biblia por nosotros mismos y cavar profundamente en la mina de la Palabra de Dios buscando la verdad (RH, 18-06-1889 {citado en El otro poder, ACES, 1996, p. 34}).

“No debemos pensar: ‘bien tenemos toda la verdad, comprendemos los pilares de nuestra fe, y podemos descansar sobre este conocimiento’. La verdad es progresiva, y debemos caminar en su luz creciente” (RH, 25-03-1890{El otro poder, p. 33}).

“No hay excusa para que alguno tome la posición de que no hay más  verdades para ser reveladas, y que todas nuestras exposiciones de las Escrituras carecen de errores. Que ciertas doctrinas hayan sido sostenidas como verdaderas durante muchos años no es una prueba de que nuestras ideas son infalibles” (RH, 20-12-1892{El otro poder, p. 35}).

“Siempre se revelará nueva luz de la Palabra de Dios a aquel que mantiene una relación viva con el Sol de justicia. Nadie llegue a la conclusión de que no hay más verdad para ser revelada.” (COES 36, 1892, {El otro poder, p. 35}).

“Las opiniones sostenidas durante mucho tiempo no han de ser consideradas infalibles. La falta de disposición para abandonar las tradiciones por largo tiempo establecidas fueron la ruina de los judíos (…)

“Los que sinceramente desean la verdad no vacilarán en abrir sus posiciones para la investigación y la crítica, y no se sentirán turbados si sus opiniones e ideas fueren contradichas. Este era el espíritu que compartíamos hace 40 años

“Tenemos muchas lecciones que aprender, y muchas, muchas que desaprender. Solo Dios es infalible. Los que piensan que nunca tendrá que abandonar una posición favorita, ni tener ocasión de cambiar una opinión se verán chasqueados. Mientras nos aferramos a nuestras propias ideas y opiniones con decidida persistencia, no podremos tener la unidad por la cual oró Cristo.

“La reprensión del Señor alcanzará a los que pretenden erigirse en guardianes de la doctrina, impidiendo que una mayor luz alcance al pueblo”  (RH, 26-07-1892{El otro poder, p. 37, 38}).

“Cuando se presente una luz nueva a la Iglesia. Es peligroso que la rechacen. Rehusarse a escuchar porque abrigan prejuicio contra el mensaje o el mensajero no los excusará delante de Dios. Condenar lo que no han oído o no entienden no ensalzará la sabiduría de ustedes (…) (…) No deben llegar a la conclusión de que ya ha sido revelada toda la verdad y que el Infinito no tiene más luz para su pueblo. Si se atrincheran en la creencia de que toda la verdad ha sido revelada, estará en peligro de desechar como inútiles las preciosas joyas de verdad que serán descubiertas al volver los hombres la atención al escudriñamiento de la rica mina de la Palabra de Dios” (COES pp. 34, 35/ 1892{citado en El otro poder, p. 51}.

Nótese la cita de julio de 1903 cuando ella escribe que “habría en el futuro un mayor discernimiento, ya que la verdad es capaz de crecer en forma continua (…) Nuestro examen de la verdad es todavía algo inconcluso. Solamente hemos cosechado unos pocos rayos de luz” (Mensaje de EGW a P.T. Magan, 27 de enero de 1903, citado por George Knight en Nuestra Identidad, ed. Gema – Apia, USA 2007, p. 25).

“Pero al declinar la verdadera vida espiritual, siempre hubo tendencia a dejar de progresar en el conocimiento de la verdad. Los hombres que se quedan satisfechos con la luz ya recibida de la Palabra de Dios, y desaprueban cualquier investigación más profunda de las Escrituras, se vuelven conservadores, y tratan de evitar la discusión.

“Cuando llegue el tiempo de prueba, habrá hombres (que están ahora predicando a otros) que encontrarán al examinar sus doctrinas, muchos puntos en los cuales no podrán dar razón satisfactoria. Hasta ser probados de esa manera no conocerán su gran ignorancia.

“Dios despertará a sus hijos. Si fracasan los otros medios, surgirán herejías entre ellos, las cuales los zarandearán (…) El Señor invita a todos los que creen en su Palabra a que despierten de su sueño. Ha llegado una luz preciosa, apropiada para este tiempo. Es la verdad bíblica, que demuestra los peligros que se avecinan. Esta luz debe inducirnos a estudiar diligentemente las Escrituras, Y a hacer un examen muy crítico de nuestras opiniones.

“Dios quiere que escudriñemos cabalmente, con perseverancia, oración y ayuno, todos los sentidos y argumentos de la verdad. Los creyentes no se han de basar en suposiciones e ideas mal definidas acerca de lo que constituye la verdad. Su fe debe asentarse firmemente en la Palabra de Dios (…).

“La actitud actual de la Iglesia no agrada a Dios. Se ha apoderado de ella una confianza propia que ha inducido a sus miembros a no sentir necesidad alguna de más verdad y mayor luz”. (Recogido de OE, pp. 312-314 año 1915, en El otro poder, p. 39-41).

“Cuando se presente una doctrina que no concuerde con nuestras opiniones debemos acudir a la Palabra de Dios, buscar al Señor en oración y no permitir al enemigo, que siembre sospechas y prejuicios”. (Recogido de OE, p. 316/ 1915, en El otro poder, p. 43).

[3] En el caso calvinista, todavía se fue más lejos durante la época de Calvino: una especie de teocracia reinó en Ginebra donde la Iglesia y el Estado se confunden.

Para todos estos asuntos ver al autor en La vocación de poder en la era de la globalización, y la necesidad de un gobierno mundial como sentido de la historia, op. c.

[4] Sobre esta descripción del Restauracionismo hemos tenido en cuenta a George Knight, Nuestra identidad, op. c., pp. 37, 38.

[5] Id., p. 38. Los dos ejemplos prominentes que Knight nos da, como pertenecientes a la conexión cristiana como rama restauracionista son: Joseph Bates y Jaime White.

[6] En un capítulo posterior trataremos este asunto, exponiendo la posición sobre la persona de Jesucristo después de volver a las fuentes.

[7] Puede verse la posición que sobre la perfección tenía Wesley en Leo George Cox, El Concepto de Wesley sobre la perfección Cristiana, Casa Nazarena de Publicaciones, Kansas City, Missouri, USA 1986.

[8] Cuando se conoce todo el pensamiento de Wesley sobre la perfección no podemos concluir con que su posición era concebida “como el concepto dinámico expresado en las Escrituras” (Knight, op. c., p. 40). Wesley se equivocó en su tratamiento como se puede contemplar en Leo George Cox, El Concepto de Wesley sobre la perfección Cristiana op. c., al tener reunidos todos sus escritos sobre el asunto. Sin embargo nos hemos librado de esa posición que raya en la inmanencia, gracias, una vez más, al don profético en su orientación de vuelta a la sola Escritura. En su momento tendremos oportunidad de analizar este aspecto de vuelta a las fuentes.

[9] Ver el estudio del autor en la obra, La vocación de poder en la era de la Globalización, y la necesidad de un gobierno mundial como sentido de la historia, op. c., pp. 321 (vol. I).

[10] Id. pp. 985-990 y ss.

[11] El hecho de que para identificarse cualquiera de los que asumen la responsabilidad de haber aceptado la misión de predicar el Evangelio del Reino de acuerdo al mandamiento contenido en Mc. 16:15, 16, se vean obligados a tener que basarse en la autoridad de la Palabra de Dios, exige, sin excepción, a todos los que traen cualquier tipo de mensaje a someterse al veredicto de la Escritura sagrada. Es por esto que se insta a no ir más allá de lo que está escrito (1ª Cor. 4:6), a considerar la inspiración, autoridad y utilidad de la “sola Escritura” (1ª Tim. 3:15-17; Jn. 17:17). Nuestra experiencia con el Espíritu Santo no puede resultar en nada que esté en desacuerdo o que no coincida con la Palabra de Dios que el Espíritu ha inspirado (Jn. 17:17 cf. Jn. 16:13; 14:16, 17, 26). No en vano la espada del Espíritu es la Palabra de Dios (cf. Ef. 6.17). Y la fe que es un don del Espíritu Santo (cf. 1ª Cor. 12:9) puede llegar a ser una realidad para cada creyente si éste está atento a la Palabra de Dios (cf. Rm. 10:17) que el Espíritu Santo ha inspirado (2ª Tim. 3:15-17 cf. 2ª Ped. 1:21). El compañerismo o una relación familiar profunda con Jesucristo o la “felicidad” se obtiene cuando se oye la Palabra de Dios y se obedece (Lc. 8:21; 11: 28). Nuestra sola seguridad se encuentra en lo que únicamente es infalible, que no puede fallar (Rm. 9:6 cf. Jn. 10:35 úp.). Y la Palabra de Dios nos asegura que es poderosa y eficaz para todo lo relativo a nuestra existencia y a la verdad de Dios (Hb. 4:12 cf. Jn. 17:17). El test que debemos superar continuamente sobre el nuevo nacimiento (Jn. 3:3-7) que supone una direccionalidad hacia el conocimiento de Dios (cf. Jn. 17:3), es examinarnos constantemente si estamos en la verdadera fe (2ª Cor. 13:5) que se configura por medio de la lectura o el oír la Palabra (Rm. 10:17). Si verdaderamente hemos nacido de nuevo estaremos identificados con cualquier contenido de la Palabra puesto que es por la Palabra que somos renacidos (1ª Ped. 1:23), y cuando se nos descubre por los diferentes medios que la providencia de Dios ponga a nuestra alcance que existe un mejor entendimiento de la Palabra, ese haber renacido por ella habrá creado el dispositivo a fin de no rechazar nada de lo que esté contemplado en la Palabra, y por lo tanto estaremos dispuestos a ajustarnos a la verdad conforme vamos conociéndola en la Palabra que se nos ofrece (cf. Hech. 18:24-26). Al no oponernos a lo que hasta entonces no habíamos comprendido o descubierto en la Palabra demostraremos haber nacido por la Palabra, y que no ponemos obstáculo al proceso de comprensión, y que el amor por la verdad es primordial (2ª Tes. 2:10). Cuando falta esto o cuando se falsifica la Palabra (2ª Cor. 2:17), o se tuercen las Escrituras (2ª Ped. 3:16) Dios no puede evitar la operación de error que se manifiesta en todos aquellos que no creen en la verdad (2ª Tes. 2:10, 12). De ahí que se nos inste a ser fieles a la sola Escritura: a hablar según la Palabra de Dios (1ª Ped. 4:11), a retener lo que se nos enseña en la Palabra (2ª Tes. 2:15), a permanecer en la Palabra (Jn. 8:31, 32 cf. Lc. 8:11). Y a consultarla a fin de comprobar si lo que se afirma corresponde a lo que la Palabra expresa (Hech. 17:11). La autoridad de la Palabra está por encima de cualquiera: puede ser un Angel o incluso un Apóstol ¡cuánto más un Papa! (Gál. 1:8, 9), el que nos transmita un mensaje. Si no coincide con la Palabra, ha de ser rechazado. Su hablar o su escrito sobre la fe ha de ajustarse a la sola Palabra (1ª Ped. 4:11). Se nos ha advertido que de entre los Obispos, surgirían quienes expondrían cosas erróneas, distintas a las de los contenidos de la Palabra (Hech. 20:28-30). Para hacer frente a semejante situación se nos recomienda a que velemos (Hech. 20:31), y a que dispongamos exclusivamente de la Palabra de Dios (Hech. 20:32).

Es preciso que comprendamos este asunto correctamente. En muchas ocasiones damos como sabido y aceptado de que otorgamos a la Palabra el primer lugar. Habrá que demostrarlo con nuestra práctica.

Nada debe ocupar el lugar de la Palabra de Dios. Cuando en nuestras lecturas damos mayor importancia a lo que dice quien sea, sin que lo hayamos comprobado suficientemente en la sola Escritura, adquiriremos un hábito que no nos permitirá, en caso de necesidad, descubrir planteamientos incorrectos que se nos pudieran realizar, y por lo tanto no estaremos preparados para discernir lo falso de lo verdadero. A veces el error es tan sutil que únicamente el haber aprendido a aferrarnos a la Palabra de Dios impide el que aceptemos lo equivocado. Por eso se nos insta desde la propia Palabra de Dios a profundizar en la sola Escritura para obtener lo que precisamos en el conocimiento de la Revelación de Dios. Los comentarios fruto de dones espirituales han de servirnos si éstos nos llevan a clarificar lo que exclusivamente nos dice la Palabra de Dios. Si no somos capaces de convencernos con la sola Escritura estaríamos demostrando que ésta no es suficiente. Y ella lo es para cualquier tipo de contenido doctrinal (cf. 2ª Tim. 3:15-17; 4:1-5).

El principio de la sola Escritura implica que la Palabra debe ocupar el primer lugar, el centro y lo último de nuestro estudio. Que no debemos ir, ni siquiera pensar, más allá de lo que está escrito (cf. 1ª Cor. 4:6). Al ignorar este principio se yerra en la interpretación (cf. Mt. 22:29). Si en algún momento necesitamos para precisar y convencer de una doctrina o de una opinión teológica algo que no sea exclusivamente la Palabra de Dios estamos empleando un método inadecuado que puede resultarnos dañino para la verdadera fe. Algunos sustituyen el estudio de la Palabra de Dios que lo suponen difícil, o no han adquirido la costumbre de hacerlo, por la palabra del hombre que dice basarse en documentos inspirados que se tuercen con el propósito de distraer y desviar la atención a un análisis de la Palabra de Dios.

Ciertas iglesias no han aprendido la lección que Jesucristo ofreció en el Evangelio respecto a la Tradición (Mc. 7:8, 9 cf. Mt. 15:9).

Cuando estudiamos la forma de afrontar el estudio de la Biblia nos encontramos precisamente con esa bipolaridad. Los pasajes bíblicos se utilizan teniendo en cuenta, en la mayoría de los casos, la corriente tradicional consiguiéndose planteamientos y conclusiones opuestos al mensaje de la Escritura sagrada.

[12] Téngase en cuenta que esta disputa entre Pablo y Pedro involucra un problema doctrinal de gran envergadura: Legalismo y Gracia. La discusión en Hechos 15 introduce posiciones nuevas doctrinales frente a las problemáticas que se presentan. Esas posiciones tienen en cuenta el contexto circunstancial, y así es como lo hemos de estudiar nosotros. Pero de cualquier forma se evidencia la disensión positiva, a fin de alcanzar un consenso querido por Dios y el ejemplo de cómo existe la oportunidad de que los miembros de la Iglesia aporten sus puntos de vista por los que llegar a ciertas conclusiones.

Ved notas 148 y 163 respecto a dos puntos importantes del pensamiento de Elena White: el retorno imprescindible a las fuentes, a la sola Escritura como única norma de fe, y la necesidad de comprender que el conocimiento y comprensión de la verdad es progresiva.

[13] El tipo de Iglesia que pretende la ausencia de cualquier tipo de error interpretativo en ella por medio de la infalibilidad de una clase privilegiada, según creemos, manifestará la ausencia del Espíritu Santo, evidenciando, como consecuencia de ello, el error permanentemente y de un modo flagrante. La ausencia de una auténtica libertad de conciencia y de democracia interna será el resultado de una Iglesia semejante.

Un sistema eclesiástico de esta naturaleza impide que se desarrollen genuinamente dones espirituales como el profético o el de doctor. En una Iglesia dogmáticamente cerrada, en la que la supervivencia depende de la sistematización, no de las doctrinas de la Revelación sino de aquello que concede poder y derecho absoluto en el Gobierno eclesiástico, anula los posibles mensajes enriquecedores del profeta o del doctor. En ese tipo de Iglesia, el  supuesto profeta o el doctor se limitaría a decisiones y actuaciones serviles dentro del círculo impuesto.

[14] Véase el capítulo donde estudiamos lo referente a la concepción novotestamentaria de la Iglesia.

[15] Recordando párrafos anteriores donde reflexionábamos sobre el disentir, diríamos ahora, que cuando alguien disiente se está promoviendo el magisterio de la Iglesia. El que disiente está abarcado por ese magisterio de la Iglesia. Y la Iglesia en su totalidad, o representada debidamente en su totalidad decidirá, junto con el que disiente que es uno más en la Iglesia, sobre el objeto de la disensión

[16] Hay algunos que manipulan el texto 2ª Ped. 1:20, citándolo fuera de su contexto, y lo utilizan en contra del principio protestante del “libre examen”. El texto queda explicado con el v. 21. La idea sería que en el origen de la profecía no hay elemento humano sino que es totalmente de iniciativa divina. Bover-O’Callagan han comprendido este asunto y han traducido en su edición crítica convenientemente: “sabiendo esto ante todo: que toda profecía de la Escritura no es obra de la propia iniciativa; que no por voluntad de hombre fue traída la profecía, sino que, llevados del Espíritu Santo, hablaron los hombres de parte de Dios”.

[17] La libertad de conciencia o el libre examen no pueden reclamar, que la Iglesia se inhiba de su derecho a conservar la doctrina fielmente, y a ejercer la disciplina cuando sus cometidos estuvieran en peligro de ser anulados. Tal pretensión no habría entendido lo que realmente es el libre examen o la libertad de conciencia en el estudio de la Palabra de Dios. Dios ha establecido a la Iglesia, precisamente, para que en consenso con todos los componentes, o de todos debidamente representados, oriente sobre la verdad de Dios y establezca la doctrina auténtica mediante formulaciones a las que se llega en conformidad con todo el Pueblo de Dios, contemplado en la profecía por el Resto fiel, tanto del pasado como del presente y del futuro. Precisamente la garantía del libre examen, está precisamente, en respetar el libre examen individual, y el colectivo formado por todos aquellos que gozan de ese privilegio. El resultado de respetar dicho libre examen será la manifestación del Espíritu Santo que habiendo inspirado el contenido bíblico, provee de orientación y comprensión, permitiendo que la interpretación de la Palabra de Dios inspirada que se ha realizado, coincida con el propósito divino en cuanto a las conclusiones y enseñanzas interpretativas que se configuran en la Palabra de Dios queridas de ese modo por el Espíritu Santo.

En relación a esto el documento presentado a discusión en ocasión de la Conferencia General de 1995 en Utrech reconoce:

que la <<Escritura es una autoridad decisiva que hace frente a la iglesia; y la iglesia y la tradición, incluyendo la nuestra debe ser guiada y corregida por el canon de la Escritura (…)>>

<<(…) Someterse a la Escritura es parte de nuestra vocación (…)

(…) la disciplina de la iglesia es un mandato de la Escritura, un asunto de obediencia. No es la práctica restringida de un conjunto privado de doctrinas o una forma que la iglesia tiene de librarse de los pecadores, sino más bien es redentora y educativa (…)

(…) La disciplina de la iglesia es sencillamente el derecho a la conservación propia. Ningún argumento acerca de la libertad individual, la libertad académica o la objeción popular a los “procesos por herejía”, pueden negar la necesidad de que cualquier grupo preserve sus compromisos doctrinales fundamentales.

(…) Debe defenderse el derecho de la Iglesia, e inclusive su deber, de preservar la integridad de sus convicciones doctrinales. La iglesia tiene el derecho a tener un cuerpo doctrinal, que es una prueba de discipulado, así como el derecho de censurar o excluir a los que sostienen algún otro credo>>

Elena White, escritora representativa de la Iglesia Adventista, y considerada como poseyendo el don profético, expresa:

<<Recomiendo al amable lector la Palabra de Dios como regla de fe y práctica (…) En ella Dios ha prometido dar visiones en los “postreros días”, no para tener una nueva norma de fe, sino para consolar a su pueblo y para corregir a los que se apartan de la verdad bíblica>> (MS, III, p. 31).

<<En el trabajo público no hagáis prominente ni citéis lo que la Hna. White ha escrito, como autoridad para sostener vuestra posición (…) Presentad vuestras evidencias en forma clara y sencilla extrayéndolas de la Palabra de Dios>> (MS, III, p. 31).

[18] Ver A. Schweitzer, en El Secreto Histórico de la Vida de Jesús, edic. el Siglo XX, Buenos Aires 1967.

[19] Ver al autor A. Diestre, en Mesías, identidad y misión, Zaragoza (España) 2007-2008, pp. 511-532.

[20] Editor Frank B Holbrook, Biblical Research Institute, General Conference of Seventh-day Adventists, Silver Spring MD 1989, pp. 119-169, adaptado de las pp. 545-581, cuyos Editores A. V. Wallenkampf and Richard Lesher (Biblical Research Institute, Silver Spring MD 1989, editorial Synopsis added).

[21] Editores A. V. Wallenkampf and Richard Lesher (Washington, D.C: Biblical Research Institute, 1989, editorial Synopsis added)

[22] Collectd by Paul Gordon; Ellem White Estate, 1983.

En esta recopilación se encuentran todos los artículos in extenso publicados desde 1844 hasta 1905, sobre la temática del Santuario y sus afines, con los que se puede observar la base y el proceso en el desarrollo de la doctrina adventista sobre el particular. Poseemos un ejemplar de esta valiosa obra.

[23] Hemos tenido en cuenta también cuando lo hemos visto oportuno consultar las obras originales de Miller y las de Josías Litch, Hale, y de otros, de la biblioteca Alfred Vaucher en Collonges sous Salève (Francia).

[24] En Nuestra Identidad, op. c. p. 72, 73 (cita para ello a Advent Shield por Litch, Mayo de 1844, pp. 75, 80).

[25] Josías Litch, An address to the public, and especially to the clergy, Boston 1842, pp. 1 y ss.; y Prophetic Expositions, Boston 1842, 1:49-54.

[26] Tal como afirma C. Maxwell de Meryn, en The investigative Judgment: Its early development, p. 126 (cp. IV del libro The Sanctuary and the atonement {op. c. en nota 7 y lo que la motiva}).

[27] Apollos Hale, Herald of the Bridegroom! Boston 1843, pp. 22 y ss.

[28] Joshua V. Himes, The present and the past, en “The Midnight Cry” (Octubre 31, 1844, p. 140)

[29] Ver también sobre esto el estudio de Mervyn Maxwell en The investigative Judgment: Its early development, p. 126 (cp. IV del libro The Sanctuary and the atonement, p. 126.

[30] En Prophetical Expositions, Boston 1842, tomo 1, pp. 113, 114.

[31] Respecto a esto puede consultarse a C. Maswell de Meryn, op. c., p. 119.

[32] El grupo mayoritario de esos 100000 que en Estados Unidos se han forjado alrededor del despertar sobre el retorno de Jesucristo desaparece del escenario. El grupo que sigue en número continuaron poniendo fechas (los llamados “segundos adventistas”). Y un tercer grupo que rechaza una fecha cerrada para el retorno de Jesucristo, y que decide volver a las fuentes, y descubre la razón de ser y el propósito divino en las equivocaciones de Miller, y en el cumplimiento del despertar por el retorno de Jesucristo, se convirtió en el instrumento divino para cumplir el propósito de Dios.

[33] Título del libro (L. E. Froom; The Movement of Destiny, RHPA 1971) con que Froom cataloga a la Iglesia Adventista. Aunque dicho libro quiere explicar el origen divino de nuestra iglesia, y si bien hay lecciones excelentes a tener en cuenta, lo esencialmente incompleto en ese dominio del origen, obligaba a una mayor investigación.

[34] La crítica también pretendió eso con el movimiento de Jesús. Pensó que la iglesia cambió el supuesto, según ella, del fracaso de Jesús culminado en la muerte, por una cruz redentora. Cuando se estudia tanto el texto del Antiguo Testamento relativo a la obra, vida y muerte del Mesías, uno comprende y comprueba de que los apóstoles no se inventaron nada, ni pretendieron camuflar el aparente fracaso de la muerte de Cruz.

[35] En Day Dawn, Winter 1845, 1846 (No existe copia, recogido en RH, Mayo 5, 1851).

El testimonio histórico de Edson y Crosier se encuentra recogido en Doctrine of the Sanctuary (A historical survey), op. c. p. 132.

[36] En Western Midnight Cry de Noviembre 29 1844 (Evidence That the Judgment Mi ght Have Set on the Tenth Day of the Sventh Month), y Diciembre 30 de 1844 (Intolerance). Recogido en Pioneer Articles, op. c. pp. 17-19.

[37] En The Advent Mirror, Enero 1845, publicado completo fotocopiado en Pioneer Articles, op. c. pp. 21-24.

[38] En The Day-Star, 7 de febrero 1846, The Law of Moses, publicado completo fotocopiado en Pioneer Articles, pp. 25-49.

[39] Ver Pioneer Articles, op. c..

[40] En dos capítulos posteriores se realiza un estudio de esta profecía para identificar al Mesías que el Libro de Daniel anuncia y profetiza, especialmente en su capítulo 9:24-27.

[41] Ese algo es la culminación de toda una corriente de pensamiento teológico reformador que le precede, y que prepara el terreno para la formación del Remanente del tiempo del fin (Hech. 3:19-21 cf. Ap. 12:17, 1-16).

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©Antolín Diestre Gil
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