Resumen El Mesías-Jesucristo sin más (II)

722 páginas Vol.I

768 páginas Vol.II

ISBN: 978-84-615-2176-0

© Antolín Diestre Gil

EL MESÍAS, JESUCRISTO SIN MÁS (Volumen II)

La necesidad del Mesías

Independientemente del valor que cristianos y judíos dan a ciertos textos relativos al Mesías, no hay ninguna duda que tanto unos como otros aceptan la noción de Mesías, y que ésta se iba actualizar y configurar históricamente en una persona que vendría a esta tierra dentro de la descendencia humana. [1]

El Mesías que significaba el ungido,[2] lo era para una misión concreta. De ahí que ungimiento y función estén íntimamente relacionados respecto a la concepción del Mesías. Se trataría de algo que va a ser enviado con un cometido determinado.

¿Para qué iba a ser necesario un ungimiento de alguien que tendría una misión específica?

Antes que la palabra Mesías encuentre aplicación histórica personal, aparecen dos conceptos fundamentales que muestran la necesidad de una misión mesiánica: uno existencial y otro transcendental.

El existencial viene demostrado con la situación humana que refleja todo un proceso histórico y acumulativo de sufrimiento enfermedad, dolor y muerte.

La historia del hombre es la de una existencia en conflicto continuo entre la vida y la muerte, entre la salud y la enfermedad, entre el bien y el mal, saldándose en un resultado de tristeza, desencanto desesperación, angustia, pérdida de fuerzas, vejez y muerte.

La solución que nos dan las Sagradas Escrituras reviste un aspecto transcendental de primer orden: el Mesías enviado por Dios liberará al ser humano de las diferentes cadenas en las que está sumido.

El hombre ha demostrado ser un cautivo de sí mismo y una víctima de un poder exterior que le atenaza y le hunde. En lugar de buscar el remedio que Dios anuncia proféticamente en la persona y obra del Mesías, o bien permanece indiferente a la obra de Dios o se entrega a técnicas de liberación ajenas al consejo divino proveniente de lo que se denomina Revelación de Dios.

Nadie puede rescatarse en base a oraciones, sacrificios, buenas obras, o cualquier otra cosa que pretende sustituir, aunque solamente sea en parte, lo que únicamente Dios puede hacer (cf. Sal. 49:8; Jer. 2:22). El vacío y la incomprensión de Dios hacen acto de presencia en la naturaleza humana que ensaya de buscar un camino de salvación que intenta complementar al provisto por Dios (Isa. 19:20-25; 45:21 cf. Rm. 3:20). [3]

El nirvana que se acomete a través de mecanismos de perfección es equivalente a la extinción total y real de la persona. Y las técnicas intermedias empleadas: yoga, contacto con espíritus o extraterrestres, no son más que el preludio de esa extinción total: la pérdida de la autoconciencia y lo más estúpido (cf. Col. 2:8).  [4]

La huida de los valores y de la responsabilidad humana mediante el paraíso de la anestesia que producen los narcóticos sólo provocan amargura y desesperanza con depresiones continuas, enganchando al hombre en una espiral que lo traga sin remedio (cf. Os. 7:13).

El intento de sustitución del Mesianismo que la Palabra de Dios ofrece por el de la filantropía social o política no ha conducido más que a una mayor esclavitud del hombre: la corrupción y la sin salida ha sido siempre el final de la experiencia (cf. Jer. 17:9). [5]

Y es que la redención humana no se alcanza ni con la filosofía ni la exaltación religiosa, ni con la moral, ni con la política ni con el ascetismo sino exclusivamente con lo que implica la presentación de una persona: la del Mesías (Isa. 61:1-3 ss.; cf. 1ª Cor. 1:23-30), este es el aspecto transcendental.

Por otra parte, somos conscientes que una gran mayoría del Pueblo Hebreo, entre los que se encuentran creyentes e indiferentes, como en todos los lugares ideológicos, les hace funcionar una memoria histórica negativa hacia todo lo que se denomina Cristianismo. Esa memoria histórica posee toda la lógica que la propia realidad histórica está dispuesta a demostrarnos ¿Cómo es posible que aquellos que se denominan cristianos y dicen seguir a un Mesías catalogado como Príncipe de Paz hayan hecho tanto mal a la humanidad, y especialmente al pueblo Judío del que se dice que salió el Mesías Jesús de Nazaret? [6] La verdad, es, que es incomprensible si seguimos manteniendo que el denominarse cristiano es representativo del Mesías Jesús de Nazaret. Pero que una nación o religión popular se clasifique como cristiana no es evidencia de que sea cristiana. Es la ideología que profesa y practica como consecuencia de su experiencia conversiva al Maestro y Salvador que dice reconocer como tal, lo que mostrará su autenticidad. Y esto independientemente de la imposibilidad de que una nación, sea la que sea, pueda denominarse cristiana. No ha habido ni la habrá en esta tierra, una nación que pueda llamarse así.

Soy sabedor de la posición que mantiene el Judaísmo tradicional sobre esta cuestión, y que todavía está esperando el Mesías que les resuelva la situación en la que cada generación judía se encuentra inmersa. Los cristianos también estamos esperando el retorno del Mesías como culminación a la obra preparatoria de toda la humanidad que ha aceptado la ideología del Reino de Dios que el Mesías presenta.

La ortodoxia hebrea espera la venida del Mesías porque no cree que Jesús sea el Mesías prometido. No acepta que la obra del Mesías tuviera que dilatarse en el tiempo entre la primera y la segunda venida. Considera que la creencia en la segunda venida por parte del Nuevo Testamento sería la evidencia del fracaso de Jesús, y la iglesia naciente se ve obligada a inventarse esa segunda venida. Los textos clásicos mesiánicos se leen de manera modificada a fin de que los asistentes a la sinagoga sigan la lógica de las explicaciones rabínicas, sin prestar demasiada atención, dado el valor magisterial que se da a la hermenéutica dirigente. Si bien es cierto que existe una gran cantidad de eruditos judíos que aportan valores para una comprensión de la palabra de Dios, por lo que hay que estar agradecido, [7] en lo referente a la materia mesiánica no son suficientemente claros y profundos ¿Por qué en casi todo lo que no es el tema del Mesías Jesús, suelen ser brillantes, y sin embargo cuando se trata del Mesías Jesús de Nazaret se concluye rápidamente sin un análisis que tenga en cuenta cada texto, y el mensaje global que subyace teniendo en cuenta en su conjunto todos los contenidos mesiánicos? ¿Por qué se hacen estudios parciales o ni siquiera se alude a los textos mesiánicos con el fin de conocer mejor el plan de Dios respecto a la obra del Mesías? También es verdad que las investigaciones de la mayoría de los teólogos cristianos tampoco profundizan demasiado mostrando con claridad el texto mesiánico. Se suelen reagrupar los textos donde el propio Nuevo Testamento se basa, y resumir sin explicar suficientemente las dudas que ciertas formas que los textos traen pueden presentar, tanto textual como exegéticamente. Se da todo como sobrentendido. Pero necesitamos conocer por qué los autores del Nuevo Testamento, considerando “la sola Escritura” del llamado Antiguo Testamento, llegaron a ese resultado de su investigación promovida por Jesús (Jn. 5:39; Lc. 24:44-49). Y ello facilitará las cosas para un mejor entendimiento

¿Hasta qué punto esta negación del pueblo hebreo en general a escudriñar sobre la persona de Jesús de Nazaret, ha sido motivada y orientada por el comportamiento en la historia de un llamado Cristianismo que se ha portado perversamente con los judíos?

¿Hasta qué punto eso, que ha engendrado desconfianza, miedo, y medidas defensivas, ha prevalecido antes, buscando la seguridad y la justificación de posturas contrarias a cualquier comprensión de las posibles evidencias? ¿Hasta que punto se ha creado una conciencia de rechazo como fruto de la búsqueda de una supervivencia frente a la persecución y el antisemitismo?

¿Hasta qué punto sería posible retornar a las fuentes, dejar a un lado los contenidos y acontecimientos históricos malvados, y hacer un esfuerzo por consolidar nuestra fe común en la esperanza del Mesías, comprobando seria y profundamente la “sola Escritura” del Antiguo Testamento respecto a si la idea y aplicación que sobre el Mesías realiza el Nuevo Testamento se basa en lo correcto?

También los cristianos estamos esperando el retorno del Mesías en su Segunda Venida. Y no como un invento al fracaso de una primera venida, sino porque somos conscientes a la luz de la Escritura, de que todo lo que había que realizar por parte del Mesías estaba en curso. La vida, con la ideología y obra, la muerte, la resurrección, ascensión y ministerio sacerdotal en un Santuario Celestial del Mesías se tenía que producir. Y esto era paralelo a una época de preparación que cubría, simultáneamente todas las generaciones que tuvieran que vivir, y que libremente aceptaran, juntamente al ministerio sacerdotal del Mesías que compendia y proyecta la obra del Mesías inspirando y fortaleciendo a los que le representan en la tierra.

Soy consciente también que la historia y la tradición poseen un peso específico para cualquier judío que se toma en serio sus creencias, hasta el punto de rechazar cualquier sugerencia venida de cualquiera que les invite a una reflexión mancomunada. Sin embargo como judío y cristiano me dirijo a mis hermanos mayores, y a todos los de cualquier procedencia, hermanos en una humanidad común también, a que reflexionen en estas páginas que pretenden mostrar la identidad del Mesías. Si nuestro hallazgo fuera fructífero no haríamos otra cosa que unirnos a la pléyade de hombres y mujeres que gentiles o judíos fue atraída por Jesús, el Cristo.

La condición y situación humana y la respuesta de Jesucristo sin más

¿Cuál es la realidad de nuestra condición? Jesucristo sin más pretende descubrir en el mensaje del Mesías Jesús de Nazaret aquello que informa a fin de resolver lo que el ser humano evidencia.

Para que podamos valorar adecuadamente la dimensión liberadora del mensaje de Jesús, y cómo conecta con nuestra problemática humana existencial, presentamos en este apartado los tres estados en que principalmente se manifiesta el ser humano con sus implicaciones y necesidades: 1) Una situación optimista, generada por un estatus de bienestar, pero que no puede resolver los deterioros, y la experiencia del sufrimiento, la enfermedad y de la muerte; 2) Una actitud racional que expresa la vaciedad y la inseguridad; 3) La condición auténticamente lamentable con que las dos anteriores pretenden esconder la realidad humana, y la necesidad de un cambio de acuerdo al mensaje del Mesías que las Escrituras nos presenta.

1)Vivimos en una época, tal vez la única, que el ser humano del primer mundo aparentemente no necesita nada. Cuando decimos esto, somos conscientes de ese segundo y tercer mundo en donde millones de seres que existen son pobres, y, o padecen literalmente de hambre, o están mal nutridos, o están convencidos de que sus vidas podrían mejorar trasladándose al primer mundo. En líneas generales para unos su esperanza se ha visto ya cumplida: tienen trabajo, seguridad social y sanitaria, y una adecuada jubilación. Pueden desarrollar una existencia en la que la seguridad que les ofrece el dinero, el espacio consumista, y un Estado protector, les ayuda a prolongar la vida y a pasar el tiempo con más o menos felicidad. Los otros tienen como esperanza precisamente alcanzar lo que aquellos han logrado. Y ahora con la dimensión de la globalización, los pobres seguirán siéndolo pero a gusto: podrán tener una casa decente, comida abundante, ropa, y el televisor. De cualquier forma el límite de la esperanza, es el mismo tanto para esos como para estos. No hay una diferencia sustancial. Su esperanza se está centrando en algo puramente tangible y material. No negamos que pueda haber otros elementos que se integran en esa esperanza humana. Pero observamos que casi cada uno de estos militantes en mejorar su existencia particular, a lo que tenemos todos pleno derecho, resulta en una conversión a la ciudad secular. El ser humano se ve conformado a una manera de ser y de pensar que se olvida de sus verdaderas raíces y de su designio. No cabe duda que la propia situación de necesidad por la que se ha visto abocado a fijar un rumbo existencial determinado, también le postraba a una cierta distracción respecto a su origen, misión y destino, pero le permitía, en algunas ocasiones reflexionar sobre el por qué y al para qué de la existencia, en un contexto de más allá de lo que este mundo puede ofrecer. Pero cuando te introduces en la ciudad secular se va produciendo un fenómeno de descomposición respecto a lo que el ser humano fue llamado a ser, convirtiéndose irremisiblemente en un ciudadano postmoderno, desprotegido frente a la enfermedad, el sufrimiento y la muerte.

Creemos que la secularización es un fenómeno moderno, pero si así creyéramos estaríamos equivocados. Las personas siempre se han inclinado por lo que realmente les es útil para su existencia, aun cuando sea momentáneamente. Lo que sucede en cuanto al pasado, es, que la religión, era lo útil. La religión se había secularizado, estaba entretejida en los diferentes estamentos de la sociedad. Eso era también el mundo. Porque se trataba de una religión mundanal o mundanalizada, aun cuando, a partir del s. IV respondiera en su terminología al cristianismo. El fenómeno nuevo, por influencia de la revolución norteamericana y francesa, consiste en la ruptura de la laicidad con la identidad religiosa, puesto que el mundo, desde siempre, crea su propia religión, su propia manera de pensar. Y en su convivencia con elementos religiosos, que como decimos formaban parte del entretejido social y de la Autoridad, ha aprendido a evitar de lo religioso lo inservible para su funcionamiento de protección de la ciudadanía. El camino de la libertad y de la democracia le llevó a separarse plenamente de lo que pretendía tener la Autoridad suprema: de la Iglesia. Y en su nueva experiencia aprendió a prescindir de todo aquello que lo religioso pretendía imponer con dogmatismo. Lógicamente ese laicismo que con personalidad propia, se separa del concepto Iglesia, término que viene avalado e impulsado por la noción Constantiniana se beneficiará en cuanto al cumplimiento de los objetivos que le son propios. Pero en su tensión provocada por la separación, produce también una imposición: la de la ideología estatal. Al tener que justificar su autoridad y existencia promueve una dirección ideológica, con unos valores que se convierten para muchos en su religión, aun cuando participen también de la otra, intentando en su conducta cívica y política adaptar lo uno a lo otro. Esta ideología estatal, que siempre ha existido, tiene una manera de pensar y de actuar, con una direccionalidad determinada, proyectándolo constantemente sobre los ciudadanos. Se trata de un modo de pensar y de obrar que se adapte cada vez más a lo que supone ser una autoridad, y a que sea convenientemente reconocida por los súbditos que la acatan como correspondencia a los beneficios que reciben de los que les gobiernan. Esta ideología, dada su funcionalidad, trasciende en muchas ocasiones a los propios individuos que la asumen o la integran, convirtiéndose en una auténtica religión que emana comportamientos morales o cívicos; culturales o deportivos que marcan una actitud o una educación específica, en la que el propio contenido se convierte en su razón de ser; o científicos con repercusiones éticas; médicos, de acuerdo a una concepción académica de la medicina, donde te señala una forma de salud y de alimentación etc..

Todo esto configura una manera de pensar y de ser, con un programa que va abarcando la existencia del individuo. Con los medios de comunicación a su alcance crea su propio radio de acción presentando su ideología con un aparente equilibrio, y una naturalidad, en la que todo o casi todo se ha experimentado como cierto, avalado siempre por la Ciencia. De este modo se va engendrando una opinión pública sobre lo que es bueno o es malo, lo beneficioso o perjudicial, lo verdadero o lo falso, lo que merece o no la pena. Y señala como sospechoso a todo aquel o aquello que se sale de la norma que se ha planeado como siendo la normal. De este modo crea los estereotipos. Una persona que decidiera no ver la televisión sería rara. Alguien que mantuviera su propia opinión respecto a guardar un día distinto al establecido socialmente sería un marginal. El concepto de temperancia no estaría planteado sobre lo beneficioso o perjudicial sino sobre la moderación en todo. Y para ello se verá obligado a definir lo que es moderación, con lo que dada la heterogeneidad de la humanidad, y a las reacciones imprevisibles del cuerpo humano, es mejor concluir con la abstención de lo que crea perjuicios.

De cualquier forma, esta direccionalidad ideológica estatal que invade la vida del individuo está mezclada con aciertos indudables en la calidad de la vida, en el desarrollo, en el sentido de la justicia social, con un Estado protector [8] que produce seguridad social, sanidad gratuita, trabajo, protección de la jubilación, acceso a bienes culturales, espíritu tecnológico de resultados que se puedan medir como aceptables.

Pero no debemos equivocarnos entre la realidad social y la sustitución de la verdad trascendente que los individuos en su naturaleza reclaman. El gran problema de muchos cristianos, está, en haberse recluido en esa realidad social, sin un mínimo de crítica, arrastrado por todo lo que ese mundo le ofrece, permitiendo el destronamiento de lo que la Revelación de Dios define como verdad. La gran tentación pragmática está en el relativismo acerca de la verdad y del valor de lo bueno. El interés por lo útil y por lo que me sirve como beneficioso en este momento, puede convertirse en destructor no solamente de mi cristianismo sino en la postración e inseguridad, al descubrir demasiado tarde la invalidez de los asertos y actitudes que emanan como equilibradores de la conducta social positiva, y que repitiéndose continuamente configuran, una voluntad predeterminada, pero que va resultando en ansiedad, angustia existencial, pérdida de sentido de la vida, ignorancia del por qué y del para qué, y esclavitud a lo que esa religión ha forjado, acostumbrándome a no poder evitar su neutralidad lúdica, que ha llegado a convertirse en adictiva.

Es en lo neutro espiritual y moralmente donde el mundo está siendo un auténtico Caballo de Troya en su penetración en las conciencias humanas. Lo neutro es lo más puro en lo referente a lo mundanal. Puesto que Dios y su implicación están ausentes, forjando a un auténtico ciudadano respetable de la ciudad secular. Cuando el Caballo de Troya se introdujo en la ciudad troyana se desoyeron las voces de los prudentes. Y la atracción que poseía ese caballo de dimensiones colosales empujaba a querer saber lo que podía ocultar en su vientre. Aquella amurallada ciudad había sido capaz de resistir los embates del enemigo. Nada pudo contra esa defensa de su propia libertad e identidad. Pero el primer error fue abrir las puertas ante el caballo inanimado que los griegos, como regalo al armisticio pactado, habían dejado ante sus puertas, y que para introducirlo hubo que romper parte de una de las murallas. Durante un tiempo mantuvieron algunos la duda y la sospecha. Pero la noche sirvió para descubrir el craso error de haber permitido semejante regalo. Por la muralla rota se proyectó un ataque, mientras que del vientre del caballo salieron guerreros griegos. Ya estaban dentro de la ciudad, y la defensa natural era imposible utilizarla. Y la derrota llegó.

¿Qué hay de malo en lo neutro de la televisión, cuando existe la posibilidad de saber escoger lo que pudiera discernirse como correcto? Es un asunto de control dirán algunos. Es un invento extraordinario para predicar el evangelio dirán otros ¿Y en el deporte? ¿Acaso no es bueno hacer ejercicio, y desarrollarse físicamente?

No discutamos ahora estos temas, simplemente los traemos a colación a fin de comprobar los frutos de ciertas obras relativas a la adopción de costumbres mundanas y adaptación a la mundanalidad.

¿Cuál es la realidad en los frutos de obrar de esa manera? ¿Hemos podido controlar, discernir lo correcto? La constatación real de la dimensión de la televisión y del deporte no puede ser más trágica. Tanto como la derrota de Troya. Ha servido para anular la libertad de hacer el bien, y destruir nuestra identidad frente al mundo. ¿Exagero? Expliquémonos. Mientras los hijos y los padres se acostumbraban a la televisión no se tenía la libertad de proyectar la ideología del Reino de Dios. La oración y el estudio de la palabra de Dios, de existir, ocupaba un lugar secundario. Con lo que se quedaban desasistidos. Conforme la contemplación fijaba el modelo de lo admisible se producía un proceso evolutivo donde se sustituían los valores y moralidad evangélica por otros extraños a la Revelación. En el trayecto de asunción se adquiría una concepción de la vida de acuerdo a los cánones que marca la experiencia mundanal. ¿Nos sorprende que un porcentaje elevado de la juventud haya abandonado la opción por el Reino de Dios? ¿Y los porcentajes tan altos de vulnerabilidad de los matrimonios y familias?

El motivo, no es la televisión, sino la conversión a una corriente mundanal, en la que el televisor es meramente el emisario estático. La derrota de los troyanos no fue el caballo. El caballo no relinchaba ni era capaz de hacer nada si no se lo usaba. Y se lo utilizó, permitiendo introducirlo, y de ese modo poner en funcionamiento su maquinaria de guerra escondida.

Los hijos y los padres se convierten a lo que se va dictando desde una caja que parece tonta, que hace reír y llorar, pero que transmite la ideología religiosa de la concepción del reino de este mundo. Dicha caja es capaz de permitir, incluso la pluralidad de opinión, pero dentro de un cercado donde aparece el relativismo moral y la obligación de acudir a la cita a fin de llenar la necesidad creada.

Con el deporte sucede lo mismo. Se nos presenta algo que en sí mismo no entra en la categoría de lo que es bueno o malo. Es neutro. Pero se comprueba que desata pasiones que infieren en la conducta cristiana, además de exigir un canon de cita y tiempo.

Cuando el cristiano quiere darse cuenta no sabe ni puede prescindir de algo que ya forma parte de su existencia y que repercute en el significado de una vida nueva otorgada por Jesucristo. Su existencia está abocada a las fijaciones y costumbres adquiridas por el reino de este mundo. De tal manera está cogido, que su vida espiritual y de acción de proclamación del Evangelio del Reino no tiene lugar. Su existencia está ocupada en muchas cosas que le llevan a desprotegerse de los perjuicios de ciertos actos y comportamientos. Las tentaciones al pecado voluntario (cf. Hb. 10:26-29) se suceden sin parar. Sucumbe fácilmente ante los atractivos sexuales y de otro tipo, ya que la nueva religión con la que convive la anterior, y con la que más está en contacto no le interpela sobre si está haciendo mal o no. El amor al dinero le requiere casi todo su tiempo, puesto que la religión de aquí abajo le inyecta la necesidad de consumir cada vez más, y las posibilidades que se le ofrecen es preciso aprovecharlas. La utilidad y el pragmatismo imperan con toda su fuerza, y no le deja reflexionar sobre el valor de la vida eterna, sobre el deterioro de su personalidad cristiana, y sobre su proceso degenerativo tanto en lo físico como en lo mental.

Todo está ligado. La ideología estatal con su mensaje de bienestar material y su neutralidad en lo espiritual, no puede producir nada malo en el creyente, incluso en ciertos aspectos es beneficioso. El problema es la ideología que sustenta y escupe a fin de proyectar y alcanzar ese estatus. Para justificar su proceder y convencer a sus ciudadanos es menester comunicar su plan. Esta ideología trasciende y engloba a los individuos que gobiernan o que colaboran en las labores políticas. Y desde luego, alguien, ajeno a la humanidad, en base a la capacidad y recepción de la mente humana, le inspira, teniendo en cuenta la condición humana y su necesidad.

Pero esas conductas objetables se han engendrado como consecuencia de estar convertidos a la moralidad o direccionalidad de la bestia apocalíptica que encarna una ideología confusa y babilónica. No es preciso ser un degenerado socialmente hablando para ser influido e influir secular y babilónicamente. Simplemente, con tal de no haberse tomado en serio lo que implica nacer de arriba, no estar ocupado en las cosas del Espíritu Santo, no haber resucitado para la vida celestial (cf. Rm. 8:5; Col. 3:1-4), es suficiente para traer un vino entontecedor a los que le rodean. Tanto el institucionalismo como la alta tasa de divorcios como el ausentismo a lo primordial, tiene su origen en haber establecido un armisticio con la forma mundana de actuar. Cuando el que dirige una institución es un individuo moralmente objetable, o cuando los dirigentes de colectivos están siendo marcados por las pautas mundanales, los resultados serán desastrosos.

Pero lo peor está, en que no aprenderá a vivir, ni a codificar esa vida eterna de la que nos habla el Mesías en Juan 5:24-26 con la finalidad de resucitar en el último día (Jn. 5:28, 29 cf. 6:39, 40; 44, 47, 53, 54 cf. Col. 3:1-4). Cuando la angustia existencial aparezca estará desprotegido, y se verá tragado por la nada.

El hombre postmoderno ha perdido el contacto con su propia realidad inherente: un ser que necesitó una gran ayuda para nacer, para alcanzar su independencia codificada, y que continuamente se ve asaltado por las preocupaciones, y modificado químicamente por su ignorancia y errores respecto a cómo se debe vivir. En su conversión a la ciudadsecular, le han enseñado a confiar que la Ciencia y la Técnica le resolverán los problemas. Le han hecho creer en una ideología pragmática: incorporar únicamente aquello que se pueda considerar como verdad por sus efectos prácticos; aquello que le sea útil para llevar una vida de confort, y que le solucione la miseria y el cómo vivir bien. Ha aprendido a aprovecharse exclusivamente de lo que le interesa, aislándolo de los valores espirituales que le dan soporte: una verdad espiritual que hace posible eso que es auténticamente útil para el ser humano. Con ello, vuelves de nuevo a prodigar necesidades, que al no poderlas satisfacer con lo que la ciudad secular te ofrece, te dejan vacío, los problemas se acumulan, y lo existencial aparece cada vez más con una mayor cobertura, apagando a tu espíritu, deprimiéndote en ocasiones, y en otras deambulando sin saber a dónde. Y cuando la vulnerabilidad que produce un tsumani o un katrina, se convierte en una catástrofe, la persona que ha quedado con vida, se pregunta dónde estaba el poder humano: no hay Faraón que valga entonces. El dios de este mundo no tiene respuestas: más que la de volver a empezar, y reconstruir sobre las mismas bases

Aunque estudiáremos cuál es la situación y condición del ser humano, cuando viene a este mundo, en un intento de explicar el por qué la existencia se presenta con esos corolarios que anuncian la muerte: la enfermedad y el sufrimiento; queremos indicar en qué consiste ese trayecto de esperanza frente a la nada de la muerte. Ese itinerario de esperanza no viene por sí solo como la amargura y la tristeza con que muchas vidas están llenas. Es preciso salir a su encuentro conociendo lo que es la existencia, la muerte y la vida eterna. Esos conceptos, de conocerse, tal como nos provee la revelación de Dios en Jesucristo, y que nos integran elementos depurativos que le llevan al ser humano a transitar con seguridad y confianza, configurarán una esperanza auténtica.

Como creyentes en Dios, y discípulos de Jesús, hemos hallado una riqueza espiritual en el conocimiento de Dios y de Jesucristo (Jn. 17:3), que nos ofrece esa esperanza que nos permite afrontar la vida y la muerte de un modo diferente a cuando falta dicha esperanza. Cuando la esperanza, que se nos concede en la fe que se suscita en la profundización de la palabra de Dios (Jn. 8:31, 32 cf. Rm. 10:17), está ausente, nos desprotegemos frente a la enfermedad, el sufrimiento y la muerte. Habremos podido encontrar un cierto cobijo en la ciudad secular, pero la existencia se torna cada vez más desconocida e intolerante.

Hemos encontrado en Jesús, la garantía de la vida eterna (Jn. 17:3 cf. 3:16), y en nuestra permanencia en su palabra (Mt. 13:23 cf. Lc. 8:15), hemos hallado la verdad y el compromiso en ella, liberándonos de los miedos y temores (Jn. 8:31, 32) que conlleva la ignorancia respecto a lo que implica vivir la existencia y el destino de cada de ser humano.

Queremos compartir nuestro testimonio: El descubrimiento, en la palabra de Dios, de lo que es la esperanza y la vida eterna; el saber lo que es la existencia y el cómo vivirla; el conocer a Dios y al Mesías Jesús; el haber aprendido el cómo hemos venido a ser por creación, y la causa por la que ha resultado la muerte; dónde reside el núcleo de nuestra identidad, aun cuando la inconsciencia intemporal nos sobrecoja en la muerte, a fin de superar definitivamente esa muerte, mediante la vida eterna con que nos programa Jesús (cf. Jn. 5:24, 25).

Todo esto es imprescindible para organizar una existencia que tiene como referencia constante la cualidad de una naturaleza humana que responde continuamente a su creación y Creador, y que encuentra, después de las turbulencias y desequilibrios de la existencia que se independiza de ese Creador, el cauce adecuado en la redención o liberación que nos ofrece el Mesías.

Tendremos que analizar lo que nos ofrece en realidad esa ciudad secular. Habrá que comprobar lo que lleva en sí misma programado, y compararlo con lo que nos ofrece la ciudad celestial (Ap. 21:2 ss., 9, 10, ss. cf. 11:2). La ciudad celestial (o capital del Reino de Dios) representa al Reino de Dios (Mt. 6:33; Mc. 1:14, 15 cf. Lc. 17:20-36; Mt. 25:31-34 ss.), a los principios ideológicos que sustenta el Gobierno de Dios. Y fueron ideados de acuerdo a las necesidades de la naturaleza humana. De ahí la importancia que poseen para la salud o salvación.

En conclusión, la existencia está relacionada tanto con la muerte como con la vida eterna. Demostraremos en esta obra que una y otra dependen de la forma de existencia que decidimos configurar. Y esa decisión se define en base al análisis respecto al descubrimiento de lo que evidenciamos. Y ese descubrir se relaciona con una conciencia que lucha entre su condición natural deteriorada por una herencia imperfecta, y la llamada espiritual de la nueva conciencia que le propone el Espíritu Santo basado en la Revelación.

El problema de la muerte ¿cómo se resuelve? ¿Resignándonos a recibirla? ¿Inventando una teoría que la dulcifique, o que la haga como inoperante? O ¿analizando nuestras raíces y diseño de acuerdo a lo que podemos comprobar en la revelación de Dios?

En nuestro trabajo, pretendemos ofrecer la solución que nos presenta Jesucristo sin más, sin escatimar las referencias que la experiencia humana nos provee.

2) Kierkegaard plantea el tema de la razón y de la necesidad que nos permite aportar algo para comprender la manera de acercarnos al conocimiento de la revelación expresada en el evangelio del Mesías.

El mero hecho de pensar éticamente implicaría, según Kierkegaard, dar oportunidad a razonar sobre si está bien o no lo que le sucede a Job o lo que hubiera pensado Abraham ante la orden de matar a su hijo. La Etica, en este sentido configura la especie de la Necesidad según Kierkegaard. [9] Y ésta no discute ni se burla ni amonesta, es muda e insensible, tan solo hiere al ser humano arrastrándolo a necesitar razonar, a tener respuestas. Por un lado, la razón engendra la propia Necesidad ¿Por qué? Porque la razón ha descubierto la ley indiscutible del ser ¿Y qué es eso? Que todo lo finito tiene un comienzo y por lo tanto tendrá un fin. Saber eso supone angustia[10] por cuanto el ser humano se acostumbra a vivir, y a querer vivir. Pero la sombra de su fin aparece proyectada a lo largo del trayecto existencial: El problema no es la muerte sino dejar de vivir, de pensar, de comunicarte.

Y esto lo lleva consigo la propia Necesidad “que nuestra visión intelectual” configura: la necesidad de eternidad. Pero es esa necesidad de eternidad que pone al descubierto nuestro nacimiento y destrucción que se integran en nuestra existencia en conflicto con la necesidad de eternidad. Y aquí reside una de las aportaciones de Kierkegaard. El nos dirá que si nos entregamos al razonamiento de la filosofía especulativa, el hombre se verá obligado a un entreguismo “de aceptar el ser tal como le ha sido dado”. Esta era la idea de Hegel. Pero Kierkegaard nos sorprende, cuando profundizando en el relato bíblico sobre Job, afirma que ese pensamiento de Hegel, al fin y al cabo universal, de adaptarse e identificarse con la realidad que le es dada en la existencia, es pensar mal. ¿Por qué? Porque aceptar “lo que le ha sido dado”, considerarlo como definitivo, insalvable e inevitable, no solo es hundirse y diluirse en la conciencia cotidiana del ser que vive en este mundo: una conciencia que masca la tragedia del sufrimiento y de la enfermedad sin fin, la del mal y de la muerte campeando por sus fueros, sino además prescindir de la otra opción, de la otra referencia a lo que supone la realidad constatada ¿Sí? ¿Y cuál es esa otra referencia? Algo muy distinto a los argumentos y evidencias lógicas de la filosofía que no ha podido ni ha sabido resolver el problema existencial del ser humano. ¿Y qué es eso? Mejor que no te lo diga ¿Insistes? ¡Claro¡ Se trata de la peor locura. Pero va nuestra vida en ello. Ante la realidad objetiva de nuestra condición perdida, frente a la situación real de nuestros temores y miedos, en presencia del dolor y de la muerte a plazos, delante de lo imposible de cambiar producto del mal y del llamado pecado, hay que rechazar lo que no ha servido para nada porque era irrealizable ¿Entonces? Hay que aprender de Job y de Abraham. Del clamor de Job y de la fe de Abraham. Hay que renunciar al pensamiento racional de Sócrates y de Hegel, que aparece desligado de la fe y del sentimiento, [11] como siendo el infalible intérprete de la realidad. ¡Pero eso es absurdo y horrible¡ Cierto. Pero si bien supone un escándalo oponer a la razón el clamor de Job y la fe de Abraham, contienen nuestra salvación de la inseguridad y de la destrucción ¿Cómo? Lo que has entendido. Es la desesperación de Job frente a la impotencia del mal que sufre, que le impide razonar sobre su estado. Pero este impedimento no puede ni debe prescindir del razonamiento. Razonar sobre su estado sería asumirlo como algo normal que ha de tener una causa. Esto es lo que rechaza con entereza Job. Su protesta no es fruto del sentimiento amargo sino del razonamiento bien construido y coordinado con el sentimiento y la fe. Su clamor consiste en acudir a Dios y decirle que él no ha hecho nada para merecer lo que sufre. Y eso no es sentimiento. Eso es una reflexión profunda en la angustia de su seguridad y confianza de que se le hará justicia. Se trata de repudiar la objetividad con que sus compañeros razonan su situación: “la enfermedad es un castigo a tu pecado oculto” “como la bendición lo era a tu conducta justa”. Pero nadie puede saber la realidad más que uno mismo. En la problemática existencial, la objetividad se estrella con la realidad interior.

Aun cuando Kierkegaard no nos proporcione este tipo de matización respecto a la razón y su rechazo, su modelo de argumentar nos sirve para construir el nuestro, en favor de una mejor comprensión de la “oposición irreductible, que Kierkegaard sostiene, entre la revelación bíblica y la llamada verdad helénica”. En efecto. Desde lo más hondo ha de surgir la protesta. La razón desligada de la fe le proporcionaría un ángulo insolucionable. La ética que, por ejemplo, los llamados amigos de Job utilizan con su filosofía especulativa, le arrastra a emplear la razón que le culpabilice. Su lucha contra la crueldad del sufrimiento injusto, y sin aparente sentido, su no aceptación como algo irremediable, es, lo que le lleva, tras la experiencia de la desesperación a la esperanza de esperar en el Dios justo, y a descansar en él. La desesperación hace acto de presencia cuando no te entregas a la razón, transformando el pensamiento en una encrucijada de espera en la verdad.

Kierkegaard ha descubierto que la impotencia frente a cualquier problema existencial es fruto de la falta de fe. En efecto, cuando el hombre se entrega a la aceptación de su realidad mortal, se ve impotente frente a la finitud de su vida, porque la razón le lleva a fijar más su incapacidad para resolver su condición de condenación a morir irremisiblemente, y de modo irreversible. No hay escapatoria posible. La razón le da la razón, y eso le muestra su impotencia. Y por lo tanto la falta de fe se revela, por cuanto se comprueba que no la ha utilizado. El nos dirá “que la fe significa perder la razón para conquistar a Dios”. Es preciso clarificar qué se pretende afirmar con “perder la razón”, y qué implica “conquistar a Dios”. Kierkegaard no nos lo explica concretamente. Debemos sacarlo de lo que entendemos de su exposición. En principio digamos que la Escritura concibe a la fe como un don de Dios (Rm. 10:17 cf. 1ª Cor. 12:9 pp.). Pero eso se nos concede mediante el estudio de la Palabra. La fe está integrada de tal modo en la Palabra que es imprescindible una experiencia en ella para acceder al conocimiento de Dios (Jn. 17:3 cf. 8:31, 32). Ahora bien ese conocer a Dios, se experimenta por medio de la reflexión razonada. No puedes prescindir de la razón para allegarte a la Escritura. Es verdad, de acuerdo a lo que te proporciona la Escritura, que el Espíritu Santo tiene la iniciativa y accede a nuestra conciencia, despertándola a nuestra condición real (cf. Jn. 16:7-9, 13). A esa de la que somos conscientes cuando se nos plantean los por qué y los para qué de la vida. Sale al encuentro ofreciéndonos ayuda. Y aprendemos por medio del canal de la oración (Jn. 14:13, 14) a fijar una relación con Dios. Esta iniciativa tiene valor si no se la rechaza. De cualquier forma la fe surgirá sin el rechazo a la propuesta de la revelación. Ahora bien ¿qué tiene que ver esto con la perdida de la razón? En perder el querer mantener a la razón como suprema. Para que el proceso de ir a la Escritura se dé, es preciso abandonar por unos instantes lo que se nos da como lógico y objetivo. La razón viene deteriorada, y se han acumulado, desde el nacimiento, corrupciones que impiden un empleo de la razón de modo adecuado, ya que aparece desligada de la fe y del sentimiento. La razón al independizarse se autoerige como la única intérprete. Y ésta se plantea el por qué ha de hacer caso a lo que se presenta como revelación y explicación del suceso humano; que con la razón por si sola llegará a responderse a los interrogantes que la existencia nos confronta. En este sentido tan esencial para nosotros, la razón es un auténtico obstáculo, es como una filosofía especulativa. Pero nuestro origen y nuestro destino mortal con los diferentes conflictos que van apareciendo, no admiten para su comprensión, ningún obstáculo, sino una entrega a fin de conseguir que la razón encuentre su lugar al lado del sentimiento y de la fe perdida que es preciso recuperar. Esa entrega no nos costará demasiado sacrificio respecto a ignorar provisionalmente esa razón especulativa que tiende a querer solucionar todo por sí misma, por cuanto en el proceso de la existencia se nos presentan interrogantes que han de responderse, y automatismos que acceden a la mente produciendo desconcierto, y provocando necesidades como fruto de una naturaleza malograda. Todos somos conscientes de la problemática humana y de los diferentes pensamientos que interfieren en los procesos mentales y que se orientan de acuerdo a una situación existencial que tiene que ver con el sufrimiento, la enfermedad, la muerte, con modificaciones químicas en el cerebro, con relaciones humanas, con el amor, y una cierta dosis de felicidad que depende de nuestra relacionalidad y reacciones, de nuestras actitudes y maneras de pensar, y todo esto se verá encauzado de un modo o de otro, teniendo en cuenta el modo con que consideremos nuestro origen y destino.

Una vez que hayamos desplazado a esa razón contaminada a un segundo término, y demos lugar al clamor de Job y a la fe de Abraham “que salió de donde vivía a otro lugar desconocido”, acudiremos a la Revelación y nos encontraremos con la realidad y trascendencia de Dios.

Habíamos dicho que la fe es un don de Dios, y que ésta está integrada en la Palabra de Dios, pero ¿de dónde sale esa fe que abandona el itinerario de la razón para marchar hacia la Revelación cuando todavía no ha habido contacto con la Palabra de Dios, y ni siquiera la mente, en ese momento, está segura si es o no es la Palabra de Dios?

Abraham tampoco tenía la Revelación escrita, pero había surgido una voz en su conciencia que sale al encuentro de sus pensamientos más recónditos configurando una seguridad (Gn. 12:1-4 pp. cf. 11:31). Lo que me está diciendo que me vaya de esta tierra para ir a esa otra, me está señalando los problemas y preocupaciones existenciales que yo sé que tengo, además de ofrecerme un plan de bendiciones, y eso me da confianza, me genera fe en el invisible, de que la solución a mi existencia estará en obedecer esa orientación de salida y de llegada. Así mismo hoy, al ser humano le son evidentes sus problemas interiores. Al meditar sobre los resultados de su existencia y conducta, observa su incapacidad y su deseo de resolver aquello que genera molestias a él y a los demás, de diferentes grados y profundidades; y cuando algo interviene en su conciencia despertándole a su condición real, que coincide precisamente con lo que él ha evidenciado y se le ha presentado, descubre que ese algo pretende salir al encuentro de su problemática existencial. Puede ser que desconozca todavía la influencia del Espíritu Santo (Jn. 16:7-9). Pero si no rechaza esa experiencia que le confronta a su realidad y al cambio, se configurará una fe que le hará reconocer en el momento oportuno el conducto a un encuentro con la Revelación escrita (Jn. 5:39), con la Palabra de Dios, donde encontrará el itinerario de la fe (Hb. 4:12 cf. Rm. 10:17), reconociendo en ella el camino de la vida (Jn. 14:6 cf. Jn. 1:1-3, 14 ; 8:31, 32), justo lo que andaba necesitando. Lo que ese algo anterior le confrontaba con lo que se le hacía presente en su mente, de lo que él era consciente que no le hacía funcionar adecuadamente, y que evidenciaba por doquier en resultados que los experimentaba como perjudiciales a su existencia y a la de otros. Ahora podemos entender mejor, lo que Kierkegaard quería decir cuando afirmaba “lo que significa la fe: perder la razón para conquistar a Dios”. [12] Se trata de una fe que le hace reconocer un algo interior que le confronta con su propia realidad, y que encuentra sentido existencial cuando se encuentra con la revelación de Dios. Y una vez allí se interesará en conocer a ese Dios, que ha tenido una primera aproximación con él cuando no rechazó el que le despertara en su problemática humana. El ha sido consciente de lo que sucede en la conciencia cuando los actos y voluntad de ser y de vivir resultan en conflictivos tanto para su propia existencia como para la de los demás. Y halla en las palabras de Jesús (cf. Jn. 8:31, 32; 17:3) la referencia que necesita para comprobar que esa insistencia de su conciencia a buscar la verdad que le resuelva su condición conflictiva existencial, posee una efectividad sin igual, satisfaciendo todos los anhelos del ser: tanto del raciocinio como del sentimiento y de la fe.

Conquistar a Dios no es una mera llegada: es un querer conocerle permanentemente (Jn. 17:3 cf. 8:31, 32). Esto llevará a una profundización de los principios ideológicos del Reino de Dios o de su Gobierno (Mt. 6:33 cf. Mc. 1:14, 15), y a lo representativo de ese Reino en la persona de Jesucristo. Cuando se vive esa existencia, la angustia no existe. Y cuando aparece esporádicamente como consecuencia de los resultados del pecado en nuestra naturaleza, y que todavía permanecen, se ha configurado una vida eterna existencial (Jn. 5:24, 25). [13]

Kierkegaard, independientemente de que se haga ininteligible con su categoría, “de que lo eterno es el presente en cuanto sucesión abolida”, y que mantenga todavía un concepto antropológico equivocado: el hombre sería una “síntesis de alma y cuerpo constituida y sostenida por el espíritu”, [14] presenta una tesis en el capítulo III de su libro El concepto de la angustia, en los términos siguientes:

<<La angustia como consecuencia de ese pecado que consiste en la ausencia de la conciencia de pecado>>. [15]

Es verdad que dicha tesis tiene un no sentido en Kierkegaard, y por lo tanto, la comprensión es muy distinta a lo que nosotros entendemos. Kierkegaard no se aclara en su exposición sobre la angustia. [16] Y es que no podemos mantener en alianza una manifestación interior creyente y una concepción teórica atea. Y si queremos mantenernos bajo el conocimiento cristiano de Dios, no podemos reconocer como válido las categorías de tiempo y eternidad que suscribe el griego. Sin embargo, a pesar de esa contradicción, y del error básico en cuanto a “que el hombre es una síntesis de alma y cuerpo, constituida y sostenida por el espíritu”, describe de tal modo el sentimiento de la angustia, que servirá después a la filosofía de Heiddeger, de Sartre y de otros existencialistas, a la vez que nos permite captar por medio de su propia experiencia una trayectoria humana generalizada.

Aunque el lenguaje empleado por Kierkegaard sea distinto por su afiliación sentimental y terminológica a una forma de cristianismo, la conclusión a la que llega no se diferencia sustancialmente a lo que nos presentan respecto a la angustia Heiddeger[17] o Sartre. Sin embargo Kierkegaard no abandona su estructura cristiana y nos ofrece un intento de superación de la angustia que no acabe ni permanezca en el caos ni en la nada, aun cuando nos siga manteniendo en una condición crítica sin solución definitiva.

El gran problema de Kierkegaard es su vivencia personal. Su filosofía existencialista es el resultado de su angustia. Cuando se analiza esa filosofía podemos seguir su crisis, que la convierte en prototipo de la que cada ser humano, según él, pasará si no toma buena nota de sus recomendaciones. En efecto, él necesita desembarazarse de la razón. Puesto que la razón le arrastra a comprobar su realidad como una angustia que le desemboca en la nada. En lugar de Sócrates y Hegel, le interesa Job y Abraham, que se ven conducidos por la fe en lugar de la razón. La razón le ha llevado a Kierkegaard a razonar sobre su destino. Y el destino es la nada. Y el efecto de la nada es angustia también ¿Por qué? Porque lo que le muestra la razón es el aniquilamiento del ser, el caos de la nada: el destino de la muerte que la razón ve por doquier. Esta actitud es consecuencia, como observáremos más adelante, de reproducirse el itinerario de lo que él considera el pecado original: el trayecto de la inocencia al saber.

Es entonces que Kierkegaard recurre a Dios, aunque creemos que demasiado tarde, puesto que ese Dios, es, fruto de lo que critica como insalvable: una Necesidad. Aun cuando Kierkegaard reconozca que para Dios, todo es posible pero no para la razón, él no llega a desembarazarse de la razón, cuando interpreta el pecado original de un modo que es imposible ajustarlo al contenido bíblico. Al no tener en cuenta lo que realmente dice el relato bíblico se vuelve hacia lo que tanto criticaba: a una filosofía especulativa rechazando lo que sería su asidero en los momentos más deprimentes de su existencia: la fe. El afirma desconsiderando a la Biblia que la angustia de la nada es la causa del pecado original. [18] Esto, que por sí sólo, ya es lamentable, trae consigo la pregunta ineludible de que por qué eso es así. Define el estado del ser humano antes del pecado como de inocencia. Y que esa inocencia por cuanto no tiene nada contra lo cual combatir, implica la Nada. Y que la Nada engendra la angustia. [19]El profundo misterio de la inocencia consiste en que es a la vez angustia” nos dirá Kierkegaard. [20] Es decir, aquí la Nada toma la forma de la ignorancia (la ignorancia del inocente que no conocenada), de algo inexistente (la nada), y que arrastra al inocente a la angustia de querer saber. En un intento de comprender la propia experiencia por la que está pasando Kierkegaard explicaría este concepto de pecado original, que se aparta profundamente del significado que la Palabra de Dios nos dice. Si la inocencia determinada por Kierkegaard, fuera el estado anterior al pecado ¿cómo poder saber que la inocencia es al mismo tiempo angustia? No podemos saber nada ni sobre ese estado de inocencia ni tampoco sobre que esa inocencia sea angustia. Pero al expresarse así, se compincha, quizá sin quererlo, con aquel que le era tan repulsivo: Hegel. Este echaba la culpa a Dios como siendo el engañador y no la serpiente. [21] Según él, la serpiente descubrió a los primeros padres la verdad. Kierkegaard al observar que la inocencia es ignorancia. Y que en ese estado de inocencia se le estuviera negando el conocimiento de la diferencia entre el bien y el mal, [22] está, no solamente justificando el pecado sino además reprochándole a Dios el haber creado esa situación. Pero nada más lejos de la verdad. En realidad Adán y Eva reaccionan después del pecado del mismo modo que Hegel y Kierkegaard. El uno le echa la culpa de su acción a la mujer que me diste como compañera (cf. Gn. 3:12); y la otra le echa la culpa a la serpiente (cf. Gn. 3:13). Al no querer reconocer su culpa se la están echando a aquel que había creado a la mujer y a la serpiente. Este es el resultado de la caída: el rechazo de Dios mediante la negación de la amistad y fidelidad que la creación en libertad reclamaba al hombre para con Dios. Y esta acción no le ha proporcionado un despertar al verdadero conocimiento sino un adormecimiento del pensar, del espíritu del ser humano. Además de todos los corolarios que implicaba ese desligarse de Dios en el que tenía su origen la existencia y la permanencia de vida.

El pensamiento cruel, retorcido, maligno, sigue queriéndose imponer hoy: “puesto que el hombre no conocía el mal en su estado de inocencia tenía una necesidad que llenar: la de conocer el mal, y por lo tanto una imperfección que perfeccionar”. La presión de la serpiente es apartar al hombre del bien mediante la ausencia de éste y la propuesta de la negación del bien mediante su opuesto. Cuándo se analiza el relato bíblico (Gn. 2:7 cf. 1:27, 28, 29-31; 2:1-3 cf. 2:8, 9, 15-17; 3:1-6, 22-24), uno se da cuenta de que el hombre no tenía necesidad de conocer el mal, no que no tuviera necesidad de nada. Y claro que tenía que luchar, pero no como algo necesario que le faltase sino como un atributo de su creación en libertad: la permanencia en el Bien mediante el convencimiento de lo que experimenta como criatura integrada en el bien y en la libertad de crecer en ese conocimiento sobre el Bien para el que estaba capacitado. Tenía necesidad de algo: la de corresponder en libertad respecto al Bien, y la nonecesidad de conocer el mal. Pero la libertad implica la elección y el pensar sobre el propio bien. Al pensar sobre el propio bien y mantener su identidad de criatura en una relación con el Creador podía reconocer y determinar cualquier cosa que quisiera ausentar el bien u oponerse a él. La propuesta de la serpiente, es algo claramente identificado por el ser humano creado: se asocia el saber sobre el bien y el mal con el cuestionar lo que el Dios Creador ha dicho. Es esa permisión por parte del ser humano de que razonamientos contrarios al plan creativo de Dios accedan a la mente poniendo en duda y contradiciendo las palabras del Creador que aíslan a la razón de la fe en Dios, convirtiéndose entonces la razón en suprema, en un ídolo que desbanca a Dios. Fue esa apertura hacia la serpiente sin consultar con el Creador, que rompe su relación y permite la entrada de la seducción. Es la falta de fe en Dios, decidir prescindir de Él, lo que propugna codicia, el querer experimentar algo distinto al plan de Dios: independizarse de lo que implica ser criatura. Ser criatura significa ser libre de cualquier forma de mal. Puesto que la criatura, y es el mensaje de advertencia que Dios les da (cf. Gn. 2:15-17), no puede experimentar el mal sin sufrir su destrucción: el aniquilamiento de la libertad, la modificación del equilibrio como persona, el sufrimiento, la enfermedad, la muerte a trozos. No hay ignorancia en la caída sino un total desprecio de su condición de criatura y del Creador (cf. Gn. 3:1-6). Es una ofensa soberbia hacia su existencia como tal. Es el querer proponerse a perder la vida, y todo por un uso inadecuado de la libertad desligado de su relación con Dios que le otorga su condición de criatura libre. No hay auténtica libertad si se pierde o se arriesga la posición de criatura a la que está integrada la libertad. Si bien la libertad aparece como posible de utilizarla de modo distinto al que la grandeza de criatura reclama y se orienta, fue concedida de manera indisoluble en la naturaleza humana a fin de que se evidenciara, mediante la obediencia y fidelidad a Dios, el resultado positivo y de bienestar. Y de este modo reconocer y convencerse, fijándolo cada vez más y creciendo en la idea, de que Dios es Bueno y Creador; y que merece la pena permanecer libre para el bien, y viviendo en una existencia plenamente de criatura libre, sin la tara de la experiencia del mal que lo destruye todo.

La obediencia está determinada en la relación que se crea entre Creador y ser creado, y en la ordenación que reside en lo creativo (Gn. 1:26, 27, 28-30 cf. 2:7, 15-17, 18-24, 25).

Al Creador conocer el mal, dada su naturaleza, no implica el realizarlo (cf. Gn. 3:22 pp.). Su afirmación de que lo conocía, independientemente de su atributo omnisapiente, estaba justificada además por el conflicto de la rebeldía de Luzbel. Las criaturas, como lo que representa la serpiente y el ser humano no pueden conocerlo si no es experimentándolo en la práctica (Gn. 3:4-6). El desconocimiento del conocimiento del mal no es una imperfección sino la base y origen de su perfección humana ¿Por qué? Porque ese desconocimiento es lo que permite el querer ser libre para con Dios y experimentar la perfección del Dios Creador y trascendente.

Ni tampoco el uso de la libertad en una única dirección: la del bien, es una imperfección. Todo lo contrario, es en la libertad de hacer y seguir el bien que uno va descubriendo el por qué del designio y diseño de Dios, y convenciéndose de que sus logros y actuaciones corresponden a lo que su naturaleza creada demanda. Al mismo tiempo que va alcanzando el querer ser perfecto como es Dios (cf. Mt. 5:48). Es en esa meta continua que va experimentando el bien, convenciéndose de éste, y aprendiendo a saber que cualquier otra cosa distinta a las propuestas enraizadas en su naturaleza creada no contribuiría a lo bueno.

No hay ningún problema en usar la razón si ésta, está unida a la fe y al sentimiento. El problema de Eva y Adán no es el que usaran la razón, precisamente no la utilizaron, sino que se dejaron arrastrar por un sentimiento aislado del raciocinio y de la fe. Si se hubiese razonado con fe, el sentimiento de codiciar y de curiosear ante lo que se presentaba como distinto al plan de Dios, no hubiera prevalecido. La razón y la fe se hubieran coordinado de tal modo con el sentimiento que se hubiera hecho presente con fuerza la advertencia de Dios respecto a la existencia de alguien por lo que se precisaba guardar el espacio benefactor en el que vivían (cf. Gn. 2:15), y que ese guardar tenía que ver con algo relativo al bien y el mal (2:17). Ante las propuestas de la serpiente, que impugnaban las que conocían de Dios, se hubieran vuelto a Dios en procura de información.

El trasladarse al conocimiento del bien y del mal mediante la experimentación, no solamente la razón se convierte en suprema desconectándose de la fe en Dios, tal como dijimos, sino que se tiende a la justificación del mal. Y por lo tanto a incorporarlo como algo normal y necesario, donde el fin de la polaridad adquiere la forma de la unión de los opuestos. Filosofía maligna que desde entonces queda como testimonio de lo que es la mezcla inaceptable: la combinación del bien y del mal, del error y la mentira, de lo positivo y negativo, y que desde Babilonia antigua hasta la Babilonia moderna (cf. Ap. 17:3-5, 6, 15-18; 18:1-3, 4-6, 7 ss.), se ha dejado constancia de ese mensaje de advertencia para todos.

Hay unos datos beneficiosos que surgen de la filosofía de Kierkegaard, y que sirven para nuestro itinerario espiritual. Hemos dejado constancia de ello aun cuando hayamos tenido que matizar e incluso descartar algunas de las proposiciones de Kierkegaard. La razón que tan apasionadamente critica Kierkegaard, tenemos que entenderla como la que se presenta como suprema, y no admite otra posibilidad que ella, aun cuando se diga que se cree en Dios. Ese Dios no sería el Dios de Abraham ni de Job. Sino un dios inventado por la razón que aparece como suprema.

Cuando él nos decía de la “angustia como consecuencia de ese pecado que consiste en la ausencia de la conciencia de pecado”, nos ofrece la realidad de un ser humano que cuando viene a este mundo experimenta la angustia en el vivir frente a una existencia que le aboca a un trayecto insalvable de agoníaunamuniana (de lucha) y de una muerte que se va anunciando con la situación de vivencia. Pero ese estado de angustia no se le conoce como siendo fruto de una ausencia de conciencia de pecado. El ser humano viene a este mundo, y no sabe que viene ya con una tendencia contaminada por lo que es contrario a su designio y diseño. Comprueba, que dada la experiencia dolorosa y desagradable que le produce cierta actitud y comportamiento querría no hacer lo que ha experimentado como contrario a sus intereses, desearía no hacer lo que comienza a clasificar como malo. Al haber ausencia de conciencia de pecado, se vive de un modo equivocado produciéndose angustia. Se vive en una condición de pecado porque no se reconoce el pecado, y eso resulta en angustia. Una angustia que vendría a ser una especie de advertencia de despertar a nuestra condición real. Su presencia nos avisa de que algo está funcionando mal, y que no hemos hallado lo que demanda nuestro origen, nuestra naturaleza, nuestras raíces. “La angustia queda eliminada, según Kierkegaard, cuando aparece la realidad de la libertad y del espíritu”. [23] “La angustia es la posibilidad de la libertad.” [24] ¿Por qué? Porque su objeto, según Kierkegaard, es mostrarnos su nada que es el destino. Y tanto uno como otro, la angustia y el destino desaparecen en cuanto entra en escena el espíritu, [25] lo espiritual basado en la fe que surge por la iniciativa de Dios y por su revelación. Al desaparecer la angustia y el destino, queda lo que resulta de la experiencia espiritual: la Providencia. [26]

La experiencia de la angustia o se aprende con la finalidad de hallar ese descanso en la Providencia, o se alcanza la permanencia de la inestabilidad “de hacer el mal que uno no querría hacer” (cf. Rm. 7:15), [27] y la inseguridad que te proporciona vivir con la descoordinación de la razón, el sentimiento y la fe.

Ahora bien, la experiencia de la angustia puede aparecer en una situación en la que las consecuencias del pecado crean una situación de pecado, aun cuando la persona haya resuelto esa condición en la que el pecado dominaba al ser humano. Todos, incluso los cristianos convertidos pueden experimentar en algún momento determinado esa angustia, fruto de los resultados del pecado. En ningún caso este tipo de angustia es patológica: [28] se trata de reminiscencias de la angustiaexistencial superada que se presenta, ocasionalmente, de forma automática intercalada con nuestras reflexiones de fe. La duda, el vacío y el silencio de Dios pueden prevalecer en un instante determinado, pero la fe y la experiencia de lo que ha supuesto Jesucristo y su mensaje central del Reino de Dios, de lo que daremos buena cuenta en su momento desbancan a la angustia y controlan la situación.

Paul Tillich, otro existencialista cristiano, en su libro El Coraje de Existir [29] nos habla de la afirmación del ser, y de la nada como de lo que está integrado en el ser sí mismo. [30]El nos dirá, que desde el momento en que el pensamiento del ser y la toma de conciencia del existir, aparece, existe la posibilidad del pensamiento del no ser o la nada. [31] En efecto, la proyección de la no existencia del ser, se presenta al ser de un modo natural. Cuando un ser es consciente de su posible no – ser, es cuando aparece el estado de angustia. La angustia sería entonces la conciencia existencial de la nada, de que ésta forma parte del propio ser y de su devenir. Se trataría de la conciencia siempre latente de nuestro tener que morir lo que produciría la angustia. La conciencia de la finitud. [32]

O sea que la existencia, el ser, conlleva el que se presente la conciencia de la finitud, y esto no solamente porque observas que la muerte se produce continuamente a tu alrededor sino porque el propio no – ser o la nada, se te revela como integrado en tu propio ser. La angustia es el resultado final y momentáneo que aparece en última instancia cuando la posibilidad del no ser se te presenta.

Hay que reconocer que la presencia de la angustia se acrecienta cuando no tienes nada que oponerle. Si bien es cierto que tal como dice Tillich el origen de la angustia está en la nada, y a la nada ¿qué le vas a oponer? Él nos dirá que la angustia no tiene objeto. [33] Sin embargo la propia amenaza que hace que la angustia configure el temor a lo desconocido es un primer objeto que permite comprobar al temor. Pero eso desconocido, nos dirá él, no puede ser conocido, porque la causa de la angustia es la nada. Por lo tanto esa angustia mientras sea mera angustia le hace al individuo entregarse a ella sin ayuda. Traduciéndose un estado de impotencia. [34]

Es preciso aclarar, no obstante, y antes de seguir adelante, que la angustia no surge sin más, y no puede instalarse con perjuicio mientras conscientemente no se le permita. La angustia causa de la nada se origina de modo automático cuando una vez salida del inconsciente se me presenta como tal. No ha habido voluntariedad. Pero ¿qué es lo que hace que se presente y se produzca ese automatismo? No siempre podemos indagar con suficientes elementos de juicio, sobre el origen o mecanismos que hacen posible un automatismo, [35] pero en este caso es evidente: la nada la creo yo, cuando en el momento de mi reflexión sobre la experiencia de la existencia permito compararla con la realidad de la inconsciencia que produce la muerte.

Si en esos momentos no se dispone del recurso que ha debido programar la fe y la esperanza. Si no hemos existido con la finalidad de reencontrar y recuperar en un orden coordinado la fe, el sentimiento y la razón, la situación se volverá a repetir con el propósito de instalarse en el consciente, y fijar de modo automático ese concepto pensante, con lo que la nada y la angustia dan rienda suelta a su poder: el sentimiento doloroso de no poder resolver la amenaza de la situación especial que se ha hecho presente en la mente. Se trata, como nos dirá Tillich, de “la angustia de no poder preservar el propio ser que subraya todo temor y constituye el elemento pavoroso en ella” [36]

Tillich afirma “que la angustia básica, la angustia de un ser finito sobre la amenaza de la nada, no puede ser eliminada, pertenece a la existencia misma.” [37]

Si lo que Tillich nos quiere decir, es, que en la situación humana, tal como se presenta, no se puede eliminar, dada su condición natural, esa angustia generada por la consideración de la nada, estamos de acuerdo. Pero no olvidemos el hecho de que la pertenencia a la existencia misma se ha realizado por una incorporación: la hemos tenido que fijar, como fruto de una actividad pensante. La hemos creado nosotros, por la propia experiencia que nos ofrece el ser y el no ser. Pero del mismo modo que la experiencia de no ser, fruto de la realidad de una vida abocada a la muerte, podemos experimentar la realidad de ser fruto de la necesidad y del anhelo a no dejar de existir definitivamente con que la propia experiencia de existir canaliza y enseña. Y eso, lo podemos fijar también, y podemos crear otro automatismo de signo contrario al de la fatalidad de la angustia. En realidad, el conflicto angustioso se produce desde el momento en que la existencia marca un itinerario de prevalecer, y aparece la inseguridad de que eso pueda ser definitivo. Inseguridad marcada por la evidencia de lo desconocido que supone el tránsito a la muerte que espera, y por la naturaleza con que se presenta esa muerte. Pero si pudiéramos clarificar eso desconocido tornándolo en conocido, y explicar la naturaleza de esa muerte, en el sentido de alcanzar una garantía de que esa muerte, puede revertirse desde la existencia misma, adquiriendo seguridad, entonces sabríamos la causa de la muerte, y por lo tanto tratar eficazmente la causa. La muerte se vería entonces como una parada superable no insuperable. La seguridad del despertar del sueño natural con que viene realizándose en nuestra existencia diaria, ha engendrado en nosotros, un automatismo tal, que actúa en forma de confianza, y aunque pasamos momentos, dentro de ese sueño, de experiencia inconsciente, no tenemos miedo a ser vencidos por el sueño, y a entregarnos de modo incondicional, y sin angustia, al descanso. Eso mismo es posible conseguirlo con el sueño de la muerte, y que se trata meramente de la anulación del tiempo, del paso a una intemporalidad, y por lo tanto no existe la no existencia por cuanto no es posible ser consciente de tu inconsciencia intemporal. Se trata de irse a dormir con la seguridad de que despertarás ¿Y cómo se logra esto?

Si bien la respuesta a esta pregunta la contesta el mensaje de Jesucristo, dilucidemos los tres tipos de angustia que Tillich nos presenta, teniendo en cuenta las tres direcciones en que la nada amenaza al ser. Son tres formas de angustia existencial, pertenece a la existencia misma, y no a un estado anormal o patológico:

1) La nada amenaza a la autoafirmación óntica del hombre, relativamente en términos de sino, absolutamente en términos de muerte[38]

Que el destino y la muerte son la manera en que nuestra afirmación del ser es amenazada por la nada, produciendo la angustia más básica pero ineludible. [39]

Tillich nos afirma que todos los intentos por ahuyentar esa angustia son fútiles. Aun cuando se pudiera probar la inmortalidad del alma (cosa que él nos dice que es imposible), [40] no convencería existencialmente, ya que según él, existencialmente se es consciente de la completa pérdida del yo que implica la extinción biológica.

La amenaza de la nada a la autoafirmación del hombre como queriendo ser es absoluta en cuanto a la amenaza de la muerte, pero relativa en cuanto a lo que se refiere al destino. Pero ese destino, nos dirá Tillich, está marcado por un fin que conduce a la nada de la muerte. Y la nada se hace omnipresente y provoca angustia, incluso donde está ausente una amenaza de muerte. [41]

Y se interroga “¿Hay un valor de ser, un valor para afirmarse a sí mismo a pesar de la amenaza contra la autoafirmación óntica del hombre?” [42]

2) Amenaza a la autoafirmación espiritual del hombre, relativamente en términos de vaciedad, absolutamente en términos de falta total de significado, el absurdo total

Cuando has instalado en tu mente la posibilidad de no ser como algo real, ante la presencia de la amenaza de la nada aparecerá con toda su crudeza simultáneamente a la angustia fruto del pensamiento sobre el no ser, un vacío, consecuencia inmediata de no tener respuesta. Claro. Si la reflexión sobre el no ser se sale con la suya de imprimir como destino absoluto la muerte, rápidamente se configura la vaciedad, olvidando todos los contenidos que dieron forma a tu existencia espiritual, sea ésta de base moral, cultural, intelectual, artística o religiosa, y como consecuencia de ello amenazando todo lo que se había construido y tu habías creído. Surge la falta de sentido, el absurdo: “para qué ha merecido todo lo que he vivido”.

Para Tillich: “Toda creencia estalla por medio de acontecimientos externos o un proceso interno: cuando uno es eliminado de la participación creativa de una esfera de la cultura se siente frustrado sobre algo que había afirmado apasionadamente (…).” [43]

Una vez más, si en esos momentos en que de modo automático, se te presenta la nada no se dispone del recurso que ha debido programar la fe y la esperanza; si no hemos existido con la finalidad de reencontrar y recuperar en un orden coordinado la fe, el sentimiento y la razón; si no ha habido experiencia del descubrimiento de la verdad, y por lo tanto no ha habido autoafirmación espiritual de origen trascendente que permite que la realidad última se haga manifiesta, la presentación de la vaciedad y de la carencia absoluta de sentido irá tomando forma anidando en el consciente, erosionando la confianza, seguridad y certidumbre.

3) La angustia de la culpa y de la condenación

Tillich dirá:

“La nada amenaza desde un tercer flanco; amenaza la autoafirmación moral del yo. El ser del hombre, óntico a la vez que espiritual, no solo le es dado, sino también demandado. Es responsable de él; literalmente, se requiere de él que responda, si es preguntado, sobre lo que ha hecho de sí mismo. Quien le pregunta es su juez, es decir, él mismo, que al mismo tiempo está contra él. Esta situación produce la angustia que, en términos relativos, es la angustia de la culpa; en términos absolutos, la angustia de la auto – repudiación o condenación.” [44]

4) Desesperación e impotencia fruto de una tarea inconclusa respecto a la Segunda Venida de Jesucristo o entreguismo a la duda y a la indiferencia engendrando ambas situaciones angustia

Hay una cuarta forma de angustia existencial, y que Tillich no menciona, y que nosotros aportamos que configura la desesperación y la impotencia: es la contemplación de la tarea que es preciso cumplir para que el evangelio se haya predicado en todo el mundo y traiga el cumplimiento histórico de la Segunda Venida de Jesucristo.

Cuando te tomas las cosas en serio, y consideras que los demás también deben tomárselo, y compruebas que el tiempo transcurre, y la promesa de su advenimiento la experimentas como retrasada, y has fijado la idea de acuerdo a la promesa, de poder estar vivo, sin pasar por la muerte, para cuando Jesucristo venga: la contemplación de no ser junto a la tarea inacabada que impide el que el ser permanezca sin morir, produce la impotencia que te desespera.

En Jesucristo sin más, se presenta un mensaje válido para esa situación descrita, adelantemos ahora lo siguiente:

¿Qué se le puede oponer a la nada? Si es nada, ese algo que supone ser la nada aunque sea nada, resulta no ser, mientras estás siendo. Ese estar siendo, se nutre de lo que creó el ser cuando partió de una nada, mostrando la posibilidad de volver a ser si te identificas con lo que te hizo ser. Pero querer responder a la nada, enfrentándote a ella, sería fijarla más. Ya habíamos dicho que podríamos fijar en el ser algo que le diera consistencia. Cuando profundizamos en lo que implica la vida eterna ya ahora (cf. Jn. 5:24, 25), si en realidad eso es cierto, tiene que haber un poder de comunicación que me lleve a experimentar la vida eterna, y por lo tanto la angustia existencial no se hace ni persistente ni concluyente. Si a esto añadimos la posibilidad de la vivencia de los principios del Reino de Dios con que se vislumbra el haber recibido esa vida eterna que nos habla el Mesías, la oposición a la nada se hará de modo automático y naturalmente espiritual, sin que tengamos que ejercer un esfuerzo directo. Eso que se me comunica actúa como un preventivo eficaz. Lo estudiáremos en su momento.

El tema de vaciedad y del absurdo, es lógico que se produzca en un ser humano que prueba todo, tanto y en tan poco tiempo, que llega a la crisis. Cuando esa vida eterna la experimentas es como fruto de hacer permanente la palabra (cf. Jn. 8:31, 32). Esa permanencia te lleva a la profundización y a la esperanza de la apocalíptica como contemplación del cumplimiento de la historia. Y nos garantiza el cumplimiento de las promesas particulares en cuanto al destino del pueblo de Dios, y persona en particular integradas en esa revelación anticipada de la Historia. Esto no puede permitir la vaciedad, porque hay una continua revelación en la historia, que tú puedes comprobar, de lo que se profetizaba. Y se instalan continuamente la esperanza, la seguridad y la confianza.

En cuanto a la angustia de la culpa y de la condenación, el propio Tillich nos ofrece su propuesta del valor y de la fe que creemos acertado en sus contenidos esenciales. Y que aludiremos a ello más ampliamente en otro capítulo. Digamos ahora que la fe cuando se integra con la razón y el sentimiento, y cuando resulta del don de Dios, trasciende de tal modo al sentimiento de la angustia de la culpa y del pecado que no quedan rastro de estos. ¿Y por qué? Porque cuando tratas el sentimiento, en el sentido de que no debe existir aislado ni de la razón ni de la fe, la angustia de la culpa y el pecado es una fantasía alimentada por la ausencia del tratamiento que ofrece la fe al pecado y a la culpa. Pero cuando ese tratamiento se proyecta, desaparece la angustia de la culpa y el pecado. [45]

Y por último la solución a la desesperante tardanza con que se nos presenta lo que anhelamos: la segunda venida de Jesucristo que trae el fin de la enfermedad, del dolor y de la muerte, revelando la resurrección del ser.

Jesucristo no puede tardar más que lo que nuestra existencia personal dure en la tierra. A partir del momento de cada muerte particular, la distancia temporal entre la propia muerte y la resurrección en ocasión de la Segunda Venida, es nula. Y su acontecimiento nos unirá en un cerrar y abrir de ojos,con todo el colectivo que esté vivo en ocasión del retorno de Jesucristo. Cuando te alimentas de esta esperanza, vives el retorno de Cristo como si fuera a venir hoy, ahora, en cualquier momento de tu presente, incluyendo el instante de la muerte (cf. Mt. 24:42-51; 1ª Tes. 4:13-17), en cuyo límite se vincula con el de la resurrección en ocasión de su Segunda Venida. Todo esto rompe el hechizo de cualquier desesperación, y te instala en el campo de una realidad que se nutre de lo que en cada instante experimentas en tu existencia cuando vives el significado de la Segunda Venida. Vivir la Segunda Venida ya ahora, es una existencia de preparación basada en lo que significa e implica la Primera Venida del Mesías. Esta preparación vislumbra y experimenta en cada instante los proyectos de Dios para tu vida presente, generando la confianza de que lo que falta también se cumplirá.

3)A pesar de poder ser juzgados como pesimistas, no queremos evitar la presentación de una realidad humana que se identifica con el dolor y el sufrimiento. Si queremos alcanzar una buena salud mental y espiritual y la seguridad de la salvación que nos propone la revelación de Dios, es preciso reconocer nuestra verdadera situación. No lo hacemos con la finalidad de regodearnos ni de resignarnos a esa condición sino con el propósito de salir de ella. Es preciso que comprendamos ya ahora que la condición original humana, tal como viene a este mundo: tiende a no saber cómo controlar el estrés, y a realizar el mal que no se querría hacer, y a no saber convivir con el sufrimiento ni a evitarlo cuando es posible (cf. Rm. 7:15-21). Todas las circunstancias inherentes humanas, tal como se manifiestan primariamente, consisten, en crear fijaciones y hábitos que se proyectarán en contra de una salud mental adecuada. De acuerdo al factor hereditario previsto o provisto en los genes y al grado con que concurran esas tendencias engendradoras de costumbres que arraigan tenazmente, se dará una situación concreta mental, que irá empeorando o mejorando al unísono de las coordenadas de salud integral que sepamos utilizar. De ahí la importancia que nos provee la base para conocer lo que se haya podido adquirir como fruto de nuestro pasado; y la necesidad, de desarraigar todo aquello que perpetúe una inclinación hacia el conflicto y desequilibrio, e implantar una direccionalidad a nuestra voluntad conductual que se vea liberada del dominio de aquello que nos obligaba a hacer el mal que no querríamos hacer (cf. Rm. 7:15-21, 22-24).

Queremos dejar claro que esta situación original, en ese primer estadio, es inevitable. Pero es posible transformarla hacia un destino que nos de conformidad y calidad de vida.

Tampoco lograremos en esta vida una completa ausencia de molestias y de sufrimiento. Pero el criterio de salud mental y espiritual, involucra y sobreentiende al sufrimiento y al dolor en sus diferentes grados como formando parte del sentido humano. Ese sufrimiento y ese dolor, es ajeno al propósito por el que el hombre llegó a ser. Y es nuestro deber contribuir a su desaparición, y aunque pueda estar presente en la historia humana hasta la muerte, nuestra actitud hacia él, es y será un indicativo de su destrucción definitiva. En efecto, el problema del sufrimiento no es el sufrimiento en sí mismo sino cómo enfrentas y afrontas el sufrimiento y lo que lo produce: la enfermedad. Cuando descubrimos nuestros errores en nuestra manera de pensar, de alimentarnos, de relacionarnos con los demás, y comprobamos el perjuicio de la falta del ejercicio, del descanso debido y del agua viviente, y de todo aquello previsto por el Creador para que nuestro ser funcione idóneamente, conseguiremos una posición privilegiada en referencia a nuestro factor hereditario y a nuestro pasado; y nuestro cerebro producirá una química que favorecerá nuestra existencia. Y si además, sin que se produzca el rechazo, nos percatamos de la necesidad de la presencia en nuestra vida del Dios personal trascendente revelado en Jesucristo y manifestado en el poder del Espíritu Santo encontraremos, tras el despertar y la búsqueda, la manera correcta de solucionar aquello imprescindible para crecer en una continua satisfacción personal fruto de la relación y comunión producida entre nuestro Dios personal y nosotros.

Independientemente de la riqueza y de su posición social e intelectual, de todo lo que determina lo puramente humano, cada hombre vive su situación particular existencial de manera análoga. Es preciso explicar al hombre que eso que evidencia, eso por lo que se ve abocado a plantearse el por qué y el para qué; eso que la propia existencia conlleva: un origen aparentemente enigmático con un trayecto plagado de sufrimiento y enfermedad, y un destino trágico: la muerte, pero una muerte a la que no está acostumbrado, una muerte cuyo preámbulo ha sido una vida que no puede transmitirle la realidad de la no existencia que el hombre comprueba por doquier, una muerte que trunca la comunicación con lo que siente como amor, eso, que reconduce a la vida humana sobre este planeta hacia una angustia existencial, a una inseguridad, y desconfianza por el futuro, a una soledad y senectud en la que el ser humano se contempla mermado de fuerzas tanto físicas como síquicas, no hallando la justificación a su propia existencia, y experimentando todo sin sentido y sin solución, –eso-, es fruto de un desorden y desorganización para lo que es preciso informar, re–informar y re– organizar.

Este apartado pretende recordar al ser humano lo que le es evidente, e informarle de que esa condición de malestar se ha producido como consecuencia de la actitud independiente asumida por el ser humano respecto de Dios, y que va a ser preciso reorganizar su existencia consiguiendo de nuevo el vincularse con su Creador.

Toda la historia responde a lo que evidencia una postura en la que aparece un hombre trastornado por la enfermedad y vencido por una vida sin calidad que le va anunciando de modo angustioso lo que tantas veces ha observado: la pérdida de la energía y la no existencia ¿Qué ha podido suceder para que se haya alcanzado esa situación que ha descompuesto al ser humano?

El prototipo de hombre con el que nos encontramos, y que sirve para cualquier época, es, un ser sin esperanza, marcado en una mayoría, por el concepto griego del crónos cíclico, el determinismo en el que no hay futuro que dependa de la conducta personal, y que nada podría hacer cambiar su signo pesimista y trágico. En realidad está concepción que se propaga a través del vehículo cultural ecuménico griego no sólo no se diferencia de la actitud que se asume en los diferentes pueblos, sino que es el resultado de lo que ese hombre experimenta como consecuencia de un estado que no es capaz de definirlo adecuadamente y que únicamente la Revelación Divina presenta la solución. De cualquier forma es un hombre cansado, indefenso, desvalido. Ha aprendido a no intentar hacer frente a lo que la propia existencia le señala ya como imposible: la derrota frente a la enfermedad y la muerte.

Se trata de la llamada teoría del desamparo aprendido[46] aplicada a la enfermedad de la depresión, y que aquí cobra una dimensión nueva: la depresión de la muerte incontrolable por el ser humano, y que le enseña a dejarse arrastrar impunemente por ella sin que, según piensa, pueda hacer nada por superarla o vencerla. Es la sumisión a la desesperanza, provocando un síndrome, el de la renuncia:[47] asumir una actitud de abandonarse, de no luchar. Pero este destino irrevocable por el hombre mortal posee una correspondencia a través de todo el trayecto que se dirige hacia el imán de la muerte. Los sentimientos de incapacidad, de fatalidad y desamparo tal como se traducen y experimentan con la muerte [48] se repiten a lo largo del camino provocando estados de abatimiento por los que el individuo siente, al igual que en la muerte, que todo está perdido, nada cambiará. No tienen futuro, no hay esperanza. En la vida del individuo se dará un aburrimiento vital en la que se proyecta la nada de la existencia humana: el vacío interior, si no encuentra el sentido que marca la propia existencia. Es el beso a la muerte al que alude Julián Marías. [49] Pero ese vacío es el anuncio de la saturación. No hay nada que le apetezca ni que le caiga bien. Todo ha sido probado en menos tiempo de lo que imaginaba, colmándole sin poder tragar nada más. Es una situación, de que a pesar de los posibles estímulos nada le interesa ni entusiasma. Todo es contemplado del mismo color y con la misma falta de intensidad. El hastío, la monotonía, el enojo, el cansancio y el desaire se instalan con una intención vitalicia. Y es que el hombre manifiesta que no hay nada que le llene, necesitando descubrir lo que auténticamente le motive para superar el estado de muerte continua que trae su naturaleza.

Ciertos hombres a diferencia de otros pueden ser capaces de superar una situación profundamente adversa dentro de un contexto maligno humano, lo que quiere decir que en algunos casos funciona un cierto tipo de esperanza que les permite hacer frente a una prueba histórica en la que otros sucumbieron, sin embargo ante lo que supone la vida misma, todos los hombres, a no ser que medie el remedio, adolecen de lo mismo: el hombre es un ser en el que su horizonte de esperanza se limita a esta tierra; el futuro no va más allá de la muerte, porque por sí mismo, el ser humano queda detenido entre el convencimiento de que no hay nada después de la muerte y la duda insuperable. Pero como ya dijimos la muerte se va repitiendo en vida tanto con la enfermedad como por la paralización que producen los corolarios del aburrimiento vital y reactivo (éste si se repite con cierta frecuencia llegará a fijarse y se convertirá en algo patológico), fatalismo, pesimismo, renuncia a luchar, el rostro de la depresión que se configura con la desesperanza o falta de esperanza, y el surgimiento de una conciencia culpable.

Una gran cantidad de seres humanos resumen su situación existencial mediante la falta de esperanza y la de la adquisición de una conciencia culpable, orientando su proceder y provocando un comportamiento que les lleva al sufrimiento evitable y a la posible enfermedad mental con sus consecuencias patológicas en el plano físico.

Desde un punto de vista puramente humano, y en ciertos trayectos y paréntesis se observan conductas distintas entre los propios seres humanos con resultados diametralmente opuestos. En donde falta lo que se denomina como esperanza se evidencia que la tentación a la desesperación ha dado como resultado la capitulación, uno ha salido derrotado sucumbiendo ante la trampa sutil de abandonarse frente a la adversidad cualquiera que sea ésta. El no hay remedio ha prevalecido. Los resultados de esta condición han podido ser estudiados modernamente pero sin duda que han estado presentes siempre. [50] Las tres enfermedades que mayor incidencia tienen en nuestro mundo: las cardiovasculares, el cáncer y las mentales con la depresión a la cabeza se desencadenan en un porcentaje muy alto en situaciones de tristeza o de disgustos. [51] La desesperanza desprotege las arterias y empeora la circulación sanguínea. El infarto está relacionado con la personalidad de tipo A que configura a una persona, entre otras cosas, pesimista, obsesiva y desesperanzada. [52] Los estudiosos del cáncer distinguen entre la propia enfermedad y el factor desencadenante. Schwarzenberg[53] nos presenta la relación tan estrecha entre las agresiones psicológicas y la tristeza y lo que predispone al cáncer. Un estrés negativo en el que hace acto de presencia el abatimiento, provoca una baja considerable del sistema inmunológico. Los neurotransmisores o bien desaparecen estando a la baja, o no funcionan correctamente, y los nutrientes son inhibidos. De ahí que Vernon Foster del famoso Instituto Weimar de California nos diga que el estrés negativo “afecta al proceso químico y a la función de todas las partes del organismo y aumenta la susceptibilidad a toda clase de enfermedades, incluyendo el cáncer”. [54] En cuanto a la Depresión y otras enfermedades mentales, debemos considerar que la Depresión se manifiesta a través de un desequilibrio químico del cerebro y de una inestabilidad en la manera de pensar con elementos negativos, pero ahora sabemos que una deficiencia en los neurotransmisores puede alterar el pensamiento produciendo una manera de pensar y de actuar negativa; y que el pensamiento y comportamiento negativo puede afectar a los neurotransmisores estropeándolos o inhibiéndolos. [55]

Hay una diferencia esencial por los resultados, contenidos y modo de enfrentarte a la problemática existencial, entre la esperanza que supera cualquier obstáculo por alcanzar siempre el futuro de cualquier presente y lo que se puede manifestar en cualquier ser humano que a veces pasa por ser esperanza. No cabe duda que ciertos mecanismos son semejantes, e idénticos en ciertas situaciones en la que la trascendencia no llega al límite de lo que ya hemos aludido cuando hablábamos de la muerte y del recorrido enfermo que nos lleva a ésta. La manera en cómo consideramos a la esperanza, la forma de enfrentarnos a la conciencia culpable que se engendra en la vivencia de lo que se denomina mundo carnal en contraposición a lo que surge de ser engendrado espiritualmente por Dios, [56] el modo con que nos apropiamos del futuro que está más allá de la muerte, y la actitud que asumimos ante las repeticiones parciales de la muerte en su recorrido de la vida demostrará un tipo de esperanza u otro.

El hombre, aunque consciente de su situación, aun cuando todo ha permanecido inalterable en lo que se refiere a un cambio por él mismo de su estatus como persona, es engañado en ocasiones por el optimismo encauzado por la trampa de la ilusión pretendiendo motivarse como si eso fuese la auténtica esperanza.

Pero este optimismo está basado en la conjetura y en el error de que en el hombre, lo malo es tan sólo aparente, residiendo lo bueno o lo suficiente como para construirse una esperanza quimérica; o para que huyendo de la realidad se refugie en una felicidad repleta de fantasía, cuyo componente de futuro está originado en una estructura hábilmente tejida por la imaginación y la ilusión, independientemente de que las obtenciones de dinero y la manera de conseguirlo cree un espejismo en el protagonista de semejante teoría propia de un bufón.

La esperanza no es tampoco deseo. El anhelo de posesión es lo que mueve a ciertos prestidigitadores que están dentro de la órbita del pensamiento positivo o posibilista. Las diferencias se moverán dentro de las motivaciones y fines que se buscan.

La auténtica esperanza no se mueve a impulsos de cosas materiales ni por la obsesión de poseer más o menos dinero. El deseo se está apropiando siempre de algo, porque es posesivo y egocéntrico por medio de imágenes que partiendo de la nada se manifiesta lo que se desea. La esperanza se opone al deseo por el interés en lo trascendental y espiritual sin mezcla con ninguna otra cosa incompatible con lo indicado. En el deseo está ausente la paciencia y confianza sobre lo que vendrá, viviendo con una tensión en la que el desequilibrio y la falta de una sana alegría hacen su aparición. Aquí de nuevo el deseo esta fijado sobre una espera desprovista totalmente de esperanza. El deseo espera algo, y la espera, junto a la esperanza, parece a veces coincidir en la búsqueda o en la proyección futura. Pero “la espera queda casi reducida a la consideración atenta de lo esperado” [57] pero atada a una desesperación o desilusión por no encontrarse con el deseo esperado.

Vivir es esperar. Pero para poder vivir es preciso un futuro. La inseguridad de nuestra época, su crisis latente, es fruto de que la humanidad mirándose a sí misma no contempla futuro. Sólo se ve un final. Ya no hay ideologías políticas nuevas. “Todo se ha dicho ya”. De este modo ya no hay horizonte.

La desesperanza es lo que caracteriza a nuestra época aun a pesar de que en ciertos trayectos y espacios haya hombres que actúen todavía con esperanza.

Puede ser que en ciertos trechos cortos todavía sea positivo hablar de esperanza pero hemos de ser sinceros si queremos que haya lugar para la auténtica esperanza. En realidad, nuestro mundo se ha convertido en un contorno en el que no hay salida. El detonador de la angustia se ha producido y es imparable porque el hombre ha quedado incapacitado para superar lo inevitable.

Que nadie piense que somos pesimistas. Somos de los que sabemos que el resultado de la esperanza implica ir a su encuentro, y que supone renuncias calladas, luchas y privaciones continuas, padecimientos ocultos. Y que la esperanza tiene que ver con el crecimiento y la madurez, y el reconocimiento de errores.

Para nosotros la esperanza se mide por la capacidad de aprender, de imaginar y de ser útil a los demás. Todo esto es aprovechable para el marco en el que nosotros queremos incluir a la verdadera Esperanza.

Alguien ha dicho:

<<Esperar no es meramente aguardar a que algo tenga lugar, sino que es una irrenunciable confianza en que algo cambiará para bien>>. [58]

Pero vivimos, por primera vez en la historia, en una era en la que la esperanza individual está embarcada, aunque no quisiere, en la suerte de la esperanza puesta por la humanidad. La humanidad ha apostado por una globalización, un “nuevo orden mundial”, por una determinada economía, y por una cierta clase de ideología, en la que lo secular mezclado con una especie de religiosidad popular pretende perpetuar la existencia en un planeta en el que la muerte, la enfermedad, el sufrimiento, y la permanencia de las desigualdades, entre lo desarrollado y lo subdesarrollado, se ha convertido en irreversible, despistando respecto al verdadero destino de esa humanidad: la esperanza en un mundo nuevo donde no haya muerte, ni enfermedad ni dolor (cf. Ap. 21: 1-4; 22:1-7).

Es por ello que la concepción de la espera a la que aludía el autor precitado es hoy incomprensible e imposible de cumplirse. Porque la persona esperanzada no es egoísta, y no se conforma con un simple cambio que le pudiera afectar a él momentáneamente. Hoy la confianza en que algo cambiará pasa de forma irrenunciable por un cambio global, radical y estructural.

Kierkeegaard había dicho que

<<la fe es el apasionamiento por lo posible y la esperanza es el acompañante inseparable de la fe>>. [59]

Si la fe a la que se refiere Kierkeegaard es fruto del esfuerzo humano, de la confianza en el hombre y en la humanidad, incluso en la propia naturaleza trastornada por el hombre, entonces esa fe no es la fe de Dios ni la fe en Dios que los profetas y Jesucristo tuvieron, y por lo tanto la esperanza que acompañase a esa fe no podría configurar un resultado consistente y feliz. De cualquier forma, no se puede tener fe en lo imposible, e imposible es todo aquello que desde una perspectiva y estrategia humana pretende encontrar solución al problema humano.

Y aquí radica lo que debemos entender por una auténtica esperanza, aquí encuentra significado el que se haya hecho del amor la razón de la existencia y que uno halle su felicidad en la actitud de servicio, porque nuestra existencia esta inseparablemente unida a la solución de nuestro problema humano.

Toda esperanza, ante la evidencia de la experiencia histórica tanto colectiva como individual,que no tenga en cuenta la superación definitiva de la situación de miseria y corrupción humana; que no considere aquello que evita concluyentemente el que la muerte se eternice, o que el sufrimiento y el mal se perpetúen, no está “manejando” la esperanza auténtica, y por lo tanto esa esperanza ni alcanza el objetivo ni obtiene los resultados deseados. Si la desesperanza se configura como fruto de lo que se evidencia en la historia de la humanidad y de cada uno individualmente: el sufrimiento y la enfermedad (depresión y condición humana, entre otras), la esperanza debe tener como meta la llegada de la no enfermedad y del no sufrimiento. Y para ello debe salir continuamente a su encuentro con una práctica de salud integral, en un corregir todo aquello que desfigura el propósito de su creación, y en una coincidencia con las promesas del fin del sufrimiento y de la muerte.

Una vez más: no se puede vivir sin esperanza; ya que eso sería vivir conscientemente el infierno que supone esta vida, como consecuencia de la rebeldía y la fijación de la autoindependencia del hombre frente a Dios. Se ha de buscar irremisiblemente el cauce idóneo para dar forma a la verdadera esperanza.

La desesperación surge como consecuencia de la prolongación de la espera, y en especial porque la esperanza tiene como parada anterior a su resultado y objetivo final la muerte. Pero si en esa espera vamos proyectando lo que merece la pena vivir: una existencia y experiencia personal que se opone al trayecto que lleva a la muerte y a lo que ha producido ésta, se comprobará que en las actuaciones y cumplimiento en contra de lo que ha producido la muerte, dentro de una línea de salud, surge la esperanza. [60] Porque la lucha contra la enfermedad o la confrontación con cualquier desorden supone experimentar el querer superar la muerte, el vencer el pecado histórico [61] con el plan establecido por el Creador. En ese plan interviene todo lo que ha puesto a nuestra disposición. Tanto lo auténticamente científico como todo el contenido espiritual, a fin de aplicarlos a una conducta preventiva que nos lleve a no vernos afectados por el estrés: a aprender a controlarlo. O a proyectar técnicas que ayuden a superarlo cuando nos introduzca en la escalada del desánimo, de la depresión o de un estado patológico.

El otro elemento que está dominando, desde la existencia del hombre, es lo que resulta de la experimentación de una conciencia culpable.[62] Esto es algo que se da de modo estandarizado. Pero es interesante saber por qué cuando una conciencia culpable se engancha a su víctima no la suelta torturándole hasta que acaba con ella, a no ser que medie su curación.

Si se observa con detenimiento al comportamiento general del ser humano, aparece, una separación entre el sentimiento y la razón. El ordenador cerebral parecería estar tiranizado por la emotividad. El hombre vive presa de los sentimientos aislados del raciocinio. Esta clase de hombre generalizado en todas las épocas y lugares, ha sembrado el pánico y la tragedia cuando experimenta la ausencia del sentimiento. El hombre cuando no observa el sentimiento, cuando no siente, se hunde, se bloquea, se anula y se incapacita. El vacío interior es horroroso, la depresión y la desesperanza van tomando forma, y el abismo enfermo al que va cayendo se amplía conforme el tiempo transcurre sin encontrar solución. Es evidente que el hombre debe aprender a vivir sin depender de los sentimientos, o a expensas de si siente o no. Pero para restablecer esa unidad entre sentimiento y raciocinio que dará lugar a un aprender y actuar por principios, es imprescindible conocer al máximo lo que mejor corresponde al designio de su creación. De ahí que deba saber qué es lo que ha estropeado esa confluencia de sentimiento y razón y qué es lo que lo puede volver a organizar en una armonía total.

En esa situación crítica, que de un modo o de otro todos pasamos, es donde aparece con mayor virulencia la conciencia culpable. La culpa puede adquirir el rostro patológico de la neurosis, donde la conciencia se torna en una escrupulosidad obsesiva, severa y exagerada; o la de la enfermedad psicótica, donde la mente reacciona de modo compulsivo e incontrolable como consecuencia de agresiones traumáticas tanto propias o ajenas que dividen la mente; o una culpa normal de la que somos conscientes pero que si no se cura alcanzará cotas patológicas; y la existencial en la que la persona se acostumbra a convivir con ella, hasta el punto de que es capaz de sufrirla sin que llegue a reconocerla como señal de actitudes incorrectas e inmorales, o de vacíos espirituales como el de la existencia y el conocimiento de Dios. Los corolarios y secuelas de la culpa descrita con su mecanismo, a excepción de la culpa existencial, [63] que su sentimiento aunque agónico y lleno de sufrimiento no encuentra el punto de referencia para medir la culpa experimentada existencialmente, estarán gobernados por el ordenador cerebral que dispara el sentimiento de culpabilidad. Aquí es donde ese sentimiento, además de transportar taras negativas, aislado del raciocinio, se atiene a lo que el ordenador cerebral se ha acostumbrado, desencadenándose una dosis emocional de tal magnitud que produce remordimiento.[64]

El cerebro demuestra, por un lado que no estaba preparado para el acontecimiento; que ha habido algo que ha trastornado su plan original, puesto que provoca tal como el término indica re – mordere, dentelladas continuas cada vez más profundas que socavan la seguridad, la confianza y la esperanza con el futuro, clavándole en los actos de un pasado que muerden una y otra vez, consiguiendo ansiedad, temores, angustia y enfermedades, a las que si no se ponen remedio, serán irreparables e irreversibles.

Por otra parte el cerebro reacciona de acuerdo a una naturaleza ética a la que está ligado por creación, y a la que se le estipula, en el caso de transgredirla, una multa que nunca satisface al sentimiento de culpabilidad, puesto que el desorden y la culpa que ha originado, fijan la idea de que el pago no es otro que el de la destrucción, ya que no había sido concebida dicha naturaleza ni para dar cabida a tal desafuero y ni mucho menos para soportar la culpa sin riesgos reales.

Así pues, cuando se comete una falta ética, reconocida o no por nosotros como tal, pero que nuestra propia naturaleza sí que la identifica como al margen de su código original, el ordenador cerebral no puede sustraerse a semejante infracción, y de acuerdo a su programa (con los deterioros añadidos de sentimiento y razón desligados, con todas las implicaciones y fijaciones inadecuadas que eso puede conllevar) da rienda suelta a la sanción de culpabilidad. Los agentes sensoriales, aunque de modo perturbado, informan una y otra vez de la existencia de la falta o faltas cometidas. El ordenador cerebral cumple con su programa bioético sujetándose estrictamente a las instrucciones inconscientes y automáticas a las que no hemos regulado de ningún modo y que, aunque involuntarias, se mezclan de tal modo con el consciente, transmitiéndose ahora como voluntarias, y llevando en su trayecto el sentimiento de culpabilidad aislado del raciocinio, y aun cuando éste sea consultado, ya es demasiado tarde, puesto que se ha sometido al sentimiento de tal manera que se convierte en su cómplice. Tanto lo sensorial como lo racional, por separado se unen ahora para proclamar una misma sentencia: la infracción ética es inexcusable y debe ser castigada. La tragedia de esta postura es que el densitómetro emocional mide como culpable cualquier transgresión, sea ésta voluntaria o no. De ahí que sea preciso cuanto antes arreglar el disturbio que se plantea entre sentimiento y raciocinio separados. Es necesario restablecer la unión de acuerdo al diseño establecido originalmente, antes que se produjera el desorden que trajo la culpa, pero ¿cómo?

Todas estas problemáticas invaden de modo desequilibrador al hombre. De ahí que sea preciso informar al hombre de la realidad de su situación, de por qué sus reacciones y conductas le infligen daño, de por qué descubre que ciertas palabras y actitudes reportan tanto a él como a los demás sufrimiento. Por qué llega a la conclusión, tras lo que experimenta, que ciertas acciones producen algo distinto a lo que es beneficioso, y comprueba que eso contrario a lo que considera como bueno para él, es malo. Se da cuenta que sería preciso ser de otra manera, pero conforme el tiempo transcurre no hay cambios esenciales y cíclicamente se repiten comportamientos negativos que le enferman. Se contentaría con que alguien le informase de por qué efectúa el mal que ha experimentado como tal, y que no querría hacer.

Nuestra pretensión, será, además de lo ya indicado, comunicar cual es la causa de la deformación y cómo se puede restablecer al enfermo humano. Ponerle en contacto con el poder de recrear y reorganizar lo que se ha desorganizado, lo cual lleva integrado la auténtica esperanza y la superación de la enfermedad y de la conciencia culpable, y nos señala la verdadera causa por la que se engendra la desesperanza y las diferentes patologías consecuencia de ella. Precisamente, el descubrimiento de los errores que se cometen en la forma de vivir, y la ausencia de principios de comportamiento que traen buena salud y equilibrio, están basados en el conocimiento de lo que es la verdadera esperanza y en la liberación de la conciencia culpable con sus corolarios enfermos.

No podemos negar que el ser humano comience siendo un organismo unitario vivo. Su estructura subsiste creciendo y reproduciéndose porque en los propios genes está insertada una información, una idea rectora, a la manera de enseñanza que comunica las instrucciones adecuadas para la construcción del ser humano. Pero el resultado humano se ha revelado acompañado de informaciones falsas que desvitalizan, de un código que obliga a que se visualice la finalidad primaria: la de una vida sin límites. Sin embargo se vierte además un signo y direccionalidad mortal. Es incomprensible que la vida pueda traer la muerte pero hay algo que ha trastocado el programa. De ahí que el hombre acuda a la cita de la existencia con deformaciones palpables vinculadas al vehículo de una herencia transmisora de un mensaje inevitable. Su actividad se ve arrastrada por el impulso que marca ese código genético y configura, con sus acciones empujadas por lo que de extraño contiene dicho código, un automatismo que repercute perjudicialmente en su salud tridimensional. Va notando un deterioro químico, afectivo, anímico, que va creando desequilibrios en su organismo. Los neurotransmisores comienzan a funcionar mal o incluso dejan de actuar provocando alteraciones en el cerebro de tal envergadura que arrinconan al ser humano a la pasividad, ansiedad y a la enfermedad mental. Las lesiones aparecen a modo de patologías orgánicas. La información y metodología a comunicar para experimentar sanidad y salud en relación a nuestra mente, y a las repercusiones enfermas que el desequilibrio mental produce,ha de responder al por qué y cómo se ha engendrado este disloque hereditario arruinado por una fuerza que contamina el mensaje y la enseñanza genética original, cómo podemos prevenir el que se alcancen ciertas situaciones que empeorarían nuestro estado mental y físico, cómo podemos lograr, en el trayecto de nuestra existencia, y sea cuál sea nuestra situación, la curación definitiva de todo el itinerario que produce la muerte y la propia muerte, el último enemigo.

Si queremos sentirnos bien deberemos conocer la condición humana con que venimos a este mundo.

Reconocemos que el ser humano posee valores, simplemente por ser humano. Nosotros creemos que la creación, aunque deteriorada por lo que la revelación bíblica denomina efectos del pecado, todavía está suficientemente activa como para vislumbrarse la obra de un Creador. En el propio deterioro descubres que en otro tiempo no fue así. Y en la belleza y extensión de lo casi infinito observas la grandeza de Alguien que ni puede ser la casualidad ni la materia.

Cualquier ser humano que tenga en cuenta su creación, aunque niegue su procedencia Divina, puede beneficiarse de lo que todavía es evidente en su existencia.[65] Con esto, simplemente queremos decir, que el ateo o el agnóstico, o el inconsecuente o incoherente con su creencia en Dios y los propios creyentes disponemos de capacidades naturales, que aunque disminuidas, pueden activar a la voluntad, y conseguir logros que testimonian de esa creación.

Sin embargo el problema no reside en negar o afirmar este hecho incuestionable, sino en la imposibilidad por parte del ser humano de conseguir variar su destino tanto parcial como total. El problema no está sobre si puede hacer algo respecto a curar o prevenir una cierta enfermedad sino en la imposibilidad de poder dominar definitivamente a lo que transmite una especie de código que llega a traducirse en enfermedad y desánimo. El problema no consiste en poder solucionar ciertos fallos del cerebro mediante sistemas psicológicos o de pensamiento que resuelven momentáneamente y hasta un cierto grado algunas conductas patológicas, sino en que por muchos arreglos y sistemas que se apliquen nada es válido, humanamente hablando, a fin de desterrar reacciones o actitudes que nos perjudican y que van abonando en una direccionalidad inexorable de desencanto y desesperanza. Podemos ir poniendo parches y descubrir que aunque se aplique una terapia para vencer el tabaco, y conseguirlo en ciertos casos, la trayectoria de impedir el que se haga el mal que uno no querría hacer, es humanamente imposible. Podemos intervenir con notable acierto en una clonación, pero la libertad, la conciencia, la voluntad, la mente en suma, han sido dañadas de tal manera que son irrecuperables para un destino distinto al que ha sido programado: el de la muerte, el de la corrupción de la célula, el del trastoque del sistema inmunológico, el de la esclavitud al error y a la transgresión de las leyes morales y naturales.

El ser humano está condicionado por un origen que ha sido catalogado como corrompido: sin entendimiento provechoso, contaminado de maldad, con una trágica tendencia hacia lo incorrecto e inconveniente para él mismo, y con la ausencia de un mecanismo que le pudiera llevar de modo natural a buscar a Dios (cf. Rm. 3:10-13).

Esta posición pesimista que parece truncar las ilusiones del ser humano de ser suficiente para afrontar la vida, no es otra cosa que una realidad que nos advierte de nuestra situación, que iremos comprobando conforme la existencia se desarrolle con más o menos dramatismo y tragedia en unos y en otras, pero dentro de una jaula en la que no tenemos escapatoria posible y en la que todos sin excepción, experimentaremos el mal y el sufrimiento, configuradores de la enfermedad estructural y sus corolarios manifestados en conductas inadecuadas y nocivas, y en última instancia de la muerte.

Tenemos derecho al pataleo, y si hemos adquirido una buena herencia y nos cuidamos practicando toda una Ciencia de la Salud, que tiene en cuenta conductas clasificadas tanto por la psicología como por la medicina como beneficiosas, se puede gozar de la vida, en un cierto sentido y aunque limitadamente, incluso prescindiendo de Dios, puesto que al fin y al cabo lo que se aprende de la naturaleza tanto de la humana como la de la tierra y del universo, y lo aplicas siguiendo las leyes naturales, aunque no lo quieras admitir, estás haciendo presente el poder de Dios, y posibilitando el vivir una existencia capaz de afrontar la virulencia.

Pero el propio desconocimiento del por qué se ha de provocar la enfermedad, el sufrimiento, y la muerte, ante algo tan maravilloso que es la vida, y que experimentas con el sabor que da la novedad, es suficiente, ese desconocimiento, como para crear simultáneamente al goce del colorido, el descontento e insatisfacción cuando contemplas y notas en tu propia carne lo incomprensible de lo que se opone a esa vida tan extraordinaria.

Te preguntas y no hallas respuesta humana que te conteste: ¿Por qué existe el mal? ¿Por qué cuando me he acostumbrado a vivir, entonces, de improviso se presenta la muerte inoportunamente, produciendo la infracción de allanamiento de morada y el agravante de nocturnidad? ¿Por qué cuando mejor me lo estoy pasando con mi compañera o compañero, o con el amigo o la amiga, de repente se quiebra la continuidad de la amistad que tanto me llenaba? Y lo que es peor ¿por qué después de haber colmado el espacio de mi vitalidad un horrible vacío experimento como si nunca hubiera sentido nada, y me hundo en la desesperación? Y ahí, en el fragor de la batalla de cada día ¿por qué las personas se infligen daño? ¿Por qué se desesperan en las discusiones? ¿Por qué tienen que admitir que no pueden controlarse? Muchas personas se lamentan de las actitudes que tomaron en un momento determinado que comprobaron que no tuvieron la capacidad de reaccionar de otra manera. Alejandro el Magno había sido capaz de dominar al mundo. Sus conquistas pusieron a la humanidad bajo sus pies, sin embargo él era incapaz de dominar su apetito, su lujuria, la necesidad de recibir culto a su persona, y en una de sus muchas borracheras murió a los 33 años. Y todo esto ¿podría haber sido de otra manera?

Sin duda que ninguno de nosotros se tiene que enfrentar a una misión como la de conquistar el mundo, pero continuamente estamos obligados a dialogar con nuestro cónyuge, a tener que tratar con nuestros hijos, o con nuestros padres y abuelos. Con el jefe de la empresa o con nuestro subalterno. Con los vecinos, con las amistades que un día hicimos, o con los familiares cercanos y lejanos, y comprobamos que en nuestras relaciones con los demás se crean situaciones no deseadas por las que sufrimos y hacemos sufrir.

Si echamos una ojeada a una gran mayoría de los matrimonios, nos encontramos, que esta ley, que todavía no hemos definido ni explicado, se cumple de forma inflexible: ¡Cuántas veces no habría querido decirle lo que le dije! Pero “no pude contenerme”, se afirma. Las personas, en general, se casan porque sienten el amor por el otro. Después de un tiempo, una parte nota el enfriamiento, e incluso se dicen que ya no se quieren. Otros se divorcian sin más, y otros aguantan la “mecha” adaptándose a las circunstancias de un ambiente, o bien de indiferencia, o bien de discusiones continuas en las que cada uno asume la parte del bueno, y señalando al otro como siendo la del malo. En el fondo, en varias ocasiones se reflexiona en el sentido de no haber podido controlar la situación, y notando que las cosas van empeorando.

Tenemos que enfrentarnos a un mundo competitivo, a toda una sociedad que ha orientado previamente las reglas del juego, y que muchos las ignoran, o no las quieren aprender, o incluso no pueden aceptarlas, y de nuevo se me plantea el mismo interrogante ¿Por qué? ¿Por qué cuando quiero hacer el bien hago el mal que no quiero? ¿Por qué llego a situaciones en las que me desespero, exhausto, sin fuerza, comprendiendo que no soy yo quien domina la situación sino la situación quien me domina a mí?

He tenido la oportunidad de conversar con personas jóvenes, y se encontraban ya sin esperanza. He visitado las cárceles, y cuando hablaba de este tema, todavía enigmático, sin conclusión, se quedaban atónitos. No daban crédito a lo que escuchaban. Pero asentían con la cabeza, diciéndome, que en efecto, que eso era lo que les había sucedido. Que esa era la verdadera causa por la cual ellos se encontraban ahí, en la prisión, sin esperanza, sin ilusión, sin libertad. Daban a entender como si no hubieran tenido más remedio que hacer lo que hicieron. Que notaron como una especie de fuerza que les impulsaba a hacer lo que después comprendieron que era malo.

En definitiva esa era la misma experiencia de la mayor parte de la humanidad: sin esperanza, sin ilusión, sin la libertad que se precisa para hacer el bien. Porque al fin y al cabo estamos confinados en un recinto un poco más amplio que el de una cárcel; pero también en la mayoría de los casos sin libertad; a veces encerrados por pensamientos oscuros y tristes; otras veces especulando sobre nuestra mala suerte; otras, dando vueltas y vueltas sobre lo mismo sin acertar con la salida.

No sirve aquí traer a colación cuando se está bajos los efectos del “opio del pueblo”: cuando estamos ilusionados por la secuela de la droga del dinero o del poder; o cuando el ídolo del deporte y del espectáculo embarga el corazón hasta el extremo que nos hace olvidar de nuestras obligaciones, de nuestros deberes, o de las preocupaciones e intereses. Todo eso, junto a otras cosas positivas como la amistad, el placer sexual, y el compromiso social y familiar, es efímero en comparación con esa trayectoria trágica plagada de miedos y de terrorismo. El saldo sigue siendo negativo.

Sí, es verdad, el ser humano es capaz de aguantar, a pesar de todo esta vida arrastrada, que se presenta en ocasiones de un cierto color de rosa, como necesitándose vivirla pero que se torna sin sentido ni significado, y para muchos ni aun eso porque nunca conocieron ni un mínimo de valor ni coherencia.

Las buenas noticias de todo esto consisten en descubrir y reconocer cuál es nuestra situación cuando venimos a este mundo. De eso depende que podamos evitar errores y fijaciones que podrían configurar automatismos irreversibles. Con “Jesucristo sin más” se comprobará el valor del mensaje de Jesús para nuestras existencias. Mensaje que ha servido para todas las épocas, y para todos aquellos que quisieron hacer una experiencia racional y de fe con el Mesías.

4) Ante estassituaciones y condiciones“Jesucristo sin más” pretende ofrecer lo que Jesucristo dijo sin más. Podríamos pensar que si es eso lo que queremos porque no copiamos directamente lo que dice el evangelio. En realidad eso sería suficiente ¿Entonces? La realidad es que la lectura del evangelio es preciso hacerla de acuerdo a la experiencia de lo que implica y significa el volver a las fuentes. Si vivimos en el entorno de un pluralismo religioso, la propia ecumenidad mostraría esa falta de retorno a las fuentes. La visión de cualquier movimiento ecuménico muestra la ausencia de haber logrado un retorno a las fuentes que mostraría la unidad por la que Cristo oró. Al estancarse respecto a las fuentes se hacen permanentes formas de mantenimiento en su pensar, que impide llegar a lo que contradiría el no haber vuelto a las fuentes, y esto podría repercutir en los contenidos del mensaje de Jesús.[66] ¿Y nosotros? Creemos que es preciso volver a las fuentes aunque eso pudiera suponer reconocer errores que se abandonan en la vuelta a las fuentes.

¿Cuál es el mensaje de Jesucristo? La respuesta está en Jesucristo sin más. En nuestro descubrimiento de Jesús, teniendo en cuenta los inconvenientes que nos presentan ciertas lecturas del evangelio, dándoles respuesta de acuerdo a un estudio analítico del texto, nos permitirá comprobar la seguridad de los contenidos del Evangelio, Y lo presentaremos teniendo en cuenta la necesidad y situación del ser humano. No sirve de entrada el que profundicemos en el mensaje de Jesucristo si no partimos de que no hay mensaje de Jesucristo sin una humanidad necesitada, a la que hay que informarle. La situación y condición humana es tal, que precisa que se le explique, y se le marque la salida en cuanto a saber por qué se presenta el sufrimiento y el daño, por qué esa ambivalencia en experimentar lo que se cataloga como bien o mal, o como beneficioso o perjudicial. “Jesucristo sin más” pretende, en una introducción, plantear la situación y condición humana con la que se encuentra el Mesías, situación y condición que ya había sido preconocida por Dios y su Ungido,[67] y ya se había establecido un plan que el propio Mesías se iba a encargar de llevar a cabo.

El valor de la vida y muerte de Jesucristo en su empeño de hacernos volver al Padre, posee un alcance redentor que no siempre se ha comprendido, y se ha desfigurado con análisis sentimentales y en términos comerciales, no llegando a entender lo que implica en una misión, la propia existencia con su muerte incluida cuando ha de trasladarse una ideología, la del Reino de Dios que prima sobre todo. Y que la vida y la muerte dependen de ese mensaje del Reino de Dios, alterado por la transgresión y desfiguración de la ley que rige en ese Reino de Dios.

Conforme avancemos en el estudio sobre la ideología del Mesías, descubriremos el mensaje central de Jesucristo consistente en el anuncio del Reino de Dios y en sus contenidos. La profundización en lo que es el Reino de Dios nos llevará al conocimiento de su significado. Ese significado lo iremos comprendiendo y desarrollando con el análisis del “sermón monte” con sus aplicaciones, familiares, sociales, y éticas.

Las parábolas esconden los valores del Reino. Qué enseñanzas puede encerrar, tan importantes para mí, el que un sembrador salga a sembrar y que de una misma semilla, y una única tierra, salgan tantos terrenos diferentes. ¿Por qué siendo todos de la misma condición, en unos se consigue el entendimiento, y que la palabra se haga permanente? (Mt.13:23 cf. Lc. 8:15 cf. Jn. 8:31, 32) ¿Y por qué los hijos del malo tienen todavía tanto poder para actuar como cizaña? (Mt. 13:37-39) ¿Y cómo es posible que se alabe a un mayordomo infiel, y se le ponga como modelo, cuando lo que hace, aparentemente, es robar más? (Lc. 16:8, 9, 5-7) ¿Cómo es posible que Jesús diga que hay más gozo por un pecador arrepentido que por 99 justos que no necesitan arrepentimiento? (Lc. 15:7) ¿Acaso hay 99 justos que no necesiten de arrepentimiento? ¿Dónde están esos justos que no precisan de arrepentimiento? Y el hermano mayor ¿Entró o no entró a la fiesta? (Lc. 16:28-32) ¿A usted que le parece? El saber la respuesta exacta depende de que usted entre o no entre a la fiesta. En la parábola de las bodas (cf. Mt. 22), los invitados que han dicho sí a la asistencia a las bodas (Mt. 22: 2, 3), deciden no ir cuando les traen la noticia de que ya está preparadas para la asistencia, y en su negativa a ir, llegan incluso a matar al mensajero que les lleva buena nueva (22:4-6) ¿Por qué matan? ¿Por qué se niegan a ir, cuando se trata de una invitación a la que ya dijeron de asistir, y son subsidiarios del rey?

Merece la pena conocer todos los detalles y datos de las parábolas, porque esconden misterios y secretos para alcanzar una gran sabiduría, y asegurarnos la salvación a los obstáculos que la existencia nos propone.

Ese Reino de Dios que hay que buscar (Mt. 6:33), y que las parábolas tanto nos orienta de él, se nos dice que para experimentar definitivamente tanto aquí como allá los valores de liberación que se nos ofrece, es preciso nacer de arriba (cf. Jn. 3:3) ¿Qué es nacer de nuevo o de arriba? Evidentemente lo que Juan nos trasmite tiene mucho que ver la sabiduría que aprendemos en las parábolas del Reino (Jn. 17:3 cf. Mt. 6:33). Y en efecto si la ideología de lo que se nos propone, es la del Reino de los cielos o de Dios, no cabe la menor duda de que podremos experimentar aquí, a pesar de nuestras limitaciones por el pecado y la corruptibilidad, lo que supone la vida celestial.

El sermón del monte (Mt. 5-7 con sus paralelos en Lucas) es la carta programática del Reino de Dios, pero desde la interpretación idealista que lo convierte en la casi nada, hasta las diferentes valoraciones políticas que se han querido dar, que lo introduce en el santo y seña de una teología liberadora de una pobreza física pero arrasando con la otra pobreza que ha de ser permanente, pasando por el silencio para constituir una cristiandad estatal, no se han sabido presentar los auténticos valores que curan y motivan. Precisamente esos valores curativos del Reino de Dios: el poder del perdón de los pecados y la curación de la enfermedad, mediante la aceptación de la vida eterna no han podido comprenderse y por lo tanto tampoco experimentarse. De ahí que haya pasado desapercibido el valor curativo de la Palabra para cualquier persona en su vida cotidiana. La manera modélica con que Jesucristo nos presenta la terapéutica de la asociación de palabras para la mujer samaritana, y la de la confrontación en el caso de Nicodemo, nos provee ejemplos que sirven para vida eterna, y nos introduce en el descubrimiento de una ideología de Jesús en el evangelio. El poder curativo de la Palabra se extiende a las diferentes enfermedades mentales: histeria, neurosis, fobias, etc.

En Jesucristo sin más, vamos a encontrar, cómo poder hacer frente al mal, y a los problemas existenciales con el evangelio y la revelación de Jesucristo.

No se ha comprendido la relación entre el Evangelio y el Apocalipsis. Y mientras no se consiga no se interpretará adecuadamente la revelación de Jesucristo: La obra ministerial del Hijo en el Santuario Celestial (Ap. 1:14 ss.) revelada en el Evangelio (Mt. 26:63, 64 cf. Dn. 7:13, 14) y en el Apocalipsis, nos da el sentido de los contenidos del Apocalipsis, y en lo que consiste ese ministerio: El mensaje a las iglesias, y los Sellos, la historia de la Iglesia (Ap. 12), la lucha frente a la historia secular (la bestia, la mujer babilónica, y el falso profeta o bestia de dos cuernos {Ap. 11 cf. 13 y 17}), no es otra cosa que la manera de manifestarnos ese ministerio continuo del Príncipe para ayudar a los que acuden al Santuario celestial, y acabar con los enemigos de Dios (1ª Cor. 15:24-26 cf. Hb. 1:1-3, 13; 10:10-13 cf. Hb. 8:1-6 cf. Mt. 26:63, 64). Cuando estudiamos todos esos extremos y conceptos a la luz del evangelio y de la revelación de Jesucristo podremos configurar valores que nos curarán y nos darán seguridad de la permanencia de la vida eterna.

Otro de los propósitos en Jesucristo sin más es explicar lo mejor posible el Evangelio eterno en el contexto de Apocalipsis 14 y 18, y ofrecer significados definitivos sobre los 144.000 y el sellamiento escatológico, que tanto lo necesitan aquellos que han de vivir en el contexto de la imposición de la marca de la bestia en esa lucha frente a la historia secular que se opone en una vertiente contaminada por el Dragón a los valores divinos.

El contexto del Armagedón y del retorno de Jesucristo (Ap. 16-19) junto al análisis del sermón escatológico, las trompetas y las plagas, se inscriben dentro del juicio existencial, personal y el del futuro.

La creencia en la resurrección y la Vida Eterna, la segunda venida de Jesucristo, mediante la parábola de las vírgenes, Lucas 18, y el Apocalipsis, configura la paciencia de los santos (Ap. 12:17 cf. 14:12), experimentando esperanza y seguridad, a pesar de la estancia aquí en esta tierra, que se nos hace en ocasiones larga pero alegre. Porque cuando se experimenta la pena, rápidamente la fe trasciende de tal modo, que nos recuerda un futuro liberador que no admite dudas porque se basa en las liberaciones que ya hemos experimentado conforme hemos aplicado los valores del Evangelio de Jesucristo. Jesucristo sin más se convertirá en una lectura inolvidable, contribuyendo a acercarte más a los contenidos del Evangelio de Jesucristo.


[1] Puede verse, por parte hebrea, a Menajem M. Brod, La Era Mesiánica (La Redención y la llegada del Mashíaj en las fuentes judías), ChabadYouthOrganization of  Israel, Editorial Lubavitch Sudamericana, Buenos Aires 5760 – 2000; también a Biniamin S. Hamburger, ElMesías y el Judaísmo, Rambam Fundación Editorial, Montevideo – Uruguay 1993.

[2] La palabra Mesías viene del hebreo mäšîªH, significando “el ungido”. El equivalente griego viene dado por cristoj.

La unción designaba en su misión a los profetas, a los reyes y sacerdotes, a los que se ungía para poderse introducir en la misión para la que habían sido escogidos por Dios.

[3] Es evidente que tanto Egipto como Asiria son utilizados como símbolos de aquellos que llegan a conocer a Dios, y representan a las gentes que se convierten a Dios.

[4] Sobre este asunto ya hemos profundizado en otro lugar: Nueva Era, ed. Clie, Terrassa – Barcelona 2002.

[5] Reconocemos los valores que los principios democráticos y de libertad de conciencia han traído a la humanidad. Todo aquello que se basa en un intento de salir al encuentro de la dignidad humana y de un desarrollo de la plena libertad para hacer el bien, hay que saludarlo como bienvenido. Pero cuando esto pretende sustituir a Dios con lo que implica, retorna al hombre a la esclavitud.

[6] El autor ha analizado sus orígenes de acuerdo a sus apellidos, y tanto por parte de madre como de padre es de origen judío. Su abuela por parte de la madre se apellida Sierra (toponimia geográfica). Su abuelo materno: Gil (apellido judío de origen alemán); su madre Gil Sierra. Su abuela por parte de padre se apellida Ferrez (hijo del hierro, apellido de oficio aplicado por las familias judías), su abuelo por parte de padre Diestre; su padre Diestre Ferrez: Judío por los cuatro costados. A lo que se añade ser judío espiritual como consecuencia de haber entroncado con la simiente de la mujer: con el Mesías.

[7] Nos estamos refiriendo exclusivamente a la exégesis seria y científica con que algunos hacen gala, independientemente de la utilización derásica en el Midrás. Respecto a esto último, siempre y cuando no se nieguen las realidades históricas y los valores teológicos insertados en el texto y el contexto.

[8] Estamos hablando de un concepto de Estado que domina en el mundo occidental que marca la marcha de la historia. Lamentablemente comprobamos que una mayoría de naciones no están siendo dirigidas por una noción de Estado, que independientemente de su proyección absolutista en cuanto a su imposición ideológica, que procura el bien común, aun cuando sea manteniendo y ahondando injusticias en otras naciones, es más justa y beneficiosa.

[9] Hemos tenido en cuenta, aun cuando no lo sigamos en todas sus partes, el estudio excelente sobre el pensamiento de Kierkegaard de Léon Chestov, Kierkegaard y la Filosofía existencial, Editorial Sudamericana, Buenos Aires 1952. Lo hemos cotejado con El concepto de Angustia de Sören Kierkegaard, edic. Orbis, Barcelona 1984. Sobre la ética ver la introducción en el Concepto de Angustia, op. c., pp. 31-47. También se ha considerado a Sören Kierkegaard en La dificultat d’ésser cristiá, edic. Ariel, Barcelona 1968.

Nuestras argumentaciones y conclusiones son propias, de acuerdo a lo que supone una metodología que coordina la razón, la fe y el sentimiento, partiendo del nacer de arriba que te ofrece la Sagrada Escritura.

[10] La angustia es un sentimiento ante algo que va a ocurrir al que no se le puede resistir. Corresponde a una situación que se interpreta como amenazante a nuestro ser o seguridad. La angustia existencialista se da dentro del marco de la existencia a la que la Palabra de Dios y Jesucristo nos ofrecen la manera de podernos liberar de ella, o afrontarla cuando de modo automático, esporádico y cíclicamente se le presenta al cristiano. Las páginas que siguen es un intento de mostrar la manera con que ciertas personas nos describen esa angustia, a fin de valorar críticamente su contenido y aportar los elementos necesarios para saberla afrontar y superar adecuadamente.

[11] Si bien Kierkegaard no clarifica cuando emplea el término razón, que se trata cuando ésta se erige como suprema, desligada de la fe y del sentimiento. Nosotros lo hemos sobrentendido, corrigiendo este extremo, ,y exponiendo así mejor nuestra explicación, en vista de un servicio al lector.

[12] Citado en Kierkegaard y la filosofía existencial, op. c., p. 102.

[13] En otro lugar estudiáremos este asunto en profundidad, y analizaremos los valores e implicaciones de esa vida eterna recibida por Jesucristo ya ahora, y lo que supone conocer y vivir los principios del Reino de Dios.

[14] En El concepto de la angustia, op. c., pp. 111, 116

[15] Id., p. 111.

[16] Precisamente ese no sentido viene orientado por la constante contradicción que Kierkegaard comete: Por un lado nos habla de la angustia de la falta de espiritualidad, también como “que en el hombre sin espiritualidad no hay ninguna angustia”, Y “la angustia queda eliminada tan pronto como aparece de veras la realidad de la libertad y del espíritu” (íd., op. c. pp. 124-128).

[17] Heidegger comentará respecto al sentimiento de la angustia que ésta “le lleva a la dimensión del absurdo entrando en las sombras de un caos, donde no hay agarradero posible”, y que entonces “se revela la nada en el aniquilamiento de lo inteligible”. Si Heiddeger permitiera la introducción y permanencia en sus pensamientos a lo que implica conocer a Jesucristo con todas sus consecuencias, del mismo modo que ha permitido el resultado de la angustia se hubiera hecho bien y hubiera aportado algo práctico a la humanidad, y no hubiera sido tan ininteligible.

Una crítica demoledora del pensamiento de Heidegger se encuentra en Notas sobre Heidegger de Karl Jaspers, donde además de las deficiencias de su filosofía, aparece el lado oscuro de su época de colaboración con el Nazismo.

El rechazo de Dios por parte de Sartre se basa en que, según Sartre, Dios es contradictorio. Si Sartre hubiera querido hacer una experiencia con Jesucristo como la que quiso hacer con el existencialismo se le hubiera resuelto el tema de lo contradictorio.

[18] En El concepto de la angustia, op. c., pp. 60 ss., 66 ss., 71 ss., 79 ss. .

[19] Id., p. 66.

[20] Id.

[21] Ver a Léon Chestov, op. c., p. 115.

[22] Id.

[23] En El Concepto de la Angustia, op. c., p. 128.

[24]Id. p. 191.

[25]Id., pp. 128, 129.

[26] Id., p. 129.

[27] En otro capítulo tratamos este asunto ampliamente y en profundidad.

[28] Pueden haber cristianos que conviven con neurosis y otros desequilibrios mentales que lógicamente experimentan angustia patológica o conductual, y vivirán existencialmente ciertos momentos concretos con esa otra angustia adicional que la vida espiritual cristiana conlleva en su confluencia con el origen y estado de su naturaleza.

[29]Ed. Estela, Barcelona 1968 (Traducción de The Courage to be, Yale University Press).

[30] Id., pp. 33-35.

[31] Id., p. 35.

[32]Id., p.36.

[33] Id., p. 36.

Aparece una especie de contradicción. Después de haber afirmado tal cosa, lo identifica con una frase paradójica: su objeto es la negación de todo objeto; y nos habla de la amenaza como el único objeto. Pero la amenaza para nosotros es mucho, tal como veremos en nuestro desarrollo. Para el autor que estamos comentando también es mucho porque le permite construir una argumentación que le conducirá a la solución de la angustia.

[34] Id., p. 37.

[35] Ciertos estados de depresión, fruto de modificaciones químicas ocasionan presentaciones automáticas que en un principio no lo fueron y que se originaron saliendo del inconsciente. Las ideas suicidas que aparecen en ciertos estados mentales depresivos es precisamente por la apertura del inconsciente, de donde salen ciertas ideas, y que el enfermo o paciente lo considera de origen consciente y real. En ese instante de la consideración lo fijará como consciente, y creará el automatismo cuando al retornar no sea capaz de afrontarlo como siendo del inconsciente e involuntario. Existen estrategias para tratar está triste situación (ver a Antolín Diestre en  El Estrés, ed. Clie, Terrassa – Barcelona 2001.

[36]El Coraje de Existir, op. c., p. 39.

[37] Id., p. 40.

[38] Id., p. 41.

[39] Id., p. 42.

[40] Y no se puede probar por cuanto no existe el alma como tal, como elemento constitutivo, ni tampoco es posible experimentarla como inmortal.

Sobre la afirmación de Tillich de la no posibilidad de la demostración de la inmortalidad del alma ver íd., p. 42.

[41]Id., p. 45.

[42]Id..

[43]Id., p. 47.

[44]Id., p. 51.

[45] Aquí pecado y culpa lo entendemos de un modo amplio, en el sentido de que la persona no está bien consigo misma como consecuencia de actitudes sociales, morales, y espirituales que se interpretan y experimentan como contrarias a su bienestar y equilibrio mental.

[46] Ver una exposición suficientemente clara sobre dicha teoría, en Mario Pereyra, Sicología de la Esperanza, Psicoteca Editorial, Buenos Aires 1997.

[47] Ver a G. L. Engel, A life setting conductive tu illness: the given-up-given-up complex (en Bulletin of the Menninger Clinic, nº 32, pp. 355-365, año 1968).

[48] Ver a Sherwin B. Nuland en Cómo morimos, reflexiones sobre el último capítulo de la vida Círculo de Lectores, Barcelona-Estella 1996. El autor ha sabido describir magistralmente el sentimiento del hombre sobre la muerte en las enfermedades más comunes. Lo mismo León Tolstói en La muerte de IvanIllich, ediciones Orbis, Barcelona 1982.

[49] Ver Breve Tratado de la Ilusión, Alianza Editorial, Madrid 1985, p. 35.

[50] Los doctores AlmuthHuth y Werner Huth, en Cómo Prevenir y tratar la Depresión, ed. Everest, León-España 1992, p. 47, aluden en su trabajo a la obra Infancia y Sociedad de Erik H. Erikson donde se establece el patrón, desde los primeros estadios, y que evolucionará de acuerdo a los fundamentos de tristeza o de esperanza que se hayan asentado desde la infancia, con las correspondientes repercusiones en la salud individual.

[51] Ver Stress (varios autores, entre ellos 3 noveles, ed. Mensajero, Bilbao 1988; ver también a Mario Pereyra en Sicología de la Esperanza, op. c., pp. 151-153.

[52] Desde 1959 Friedman y Rosenman llegaron a la conclusión que cierta conducta podría predecir una situación que les hacía ser candidatos al infarto (ver Curso del Estrés a la Salud Total de José Ángel Fuentes, ConcernedCommunication, Publicadores Febrero 19, Universidad de Loma Linda (California 1982), pp. 105-108. Ved también a J. Spicer & B. Hong, Interpreting coronary-prone behaviour; Relationships among Type A Behaviour, Hopelessness, anger management and social contact, en Psychology & Health, vol. 5(3), 1991, pp. 193-202;  J. J. Linch y otrosA cry un heart: Sudden reductions in blood pressure while talking about feelings of hopelessness and helplessness.En Integrative Psychological and Behavioural Science (Abril-Junio, vol. 27 (2)-1992, p. 151).

Sobre todo lo relacionado con la esperanza y la enfermedad ver a Mario Pereyra, Psicología de la Esperanza, Sicoteca editorial, Buenos Aires 1997, pp. 148-168.

[53] En Stress, ed. Mensajero, Bilbao-España 1987, pp. 175-177. Ver un estudio complementario respecto al Cáncer en relación a la ausencia de la Esperanza, en Psicología de la Esperanza, de Mario Pereyra, op. c., pp.  151-153.

[54] En New Satart, PPPA, 1990, p. 186.

[55] Ver sobre esto a Harold H. Blomfield& Peter McWilliams en Cómo Curar la Depresión, edic. Obelisco, Barcelona 1996, p. 68; también a J. R. Bloom y otros en Cancer nº 59Psychological Response toMastectomy. A Prospective Comparison Study.Psichological aspects of Breast Cancer Study Group, año 1987, pp. 189-196.

Estudios científicos sobre los neurotransmisores y su relación con las enfermedades mentales puede estudiarse a H. F. Bradford en Fundamentos de Neuroquímica, ed. Labor, Barcelona 1988. También Avances en trastornos afectivos, edic. en Neurociencias, Barcelona 1996; Carmelo Monedero Psicopatología Evolutiva (Labor Universitaria), ed. Labor, Barcelona 1982. Otros análisis científicos sobre la Depresión ver a AlmuthHuth y Werner Huth, Cómo Prevenir y tratar la Depresión, ed. Everest, León-España 1992. Sobre este libro no estamos de acuerdo con ciertos planteamientos curativos que muestran un servilismo excesivo a la farmacoterapia.

[56] cf. Jn. 1:9-13.

[57] Ver a Pedro Laín Entralgo en La Antropología de la Esperanza, ed. Guadarrama, Barcelona 1978, p. 159, 160.

[58] Gregorio Mateu, Es posible ser feliz, ed. Herder, Barcelona 1990, p. 138.

[59] Citado por Bernabé Tierno, Valores Humanos, Taller de Editores, vol. III, p. 118.

[60] Cf. Rm. 6:23

[61] La configuración de una orientación independiente de Dios, de indiferencia a Su existencia. La trasgresión a la ley de Dios. Esta actitud asumida desde el principio ha traído el desorden, la enfermedad, el sufrimiento y la muerte

[62] Puede consultarse dos libros básicos el de B. Narramore y B. CountsSicología de la Culpa, Logoi Inc., Miami, Fl-USA 1974; y el de Jean Lacroix, Filosofía de la Culpabilidad, ed. Herder, Barcelona 1980.

[63] De este tipo de culpa existencial que se relaciona a veces con la angustia existencial, la trataremos en un capítulo posterior.

[64] Puede consultarse de José Antonio Jáuregui El Ordenador Cerebral, ed. Labor, Barcelona 1990.

[65] Las piernas le permiten correr, y al cerebro pensar. Y dentro de estas dos actividades están implicados una gran cantidad de funciones físicas y mentales.

[66] La Iglesia Católica se beneficia de esa visión del movimiento ecuménico ¿Por qué? Porque le testimonia permanentemente de que ninguna iglesia del protestantismo por sí sola se considera suscitada por Dios para llevar a cabo la obra de preparar a un pueblo para el retorno de Jesucristo, y que la obra de volver a las fuentes que implica toda verdadera reforma no ha sido realizada.Cada denominación particular mantendría una parte de la verdad, que en combinación con las otras totalizaría la verdad completa. La Iglesia Católica no pertenece al Movimiento Ecuménico, por cuanto por sí sola se considera portadora de la verdad completa. Pero el origen de la Iglesia Católica Romana, independientemente de sus pretensiones, no puede evitar su naturaleza Constantiniana que sus propios estudiosos reconocen, con lo que el apartamiento de las fuentes ha sido una constante histórica.

La Iglesia Cristiana Adventista tampoco pertenece al Movimiento Ecuménico, por cuanto asumió en su origen la necesidad de volver a las fuentes a fin de preparar a un pueblo para el retorno de Jesucristo. La revelación, en un retorno a las fuentes, identifica la noción de resto con la calificación de pueblo de Dios. Sobre el origen y naturaleza de la Iglesia Adventista puede consultarse al autor en Iglesia Cristiana Adventista del Séptimo Día Quo Vadis? El sentido y significado del Adviento, edita el autor, Zaragoza 2009.

[67] Ver lo relativo al origen y a la obra del Mesías por el autor Mesías, Identidad y misión, edita al autor, Zaragoza 2007.


ÍNDICE

(Volumen II)

Segunda parte

El mensaje central de Jesucristo: Los valores escatológicos sobre el Reino de Dios y la vida eterna

Capítulo I

¿Qué es el Reino de Dios y cómo se entra?

Capítulo II

¿Cómo se vive el Reino de Dios?

-Las Bienaventuranzas y el Reino

-El “sermón del monte” y la ley del Reino de Dios

-La ley de Dios y del Cristo, y la anomía

El Hijo del Hombre Señor del Sabbat

-La pobreza evangélica y la riqueza por el Reino de Dios

Tercera parte

Cómo se vive existencial y escatológicamente el Reino de Dios dentro de la vocación celeste que se configura

Introducción:

Predicciones inmediatas sobre el Reino de Dios

La escuela realizada, consecuente y existencial

Capítulo I

Entre la Primera venida y la Segunda venida la escatología de un ministerio en el santuario celestial

Capítulo II

Entre la Primera venida y la Segunda venida la escatología del juicio existencial, personal y el del futuro dentro de su obra terrestre y de un ministerioen el santuario celestial

Capítulo III

La resurrección y la vida eterna como consecuencia de su ministerio en el santuario celestial en ocasión de la segunda venida de Jesucristoen base a la obra terrestre en ocasión de su primera venida

Capítulo IV

El sermón escatológico y los días del Hijo del Hombre, y el fin del mundo

Capítulo V

El retorno de Jesucristo, mediante la parábola de las vírgenes, y de Lc. 18

Capítulo VI

Conclusión general a la escatología

Cuarta Parte

Las parábolas del Reino y de la salvación

Capítulo I

Entender y valorar la Palabra

-La parábola del Sembrador y el entender la Palabra

La perla de gran precio

Capítulo II

La entrada en el Reino mediante la parábola de las bodas

Capítulo III

Crecimiento en el Reino

-La parábola de la red, la semilla de mostaza, la levadura

Capítulo IV

El gozo del reencuentro con Dios mediante las parábolas del arrepentimiento

-La dracma perdida

La oveja perdida

-El Hijo pródigo

El mayordomo infiel

-La del rico epulón

Capítulo V

El trabajo en el Reino y la preparación

Quinta parte

El mensaje central y los valores curativos del Reino de Dios

Capítulo I

Cómo librarme de la angustia de la culpa y de la condenación:

El poder curativo de la palabra en la vida cotidianamediante la aceptación de la vida eterna:

El poder del perdón de los pecados, la curación de la enfermedad y de la muerte

Capítulo II

El poder curativo de la palabra: La terapia de la asociación de palabras y la curación de los sentimientos

Sexta parte

Las controversias

Capítulo I

El valor curativo del pacto de Dios sobre el matrimonio: el matrimonio querido por Dios,y el divorcio

Capítulo II

“Lo que sale de dentro es lo que contamina al ser humano”

Capítulo III

Los valores del Hijo del Hombre: La razón por la que Jesús el Mesías murió, resucitó,ascendió, y lleva a cabo su ministerio sacerdotal

Conclusión: Jesucristo sin más

BIBLIOGRAFÍA

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