Resumen Identidad Cristiana y el Olivo (No. I)

330 páginas
©Antolín Diestre Gil
Zaragoza 2011

¿Qué esperanza? “Jesucristo sin más”

Queremos indicar en qué consiste ese trayecto de esperanza frente a la nada de la muerte. Ese itinerario de esperanza no viene por sí solo como la amargura y la tristeza con que muchas vidas están llenas. Es preciso salir a su encuentro conociendo lo que es la existencia, la muerte y la vida eterna. Esos conceptos, de conocerse, tal cómo nos provee la revelación de Dios en Jesucristo, y que nos integran elementos depurativos que le llevan al ser humano a transitar con seguridad y confianza, configurarán una esperanza auténtica.

Como creyentes en Dios, y discípulos de Jesús, hemos hallado una riqueza espiritual en el conocimiento de Dios y de Jesucristo (Jn. 17:3), que nos ofrece esa esperanza que nos permite afrontar la vida y la muerte de un modo diferente a cuando falta dicha esperanza. Cuando la esperanza, que se nos concede en la fe que se suscita en la profundización de la palabra de Dios (Jn. 8:31, 32 cf. Rm. 10:17), está ausente, nos desprotegemos frente a la enfermedad, el sufrimiento y la muerte. Habremos podido encontrar un cierto cobijo en la ciudad secular, pero la existencia se torna cada vez más desconocida e intolerante.

Hemos encontrado en Jesús, la garantía de la vida eterna (Jn. 17:3 cf. 3:16), y en nuestra permanencia en su palabra (Mt. 13:23 cf. Lc. 8:15), hemos hallado la verdad y el compromiso en ella, liberándonos de los miedos y temores (Jn. 8:31, 32) que conlleva la ignorancia respecto a lo que implica vivir la existencia y el destino de cada de ser humano.

Queremos compartir nuestro testimonio: El descubrimiento, en la palabra de Dios, de lo que es la esperanza y la vida eterna; el saber lo que es la existencia y el cómo vivirla; el conocer a Dios y al Mesías Jesús; el haber aprendido el cómo hemos venido a ser por creación, y la causa por la que ha resultado la muerte; dónde reside el núcleo de nuestra identidad, aun cuando la inconsciencia intemporal nos sobrecoja en la muerte, a fin de superar definitivamente esa muerte, mediante la vida eterna con que nos programa Jesús (cf. Jn. 5:24, 25).

Todo esto es imprescindible para organizar una existencia que tiene como referencia constante la cualidad de una naturaleza humana que responde continuamente a su creación y Creador, y que encuentra, después de las turbulencias y desequilibrios de la existencia que se independiza de ese Creador, el cauce adecuado en la redención o liberación que nos ofrece el Mesías, “Jesucristo sin más”.

Tendremos que analizar lo que nos ofrece en realidad esa ciudad secular. Habrá que comprobar lo que lleva en sí misma programado, y compararlo con lo que nos ofrece la ciudad celestial (Ap. 21:2 ss., 9, 10, ss. cf. 11:2). La ciudad celestial (o capital del Reino de Dios) representa al Reino de Dios (Mt. 6:33; Mc. 1:14, 15 cf. Lc. 17:20-36; Mt. 25:31-34 ss.), a los principios ideológicos que sustenta el Gobierno de Dios. Y fueron ideados de acuerdo a las necesidades de la naturaleza humana. De ahí la importancia que poseen para la salud o salvación.

En conclusión, la existencia está relacionada tanto con la muerte como con la vida eterna. En esta revista daremos pinceladas demostrativaspero suficientes para alcanzar la seguridad necesaria, que una y otra en su resultado (la muerte o la vida eterna) dependen de la forma de existencia que decidimos configurar.[1] Y esa decisión se define en base al análisis respecto al descubrimiento de lo que evidenciamos. Y ese descubrir se relaciona con una conciencia que lucha entre su condición natural deteriorada por una herencia imperfecta, y la llamada espiritual de la nueva conciencia que le propone el Espíritu Santo basado en la Revelación.

El problema de la muerte ¿cómo se resuelve? ¿Resignándonos a recibirlo? ¿Inventando una teoría que la dulcifique, o que la haga como inoperante? O ¿analizando nuestras raíces y diseño de acuerdo a lo que podemos comprobar como revelación de Dios?

A pesar de poder ser juzgados como pesimistas, no queremos evitar la presentación de una realidad humana que se identifica con el dolor y el sufrimiento. Si queremos alcanzar una buena salud mental y espiritual y la seguridad de la salvación que nos propone la revelación de Dios, es preciso reconocer nuestra verdadera situación. No lo hacemos con la finalidad de regodearnos ni de resignarnos a esa condición sino con el propósito de salir de ella. Es preciso que comprendamos ya ahora que la condición original humana, tal como viene a este mundo: tiende a no saber cómo controlar el estrés, y a realizar el mal que no se querría hacer, y a no saber convivir con el sufrimiento ni a evitarlo cuando es posible (cf. Rm. 7:15-21). Todas las circunstancias inherentes humanas, tal como se manifiestan primariamente, consisten, en crear fijaciones y hábitos que se proyectarán en contra de una salud mental adecuada. De acuerdo al factor hereditario previsto o provisto en los genes y al grado con que concurran esas tendencias engendradoras de costumbres que arraigan tenazmente, se dará una situación concreta mental, que irá empeorando o mejorando al unísono de las coordenadas de salud integral que sepamos utilizar. De ahí la importancia que nos provee la base para conocer lo que se haya podido adquirir como fruto de nuestro pasado; y la necesidad, de desarraigar todo aquello que perpetúe una inclinación hacia el conflicto y desequilibrio, e implantar una direccionalidad a nuestra voluntad conductual que se vea liberada del dominio de aquello que nos obligaba a hacer el mal que no querríamos hacer (cf. Rm. 7:15-21, 22-24).

Queremos dejar claro que esta situación original, en ese primer estadio, es inevitable. Pero es posible transformarla hacia un destino que nos de conformidad y calidad de vida.

Tampoco lograremos en esta vida una completa ausencia de molestias y de sufrimiento. Pero el criterio de salud mental y espiritual, involucra y sobreentiende al sufrimiento y al dolor en sus diferentes grados como formando parte del sentido humano. Ese sufrimiento y ese dolor, es ajeno al propósito por el que el hombre llegó a ser. Y es nuestro deber contribuir a su desaparición, y aunque pueda estar presente en la historia humana hasta la muerte, nuestra actitud hacia él, es y será un indicativo de su destrucción definitiva. En efecto, el problema del sufrimiento no es el sufrimiento en sí mismo sino cómo enfrentas y afrontas el sufrimiento y lo que lo produce: la enfermedad. Cuando descubrimos nuestros errores en nuestra manera de pensar, de alimentarnos, de relacionarnos con los demás, y comprobamos el perjuicio de la falta del ejercicio, del descanso debido y del agua viviente, y de todo aquello previsto por el Creador para que nuestro ser funcione idóneamente, conseguiremos una posición privilegiada en referencia a nuestro factor hereditario y a nuestro pasado; y nuestro cerebro producirá una química que favorecerá nuestra existencia. Y si además, sin que se produzca el rechazo, nos percatamos de la necesidad de la presencia en nuestra vida del Dios personal trascendente revelado en Jesucristo y manifestado en el poder del Espíritu Santo encontraremos, tras el despertar y la búsqueda, la manera correcta de solucionar aquello imprescindible para crecer en una continua satisfacción personal fruto de la relación y comunión producida entre nuestro Dios personal y nosotros.

Independientemente de la riqueza y de su posición social e intelectual, de todo lo que determina lo puramente humano, cada hombre vive su situación particular existencial de manera análoga. Es preciso explicar al hombre que eso que evidencia, eso por lo que se ve abocado a plantearse el por qué y el para qué; eso que la propia existencia conlleva: un origen aparentemente enigmático con un trayecto plagado de sufrimiento y enfermedad, y un destino trágico: la muerte, pero una muerte a la que no está acostumbrado, una muerte cuyo preámbulo ha sido una vida que no puede transmitirle la realidad de la no existencia que el hombre comprueba por doquier, una muerte que trunca la comunicación con lo que siente como amor, eso, que reconduce a la vida humana sobre este planeta hacia una angustia existencial, a una inseguridad, y desconfianza por el futuro, a una soledad y senectud en la que el ser humano se contempla mermado de fuerzas tanto físicas como síquicas, no hallando la justificación a su propia existencia, y experimentando todo sin sentido y sin solución, –eso-, es fruto de un desorden y desorganización para lo que es preciso informar, re–informar y re– organizar.

Este apartado pretende recordar al ser humano lo que le es evidente, e informarle de que esa condición de malestar se ha producido como consecuencia de la actitud independiente asumida por el ser humano respecto de Dios, y que va a ser preciso reorganizar su existencia consiguiendo de nuevo el vincularse con su Creador.

Toda la historia responde a lo que evidencia una postura en la que aparece un hombre trastornado por la enfermedad y vencido por una vida sin calidad que le va anunciando de modo angustioso lo que tantas veces ha observado: la pérdida de la energía y la no existencia ¿Qué ha podido suceder para que se haya alcanzado esa situación que ha descompuesto al ser humano?

El prototipo de hombre con el que nos encontramos, y que sirve para cualquier época, es, un ser sin esperanza, marcado en una mayoría, por el concepto griego del cronos cíclico, el determinismo en el que no hay futuro que dependa de la conducta personal, y que nada podría hacer cambiar su signo pesimista y trágico. En realidad está concepción que se propaga a través del vehículo cultural ecuménico griego no sólo no se diferencia de la actitud que se asume en los diferentes pueblos, sino que es el resultado de lo que ese hombre experimenta como consecuencia de un estado que no es capaz de definirlo adecuadamente y que únicamente la Revelación Divina presenta la solución. De cualquier forma es un hombre cansado, indefenso, desvalido. Ha aprendido a no intentar hacer frente a lo que la propia existencia le señala ya como imposible: la derrota frente a la enfermedad y la muerte.

Se trata de la llamada teoría del desamparo aprendido[2] aplicada a la enfermedad de la depresión, y que aquí cobra una dimensión nueva: la depresión de la muerte incontrolable por el ser humano, y que le enseña a dejarse arrastrar impunemente por ella sin que, según piensa, pueda hacer nada por superarla o vencerla. Es la sumisión a la desesperanza, provocando un síndrome, el de la renuncia:[3] asumir una actitud de abandonarse, de no luchar. Pero este destino irrevocable por el hombre mortal posee una correspondencia a través de todo el trayecto que se dirige hacia el imán de la muerte. Los sentimientos de incapacidad, de fatalidad y desamparo tal como se traducen y experimentan con la muerte [4] se repiten a lo largo del camino provocando estados de abatimiento por los que el individuo siente, al igual que en la muerte, que todo está perdido, nada cambiará. No tienen futuro, no hay esperanza. En la vida del individuo se dará un aburrimiento vital en la que se proyecta la nada de la existencia humana: el vacío interior, si no encuentra el sentido que marca la propia existencia. Es el beso a la muerte al que alude Julián Marías. [5] Pero ese vacío es el anuncio de la saturación. No hay nada que le apetezca ni que le caiga bien. Todo ha sido probado en menos tiempo de lo que imaginaba, colmándole sin poder tragar nada más. Es una situación, de que a pesar de los posibles estímulos nada le interesa ni entusiasma. Todo es contemplado del mismo color y con la misma falta de intensidad. El hastío, la monotonía, el enojo, el cansancio y el desaire se instalan con una intención vitalicia. Y es que el hombre manifiesta que no hay nada que le llene, necesitando descubrir lo que auténticamente le motive para superar el estado de muerte continua que trae su naturaleza.

Ciertos hombres a diferencia de otros pueden ser capaces de superar una situación profundamente adversa dentro de un contexto maligno humano, lo que quiere decir que en algunos casos funciona un cierto tipo de esperanza que les permite hacer frente a una prueba histórica en la que otros sucumbieron, sin embargo ante lo que supone la vida misma, todos los hombres, a no ser que medie el remedio, adolecen de lo mismo: el hombre es un ser en el que su horizonte de esperanza se limita a esta tierra; el futuro no va más allá de la muerte, porque por sí mismo, el ser humano queda detenido entre el convencimiento de que no hay nada después de la muerte y la duda insuperable. Pero como ya dijimos la muerte se va repitiendo en vida tanto con la enfermedad como por la paralización que producen los corolarios del aburrimiento vital y reactivo (éste si se repite con cierta frecuencia llegará a fijarse y se convertirá en algo patológico), fatalismo, pesimismo, renuncia a luchar, el rostro de la depresión que se configura con la desesperanza o falta de esperanza, y el surgimiento de una conciencia culpable.

Una gran cantidad de seres humanos resumen su situación existencial mediante la falta de esperanza y la de la adquisición de una conciencia culpable, orientando su proceder y provocando un comportamiento que les lleva al sufrimiento evitable y a la posible enfermedad mental con sus consecuencias patológicas en el plano físico.

Desde un punto de vista puramente humano, y en ciertos trayectos y paréntesis se observan conductas distintas entre los propios seres humanos con resultados diametralmente opuestos. En donde falta lo que se denomina como esperanza se evidencia que la tentación a la desesperación ha dado como resultado la capitulación, uno ha salido derrotado sucumbiendo ante la trampa sutil de abandonarse frente a la adversidad cualquiera que sea ésta. El no hay remedio ha prevalecido. Los resultados de esta condición han podido ser estudiados modernamente pero sin duda que han estado presentes siempre. [6] Las tres enfermedades que mayor incidencia tienen en nuestro mundo: las cardiovasculares, el cáncer y las mentales con la depresión a la cabeza se desencadenan en un porcentaje muy alto en situaciones de tristeza o de disgustos. [7] La desesperanza desprotege las arterias y empeora la circulación sanguínea. El infarto está relacionado con la personalidad de tipo A que configura a una persona, entre otras cosas, pesimista, obsesiva y desesperanzada. [8] Los estudiosos del cáncer distinguen entre la propia enfermedad y el factor desencadenante. Schwarzenberg[9] nos presenta la relación tan estrecha entre las agresiones psicológicas y la tristeza y lo que predispone al cáncer. Un estrés negativo en el que hace acto de presencia el abatimiento, provoca una baja considerable del sistema inmunológico. Los neurotransmisores o bien desaparecen estando a la baja, o no funcionan correctamente, y los nutrientes son inhibidos. De ahí que Vernon Foster del famoso Instituto Weimar de California nos diga que el estrés negativo “afecta al proceso químico y a la función de todas las partes del organismo y aumenta la susceptibilidad a toda clase de enfermedades, incluyendo el cáncer”. [10] En cuanto a la Depresión y otras enfermedades mentales, debemos considerar que la Depresión se manifiesta a través de un desequilibrio químico del cerebro y de una inestabilidad en la manera de pensar con elementos negativos, pero ahora sabemos que una deficiencia en los neurotransmisores puede alterar el pensamiento produciendo una manera de pensar y de actuar negativa; y que el pensamiento y comportamiento negativo puede afectar a los neurotransmisores estropeándolos o inhibiéndolos. [11]

Hay una diferencia esencial por los resultados, contenidos y modo de enfrentarte a la problemática existencial, entre la esperanza que supera cualquier obstáculo por alcanzar siempre el futuro de cualquier presente y lo que se puede manifestar en cualquier ser humano que a veces pasa por ser esperanza. No cabe duda que ciertos mecanismos son semejantes, e idénticos en ciertas situaciones en la que la trascendencia no llega al límite de lo que ya hemos aludido cuando hablábamos de la muerte y del recorrido enfermo que nos lleva a ésta. La manera en cómo consideramos a la esperanza, la forma de enfrentarnos a la conciencia culpable que se engendra en la vivencia de lo que se denomina mundo carnal en contraposición a lo que surge de ser engendrado espiritualmente por Dios, [12] el modo con que nos apropiamos del futuro que está más allá de la muerte, y la actitud que asumimos ante las repeticiones parciales de la muerte en su recorrido de la vida demostrará un tipo de esperanza u otro.

La auténtica esperanza no se mueve a impulsos de cosas materiales ni por la obsesión de poseer más o menos dinero.

Vivir es esperar. Pero para poder vivir es preciso un futuro. La inseguridad de nuestra época, su crisis latente, es fruto de que la humanidad mirándose a sí misma no contempla futuro. Sólo se ve un final. Ya no hay ideologías políticas nuevas. “Todo se ha dicho ya”. De este modo ya no hay horizonte.

La desesperanza es lo que caracteriza a nuestra época aun a pesar de que en ciertos trayectos y espacios haya hombres que actúen todavía con esperanza.

Puede ser que en ciertos trechos cortos todavía sea positivo hablar de esperanza pero hemos de ser sinceros si queremos que haya lugar para la auténtica esperanza. En realidad, nuestro mundo se ha convertido en un contorno en el que no hay salida. El detonador de la angustia se ha producido y es imparable porque el hombre ha quedado incapacitado para superar lo inevitable.

Que nadie piense que somos pesimistas. Somos de los que sabemos que el resultado de la esperanza implica ir a su encuentro, y que supone renuncias calladas, luchas y privaciones continuas, padecimientos ocultos. Y que la esperanza tiene que ver con el crecimiento y la madurez, y el reconocimiento de errores.

Para nosotros la esperanza se mide por la capacidad de aprender, de imaginar y de ser útil a los demás. Todo esto es aprovechable para el marco en el que nosotros queremos incluir a la verdadera Esperanza.

Vivimos, por primera vez en la historia, en una era en la que la esperanza individual está embarcada, aunque no quisiere, en la suerte de la esperanza puesta por la humanidad. La humanidad ha apostado por una globalización, un “nuevo orden mundial”, por una determinada economía, y por una cierta clase de ideología, en la que lo secular mezclado con una especie de religiosidad popular pretende perpetuar la existencia en un planeta en el que la muerte, la enfermedad, el sufrimiento, y la permanencia de las desigualdades, entre lo desarrollado y lo subdesarrollado, se ha convertido en irreversible, despistando respecto al verdadero destino de esa humanidad: la esperanza en un mundo nuevo donde no haya muerte, ni enfermedad ni dolor (cf. Ap. 21: 1-4; 22:1-7).

No se puede tener fe en lo imposible, e imposible es todo aquello que desde una perspectiva y estrategia humana pretende encontrar solución al problema humano.

Y aquí radica lo que debemos entender por una auténtica esperanza, aquí encuentra significado el que se haya hecho del amor la razón de la existencia y que uno halle su felicidad en la actitud de servicio, porque nuestra existencia esta inseparablemente unida a la solución de nuestro problema humano.

Toda esperanza, ante la evidencia de la experiencia histórica tanto colectiva como individual,que no tenga en cuenta la superación definitiva de la situación de miseria y corrupción humana; que no considere aquello que evita concluyentemente el que la muerte se eternice, o que el sufrimiento y el mal se perpetúen, no está “manejando” la esperanza auténtica, y por lo tanto esa esperanza ni alcanza el objetivo ni obtiene los resultados deseados. Si la desesperanza se configura como fruto de lo que se evidencia en la historia de la humanidad y de cada uno individualmente: el sufrimiento y la enfermedad (depresión y condición humana, entre otras), la esperanza debe tener como meta la llegada de la no enfermedad y del no sufrimiento. Y para ello debe salir continuamente a su encuentro con una práctica de salud integral, en un corregir todo aquello que desfigura el propósito de su creación, y en una coincidencia con las promesas del fin del sufrimiento y de la muerte.

Una vez más: no se puede vivir sin esperanza; ya que eso sería vivir conscientemente el infierno que supone esta vida, como consecuencia de la rebeldía y la fijación de la auto-independencia del hombre frente a Dios. Se ha de buscar irremisiblemente el cauce idóneo para dar forma a la verdadera esperanza.

La desesperación surge como consecuencia de la prolongación de la espera, y en especial porque la esperanza tiene como parada anterior a su resultado y objetivo final la muerte. Pero si en esa espera vamos proyectando lo que merece la pena vivir: una existencia y experiencia personal que se opone al trayecto que lleva a la muerte y a lo que ha producido ésta, se comprobará que en las actuaciones y cumplimiento en contra de lo que ha producido la muerte, dentro de una línea de salud, surge la esperanza. [13] Porque la lucha contra la enfermedad o la confrontación con cualquier desorden supone experimentar el querer superar la muerte, el vencer el pecado histórico [14] con el plan establecido por el Creador. En ese plan interviene todo lo que ha puesto a nuestra disposición. Tanto lo auténticamente científico como todo el contenido espiritual, a fin de aplicarlos a una conducta preventiva que nos lleve a no vernos afectados por el estrés: a aprender a controlarlo. O a proyectar técnicas que ayuden a superarlo cuando nos introduzca en la escalada del desánimo, de la depresión o de un estado patológico.

El otro elemento que está dominando, desde la existencia del hombre, es lo que resulta de la experimentación de una conciencia culpable.[15] Esto es algo que se da de modo estandarizado. Pero es interesante saber por qué cuando una conciencia culpable se engancha a su víctima no la suelta torturándole hasta que acaba con ella, a no ser que medie su curación.

Si se observa con detenimiento al comportamiento general del ser humano, aparece, una separación entre el sentimiento y la razón. El ordenador cerebral parecería estar tiranizado por la emotividad. El hombre vive presa de los sentimientos aislados del raciocinio. Esta clase de hombre generalizado en todas las épocas y lugares, ha sembrado el pánico y la tragedia cuando experimenta la ausencia del sentimiento. El hombre cuando no observa el sentimiento, cuando no siente, se hunde, se bloquea, se anula y se incapacita. El vacío interior es horroroso, la depresión y la desesperanza van tomando forma, y el abismo enfermo al que va cayendo se amplía conforme el tiempo transcurre sin encontrar solución. Es evidente que el hombre debe aprender a vivir sin depender de los sentimientos, o a expensas de si siente o no. Pero para restablecer esa unidad entre sentimiento y raciocinio que dará lugar a un aprender y actuar por principios, es imprescindible conocer al máximo lo que mejor corresponde al designio de su creación. De ahí que deba saber qué es lo que ha estropeado esa confluencia de sentimiento y razón y qué es lo que lo puede volver a organizar en una armonía total.

Así pues, cuando se comete una falta ética, reconocida o no por nosotros como tal, pero que nuestra propia naturaleza sí que la identifica como al margen de su código original, el ordenador cerebral no puede sustraerse a semejante infracción, y de acuerdo a su programa (con los deterioros añadidos de sentimiento y razón desligados, con todas las implicaciones y fijaciones inadecuadas que eso puede conllevar) da rienda suelta a la sanción de culpabilidad. Los agentes sensoriales, aunque de modo perturbado, informan una y otra vez de la existencia de la falta o faltas cometidas. El ordenador cerebral cumple con su programa bioético sujetándose estrictamente a las instrucciones inconscientes y automáticas a las que no hemos regulado de ningún modo y que, aunque involuntarias, se mezclan de tal modo con el consciente, transmitiéndose ahora como voluntarias, y llevando en su trayecto el sentimiento de culpabilidad aislado del raciocinio. De ahí que sea preciso cuanto antes arreglar el disturbio que se plantea entre sentimiento y raciocinio separados. Es necesario restablecer la unión de acuerdo al diseño establecido originalmente, antes que se produjera el desorden que trajo la culpa, pero ¿cómo?

Todas estas problemáticas invaden de modo desequilibrador al hombre. De ahí que sea preciso informar al hombre de la realidad de su situación, de por qué sus reacciones y conductas le infligen daño, de por qué descubre que ciertas palabras y actitudes reportan tanto a él como a los demás sufrimiento. Por qué llega a la conclusión, tras lo que experimenta, que ciertas acciones producen algo distinto a lo que es beneficioso, y comprueba que eso contrario a lo que considera como bueno para él, es malo. Se da cuenta que sería preciso ser de otra manera, pero conforme el tiempo transcurre no hay cambios esenciales y cíclicamente se repiten comportamientos negativos que le enferman. Se contentaría con que alguien le informase de por qué efectúa el mal que ha experimentado como tal, y que no querría hacer.

Nuestra pretensión, será, además de lo ya indicado, comunicar cual es la causa de la deformación y cómo se puede restablecer al enfermo humano. Ponerle en contacto con el poder de recrear y reorganizar lo que se ha desorganizado, lo cual lleva integrado la auténtica esperanza y la superación de la enfermedad y de la conciencia culpable, y nos señala la verdadera causa por la que se engendra la desesperanza y las diferentes patologías consecuencia de ella. Precisamente, el descubrimiento de los errores que se cometen en la forma de vivir, y la ausencia de principios de comportamiento que traen buena salud y equilibrio, están basados en el conocimiento de lo que es la verdadera esperanza y en la liberación de la conciencia culpable con sus corolarios enfermos.

No podemos negar que el ser humano comience siendo un organismo unitario vivo. Su estructura subsiste creciendo y reproduciéndose porque en los propios genes está insertada una información, una idea rectora, a la manera de enseñanza que comunica las instrucciones adecuadas para la construcción del ser humano. Pero el resultado humano se ha revelado acompañado de informaciones falsas que desvitalizan, de un código que obliga a que se visualice la finalidad primaria: la de una vida sin límites. Sin embargo se vierte además un signo y direccionalidad mortal. Es incomprensible que la vida pueda traer la muerte pero hay algo que ha trastocado el programa. De ahí que el hombre acuda a la cita de la existencia con deformaciones palpables vinculadas al vehículo de una herencia transmisora de un mensaje inevitable. Su actividad se ve arrastrada por el impulso que marca ese código genético y configura, con sus acciones empujadas por lo que de extraño contiene dicho código, un automatismo que repercute perjudicialmente en su salud tridimensional. Va notando un deterioro químico, afectivo, anímico, que va creando desequilibrios en su organismo. Los neurotransmisores comienzan a funcionar mal o incluso dejan de actuar provocando alteraciones en el cerebro de tal envergadura que arrinconan al ser humano a la pasividad, ansiedad y a la enfermedad mental. Las lesiones aparecen a modo de patologías orgánicas. La información y metodología a comunicar para experimentar sanidad y salud en relación a nuestra mente, y a las repercusiones enfermas que el desequilibrio mental produce,ha de responder al por qué y cómo se ha engendrado este disloque hereditario arruinado por una fuerza que contamina el mensaje y la enseñanza genética original, cómo podemos prevenir el que se alcancen ciertas situaciones que empeorarían nuestro estado mental y físico, cómo podemos lograr, en el trayecto de nuestra existencia, y sea cuál sea nuestra situación, la curación definitiva de todo el itinerario que produce la muerte y la propia muerte, el último enemigo.

Si queremos sentirnos bien deberemos conocer la condición humana con que venimos a este mundo.

Reconocemos que el ser humano posee valores, simplemente por ser humano. Nosotros creemos que la creación, aunque deteriorada por lo que la revelación bíblica denomina efectos del pecado, todavía está suficientemente activa como para vislumbrarse la obra de un Creador. En el propio deterioro descubres que en otro tiempo no fue así. Y en la belleza y extensión de lo casi infinito observas la grandeza de Alguien que ni puede ser la casualidad ni la materia.

Cualquier ser humano que tenga en cuenta su creación, puede beneficiarse de lo que todavía es evidente en su existencia.[16] Con esto, simplemente queremos decir, que disponemos de capacidades naturales, que aunque disminuidas, pueden activar a la voluntad, y conseguir logros que testimonian de esa creación.

Sin embargo el problema no reside en negar o afirmar este hecho incuestionable, sino en la imposibilidad por parte del ser humano de conseguir variar su destino tanto parcial como total. El problema no está sobre si puede hacer algo respecto a curar o prevenir una cierta enfermedad sino en la imposibilidad de poder dominar definitivamente a lo que transmite una especie de código que llega a traducirse en enfermedad y desánimo. El problema no consiste en poder solucionar ciertos fallos del cerebro mediante sistemas psicológicos o de pensamiento que resuelven momentáneamente y hasta un cierto grado algunas conductas patológicas, sino en que por muchos arreglos y sistemas que se apliquen nada es válido, humanamente hablando, a fin de desterrar reacciones o actitudes que nos perjudican y que van abonando en una direccionalidad inexorable de desencanto y desesperanza. Podemos ir poniendo parches y descubrir que aunque se aplique una terapia para vencer el tabaco, y conseguirlo en ciertos casos, la trayectoria de impedir el que se haga el mal que uno no querría hacer, es humanamente imposible. Podemos intervenir con notable acierto en una clonación, pero la libertad, la conciencia, la voluntad, la mente en suma, han sido dañadas de tal manera que son irrecuperables para un destino distinto al que ha sido programado: el de la muerte, el de la corrupción de la célula, el del trastoque del sistema inmunológico, el de la esclavitud al error y a la transgresión de las leyes morales y naturales.

El ser humano está condicionado por un origen que ha sido catalogado como corrompido: sin entendimiento provechoso, contaminado de maldad, con una trágica tendencia hacia lo incorrecto e inconveniente para él mismo, y con la ausencia de un mecanismo que le pudiera llevar de modo natural a buscar a Dios (cf. Rm. 3:10-13).

Esta posición pesimista que parece truncar las ilusiones del ser humano de ser suficiente para afrontar la vida, no es otra cosa que una realidad que nos advierte de nuestra situación, que iremos comprobando conforme la existencia se desarrolle con más o menos dramatismo y tragedia en unos y en otras, pero dentro de una jaula en la que no tenemos escapatoria posible y en la que todos sin excepción, experimentaremos el mal y el sufrimiento, configuradores de la enfermedad estructural y sus corolarios manifestados en conductas inadecuadas y nocivas, y en última instancia de la muerte.

Tenemos derecho al pataleo, y si hemos adquirido una buena herencia y nos cuidamos practicando toda una Ciencia de la Salud, que tiene en cuenta conductas clasificadas tanto por la psicología como por la medicina como beneficiosas, se puede gozar de la vida, en un cierto sentido y aunque limitadamente, incluso no teniendo en cuenta “el que Dios haga salir el sol sobre buenos y malos”, puesto que al fin y al cabo lo que se aprende de la naturaleza tanto de la humana como la de la tierra y del universo, y lo aplicas siguiendo las leyes naturales, aunque no lo quieras admitir, estás haciendo presente el poder de Dios, y posibilitando el vivir una existencia capaz de afrontar la virulencia.

Pero el propio desconocimiento del por qué se ha de provocar la enfermedad, el sufrimiento, y la muerte, ante algo tan maravilloso que es la vida, y que experimentas con el sabor que da la novedad, es suficiente, ese desconocimiento, como para crear simultáneamente al goce del colorido, el descontento e insatisfacción cuando contemplas y notas en tu propia carne lo incomprensible de lo que se opone a esa vida tan extraordinaria.

Te preguntas y no hallas respuesta humana que te conteste: ¿Por qué existe el mal? ¿Por qué cuando se ha acostumbrado a vivir, entonces, de improviso se le presenta la muerte inoportunamente, produciendo la infracción de allanamiento de morada y el agravante de nocturnidad? ¿Por qué cuando mejor me lo estoy pasando con mi compañera o compañero, o con el amigo o la amiga, de repente se quiebra la continuidad de la amistad que tanto me llenaba? Y lo que es peor ¿por qué después de haber colmado el espacio de la vitalidad, un horrible vacío experimenta como si nunca se hubiera sentido nada, y se hunde en la desesperación? Y ahí, en el fragor de la batalla de cada día ¿por qué las personas se infligen daño? ¿Por qué se desesperan en las discusiones? ¿Por qué tienen que admitir que no pueden controlarse? Muchas personas se lamentan de las actitudes que tomaron en un momento determinado que comprobaron que no tuvieron la capacidad de reaccionar de otra manera. Alejandro el Magno había sido capaz de dominar al mundo. Sus conquistas pusieron a la humanidad bajo sus pies, sin embargo él era incapaz de dominar su apetito, su lujuria, la necesidad de recibir culto a su persona, y en una de sus muchas borracheras murió a los 33 años. Y todo esto ¿podría haber sido de otra manera?

Sin duda que ninguno de nosotros se tiene que enfrentar a una misión como la de conquistar el mundo, pero continuamente estamos obligados a dialogar con nuestro cónyuge, a tener que tratar con nuestros hijos, o con nuestros padres y abuelos. Con el jefe de la empresa o con nuestro subalterno. Con los vecinos, con las amistades que un día hicimos, o con los familiares cercanos y lejanos, y comprobamos que en nuestras relaciones con los demás se crean situaciones no deseadas por las que sufrimos y hacemos sufrir.

Si echamos una ojeada a una gran mayoría de los matrimonios, encuentran, que esta ley, que todavía no hemos definido ni explicado, se cumple de forma inflexible: ¡Cuántas veces no habría querido decirle lo que le dije! Pero “no pude contenerme”, se afirma. Las personas, en general, se casan porque sienten el amor por el otro. Después de un tiempo, una parte nota el enfriamiento, e incluso se dicen que ya no se quieren. Otros se divorcian sin más, y otros aguantan la “mecha” adaptándose a las circunstancias de un ambiente, o bien de indiferencia, o bien de discusiones continuas en las que cada uno asume la parte del bueno, y señalando al otro como siendo la del malo. En el fondo, en varias ocasiones se reflexiona en el sentido de no haber podido controlar la situación, y notando que las cosas van empeorando.

Tenemos que enfrentarnos a un mundo competitivo, a toda una sociedad que ha orientado previamente las reglas del juego, y que muchos las ignoran, o no las quieren aprender, o incluso no pueden aceptarlas, y de nuevo se me plantea el mismo interrogante ¿Por qué? ¿Por qué cuando se quiere hacer el bien se hace el mal que no se quiere? ¿Por qué llego a situaciones en las que me desespero, exhausto, sin fuerza, comprendiendo que no soy yo quien domina la situación sino la situación quien me domina a mí?

He tenido la oportunidad de conversar con personas jóvenes, y se encontraban ya sin esperanza. He visitado las cárceles, y cuando hablaba de este tema, todavía enigmático, sin conclusión, se quedaban atónitos. No daban crédito a lo que escuchaban. Pero asentían con la cabeza, diciéndome, que en efecto, que eso era lo que les había sucedido. Que esa era la verdadera causa por la cual ellos se encontraban ahí, en la prisión, sin esperanza, sin ilusión, sin libertad. Daban a entender como si no hubieran tenido más remedio que hacer lo que hicieron. Que notaron como una especie de fuerza que les impulsaba a hacer lo que después comprendieron que era malo.

En definitiva esa era la misma experiencia de la mayor parte de la humanidad: sin esperanza, sin ilusión, sin la libertad que se precisa para hacer el bien. Porque al fin y al cabo estamos confinados en un recinto un poco más amplio que el de una cárcel; pero también en la mayoría de los casos sin libertad; a veces encerrados por pensamientos oscuros y tristes; otras veces especulando sobre nuestra mala suerte; otras, dando vueltas y vueltas sobre lo mismo sin acertar con la salida.

No sirve aquí traer a colación cuando se está bajos los efectos del “opio del pueblo”: cuando se está ilusionado por la secuela de la droga del dinero o del poder; o cuando el ídolo del deporte y del espectáculo embarga el corazón hasta el extremo que hace olvidar de las obligaciones, de los deberes, o de las preocupaciones e intereses. Todo eso, junto a otras cosas positivas como la amistad, el placer sexual, y el compromiso social y familiar, es efímero en comparación con esa trayectoria trágica plagada de miedos y de terrorismo. El saldo sigue siendo negativo.

Sí, es verdad, el ser humano es capaz de aguantar, a pesar de todo esta vida arrastrada, que se presenta en ocasiones de un cierto color de rosa, como necesitándose vivirla pero que se torna sin sentido ni significado, y para muchos ni aun eso porque nunca conocieron ni un mínimo de valor ni coherencia.

Las buenas noticias de todo esto consisten en descubrir y reconocer cuál es nuestra situación cuando venimos a este mundo. De eso depende que podamos evitar errores y fijaciones que podrían configurar automatismos irreversibles. Con “Jesucristo sin más” se comprobará el valor del mensaje de Jesús para nuestras existencias. Mensaje que ha servido para todas las épocas, y para todos aquellos que quisieron hacer una experiencia racional y de fe con el Mesías.

Ante estassituaciones y condiciones“Jesucristo sin más” pretende ofrecer lo que Jesucristo dijo sin más. Podríamos pensar que si es eso lo que queremos porque no copiamos directamente lo que dice el evangelio. En realidad eso sería suficiente ¿Entonces? La realidad es que la lectura del evangelio es preciso hacerla de acuerdo a la experiencia de lo que implica y significa el volver a las fuentes. Si vivimos en el entorno de un pluralismo religioso, la propia ecumenidad mostraría esa falta de retorno a las fuentes. La visión de cualquier movimiento ecuménico muestra la ausencia de haber logrado un retorno a las fuentes que mostraría la unidad por la que Cristo oró. Al estancarse respecto a las fuentes se hacen permanentes formas de mantenimiento en su pensar, que impide llegar a lo que contradiría el no haber vuelto a las fuentes, y esto podría repercutir en los contenidos del mensaje de Jesús ¿Y nosotros? Creemos que es preciso volver a las fuentes aunque eso pudiera suponer reconocer errores que se abandonan en la vuelta a las fuentes.

¿Cuál es el mensaje de Jesucristo? La respuesta está en Jesucristo sin más. En nuestro descubrimiento de Jesús, teniendo en cuenta los inconvenientes que nos presentan ciertas lecturas del evangelio, dándoles respuesta de acuerdo a un estudio analítico del texto, nos permitirá comprobar la seguridad de los contenidos del Evangelio. Y lo presentaremos teniendo en cuenta la necesidad y situación del ser humano. No sirve de entrada el que profundicemos en el mensaje de Jesucristo si no partimos de que no hay mensaje de Jesucristo sin una humanidad necesitada, a la que hay que informarle. La situación y condición humana es tal, que precisa que se le explique, y se le marque la salida en cuanto a saber por qué se presenta el sufrimiento y el daño, por qué esa ambivalencia en experimentar lo que se cataloga como bien o mal, o como beneficioso o perjudicial. Y todo eso nos presenta “Jesucristo sin más”.[17]

El valor de la vida y muerte de Jesucristo en su empeño de hacernos volver al Padre, posee un alcance redentor que no siempre se ha comprendido, y se ha desfigurado con análisis sentimentales y en términos comerciales, no llegando a entender lo que implica en una misión, la propia existencia con su muerte incluida cuando ha de trasladarse una ideología, la del Reino de Dios que prima sobre todo. Y que la vida y la muerte dependen de ese mensaje del Reino de Dios, alterado por la transgresión y desfiguración de la ley que rige en ese Reino de Dios.

Conforme se avanza en el estudio sobre la ideología del Mesías, descubriremos el mensaje central de Jesucristo consistente en el anuncio del Reino de Dios y en sus contenidos. La profundización en lo que es el Reino de Dios nos llevará al conocimiento de su significado. Ese significado lo iremos comprendiendo y desarrollando con el análisis del “sermón monte” con sus aplicaciones, familiares, sociales, y éticas.

Las parábolas esconden los valores del Reino. ¿Qué enseñanzas puede encerrar, tan importantes para mí, el que un sembrador salga a sembrar y que de una misma semilla, y una única tierra, salgan tantos terrenos diferentes? ¿Por qué siendo todos de la misma condición, en unos se consigue el entendimiento, y que la palabra se haga permanente? (Mt.13:23 cf. Lc. 8:15 cf. Jn. 8:31, 32) ¿Y por qué los hijos del malo tienen todavía tanto poder para actuar como cizaña? (Mt. 13:37-39) ¿Y cómo es posible que se alabe a un mayordomo infiel, y se le ponga como modelo, cuando lo que hace, aparentemente, es robar más? (Lc. 16:8, 9, 5-7) ¿Cómo es posible que Jesús diga que hay más gozo por un pecador arrepentido que por 99 justos que no necesitan arrepentimiento? (Lc. 15:7) ¿Acaso hay 99 justos que no necesiten de arrepentimiento? ¿Dónde están esos justos que no precisan de arrepentimiento? Y el hermano mayor ¿Entró o no entró a la fiesta? (Lc. 16:28-32) ¿A usted que le parece? El saber la respuesta exacta depende de que usted entre o no entre a la fiesta. En la parábola de las bodas (cf. Mt. 22), los invitados que han dicho sí a la asistencia a las bodas (Mt. 22: 2, 3), deciden no ir cuando les traen la noticia de que ya está preparadas para la asistencia, y en su negativa a ir, llegan incluso a matar al mensajero que les lleva buena nueva (22:4-6) ¿Por qué matan? ¿Por qué se niegan a ir, cuando se trata de una invitación a la que ya dijeron de asistir, y son subsidiarios del rey?

Merece la pena conocer todos los detalles y datos de las parábolas, porque esconden misterios y secretos para alcanzar una gran sabiduría, y asegurarnos la salvación a los obstáculos que la existencia nos propone.

Ese Reino de Dios que hay que buscar (Mt. 6:33), y que las parábolas tanto nos orientan de él, se nos dice que para experimentar definitivamente tanto aquí como allá los valores de liberación que se nos ofrece, es preciso nacer de arriba (cf. Jn. 3:3) ¿Qué es nacer de arriba? Evidentemente lo que Juan nos trasmite tiene mucho que ver la sabiduría que aprendemos en las parábolas del Reino (Jn. 17:3 cf. Mt. 6:33). Y en efecto si la ideología de lo que se nos propone, es la del Reino de los cielos o de Dios, no cabe la menor duda de que podremos experimentar aquí, a pesar de nuestras limitaciones por el pecado y la corruptibilidad, lo que supone la vida celestial.

El sermón del monte (Mt. 5-7 con sus paralelos en Lucas) es la carta programática del Reino de Dios, pero desde la interpretación idealista que lo convierte en la casi nada, hasta las diferentes valoraciones políticas que se han querido dar, que lo introduce en el santo y seña de una teología liberadora de una pobreza física pero arrasando con la otra pobreza que ha de ser permanente, pasando por el silencio para constituir una cristiandad estatal, no se han sabido presentar los auténticos valores que curan y motivan. Precisamente esos valores curativos del Reino de Dios: el poder del perdón de los pecados y la curación de la enfermedad, mediante la aceptación de la vida eterna no han podido comprenderse y por lo tanto tampoco experimentarse. De ahí que haya pasado desapercibido el valor curativo de la Palabra para cualquier persona en su vida cotidiana. La manera modélica con que Jesucristo nos presenta la terapéutica de la asociación de palabras para la mujer samaritana, y la de la confrontación en el caso de Nicodemo, nos provee ejemplos que sirven para vida eterna, y nos introduce en el descubrimiento de una ideología de Jesús en el evangelio. El poder curativo de la Palabra se extiende a las diferentes enfermedades mentales: histeria, neurosis, fobias, etc.

En Jesucristo sin más, vamos a encontrar, cómo poder hacer frente al mal, y a los problemas existenciales con el evangelio y la revelación de Jesucristo.

No se ha comprendido la relación entre el Evangelio y el Apocalipsis. Y mientras no se consiga no se interpretará adecuadamente la revelación de Jesucristo: La obra ministerial del Hijo en el Santuario Celestial (Ap. 1:14 ss.) revelada en el Evangelio (Mt. 26:63, 64 cf. Dn. 7:13, 14) y en el Apocalipsis, nos da el sentido de los contenidos del Apocalipsis, y en lo que consiste ese ministerio: El mensaje a las iglesias, y los Sellos, la historia de la Iglesia (Ap. 12), la lucha frente a la historia secular (la bestia, la mujer babilónica, y el falso profeta o bestia de dos cuernos {Ap. 11 cf. 13 y 17}), no es otra cosa que la manera de manifestarnos ese ministerio continuo del Príncipe para ayudar a los que acuden al Santuario celestial, y acabar con los enemigos de Dios: pecado, muerte, sistemas de maldad, y la persona del Maligno  (1ª Cor. 15:24-26 cf. Hb. 1:1-3, 13; 10:10-13 cf. Hb. 8:1-6 cf. Mt. 26:63, 64). Cuando estudiamos todos esos extremos y conceptos a la luz del evangelio y de la revelación de Jesucristo podremos configurar valores que nos curarán y nos darán seguridad de la permanencia de la vida eterna.[18]

Otro de los propósitos en Jesucristo sin más es explicar lo mejor posible el Evangelio eterno en el contexto de Apocalipsis 14 y 18, y ofrecer significados definitivos sobre los 144.000 y el sellamiento escatológico, que tanto lo necesitan aquellos que han de vivir en el contexto de la imposición de la marca de la bestia en esa lucha frente a la historia secular que se opone en una vertiente contaminada por el Dragón a los valores divinos.

El contexto del Armagedón y del retorno de Jesucristo (Ap. 16-19) junto al análisis del sermón escatológico, las trompetas y las plagas, se inscriben dentro del juicio existencial, personal y el del futuro.

La creencia en la resurrección y la Vida Eterna, la segunda venida de Jesucristo, mediante la parábola de las vírgenes, Lucas 18, y el Apocalipsis, configura la paciencia de los santos (Ap. 12:17 cf. 14:12), experimentando esperanza y seguridad, a pesar de la estancia aquí en esta tierra, que se nos hace en ocasiones larga pero alegre. Porque cuando se experimenta la pena, rápidamente la fe trasciende de tal modo, que nos recuerda un futuro liberador que no admite dudas porque se basa en las liberaciones que ya hemos experimentado conforme hemos aplicado los valores del Evangelio de Jesucristo. Jesucristo sin más se convertirá en una lectura inolvidable, contribuyendo a acercarte más a los contenidos del Evangelio de Jesucristo.[19]


[1] Para complementar más ciertos temas subyacentes les invitamos a ponerse en contacto con el autor en su correo diestre@lleida.com o en su página Web www.comteologicasesal.org , donde se ofrece documentación adicional, y la manera de poder beneficiarse de dicha información.

[2] Ver una exposición suficientemente clara sobre dicha teoría, en Mario Pereyra, Sicología de la Esperanza, Psicoteca Editorial, Buenos Aires 1997.

[3]Ver a G. L. Engel, A life setting conductive tu illness: the given-up-given-up complex (en Bulletin of the Menninger Clinic, nº 32, pp. 355-365, año 1968).

[4] Ver a Sherwin B. Nuland en Cómo morimos, reflexiones sobre el último capítulo de la vida Círculo de Lectores, Barcelona-Estella 1996. El autor ha sabido describir magistralmente el sentimiento del hombre sobre la muerte en las enfermedades más comunes. Lo mismo León Tolstói en La muerte de IvanIllich, ediciones Orbis, Barcelona 1982.

[5] Ver Breve Tratado de la Ilusión, Alianza Editorial, Madrid 1985, p. 35.

[6] Los doctores AlmuthHuth y Werner Huth, en Cómo Prevenir y tratar la Depresión, ed. Everest, León-España 1992, p. 47, aluden en su trabajo a la obra Infancia y Sociedad de Erik H. Erikson donde se establece el patrón, desde los primeros estadios, y que evolucionará de acuerdo a los fundamentos de tristeza o de esperanza que se hayan asentado desde la infancia, con las correspondientes repercusiones en la salud individual.

[7] Ver Stress (varios autores, entre ellos 3 noveles, ed. Mensajero, Bilbao 1988; ver también a Mario Pereyra en Sicología de la Esperanza, op. c., pp. 151-153.

[8] Desde 1959 Friedman y Rosenman llegaron a la conclusión que cierta conducta podría predecir una situación que les hacía ser candidatos al infarto (ver Curso del Estrés a la Salud Total de José Ángel Fuentes, ConcernedCommunication, Publicadores Febrero 19, Universidad de Loma Linda (California 1982), pp. 105-108. Ved también a J. Spicer & B. Hong, Interpreting coronary-prone behaviour; Relationships among Type A Behaviour, Hopelessness, anger management and social contact, en Psychology & Health, vol. 5(3), 1991, pp. 193-202;  J. J. Linch y otrosA cry un heart: Sudden reductions in blood pressure while talking about feelings of hopelessness and helplessness.En Integrative Psychological and Behavioural Science (Abril-Junio, vol. 27 (2)-1992, p. 151).

Sobre todo lo relacionado con la esperanza y la enfermedad ver a Mario Pereyra, Psicología de la Esperanza, Sicoteca editorial, Buenos Aires 1997, pp. 148-168.

[9] En Stress, ed. Mensajero, Bilbao-España 1987, pp. 175-177. Ver un estudio complementario respecto al Cáncer en relación a la ausencia de la Esperanza, en Psicología de la Esperanza, de Mario Pereyra, op. c., pp.  151-153.

[10] En New Satart, PPPA, 1990, p. 186.

[11] Ver sobre esto a Harold H. Blomfield& Peter McWilliams en Cómo Curar la Depresión, edic. Obelisco, Barcelona 1996, p. 68; también a J. R. Bloom y otros en Cancer nº 59Psychological Response toMastectomy. A Prospective Comparison Study.Psichological aspects of Breast Cancer Study Group, año 1987, pp. 189-196.

Estudios científicos sobre los neurotransmisores y su relación con las enfermedades mentales puede estudiarse a H. F. Bradford en Fundamentos de Neuroquímica, ed. Labor, Barcelona 1988. También Avances en trastornos afectivos, edic. en Neurociencias, Barcelona 1996; Carmelo Monedero Psicopatología Evolutiva (Labor Universitaria), ed. Labor, Barcelona 1982. Otros análisis científicos sobre la Depresión ver a AlmuthHuth y Werner Huth, Cómo Prevenir y tratar la Depresión, ed. Everest, León-España 1992. Sobre este libro no estamos de acuerdo con ciertos planteamientos curativos que muestran un servilismo excesivo a la farmacoterapia.

Si estás pasando por una depresión, o por un Estrés negativo, y quieres ayuda puedes contactar a las direcciones que se indican en esta revista.

[12] cf. Jn. 1:9-13.

[13] Cf. Rm. 6:23

[14] La configuración de una orientación independiente de Dios, de indiferencia a Su existencia. La trasgresión a la ley de Dios. Esta actitud asumida desde el principio ha traído el desorden, la enfermedad, el sufrimiento y la muerte

[15] Puede consultarse dos libros básicos el de B. Narramore y B. CountsSicología de la Culpa, Logoi Inc., Miami, Fl-USA 1974; y el de Jean Lacroix, Filosofía de la Culpabilidad, ed. Herder, Barcelona 1980.

[16] Las piernas le permiten correr, y al cerebro pensar. Y dentro de estas dos actividades están implicados una gran cantidad de funciones físicas y mentales.

[17] Le podemos visitar en el caso de que usted estuviera necesitado o necesitada de nuestro testimonio sobre Jesucristo en la solución a sus problemas. Nuestra visita y trabajo es gratuito. Podemos ofrecerle un curso de salud, y bíblico gratuitos. Para información de todo esto y de otros asuntos de su interés podrá consultar unas páginas informativos más adelante.

[18]¿Quiere comprender el Apocalipsis? Consulte la página Web www.comteologicasesal.org . Póngase en contacto con el autor y pregunte.

[19] ¿Quieres conocer mejor a Jesucristo en una perspectiva curativa de las problemáticas humanas? Consulta la página donde ofrecemos ampliar el conocimiento de Dios y de Jesucristo. Para ello consulta nuestra página Web: www.comteologicasesal.org , y nuestro correo particular diestre@lleida.com

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